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Relatos Ardientes

La tarde en que mi vecino me vio de mujer

Esto sucedió hace muchos años, cuando yo tenía diecinueve y vivía con mis padres en una casa donde mi secreto más privado era una maleta vieja escondida debajo de la cama. Desde los dieciséis me gustaba ponerme ropa de mujer cuando estaba solo. Con el tiempo fui comprando mis propias prendas, despacio, con cuidado, como quien construye algo frágil que no puede mostrarle a nadie.

Ese verano pasábamos temporadas largas en la quinta familiar, una propiedad en las afueras que mi padre usaba para descansar de su negocio de transporte de carga. Era un lugar tranquilo: jardín grande, camino de tierra, una zanjita de riego que bordeaba la cochera. Yo tenía allí mi escondite en el cuarto del fondo. En esa maleta guardaba todo: medias finas, lencería de encaje negro, dos vestidos cortos y un par de zapatos de taco alto que me habían costado la mitad de mis ahorros.

Un viernes de julio, mis padres partieron juntos. Mi padre tenía reuniones en otra ciudad y mi madre lo acompañaba como siempre. Los peones no trabajaban los fines de semana y don Ernesto, el casero, tenía su franco el sábado. Quedé completamente solo. Y supe, en cuanto escuché el motor del coche alejarse por el camino de tierra, que el día siguiente iba a ser mío.

***

Me desperté cerca del mediodía. Tomé mate en bata mirando el jardín desde la ventana, saboreando esa mezcla extraña de calma y anticipación que solo se siente cuando uno está a punto de hacer algo que tiene prohibido. Después me duché con agua caliente, me sequé despacio y fui al cuarto del fondo a abrir la maleta.

Primero la lencería: un conjunto de encaje negro, ajustado y suave al tacto. Después las medias de red, que siempre me habían parecido la prenda más rotundamente femenina que existía. Luego un vestido azul noche, corto y ceñido, que se moldeaba al cuerpo sin dejar nada a la imaginación. Y por último, los zapatos.

Eran de taco fino y alto, negros, con una correa delgada que se abrochaba al tobillo. Cuando me los puse y me puse de pie, algo cambió. No dramáticamente, no como en las películas. Fue algo sutil pero definitivo: mi postura, mi peso distribuido de otra manera, el sonido diferente de mis pasos sobre el piso de madera. Me miré en el espejo largo del baño y me quedé un momento quieto, mirándome sin apartar los ojos.

Hacía un año que soñaba con salir así. No a la ciudad, no donde me pudieran reconocer. Solo dar una vuelta por los caminos forestales de la zona, donde los fines de semana apenas pasaba alguien. Me puse una chaqueta de jean sobre el vestido, me pinté los labios de rosa oscuro y tomé las llaves del Renault de mi padre. Salí por la puerta trasera con el corazón en la garganta.

La brisa en las piernas era algo que no había sentido nunca con esa intensidad. El ruido de los tacos sobre el escalón de cemento, el crujido de la grava bajo mis pies. Me costó acomodarme en el asiento del conductor con los tacos puestos, pero lo conseguí. Puse el coche en marcha y salí al camino de tierra.

Durante casi dos horas manejé por los bordes de los campos, entre pinos y eucaliptos. Una furgoneta a lo lejos. Una mujer con un perro que no levantó la vista. Nada más. Me detuve en un camino sin salida rodeado de árboles, bajé del coche y caminé un trecho entre los troncos, escuchando el repiqueteo de mis tacos sobre las raíces y la tierra apisonada. Era ridículo y era perfecto al mismo tiempo.

***

Cuando decidí volver, el sol ya estaba bajo y la luz tenía ese color anaranjado de las tardes de invierno. Me sentía bien. Demasiado bien, quizás, porque cuando entré al camino de acceso a la quinta no presté suficiente atención al borde de la zanja de riego. La rueda trasera derecha se fue sin avisar. Aceleré por instinto y eso lo empeoró todo: la rueda izquierda también cayó.

Me bajé del coche y lo miré desde atrás. Las dos ruedas traseras estaban hundidas en la zanja, con el chasis casi rozando el suelo de tierra. Intenté varias veces mover el coche: marcha atrás, marcha adelante, marcha atrás de nuevo. Nada. El motor rugía y las ruedas giraban en el barro sin agarre. Mientras empujaba desde afuera, noté que los tacos finos se iban hundiendo en el césped húmedo. No era el momento de pensar en eso, pero lo pensé igual.

—¿Te quedaste encajada, nena?

