Lo que escondía bajo el vestido de la invitada
Me contrataron para atender la barra en una fiesta dentro de una mansión de gente con demasiado dinero y muy pocas vergüenzas. A esa clase de personas no les hace falta una gran excusa para montar un sarao: les sobra el tiempo, les sobra el champán y les sobra el aburrimiento. Era mi oficio en aquella época. Soy un culo inquieto, y también un culo grande, todo hay que decirlo.
Un servicio de catering había dejado casi todo listo, así que yo apenas tuve que presentarme con la blusa blanca y la minifalda negra del uniforme. Como detalle privado, debajo me había puesto medias de liga y un conjunto de lencería negra reducido a lo mínimo. Nadie iba a verlo, pero saberlo me hacía caminar distinto.
Soy rellenita, de las que llaman curvy con cierta delicadeza. Con mi melena rubia larguísima y los ojos azules, jamás nadie ha dicho que sea fea. Una gordita buena, vamos. Y esa noche, por lo visto, eso bastaba.
Algunos invitados se acercaban a tantearme entre copa y copa, y no por falta de opciones: allí abundaban tanto el músculo como las carteras. Estaba claro que querían echarle el lazo a todo lo que se moviera.
Con el calor de la noche de verano y el goteo constante de alcohol, el ambiente se fue caldeando. Ellos, de traje al principio, fueron perdiendo las corbatas, las chaquetas y enseguida los modales. Ellas, muchas operadas hasta el último centímetro para retener una juventud que sentían escapárseles, iban embutidas en vestidos de noche carísimos y acompañadas de jovencitos hipermusculados.
Otras eran chicas muy jóvenes colgadas del brazo de señores a los que se les había escapado la edad, la cintura y casi todo el pelo. Podrías llamarlos papis, y a alguno hasta abuelito sin faltar a la verdad.
Desde mi sitio privilegiado tras la barra veía besos generosos, algún magreo con interés y, de vez en cuando, un pecho o una nalga al aire cuando la poca tela del vestido era apartada por las manos ávidas de alguno de los presentes.
No es que la fiesta fuera camino de convertirse en orgía. Bueno, sí lo era. Quien lograra hacerse con un compañero seguro encontraría algún rincón, más o menos discreto, donde desahogarse. Si lo pienso bien, la palabra exacta era bacanal.
Entre tanto ricachón y tanta cazafortunas destacaba una mujer morena de ojos tan azules como los míos. Iba esquivando con elegancia las insinuaciones y los manoseos de todo el que se le acercaba, como si nada de aquello le interesara.
***
La del pelo negro como ala de cuervo debía de ser amiga de la dueña de la casa, que en ese momento se dejaba toquetear por un jovencito en un rincón del jardín mientras su marido amasaba los pechos de una rubia teñida y tostada en cabina.
La morena, que a primera vista no parecía retocada por ningún cirujano, apenas se cubría con un vestido negro a juego con su melena. Era ceñido, con la espalda descubierta hasta el nacimiento de un culo respingón y perfecto. El escote le bajaba vertiginoso hasta el ombligo, sostenido por una sola cinta que le pasaba por detrás del cuello. Un tajo largo le descubría el muslo izquierdo casi hasta la ingle.
En toda la tarde solo me había pedido refrescos, así que se mantenía bastante más entera que el resto. No sé si eran imaginaciones mías, pero juraría que le echaba algún vistazo al escote de mi blusa, que con el calor llevaba con un par de botones de más sueltos. Se me veía el nacimiento de los pechos y buena parte del sujetador de encaje negro.
Poco a poco los invitados empezaron a perderse hacia los dormitorios o a dejar la ropa esparcida alrededor de la piscina. Mi trabajo se relajó: casi todos iban ya bien servidos. Fue entonces cuando ella empezó a pasar más rato sentada en la barra, junto a mí, comentando las jugadas más sabrosas de la noche.
—No es un nombre muy común —le dije cuando se presentó.
