Me descubrió en la terraza y llamó a mi puerta
Todo empezó con un viaje de trabajo que nadie más en la empresa quería: cinco días en una ciudad capital, sin compañía, con gastos pagados y sin que ningún conocido estuviera a cincuenta kilómetros a la redonda. Para la mayoría de mis compañeros era un trámite gris y solitario. Para mí era una semana entera de libertad.
Hice el registro con el traje de siempre, el que reservo para parecer lo que se espera de mí en contextos laborales, y subí la maleta a la habitación. En cuanto cerré la puerta con llave, abrí la cremallera grande y saqué lo que en realidad había empacado: los conjuntos de encaje negro, la blusa transparente, el liguero de satén, las medias de costura recta, los tacones de ante café que compré tres meses antes esperando exactamente este tipo de ocasión.
Me tomé todo el tiempo del mundo. Eso también es parte del placer: hacerlo despacio, sin prisa, saboreando cada detalle. La ducha larga, el maquillaje frente al espejo enorme del baño, el encaje contra la piel todavía húmeda. Hay algo que sucede en esos momentos que me resulta difícil de explicar a quien no lo ha vivido: no es solo la ropa, es el estado mental que la acompaña, una calma que llega cuando finalmente puedo ser yo misma sin disculparme por ello.
El hotel era de los que ya no se construyen: techos altos, suelos de mármol con venas doradas, pasillos largos con alfombra oscura y una terraza en el primer nivel que daba directamente a los jardines interiores. Había setos recortados, palmeras bajas, una alberca de unos veinticinco metros que brillaba al fondo, y también un bar en el sótano cuya música llegaba como un murmullo lejano cuando la noche avanzaba. Era el tipo de hotel donde la gente se pierde caminando y no le importa.
Salí a la terraza con el teléfono en la mano y la falda lápiz ajustada sobre el liguero. Me senté a la única mesa libre con la convicción de que no iba a leer ni un solo mensaje de trabajo, aunque tuviera el correo abierto. La tarde tenía esa luz naranja que lo intensifica todo. Crucé las piernas de manera que la tela subiera lo suficiente para que asomara el encaje negro de la media contra el muslo, y no me molesté en bajarla.
El jardín estaba vacío. No pasaba nadie. Aun así, la mera posibilidad de que alguien pudiera verme en cualquier momento era suficiente para encenderme. Empecé a acariciarme el muslo con disimulo, fingiendo que ajustaba el clip del liguero, sintiendo cómo la anticipación me recorría de los pies hasta la nuca.
Entonces escuché pasos sobre la hierba.
Un hombre apareció caminando entre los setos con esa actitud de quien no tiene ningún destino claro pero tampoco tiene prisa por encontrarlo. Tendría unos cuarenta años, complexión normal, camisa de lino azul marino con los dos primeros botones abiertos. No era el tipo de hombre que detiene el tráfico, pero tenía algo tranquilo y seguro en su manera de moverse que me gustó desde el primer segundo. Lo vi reducir el paso en cuanto sus ojos me encontraron.
No cerré las piernas. No de inmediato. Le regalé un segundo completo de visión antes de cruzarlas con toda la calma del mundo, como si acabara de notar su presencia por primera vez. Él no apartó la vista. Siguió caminando, más despacio todavía, y cuando ya había llegado casi al extremo de la terraza me envió un beso con dos dedos sin decir nada.
Me puse de pie.
—Hola —dije—. ¿Buscas algo?
Se detuvo. Sonrió con la sonrisa de quien no esperaba que le hablaran pero está contento de que así haya sido.
—Trataba de encontrar la salida al paseo peatonal —dijo—. Me perdí un poco.
—Puedo orientarte —respondí—. Aunque depende de a qué centro quieras llegar.
Lo dije con la pausa exactamente donde debía ir. Él lo entendió, porque sus ojos bajaron un momento hasta mis piernas y luego volvieron a los míos sin ninguna incomodidad aparente. Solo con algo que reconocí de inmediato: interés.
Me metí a la habitación sin decir nada más. Corrí las cortinas hasta dejar solo una rendija de luz, entorné la puerta y esperé sentada en el borde de la cama.
