La escapada a Sevilla terminó en una orgía sin límites
El tren entró en Santa Justa cuando el sol de diciembre todavía calentaba los tejados de Sevilla. Carmen y Lola bajaron con sus maletas pequeñas, el aire fresco rozándoles la cara y una sonrisa cómplice que llevaban puesta desde Valencia.
Carmen rondaba los cincuenta y los llevaba como una bandera. Un abrigo largo color vino dejaba entrever el escote de un jersey ceñido, y sus curvas se movían con una seguridad que hacía girar cabezas en el andén. Lola, unos años más joven, delgada y atlética, vestía de negro y botas altas que le alargaban las piernas.
—Ya estamos aquí —dijo Carmen, abrazándola fuerte—. Este fin de semana nos lo comemos entero.
—Estás loca —respondió Lola, riendo, con ese punto de timidez que Carmen adoraba romper.
Habían reservado una habitación doble en un hotel pequeño de Triana, con paredes encaladas y un balcón de hierro forjado. Dejaron las maletas, se ducharon deprisa y se arreglaron para la cena.
Carmen eligió un vestido rojo que le marcaba las caderas y el pecho, con un escote que descendía casi hasta el ombligo. Lola se decidió por un negro corto con la espalda al aire y un corte lateral que dejaba ver la curva del muslo al caminar.
***
Cenaron en una taberna del barrio de Santa Cruz, en una mesa junto a un mirador. Tapas variadas, un tinto que calentaba la sangre y una conversación que iba subiendo de temperatura con cada copa.
—A esta edad me siento más viva que nunca —confesó Carmen, lamiéndose una gota de vino del labio—. Quiero que esta noche pase algo. Algo que recordemos durante años.
—Contigo siempre acabo haciendo locuras —admitió Lola, y sus ojos brillaban más de lo que su voz quería reconocer.
Terminaron la botella y salieron cerca de la medianoche, cogidas del brazo por las callejuelas empedradas. Acabaron en una discoteca de flamenco fusión y electrónica, abarrotada de turistas y estudiantes. Pidieron dos copas y se lanzaron a la pista.
Carmen se movía con un descaro tranquilo, las caderas trazando círculos amplios. Lola ondulaba a su lado, más contenida pero igual de magnética. No tardaron en ser el centro de atención: cuerpos apretados, calor, el roce de desconocidos enviándoles chispas por la piel.
En una mesa alta cerca de la barra había tres jóvenes que no les quitaban el ojo de encima. Bruno, brasileño, alto y de hombros anchos, llevaba una camiseta clara que marcaba el pecho. Hugo, rubio y de sonrisa traviesa, tenía la energía de quien nunca se queda quieto. Y entre ellos, Vera: una chica trans preciosa, melena negra hasta la cintura, labios pintados de granate y una blusa semitransparente bajo la que se adivinaban unos pechos perfectos. Los tres estudiaban arquitectura y compartían un ático en la Alameda.
***
Bruno fue el primero en acercarse, abriéndose paso con su cuerpo imponente hasta colocarse detrás de Carmen. El pecho de él le rozaba la espalda. Ella giró la cabeza, lo miró de arriba abajo y sonrió.
—Qué alto eres, guapo. ¿Vienes a bailar o a comerme?
—Las dos cosas —respondió él, riendo, mientras una mano grande se posaba en la cadera de ella—. Me encanta cómo te mueves.
Carmen se pegó más, frotándose contra él, notando cómo respondía su cuerpo. Era difícil disimular las ganas, y ninguno de los dos lo intentaba.
Hugo se deslizó junto a Lola por el otro lado, la mano recorriendo la espalda desnuda del vestido.
—Eres una diosa, ¿lo sabes? Esas piernas me están volviendo loco —le susurró al oído, el aliento caliente erizándole la piel.
Lola tembló. Nadie le había hablado así en mitad de una pista, rodeados de gente, y el riesgo de que cualquiera los viera la encendía más que ninguna caricia. Dejó que la mano de él bajara hasta el corte del vestido, hasta el interior del muslo.
—Eres un descarado —dijo, con la voz temblando—. Pero sigue.
Vera se unió al grupo, bailando con una gracia felina, colocándose entre las dos mujeres. Su mano encontró la cintura de Lola; su sonrisa, la de Carmen.