—Náyade —repitió ella—. Ni el tuyo, Coral, ya puestas. Es como si las dos hubiéramos elegido el nombre que queríamos llevar.
—Pues tú acertaste con el tuyo. Eres una belleza digna de un ser que no es de este mundo.
La halagué con todo el descaro del que fui capaz. Ella sonrió y siguió relatándome las incidencias de la fiesta, incluido el baile en tanga que dos chicas espectaculares habían montado junto a la piscina. Por la soltura con que lo describía, las había mirado de bastante cerca.
—¿Te fijaste en las dos de la piscina? —preguntó—. Llevaban unos vestidos diminutos hace un rato.
—Sí, han pasado por aquí a por sus copas. Unas cuantas, por cierto. A una le he visto el culo entero: se inclinó ahí mismo, donde estás tú, a atarse la sandalia. Un trasero precioso y durísimo. Aunque seguro que el tuyo es mejor.
—Gracias. Creía que no te habías fijado en mí.
—Es imposible no fijarse en tanta belleza —respondí.
—Bueno, a lo que iba. Hace un rato se quitaron los vestidos y están bailando. Sus tangas son solo dos cordones; al fabricante se le olvidó ponerles la tela.
—A lo mejor me compro uno de esos para llamar tu atención.
—Tú no necesitas nada de eso. Ya me has atraído, y bastante.
***
Aprovechando que en ese momento estábamos solas, le sonreí con picardía y le pregunté si a mí me describiría con la misma generosidad que a las bailarinas.
—¿Yo merezco una descripción tan halagadora?
—De ellas he visto mucho más que de ti —dijo Náyade—. Vas demasiado vestida para que pueda dar detalles.
Le devolví la sonrisa y le solté que entonces tendría que ver más de mí para poder hacerlo. Mientras tanto, uno de sus dedos jugueteaba con su propio escote, abriéndolo apenas hasta dejarme ver el borde de una areola. Con tan poca tela, no le costó nada.
—Tú puedes ver más de mi cuerpo, hasta ahora, que yo del tuyo —dijo.
—Con el ritmo al que la gente se está acabando las existencias, en un rato podría enseñarte todo lo que quisieras.
—Me encantaría. Y no solo ver.
Le prometí que, al paso que avanzaba la noche, quizá lográbamos arreglarlo. Selló esa promesa con un beso suave en mis labios y una caricia rápida en mi culo. Puede que también deslizara la mano un poco más abajo, justo entre la falda y la blonda de la media, sobre la piel desnuda del muslo.
Creo que fue en ese instante cuando me di cuenta del secreto, no tan pequeño, que la morena guardaba entre los muslos. Hasta entonces la perfección de sus formas y la suavidad ronca de su voz me habían tenido despistada.
Por qué una mujer tan sofisticada se había fijado en la camarera regordeta seguía siendo un misterio para mí. Quizá no había ninguna otra bisexual en la fiesta, aunque lo dudaba. Puede que solo fuera tan superficial como todos los demás y me viera como una diversión sin compromiso.
No estaba yo para esas cábalas. Simplemente me gustaba con todos sus complementos. Si ella buscaba diversión, yo buscaba más, y estaba dispuesta a pasarlo de maravilla. Iba a ser mi primera vez con una mujer trans, y la idea me ponía a mil.
***
Náyade se fue a explorar un sitio discreto al que llevarme mientras yo servía las últimas copas y apuraba botellas. Los dormitorios y los baños estaban ocupados, según me dijo, por gente a la que ni se le pasaba por la cabeza cerrar las puertas.
La piscina la dominaba yo desde la barra. Veía a las dos bailarinas, ya en remojo, bien arrimadas a sus amantes mucho mayores, y a su alrededor más parejas en distintos estados de embriaguez. O de desnudez, según se mire.
