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Relatos Ardientes

La piscina del hotel que cambió todo esa noche

El agua siempre me ha dado lo que otras cosas no pueden darme. Ni siquiera sabría explicarlo del todo bien: es la temperatura, la presión, esa manera que tiene de envolver cada centímetro de piel al mismo tiempo. Cuando estoy dentro del agua me olvido de todo lo que se supone que tengo que ser y solo soy yo, Sofía, sin más complicaciones.

Llevaba cuatro días en el Hotel Mediterráneo por trabajo. Convenciones, presentaciones, cenas de negocios con gente que sonríe demasiado. Las jornadas terminaban tarde y las noches, al menos, eran mías.

Desde el primer día vi la piscina. Grande, rectangular, con iluminación submarina que la ponía de un azul casi imposible cuando anochecía. Durante el día había familias y parejas. A partir de las diez, según el cartel plastificado de la recepción, cerraba el servicio de bar y la zona quedaba «solo para uso de huéspedes». Lo interpreté como una invitación.

***

El cuarto día preparé todo con calma. Me duché, me sequé el pelo y me senté frente al espejo del baño con el tiempo que me gusta tomarme. Saqué del fondo de la maleta el conjunto que había traído con una intención vaga pero persistente desde que hice la reserva: un body de encaje negro de tiras finas, medias de rejilla y una braguita diminuta a juego. Ropa para sentirme bien, no para nadie más.

El lubricante lo tenía en el neceser. Saqué el juguete que viaja conmigo desde hace años, ese que ya conozco bien, y me tomé mi tiempo colocándolo. Me eché lubricante en los dedos y me acaricié el culo despacio, dibujando círculos alrededor del agujero hasta que el músculo cedió y pude meter un dedo, luego dos, abriéndome con paciencia. Cuando presioné el juguete contra la entrada y empujé, mi propio culo se lo tragó con un sonido húmedo que me hizo morderme el labio. La sensación de tenerlo dentro, firme y ajustado, apretando contra la próstata cada vez que contraía los glúteos, transformó de inmediato cada movimiento en algo diferente. Me senté en el borde de la cama y el centro de gravedad cambió, y supe que la noche iba a ser exactamente lo que necesitaba.

Me eché el pareo encima y bajé por el pasillo con los zapatos planos en la mano, sin prisa.

***

La piscina estaba vacía, como esperaba. El bar cerrado con una cadena simbólica entre dos postes de acero. Las tumbonas apiladas junto a la valla. Una sola lámpara de exterior encendida en el rincón, y la luz del fondo del agua tiñéndolo todo de azul.

Dejé el pareo doblado sobre la tumbona más alejada de la entrada, me quité los zapatos y bajé los escalones de metal que entraban al agua desde el extremo poco profundo. El primer contacto fue un choque precioso: el agua a temperatura de piscina de hotel, ni fría ni tibia del todo, perfecta para esa hora de mayo.

Las medias se pegaron de inmediato. El body también, apretando donde me gustaba que apretara, cediendo donde quería que cediera. Y el juguete respondió al desplazamiento del agua, a cada paso que daba hacia el centro, moviéndose apenas dentro de mí de una manera que me hizo cerrar los ojos un segundo y quedarme quieta. Sentí cómo la tela de la braguita se ceñía a mi polla, que ya empezaba a hincharse debajo del encaje, y cómo el body me apretaba el paquete como si fuera parte de la coreografía.

Empecé a nadar.

No nado con técnica. Nado para sentir. Brazadas lentas, cambios de dirección sin razón concreta, momentos en los que simplemente flotaba boca arriba con los ojos en las estrellas que se veían entre las nubes. La tela húmeda, el peso del agua, el movimiento constante que viajaba desde el juguete hacia arriba y se acumulaba en algún lugar entre el estómago y la garganta.

A los veinte minutos me zambullí por primera vez.

En el fondo, que tendría poco menos de tres metros en el extremo profundo, el silencio era completo. Los sonidos de la ciudad desaparecían. Solo quedaba el agua presionando contra los tímpanos, la luz azul distorsionada desde arriba y mis propias manos moviéndose sobre el encaje mojado. Me toqué despacio, con los dedos buscando a través de la tela hasta encontrar mi polla dura, envolviéndola por encima de la braguita y masturbándome con movimientos cortos y apretados, mientras el pecho empezaba a apretarse por la falta de aire. Apretaba el juguete con los glúteos y sentía la respuesta subir directa, limpia, sin rodeos, el plástico presionándome dentro justo donde tenía que presionarme. Metí una mano por debajo del encaje, agarré la polla piel con piel y me di dos, tres pajas rápidas antes de que los pulmones gritaran.

