El día que salí vestida de travesti por primera vez
No esperen un relato lleno de sexo. Hasta cierto punto va a sonar aburrido, lo sé. Pero las chicas como yo entendemos el nervio y el morbo de ese primer día en que nos animamos a salir a la calle siendo quienes de verdad somos. Ese paso, el primero, no se olvida nunca.
Sucedió hace años, en un pueblo del centro del país que no voy a nombrar para no delatarme. Lo que sí puedo contar es que no lo hice sola. Me ayudó Renata, mi novia de entonces, una mujer increíble con la que además compartíamos el ambiente liberal: éramos pareja abierta y la pasábamos de maravilla descubriendo cosas juntos. Ella fue la que me empujó, con cariño, a dejar de esconderme dentro de cuatro paredes.
—Hoy salimos —me dijo esa mañana, mientras yo seguía dudando frente al espejo—. Hoy te ve el mundo.
El outfit lo habíamos elegido la noche anterior, entre risas y nervios. Un jumpsuit con falda de mezclilla y unas plataformas blancas de las que usan las bailarinas de pole, altísimas, brillantes, imposibles de ignorar. Todavía las conservo. Me rasuré las piernas centímetro a centímetro, despacio, sintiendo cómo la rasuradora dejaba la piel lisa y extraña al tacto. Era una sensación nueva, casi ceremonial.
Esto va en serio. Hoy de verdad lo voy a hacer.
Me ajusté la peluca, me maquillé con las manos temblando un poco y, cuando por fin me miré entera, no me reconocí. Y eso me encantó. Me veía bien. Me veía sexy. Renata apareció detrás de mí en el reflejo, me abrazó por la cintura y me susurró al oído que estaba preciosa. Le creí.
***
El primer destino fue un local de hamburguesas sobre la avenida principal. Era temprano y el lugar estaba lleno de señoras tomando café, de esas que parecen vigilarlo todo. Mientras hacíamos la fila, yo iba convencida de que en cualquier momento alguien nos iba a reclamar, a señalar, a pedir que nos fuéramos.
No pasó nada de eso.
Al contrario. Una señora mayor se acercó a la mesa con una sonrisa enorme.
—Perdón que las moleste —dijo—, pero esa peluca te queda divina. ¿Dónde la compraste?
Me quedé muda un segundo. Renata respondió por mí, encantada, y de pronto teníamos a dos o tres mujeres opinando sobre el color, sobre el corte, sobre lo bien que combinaba con mi tono de piel. El verdadero éxito, sin embargo, fueron las plataformas. Todas querían saber dónde conseguir unas iguales. Salí de ahí caminando varios centímetros más alta de lo que entré, y no solo por los zapatos.
—¿Ves? —me dijo Renata en el coche, apretándome la mano—. Te lo dije.
Yo todavía no me lo creía del todo. Toda la vida me había imaginado el desprecio, la burla, la mirada que juzga. Tenía guiones enteros memorizados de cómo defenderme, de qué responder si alguien me insultaba. Y resulta que la primera persona que me habló en la calle lo hizo para hacerme un cumplido sincero. Algo se acomodó dentro de mí esa mañana, una pieza que llevaba años torcida y que por fin encajó en su lugar.
***
Animados por el primer triunfo, fuimos a una notaría a recoger unos papeles del trabajo de ella. Renata entró; yo me quedé afuera. Y ahí cometí mi pequeña locura del día: en lugar de esperar dentro del auto, me bajé y me quedé parada en la banqueta, a la vista de todos.
La gente que pasaba me volteaba a ver. Hombres, mujeres, gente que iba con prisa y que aun así giraba la cabeza. Yo estaba nerviosísima. El corazón me latía en la garganta. Mi miedo más concreto, el que me apretaba el estómago, era que a alguien se le ocurriera llamar a la policía y que me terminaran llevando detenida acusada de andar ofreciéndome en la calle. Sonará exagerado, pero en ese momento, recién salida del cascarón, me parecía el peor de los desenlaces posibles.
No pasó. Renata salió con los papeles, me encontró ahí plantada y soltó una carcajada al ver mi cara de pánico mezclada con orgullo.
—Estás disfrutando esto más de lo que admites —me dijo.
Tenía razón.
***
De ahí nos fuimos a un centro comercial. Íbamos eufóricos, hablando los dos al mismo tiempo, repasando cada mirada, cada comentario, cada gesto. Había un solo problema práctico, y era bastante incómodo de manejar: la emoción no se me bajaba. Llevaba todo el día con una erección que no daba tregua y que el jumpsuit no ayudaba a disimular. Caminaba cuidando los ángulos, cruzando las piernas al sentarme, rezando para que nadie se fijara.