Llamó tres minutos después.
—¿Puedo pasar? —preguntó desde el umbral.
—Pasa —dije—. Aquí estaremos más a gusto.
***
Se llamaba Sebastián. Me lo dijo mientras miraba la habitación con esa actitud de quien intenta parecer relajado y no lo está del todo, lo cual me pareció sincero y encantador al mismo tiempo. Me presenté como Valentina. Él me tomó la mano y la sostuvo un momento, como si estuviera comprobando algo.
Lo guié hacia el sillón junto a la ventana y me senté sobre su regazo sin rodeos. Me tomó por la cintura con las dos manos, cálidas y firmes, y empezó a acariciarme la espalda por encima de la blusa, trazando líneas lentas que bajaban cada vez un poco más. Sentí cómo sus labios encontraron mi cuello y cerré los ojos.
Cuando llegó a mi boca fue directo, sin titubear. Un beso largo, con la lengua explorando despacio, aprendiendo. Una de sus manos encontró mi seno a través del encaje del sujetador y lo apretó con cuidado, midiendo. Lo sentí sonreír contra mis labios.
—Pongamos música —dijo.
Encontró algo en su teléfono que sonaba exactamente como lo que necesitaba ese momento: lento, grave, con mucho bajo. Nos pusimos de pie y nos movimos juntos en el espacio reducido entre la cama y la ventana. Yo sentía cómo reaccionaba su cuerpo contra el mío con cada movimiento, la presión creciente de su erección contra mi vientre cada vez que me apretaba hacia él.
Fue entonces cuando su mano bajó más allá del borde de la falda y encontró lo que yo llevaba oculto bajo la pantaleta. Se quedó quieto un segundo. Solo un segundo.
—Bueno —dijo en voz baja—. Ya llegamos hasta aquí de todas formas. Y eres increíblemente femenina.
Hizo una pausa breve.
—Además, también me gustan las chicas como tú.
Lo dijo con una naturalidad que me desarmó. No como quien intenta convencerse, sino como quien enuncia un hecho simple y conocido. Me entregué sin reservas.
***
Me llevó a la cama con cuidado, como si eso importara, y sí importaba. Fui desnudándome despacio mientras él miraba: primero la blusa, luego la falda, y me quedé en lencería completa —liguero, medias, sujetador de encaje negro y la pantaleta a juego— mientras él se quitaba la camisa y la colocaba en el respaldo de la silla.
Empezó a besarme desde el cuello hacia abajo, sin saltarse ningún centímetro. Pasó la lengua por la clavícula, por el borde del sujetador, por el ombligo. Cuando llegó a mi vientre me tensé de anticipación y él lo notó, porque se detuvo justo ahí un momento antes de continuar. Metió los pulgares bajo el elástico de la pantaleta y la bajó despacio, muy despacio, sin apartar la vista de mi cara.
Lo que vino después duró un tiempo que no soy capaz de medir. Su boca era exactamente lo que mi cuerpo pedía: firme en los momentos precisos, suave cuando hacía falta. Me aferré a las sábanas con ambas manos y dejé que los sonidos que salían de mí fueran los que tenían que salir.
Cuando él se incorporó y me miró, tenía los ojos de una manera que reconozco y que me provoca siempre el mismo efecto en el estómago. Le deshice el cinturón. El pantalón cayó al suelo. Me arrodillé en la cama frente a él.
Lo tomé con la boca despacio, empezando por la cabeza y bajando poco a poco, aprendiendo su ritmo a través de la presión suave de su mano en mi nuca. No me apresuró en ningún momento: solo guiaba. Cuando noté que se acercaba demasiado lo pausé, lo miré desde abajo y él exhaló con una sonrisa.
—Subiste el precio sin avisarme —dijo.
—Los mejores no tienen precio fijo —respondí.
Me colocó boca abajo sobre la cama. Fue paciente, tomó su tiempo preparándome con los dedos mientras me besaba entre los omóplatos, y cuando finalmente entró lo hizo despacio, centímetro a centímetro, esperando a que mi cuerpo lo fuera recibiendo. Lo sentí llenarlo todo con una claridad que me hizo cerrar los ojos y hundir la frente en la almohada.