Volví a la superficie sin haber terminado. No quería terminar todavía.

Repetí la secuencia varias veces: nadar, sumergirme, tocarme en el fondo hasta el límite del aire, volver. Cada bajada era más intensa que la anterior. Me había metido en esa espiral en la que el cuerpo pide más y la cabeza está tan ocupada en sentir que deja de procesar cualquier otra cosa. En una de esas bajadas me bajé la braguita hasta medio muslo y me la casqué con toda la mano, sintiendo la polla dura y el agua templada resbalando entre los dedos, la punta hinchada pidiendo más de lo que podía darle sin ahogarme.

Estaba en el fondo, con los dedos apretando la braguita contra mi cuerpo y los pulmones a punto de rendirse, cuando vi la sombra al borde de la piscina.

***

Subí rápido. Tomé aire. Giré.

Había un hombre sentado en el extremo opuesto, los pies dentro del agua, una botella de cerveza en la mano. Treinta y tantos, pelo oscuro, camisa de lino arrugada. Me miraba con la expresión de alguien que lleva tiempo mirando y no tiene ninguna intención de disimularlo.

Me quedé quieta, con el corazón acelerado y sin saber bien qué sentir. No era miedo exactamente. Era la conciencia repentina de haber sido vista haciendo algo muy mío, algo que no había calculado compartir.

Él levantó la botella a modo de saludo.

—Buenas noches —dijo. Voz tranquila, sin urgencia.

—Buenas —respondí.

—Hace un rato que estás aquí. ¿El agua está bien?

—Perfecta.

Un silencio. Él dio un trago a la cerveza sin dejar de mirarme.

—Me llamo Marcos.

—Sofía.

Dejó la botella en el suelo, se levantó y se quitó la camisa en un gesto tranquilo, sin anunciar nada. Se tiró al agua de pie, levantando una ola que me llegó al cuello, y nadó directo hasta quedarse a un metro de mí.

—¿Te molesta? —preguntó.

—Depende de lo que hagas —dije.

Sonrió. Una sonrisa breve, sin exceso.

—Nada que no quieras que haga.

***

Estuvimos un rato nadando juntos sin tocarnos. A veces nos acercábamos y la corriente que generaba él me llegaba como un roce. A veces me miraba de una manera que era difícil malinterpretar. Yo lo miraba también: los hombros anchos, las manos grandes, el cuello donde la línea del bronceado marcaba los límites del verano pasado. El bañador se le pegaba al cuerpo y desde donde yo estaba se veía perfectamente el bulto entre las piernas, ya duro, marcándose contra la tela mojada.

Me sumergí.

Y él se sumergió detrás.

En el fondo me encontró. Me tomó las manos despacio, con cuidado, como asegurándose de que yo no iba a apartarme. Me miró un segundo. Luego me besó.

Fue un beso largo para estar bajo el agua, sin aire que malgastar. Su lengua entró en mi boca con hambre, buscando la mía, y sus labios eran firmes y el beso tenía esa intensidad de las cosas que se hacen por impulso puro, sin calcular las consecuencias. Cuando empezamos a subir nos soltamos, y cuando llegamos a la superficie nos miramos jadeando levemente.

—Hacía tiempo que no hacía algo así —dijo.

—¿Besar bajo el agua?

—Dejar de pensar antes de hacer algo.

Sus manos se posaron en mi cintura. Sin apretar todavía, solo ahí. Yo puse las mías en sus hombros y nos besamos otra vez, esta vez con tiempo y con superficie, con las lenguas enredadas y su respiración caliente contra mi cara, y sus manos bajaron por mi espalda y aprendieron la forma del body mojado, la cintura, la curva de mis caderas. Cuando llegó a la braguita y sintió el extremo del juguete, se detuvo. Pero también sintió, al mismo tiempo, mi polla dura empujando contra la tela de encaje por delante.