Al final me llevó de la mano hasta un rincón retirado del jardín, sobre la hierba fresca y bajo una luna llena enorme. Allí por fin pude sacarle el vestido y comprobar que era casi lo único que llevaba puesto, aparte de las sandalias. Bastó con soltar el broche de su nuca para que la tela ligera resbalara al suelo, apenas retenida un segundo por sus pechos firmes.
Y entonces cumplí mi promesa. Me deshice de mi ropa en un estriptis lento, prenda a prenda, con la música de la fiesta sonando aún de fondo. La falda cayó con un solo meneo de cadera y dejó a la vista el tanga minúsculo que apenas cubría nada y las medias detenidas a mitad del muslo. La blusa ya casi no tenía botones que abrir; Náyade se había encargado de irlos soltando cada vez que se acercaba a la barra. Quitarme aquello y el sujetador no costó nada.
Me arrodillé en el césped, entre sus muslos largos, con sus rodillas apoyadas en mis hombros. Frente a mí, perfectamente depilada y muy dura, la prueba de su secreto. Empecé despacio, lamiendo la cara interna de los muslos, acercándome con el sabor salado de su piel en la lengua. Me entretuve un buen rato más abajo, jugando incluso con un dedo en su entrada, y sus gemidos me confirmaron que iba por buen camino.
Seguí subiendo. Besé el vientre liso, las tetas durísimas, los pezones que parecían querer escaparse de tan tensos. Le lamí las axilas suaves y depiladas, esos puntos poco explorados que la hicieron temblar. Besé su cuello fino, incluso la nuez que me había despistado un rato antes, hasta llegar a su boca. Los labios se le separaron solos al contacto de mi lengua, y mientras nos besábamos con mucha saliva y ningún pudor, yo la abría con dos dedos por detrás.
***
Su erección seguía firme, inquebrantable a fuerza de pura excitación, y habría sido un crimen desaprovecharla. Una ocasión así podía no repetirse.
La calentura me empujó a subirme sobre su cadera y clavarme en ella, que fue entrando despacio, abriéndome y llenándome. Estaba tan excitada que no hizo falta más lubricación que la mía. Así podía agarrarme a sus tetas mientras ella amasaba las mías, o cogerme yo misma un pecho y subírmelo hasta lamerme el propio pezón.
Náyade se incorporaba lo justo para chuparme los pezones a la vez que me apretaba el culo con las dos manos. El nailon de mis medias le rozaba los costados y le arrancaba un escalofrío cada vez que me movía. Se tomó su tiempo para terminar; para entonces yo ya había llegado un par de veces, perdida la cuenta entre la hierba y la luna.
Quizá había sido un chico alguna vez, y de los guapos. Pero a esas alturas sabía perfectamente cómo derretir a una mujer encima, debajo o alrededor de aquel pedazo de carne dura. Conservamos los dos tangas puestos todo el rato; solo los apartamos.
Quise usar el mío para limpiarme un poco, pero ella me retuvo la muñeca, me agarró de la cadera y tiró de mi cuerpo hacia su cara. Dejé un reguero sobre su vientre hasta poner mi sexo al alcance de su lengua juguetona.
Ya me había corrido varias veces, pero notar cómo su lengua me recorría entera, deteniéndose en el clítoris cada dos por tres, me hizo repetir una vez más. Bajó hasta clavarme la lengua por detrás y yo habría querido sentirla otra vez dentro, pero las dos estábamos rendidas y aquello ya no reaccionaba.
Mis gemidos se confundían con los que subían desde la piscina. Un poco más allá, otra pareja follaba entre los arbustos, y sus suspiros se mezclaban con los que yo le sacaba a mi amante y con los que ella me arrancaba a mí. Por lo visto, todo el mundo había encontrado en aquella fiesta la compañía que buscaba.
Cuando comprobé que nadie nos prestaba la menor atención, decidí que era el momento de desaparecer. Le propuse venirse a dormir a mi apartamento. No rechazó la oferta. Y no ha sido la única noche que hemos pasado juntas desde entonces.