Cogimos un buen rato así, cambiando de posición cada vez que uno de los dos lo pedía con un movimiento o con palabras. En un momento me puso de espaldas y me sostuvo las piernas, mirándome directo a los ojos mientras se movía dentro de mí con un ritmo que era exactamente el que yo necesitaba. Le dije que siguiera así. Me dijo que no pensaba parar.
Cuando llegó al orgasmo lo hizo sin apartar la mirada de mi cara. Lo sentí pulsar dentro de mí, lento y profundo, y eso fue suficiente para que yo también terminara, con un sonido que no me molestó en suprimir.
Nos quedamos quietos un rato, sudados, con las sábanas revueltas. La habitación olía a sexo y a su colonia. Desde el jardín llegaba el sonido lejano de los aspersores automáticos.
***
—¿Tienes hambre? —preguntó al cabo de un rato.
—De música —dije.
—Abajo hay un bar. Una discoteca, me dijo el recepcionista.
—Sé exactamente dónde queda —respondí, ya de pie buscando el vestido con los ojos.
Nos arreglamos juntos, lo cual tiene su propia intimidad. Él me observó retocarme el maquillaje frente al espejo del baño sin hacer ningún comentario, solo con esa mirada tranquila de quien ve algo que le parece interesante. Bajamos pasada la medianoche.
El bar del sótano era exactamente lo que esperaba: música a volumen razonable, luces bajas, una barra larga de madera oscura y poca clientela entre semana. Sebastián me tomó por la cintura nada más entrar y me llevó hacia la pequeña pista como si lleváramos semanas saliendo juntos.
Bailamos pegados. Su mano bajó desde mi cintura hasta el borde de la falda y se quedó ahí, firme y posesiva. Me besó en medio de la pista sin importarle los cuatro o cinco huéspedes que había alrededor, y yo lo correspondí con la misma indiferencia por el entorno. En un momento me puso las manos en las caderas y me acercó tanto que no quedó espacio entre los dos.
—¿Subimos? —me dijo al oído cuando terminó la tercera canción—. Tengo más ganas que música.
Subimos de nuevo a la habitación.
***
La segunda vez fue distinta. Más directa, más urgente, sin las cortesías del principio. Me empujó contra la puerta antes de que terminara de cerrarla y me subió la falda con ambas manos. Yo le desabroché el pantalón sin perder tiempo.
No hubo nada lento. Me cogió de pie, con una mano en mi cadera y la otra apoyada en la puerta sobre mi cabeza, moviéndose con una urgencia que yo compartía completamente. Le clavé los dedos en el antebrazo y le pedí más fuerte. Lo hizo más fuerte.
Terminamos en el suelo, agotados y medio vestidos, con la risa de quien sabe que lo que acaba de pasar no tiene nombre razonable pero tampoco lo necesita.
—¿Cuántos días más te quedas? —preguntó mientras recuperaba el aliento.
—Cuatro —dije.
—Bien —respondió, y ese fue el único acuerdo que hicimos.
***
Quedamos en vernos cada tarde que durara el viaje. Y lo hicimos. Cada tarde y cada noche, y una mañana que ninguno de los dos había planeado. Sebastián tenía reuniones hasta las seis y yo terminaba antes, así que aprendí a arreglarme despacio para cuando él llegara. Ese ritual previo me gustaba tanto como el resto.
A veces, cuando recuerdo esa semana, pienso también en cosas más antiguas. En la adolescente que era yo, escondiéndome en casa cuando sonaba el timbre, corriendo a cambiarme en treinta segundos y abriendo la puerta con la ropa de siempre como si no hubiera pasado nada. El corazón disparado, la vergüenza mezclada con algo que entonces no sabía cómo llamar pero que ahora conozco perfectamente.
La distancia entre esa chica y la mujer que salió a una terraza de hotel con el liguero visible a esperar que alguien pasara es enorme. No sé exactamente cuándo se cerró esa distancia. Solo sé que se cerró, y que me alegra mucho que así haya sido.