Me miró.

No hice pausa.

—Soy trans —dije—. Por si necesitabas el dato.

Lo procesó. No fue un segundo de incomodidad: fue un segundo de ajuste, que es diferente. Luego me besó de nuevo, más despacio que antes, y una de sus manos bajó por delante y me apretó la polla por encima de la braguita, midiéndome sin vergüenza.

—No cambia nada —dijo contra mi boca—. Al contrario.

—Bien —respondí.

Sus dedos volvieron al juguete, lo exploraron con curiosidad y cuidado, y empezaron a moverlo. Solo un centímetro, dos, tanteando mi reacción. Cuando gemí bajito en su cuello, empujó un poco más, sacándolo casi entero para luego enterrármelo otra vez, mientras su otra mano seguía envolviéndome la polla por encima del encaje mojado. Apoyé la frente en su cuello y cerré los ojos. El agua seguía empujando alrededor. En algún extremo de la piscina, los focos submarinos parpadearon. Yo llevé una mano a su bañador y le apreté la verga por encima de la tela: la tenía dura, gruesa, larga. Se me hizo la boca agua.

—Sofía —murmuró.

—Sí.

—Creo que esto lo resolvemos mejor en otro sitio.

Lo miré. Tenía una sonrisa que era mitad pregunta, mitad promesa.

—Te creo —dije—. Vamos.

***

Salimos del agua chorreando. Recogí el pareo sin ponerlo encima, porque ya no tenía sentido. Caminamos por el pasillo de baldosas dejando un rastro de agua, él con la camisa de lino colgada del hombro y yo con las medias pegadas a las piernas. Una pareja que salía del ascensor nos miró con la expresión de quien no entiende el contexto. No me importó.

Mi habitación era la 412. Abrí con la tarjeta y entramos.

La lámpara de noche daba poca luz, suficiente para vernos bien. Marcos cerró la puerta y me miró entera, sin prisa, sin comentarios. Esa manera de mirar que no necesita palabras porque ya lo dice todo.

Se acercó y me desabrochó el body muy despacio, desde el cuello hacia abajo, con los dedos que todavía estaban fríos del agua de la piscina. Cuando lo dejó caer al suelo, dio un paso atrás para verme mejor: las medias de rejilla mojadas pegadas a los muslos, la braguita empapada y transparente marcándome la polla dura, un hilo de líquido preseminal manchando el encaje. Asintió levemente, como si confirmara algo que ya sabía.

—Ven aquí —dijo.

***

Fui. Me plantó la boca en la mía y me empujó contra la pared. Su mano bajó directa a mi braguita, la corrió a un lado y me agarró la polla piel con piel. Me la empezó a pajear con la mano cerrada, apretando bien, mientras su lengua me invadía la boca. Yo le bajé el bañador de un tirón y le liberé la verga: era todavía más grande de lo que había calculado bajo el agua, gruesa en la base, la cabeza roja e hinchada, ya goteando. La agarré con las dos manos y se la trabajé despacio, sintiendo cómo palpitaba contra mis palmas.

—Quiero probártela —le dije, y me arrodillé sin esperar respuesta.

Le lamí la punta primero, saboreando el líquido salado que le brotaba, y luego me la metí entera en la boca. Le mamé la polla con hambre, cerrando los labios bien apretados alrededor de la carne dura, dejando que me llegara al fondo de la garganta hasta arcadearme, tragando saliva y sacándola con hilos que me caían por la barbilla. Marcos me agarró del pelo con las dos manos y empezó a follarme la boca sin pedir permiso, empujando las caderas contra mi cara, y a mí eso me puso todavía más dura. Cuando me la sacó, tenía las mejillas rojas, los ojos llorosos y una línea de baba desde los labios hasta la punta de su verga.

—Levántate —dijo con la voz ronca—. A la cama.

Me tumbó boca abajo, me subió las caderas y me quitó la braguita mojada bajándomela hasta las rodillas. Vio el juguete todavía metido en mi culo y sonrió. Lo agarró por la base y me lo empezó a follar con la mano, entrando y saliendo despacio, mientras con la otra mano me abría los glúteos para verme bien. Yo gemía contra la sábana, con la polla apretada entre mi vientre y el colchón, chorreando preseminal por todas partes.