—Sois puro fuego, las dos —dijo, la voz suave pero cargada de promesas—. ¿Os apetece seguir esto en un sitio más privado?
Carmen rio, excitada por la idea, y deslizó la mano por la cadera de Vera sin ningún pudor.
—Llevadnos a vuestra casa. Ya.
***
Salieron de la discoteca pasadas las dos. El aire frío de la madrugada contrastaba con el calor de sus cuerpos. Caminaron por calles casi vacías, riendo, tocándose ya sin disimulo. Bruno llevaba a Carmen por la cintura, la mano bajando de vez en cuando a apretar; Hugo besaba el cuello de Lola mientras ella le acariciaba el pecho.
El ático de la Alameda era un caos creativo: planos a medio dibujar apoyados en las paredes, maquetas, un sofá enorme y desgastado en el centro del salón. Apenas cerraron la puerta, Carmen se giró hacia Bruno, le cogió la cara con las dos manos y lo besó con furia.
—Quítame el vestido —ordenó.
Él obedeció, bajando la cremallera despacio, dejando que la tela roja cayera al suelo. Carmen quedó casi desnuda, los pechos pesados, las caderas anchas, la piel encendida. Todos la miraron con hambre.
Lola sintió que el corazón se le aceleraba. Hugo le quitó el vestido negro de un tirón y le acarició los pezones pequeños y rosados, ya duros. Vera se desprendió de la blusa y de los pantalones sin prisa, mostrándose entera, sonriendo ante el asombro de las dos amigas.
—Dios —murmuró Carmen, mordiéndose el labio—. Esta noche no va a parecerse a ninguna otra.
Y no se equivocaba.
***
Lo que siguió fue un torbellino que perdió toda noción del tiempo. Bruno tumbó a Carmen en el sofá y se arrodilló entre sus muslos, hundiendo la boca en ella hasta arrancarle un gemido largo que ella ni intentó callar. Carmen le agarraba la nuca, las caderas subiendo a su encuentro, perdida en una excitación que llevaba meses guardando.
A pocos pasos, Hugo había puesto a Lola contra el respaldo del sofá y la penetraba despacio, descubriéndola, mientras ella se aferraba a sus hombros y mordía el aire. Vera se acercó por detrás de Lola, le rodeó el cuerpo con los brazos y le besó la nuca, los dedos jugando con sus pezones.
—Buena chica —susurró Vera—. Déjate llevar. Aquí no hay reglas.
Lola se giró y la besó con lengua, hambrienta, mientras Hugo seguía embistiéndola. El beso entre las dos encendió aún más a Carmen, que desde el sofá observaba con los ojos vidriosos.
—Venid aquí —pidió—. Quiero sentiros a todos.
Se reorganizaron en un revoltijo de piel, sudor y respiraciones entrecortadas. Bruno se hundió en Carmen mientras Vera ofrecía su cuerpo a la boca de ella; Hugo y Lola rodaron al suelo, enredados, sin soltarse. Las manos no sabían a quién pertenecían, las bocas buscaban cualquier piel disponible.
Bruno y Hugo no escondían el deseo que también sentían el uno por el otro. En algún momento Vera se colocó detrás de Hugo, lo abrazó y lo guió, y Hugo gimió tan alto como las mujeres. Carmen, dirigiendo aquello como una maestra de ceremonias, repartía órdenes entre jadeos y nadie discutía ni una.
***
Pasaban de las tres cuando alguien aporreó la puerta.
—¡Bajad el ruido, coño, que hay gente durmiendo!
Todos se miraron, riendo entre jadeos. Carmen, desnuda, la piel brillante, se levantó tambaleante.
—Yo me encargo.
Abrió de golpe. En el rellano había un hombre de unos cuarenta años, traje gris arrugado, corbata floja, cara de pocos amigos. Andrés, el vecino. Sus ojos se abrieron como platos al encontrarse de frente con Carmen en todo su esplendor, y detrás de ella, el salón entero convertido en un cuadro imposible.
—Eh… yo… venía a pedir que… —balbuceó, pero la mirada lo traicionaba, bajando una y otra vez al cuerpo de ella.
Carmen lo cogió por la corbata y tiró con suavidad.