La voz vino desde mi derecha. Me giré demasiado rápido y el taco resbaló en el pasto. Caí de costado, apoyé las palmas en la tierra y antes de que pudiera levantarme ya había una mano extendida hacia mí. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, con el pelo oscuro y algunas canas en las sienes. Vestía camisa de trabajo arremangada y botas de campo.

—Los tacos altos no son para el jardín —dijo, y en su voz no había burla. O si la había, era amable.

Me ayudó a ponerme de pie. Yo balbuceé algo, no recuerdo qué exactamente. Él ya estaba mirando el coche con expresión práctica, calculando el problema.

—Soy Roberto, el de la quinta de enfrente. Tengo una camioneta y una cadena. En diez minutos te saco.

Y lo hizo. Sin preguntas incómodas. Sin comentarios sobre mi ropa ni sobre el maquillaje que se me había corrido con el susto. Ató un cable a la barra trasera del Renault, dio marcha atrás con su camioneta y sacó el coche de la zanja como si fuera una rutina doméstica. Después enrolló el cable con calma, lo guardó en la caja de la camioneta y me miró.

—¿Estás bien?

—Sí. Muchas gracias, Roberto. De verdad.

—No es nada —respondió, y lo decía en serio.

No sé por qué lo invité. Supongo que fue la mezcla de alivio y adrenalina. O quizás había algo en su manera de mirarme, sin incomodidad ni morbo, que me hizo sentir en un territorio inesperadamente seguro.

—¿Querés quedarte a cenar? —le pregunté—. Para agradecerte.

Él consideró la propuesta sin apuro.

—Si vas a estar vestida así —dijo finalmente—, con mucho gusto.

***

Entré a la casa con el corazón a mil. Me cambié el vestido manchado de tierra por uno limpio, también corto, de color vino tinto. Me retoqué los labios. Cambié las medias de red por unas lisas, casi transparentes. Me perfumé la nuca y las muñecas. Volví a ponerme los tacos negros.

¿Qué estaba haciendo exactamente?

Sabía exactamente qué estaba haciendo. Ya sentía la verga endureciéndoseme apretada contra la lencería de encaje, latiendo con cada movimiento, con cada roce del vestido contra los muslos.

Roberto llegó puntual, con el pelo mojado y una botella de Malbec en la mano. Se había cambiado de ropa: pantalón oscuro, camisa celeste con los dos primeros botones abiertos. Olía a jabón y algo levemente amaderado.

—Pasá —le dije, haciéndome a un lado para dejarlo entrar.

Cené poco. Él comió con apetito y habló con calma de la quinta, del campo, de cuánto tiempo llevaba viviendo solo desde que su matrimonio se había disuelto. Yo escuché y bebí más vino del que debería. Las velas en el centro de la mesa hacían que todo pareciera más íntimo de lo que era, o quizás exactamente tan íntimo como realmente era.

Cuando terminamos de comer, nos mudamos al sillón del living con las copas. Me senté a su lado, no frente a él. Crucé las piernas con lentitud, dejando que el vestido se me subiera hasta casi mostrar el borde de la media. Su mirada bajó un instante a mis muslos y volvió a mi cara, y no disimuló el hambre.

—Estás muy linda —dijo.

—Gracias.

—¿Hace mucho que...?

—Desde los dieciséis —respondí, sin esperar a que terminara la pregunta—. Pero nunca lo hice con nadie. Nunca me tocó nadie así.

Él asintió despacio. Me puso una mano en la rodilla, encima de la media, y la deslizó hacia arriba con una lentitud que me hizo apretar los dientes.

—Entonces vamos a ir tranquilos —dijo—. Pero no te voy a mentir: tengo la pija dura desde que abriste la puerta.

Escucharlo decirlo así, con esa calma, me dejó sin aire. Puso la copa sobre la mesita baja y se acercó despacio, con esa tranquilidad que tenía para todo. Me miró de cerca, como preguntando sin palabras. Yo no aparté los ojos. Entonces me besó.

Fue un beso largo y hondo, con la lengua metiéndose en mi boca sin apuro, buscando la mía, empujándola, haciéndome ceder. Tenía las manos en mi cintura, firmes, y una de ellas empezó a bajar hasta mi cadera y de ahí al muslo, y de ahí más adentro. Cuando me tocó por encima del vestido, sobre la lencería, ya estaba mojada de líquido preseminal empapando el encaje. Él lo sintió y sonrió contra mi cuello.

—Mirá cómo estás, nena.

Yo sentí cómo se me aflojaban los hombros, la mandíbula, algo más profundo que la mandíbula.

***

Nos movimos al dormitorio sin apuro, pero yo caminaba con las piernas temblándome. Él me desabrochó el vestido por la espalda y lo dejó caer al suelo. Se quedó mirándome un momento: la lencería negra apretada, el bulto marcado y húmedo en la parte delantera, las medias transparentes, los tacos.