—Mírate —murmuró—. Con lo mojada que estás y todavía pidiendo más.

—Sácamelo —jadeé—. Métemela tú.

Me sacó el juguete de un tirón lento que me dejó vacía y palpitando. Escuché el sonido de un envoltorio, el chasquido de un condón, y luego sentí la cabeza de su polla apoyada contra mi agujero, tanteando. Empujó despacio, ganando terreno centímetro a centímetro, y mi culo, ya abierto y bien lubricado, se lo tragó entero de una embestida larga que me arrancó un gemido desde el fondo del pecho.

—Joder —soltó él—. Qué apretada estás.

Y empezó a follarme. En serio. Con las manos clavadas en mis caderas y las embestidas cada vez más profundas, más rápidas, chocando contra mi culo con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Me la metía hasta el fondo y me la sacaba casi entera para volvérmela a enterrar, y cada golpe suyo me empujaba contra el colchón y le sacaba a mi polla, atrapada debajo, un roce que me estaba volviendo loca. Le rogué que no parara. Le rogué que me la metiera más fuerte. Marcos me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, follándome desde arriba como si quisiera partirme en dos.

Después me dio la vuelta. Me puso de espaldas, me abrió las piernas, se me metió de nuevo. Ahora nos mirábamos. Me metió los pulgares en la boca y yo se los chupé. Bajó una mano y me agarró la polla, pajeándome al mismo ritmo que me follaba, y cada vez que entraba hasta el fondo me daba justo donde tenía que darme por dentro. Sentí el orgasmo subir desde muy abajo, largo, denso, imparable.

—Me voy a correr —le avisé.

—Córrete —dijo—. Córrete para mí.

Me corrí a chorros, con la polla en su mano y la suya enterrada hasta la base en mi culo, salpicándome el vientre y el pecho de semen caliente mientras el cuerpo entero me temblaba en oleadas que no terminaban. No fue ruidoso ni dramático: fue largo, profundo, de esos que empiezan antes de que sepas que ya llegaron y terminan después de que crees que ya pasaron. Marcos llegó poco después, sin sacarla, empujando fuerte tres, cuatro veces con los ojos cerrados y una contracción en la mandíbula que noté antes que nada, vaciándose dentro del condón con un gruñido apagado contra mi cuello.

Se dejó caer encima de mí, sudado, sin salir todavía. Nos quedamos quietos un rato. El aire acondicionado zumbaba. Afuera, en algún punto, un coche frenó bruscamente y alguien tocó el claxon.

***

—¿Cuántos días más te quedas? —preguntó Marcos, sin moverse.

—Tres. ¿Y tú?

—Cuatro.

Levantó la cabeza y me miró con algo en los ojos que reconocí como alivio. Asentí un poco, sin hacer comentarios al respecto. No hacía falta.

Me acomodé contra él, con la piel todavía húmeda y el cuerpo pesado de la manera buena, y con el semen suyo goteándome por dentro cuando por fin sacó la polla y el condón. Antes de dormirme pensé en la piscina vacía, en el agua azul, en todas las noches que había pasado sola haciendo exactamente lo que me apetecía y sintiéndome bien con eso. Sin arrepentirme de ninguna.

Y pensé que a veces la vida te da algo distinto de lo que buscabas, y resulta que era exactamente lo que necesitabas.

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Comentarios(9)

Tomas_rdp

que morbo por dios!!! me encantó, sigue subiendo relatos asi

LolaVega23

Por favor que haya segunda parte, me quede con las ganas de saber que pasó despues

Claudio_mdp

La ambientación de la piscina de noche es brutal. Se siente que estas ahi de verdad. De los mejores relatos que lei acá en mucho tiempo.

MikeV90

jajaja me imagino la escena desde el bar, tremendo. muy bueno

FernandoK81

tiene continuacion? quede muy enganchado y quiero saber como termina todo

Mariela_cba

muy bien narrado, el suspenso del principio te atrapa de inmediato. sigue asi!!

Rodri_BC

5 estrellas sin dudas. relato genail

Sandra_VLP

me gusto mucho, el detalle del que observa desde la oscuridad le da un misterio increible. esperando mas relatos de este estilo!

NochesFrias88

me recordó a unas vacaciones que tuve hace dos años jaja, aunque sin tanto morbo :)

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