Decidimos meternos al cine a ver una comedia que estaba de moda, una de esas que llenaban las salas. La película era lo de menos. Lo curioso fue el desfile de empleados del cine que no dejaban de entrar y salir de la sala, pasando junto a nuestra fila una y otra vez con la linterna encendida. Yo estaba segura de que andaban buscando algo, esperando ver algo, quizá esperando que nosotros hiciéramos algo.
—Nos están checando —le murmuré a Renata.
—Que miren —contestó ella, y me pasó la mano por el muslo desnudo en plena oscuridad.
No pasamos de eso. Como ninguno se animó a decir nada en voz alta, la cosa quedó en pura tensión, en miradas de reojo y en ese cosquilleo de saberse observada. Para mí, que llevaba toda la vida escondiéndome, ser observada con deseo y no con rechazo era una droga nueva y poderosa.
***
Pero el éxito total, el que recuerdo con el corazón acelerado hasta el día de hoy, llegó al final de la tarde. Hay un mercado de comidas a la salida del pueblo, justo sobre la autopista que va rumbo a la capital. Un lugar de paso, de mesas largas y caldos humeantes, donde se detienen los camioneros y los traileros a comer antes de seguir camino.
Mucho camionero. Mucho trailero. Y comprobamos algo esa noche: son gente aventada, directa, sin rodeos.
Apenas nos sentamos, empezaron las miradas. Distintas a las del cine, distintas a las de la notaría. Estas eran miradas que sostenían, que no se apartaban, que te recorrían entera y se quedaban esperando una respuesta. Renata estaba tan excitada como yo, lo notaba en cómo me apretaba la rodilla por debajo de la mesa.
Uno de ellos, un tipo grande de camisa a cuadros, se acercó con dos cervezas que no le habíamos pedido.
—¿Las invito? —preguntó, y se sentó sin esperar respuesta.
Detrás llegaron otros dos, uno más joven y otro de bigote canoso que parecía el jefe del grupo. Conversación, risas, manos que rozaban como sin querer sobre la mesa de plástico. Me preguntaron de dónde éramos, a dónde íbamos, si veníamos seguido. Yo respondía con monosílabos al principio, todavía midiendo el terreno, pero poco a poco me solté y empecé a coquetear, a devolverles las miradas, a reírme de sus chistes malos. Uno me propuso, con una naturalidad que me dejó sin aire, que me subiera con él a la cabina de su tráiler, ahí estacionado a unos metros, a oscuras.
Hazlo. Esta es la noche.
No lo hice. Por seguridad, por desconfianza, porque eran desconocidos en un lugar apartado y porque todavía no me sentía lista para tanto. Hasta la fecha me arrepiento un poco. Pero lo que sí pasó esa noche se me quedó grabado: besos largos, abrazos que apretaban, un faje intenso con los tres, ahí mismo, entre las sombras de las mesas vacías.
Yo había llegado pensando que iban a oler a carretera, a sudor de viaje, a cansancio. Y para mi sorpresa, los tres olían rico, a loción recién puesta, como si se hubieran arreglado a propósito antes de bajar a comer. Sentir sus manos grandes en mi cintura, sus barbas raspando mi cuello, el calor de tres cuerpos pendientes de mí, fue mucho más de lo que jamás imaginé para mi primer día.
Renata observaba, mordiéndose el labio, sin perder detalle. No podíamos creer el éxito que estaba teniendo en esta nueva faceta. Ella me lo confesó después, ya de regreso: nunca me había visto tan plena, tan entera, tan yo.
***
Nos habíamos alejado bastante del pueblo, así que el regreso al coche fue toda una procesión. Nos vio muchísima gente. Yo caminaba sobre esas plataformas imposibles, todavía con el sabor de los besos en la boca, y sentía cómo todos volteaban a mirarme al pasar.
Me imaginaba lo que pensaban. Ahí va la putita de carretera, del brazo de su novia. Y lo extraño, lo que tardé años en entender, es que esa idea no me dolió. Me hizo sentir viva. Por primera vez en mi vida no estaba escondida dentro de un cuarto ni disfrazada de algo que no era. Estaba afuera, a plena vista, siendo deseada, siendo mirada, siendo exactamente quien quería ser.
Renata me abrió la puerta del coche, me dio un beso en la sien y arrancamos en silencio, los dos sonriendo como tontos.
No hubo sexo esa noche, ya lo dije. Pero hubo algo que para mí valió mucho más: el día que dejé de tenerme miedo. Todavía conservo aquellas plataformas blancas. Cada vez que las veo en el clóset, vuelvo a sentir el nervio, el morbo y la felicidad de ese primer paso a la calle. Y vuelvo a darme cuenta de la suerte que tuve de darlo de la mano de alguien que me quería.