—¿Vienes a quejarte o a quedarte? —preguntó—. Porque puedes hacer las dos cosas, pero solo una te va a gustar.
Andrés tragó saliva. Lola se asomó desde el sofá, delgada y elegante incluso despeinada, y le sonrió con curiosidad.
—No te vamos a obligar a nada —dijo ella—. Pero si te quedas, te tratamos bien.
El vecino dudó un segundo que pareció eterno. Después dio un paso adelante y cerró la puerta a su espalda.
—Hace mucho que no… —empezó, y se detuvo—. Me gustan las mujeres. Y también los hombres. Nunca me he atrevido a juntarlo todo.
Bruno sonrió y le tendió la mano.
—Pues llegas al sitio perfecto. Aquí nadie juzga.
***
Lo desnudaron entre risas y caricias, y Andrés se dejó hacer como quien por fin se quita un peso de encima. Vera fue la primera en acariciarlo, besándole el cuello; Hugo se arrodilló frente a él; Carmen y Lola lo observaban abrazadas, tocándose mientras lo veían perder la vergüenza.
—Tranquilo —le dijo Vera al oído—. Solo disfruta.
Andrés gemía, sorprendido de su propio cuerpo, empujado por años de deseo guardado. Cuando pidió más, lo hizo con una voz que ya no temblaba. Bruno y Hugo lo guiaron con paciencia, y la cadena de cuerpos volvió a cerrarse: cada uno dando y recibiendo, las dos amigas en el centro reclamando su parte.
Carmen lo atrajo hacia sí y le rodeó las caderas con las piernas.
—Ahora a mí, vecino. Quiero ver esa cara cuando descubras todo lo que te has perdido.
Andrés se hundió en ella y soltó un gemido roto, embistiendo con un hambre torpe que se fue volviendo segura. Lola se sentó a horcajadas sobre la cara de Carmen, que la lamió con avidez; Vera y Bruno se ocupaban de Hugo; el salón entero era un solo cuerpo que respiraba a la vez.
Las horas se disolvieron. El amanecer fue tiñendo de dorado las ventanas y nadie quiso pararlo. Llegaron al límite una y otra vez, y cada vez que parecía que ya no quedaban fuerzas, una caricia volvía a encenderlos a todos.
***
Cuando por fin cayeron rendidos, formaban un montón de cuerpos exhaustos sobre el sofá y el suelo. El sol ya estaba alto. Andrés, jadeando, fue el primero en hablar.
—Nunca pensé que viviría algo así.
—Bienvenido al club —rio Lola, débilmente.
Carmen se estiró con una sonrisa de satisfacción.
—Esto ha sido el mejor fin de semana en mucho tiempo. Y ahora: ducha y desayuno. Desnudos, claro.
***
Carmen y Lola abandonaron el ático al mediodía del sábado, con las piernas temblando y el cuerpo dolorido de la mejor manera posible. Los chicos las acompañaron hasta la puerta entre besos largos y manos que se resistían a soltarse. Andrés, el vecino que había llegado a protestar, las abrazó con una ternura nueva.
—Si volvéis a Sevilla, llamadme —dijo, la voz ronca—. Vivo justo al lado.
Carmen le guiñó un ojo mientras se ajustaba el vestido rojo, ahora arrugado.
—Cuenta con ello, guapo.
Bajaron las escaleras riendo, cogidas del brazo. En la calle, el sol de diciembre las cegó un instante, y Sevilla les pareció otra ciudad: más viva, más suya. Volvieron al hotel, se ducharon juntas —caricias lentas, besos bajo el agua caliente— y durmieron hasta la tarde.
El domingo cogieron el tren de vuelta prometiendo repetir pronto. Durante los días siguientes, los mensajes no pararon en el grupo que crearon los seis: bromas, recuerdos, promesas a medias. Y una mañana, Carmen abrió el móvil y encontró un mensaje de Andrés con una sola línea.
—¿Fin de semana de Reyes en Sevilla? —leyó en voz alta, y se mordió el labio.
Escribió a Lola y al resto sin pensarlo dos veces.
—Comprad los billetes. Vamos a por la segunda parte.
Porque, como Carmen solía decir, la vida empieza de verdad cuando dejas de tener miedo a desearla entera.