—Date vuelta —me dijo, con la voz más grave que antes—. Despacio.

Giré sobre los tacos, mostrándome. Sentí sus manos en mi culo por encima del encaje, apretándome, separándome, y después una palmada suave que me hizo soltar un jadeo tonto.

—Sos una putita hermosa —murmuró en mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Todo este tiempo escondida, ¿no?

—Sí —susurré.

—¿Y sabés lo que te voy a hacer?

—Decímelo.

—Te voy a coger hasta que no te acordés de tu nombre.

Me hizo tumbarme en la cama boca arriba y me observó desvestirse. Se sacó la camisa, después el cinturón, después el pantalón. Cuando el calzoncillo cayó al piso, vi por primera vez la verga que llevaba una hora imaginando: gruesa, larga, dura contra el vientre, con una vena hinchada corriéndole por debajo y la punta ya brillante de líquido. Se me hizo agua la boca de manera literal.

Era un hombre tranquilo incluso en eso. Se subió a la cama y me besó despacio desde el tobillo hasta el muslo, mordisqueando la media, subiendo hasta la cara interna, respirando caliente sobre mi entrepierna. Me bajó la bombacha de encaje sin sacármela del todo, dejándola enganchada en uno de los tacos, y me tomó la verga con la mano. La sostuvo firme y me la lamió desde la base hasta la punta con la lengua plana, como quien saborea algo por primera vez. Después se la metió en la boca entera, hasta el fondo, y me chupó con una calma que me hizo agarrarme de las sábanas.

—Roberto, esperá, me voy a...

Me soltó justo antes, con los labios brillantes, y sonrió.

—Todavía no, nena. Te toca a vos.

Le desabroché nada, ya estaba desnudo. Me arrodillé entre sus piernas y lo tomé en la mano. La verga me pesaba en la palma, caliente y palpitante. La llevé a mi boca despacio, saboreando primero la punta con la lengua, dando vueltas alrededor del glande, chupando ese líquido salado que le salía de a poco. Después abrí la boca y me metí la mitad, tanteando cuánto podía tomar. Sentí la piel tensa contra el paladar, el latido en la lengua.

Él soltó el aire despacio, con los ojos cerrados y una mano apoyada en mi cabeza sin presionar. Lo tomé más profundo, hasta que se me llenaron los ojos de agua y tuve que sacarlo un segundo para respirar. Volví de nuevo, esta vez usando la mano en la base y la boca en el resto, subiendo y bajando con un ritmo que fui encontrando solo. Escuché cómo su respiración cambiaba, cómo empezaba a soltar gemidos cortos, cómo su mano en mi pelo se apretaba un poco más, y eso me dio una satisfacción extraña, concreta, completamente nueva. Le chupé los huevos también, uno por uno, mientras le hacía una paja lenta, y él dijo mi nombre por primera vez esa noche, en un jadeo entrecortado.

—Basta —dijo—, o me corro en tu boca ahora mismo.

—Quiero que te corras adentro —dije yo, sin pensarlo antes de decirlo—. Adentro del culo.

Vi cómo se le apretaba la mandíbula al escucharme.

Después me pidió que me pusiera de rodillas sobre la cama, con el pecho contra el colchón y el culo levantado. Sentí sus manos en mis caderas, sus pulgares trazando círculos lentos en la piel. Tomó su tiempo. Mucho tiempo. Me abrió las nalgas con las dos manos y se agachó, y sentí la lengua caliente lamiéndome ahí, un lugar donde no me había tocado nadie nunca. Solté un gemido largo contra la almohada. Me lamió con calma, entrando y saliendo, mojándome bien, mientras con una mano me hacía una paja lenta por debajo. Me sentí abrirme de una manera que no sabía que podía abrirme.

Sacó lubricante de su pantalón —lo había traído, lo había pensado— y me untó bien, primero con un dedo, después con dos. Los movía en círculos, entrando y saliendo, y yo empujaba el culo contra su mano sin poder evitarlo.

—Mirá cómo apretás —murmuró—. Vas a sentirla toda.

Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, milímetro a milímetro, dejándome acostumbrarme. Sentí la punta gruesa forzando el anillo, después el ardor de la penetración, después el peso completo de la verga metiéndose adentro mío hasta que sentí sus huevos contra mi piel. Me quedé sin aire. Él se quedó quieto, respirando pesado sobre mi espalda.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí, y era la verdad más simple que había dicho en toda mi vida—. Cogeme, por favor.

Empezó a moverse. Primero despacio, con embestidas largas y hondas que me sacaban gemidos que yo no sabía que podía hacer. Su mano me agarró del pelo, no con violencia, con firmeza, y me tiró la cabeza un poco hacia atrás. La otra mano se cerró sobre mi cadera. El ritmo fue creciendo. Cada empuje me clavaba contra el colchón y me hacía apretar los tacos contra las sábanas, con la bombacha todavía colgando de un tobillo.

—Así, puta, así —jadeaba él contra mi oreja—. Mirá cómo me la chupás con el culo.

Yo no podía contestar. Solo gemía y empujaba el culo hacia atrás, buscando más, dejándome coger con una entrega que me estaba redescubriendo entero.

Cambiamos de posición dos veces. Me hizo darme vuelta, boca arriba, con las piernas dobladas contra el pecho. Los tacos negros en el aire. La verga volvió a entrar de un empujón firme y me hizo arquear la espalda. Ahora podía verle la cara mientras me la metía, verle el pecho brillándole de transpiración, la mandíbula apretada, los ojos clavados en los míos. Se agachó y me besó mientras me cogía, con la lengua metiéndose en mi boca al mismo ritmo que la verga en el culo.

Después me levantó las piernas por encima de sus hombros, poniéndome casi doblado en dos, y ahí el ángulo cambió. Cada embestida me llegaba más adentro, tocando un lugar que me hacía ver puntos blancos. Yo tenía la verga durísima entre los dos vientres, atrapada, y con cada movimiento se me frotaba contra su piel y contra la mía. Empecé a sentir que no aguantaba más.

—Me voy a correr —jadeé.

—Corréte para mí, nena. Sin tocarte.

Y me corrí. Sin tocarme la verga, solo con él cogiéndome, dando embestida tras embestida en el mismo punto. Los tacos temblándose en el aire mientras chorros calientes de semen me salpicaban el vientre y el pecho, uno tras otro, mientras yo apretaba el culo alrededor de él y gemía sin control.

Él aguantó un poco más, mirándome la cara mientras me corría, con esa concentración tranquila que tenía para todo. Después salió y se la agarró con la mano.

—Abrí la boca —dijo.

La abrí. Se hizo una paja rápida sobre mi cara y acabó con un gruñido ronco y contenido, largando chorros gruesos de semen sobre mi lengua, sobre los labios, sobre la mejilla. Le chupé la punta cuando terminó, sacándole las últimas gotas, y tragué sin apartar los ojos de los suyos. Vi cómo se le escapaba un espasmo tardío al ver eso.

Por alguna razón que no sé explicar, lo más erótico de toda la noche fueron los tacos moviéndose sobre nosotros como una prueba de que aquello era real.

***

Nos quedamos un rato en silencio. Él fue al baño, volvió con una toalla húmeda y me la extendió sin hacer drama. Me limpié despacio, el semen del pecho, del vientre, de la cara. Después fuimos a la cocina casi sin ropa, yo todavía con los tacos puestos y la lencería puesta a medias, y preparé café. Nos sentamos muy juntos en el banco de madera de la mesada, con las tazas calientes en las manos y el silencio de la quinta alrededor.

Antes de irse me dijo que si alguna vez quería pasar a visitarlo, su puerta estaba abierta. Le dije que sí, que me gustaría. Me besó en la frente, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y salió por la puerta trasera hacia el camino de tierra oscuro.

Me quedé en la cocina escuchando sus pasos alejarse hasta que no se escuchó nada más.

Así que esto era.

Fui al cuarto del fondo, me quité los tacos con cuidado, los guardé en la maleta y me acosté. Era la primera vez en mucho tiempo que me dormí sin tener que guardar nada.

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Comentarios(8)

LectorNocturno

que relato tan bueno, me atrapó desde el principio hasta el final!!!

DiegoPampero

Por favor una segunda parte. Quede con ganas de saber que pasó despues con Roberto.

MirtaRelatos

Me encanto como esta escrito, se siente tan real. Esos momentos de vulnerabilidad que describes llegan directo al corazon. Seguí así!

nico_cba

increible!!!

Patri_lejos

Ay dios, que situacion tan tensa la del vecino. Me recordó a cuando a mi me descubrieron algo que queria guardar solo para mi y el corazon se te va a los pies. Muy bien narrado, de verdad.

AndreaMV

Y como reacciono Roberto al final? me quede con la duda jajaja

Toulouse

Muy buen relato, lo lei de un tiron. Se nota que esta escrito con sensibilidad, no es el tipico. Espero leer mas

VecinosCurioso27

El titulo me engancho al toque y el relato no decepciono. Sigue escribiendo!

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