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Relatos Ardientes

Una trans, un día libre y el desconocido perfecto

Soy Valentina y los saludo con mucho gusto. Espero que esta historia los acompañe un buen rato, porque a mí me llevó toda una mañana vivirla.

Fue un martes de octubre, hace pocas semanas. Tenía días libres acumulados en el trabajo y decidí tomarme uno solo para mí: sin obligaciones, sin horarios, sin la presión constante que carga el día a día. Solo yo, mi departamento, y las ganas de disfrutar sin que nadie me apurara.

La noche anterior me había acostado con ropa de dormir que adoro: un baby doll de seda color borgoña, pantaleta de encaje a juego, y un plug metálico que llevo tiempo usando con regularidad. Me metí a la cama así vestida, con el plug bien puesto en mi cola, y me dormí con esa sensación familiar de tenerlo adentro, ajustado y cómodo, como si fuera parte de mí.

Soñé que llevaba el auto a que le cambiaran las llantas. En el sueño, el dueño del taller me miraba con descaro desde el momento en que yo entraba: primero de reojo, luego abiertamente. Me invitaba a esperar en su oficina, cerraba la puerta, y sin decir mucho empezaba a tocarme. Me besaba el cuello, me acariciaba por encima de la ropa, metía la mano por debajo de la falda. Yo apretaba el plug con cada movimiento y lo sentía más adentro, más presente. Me vine dos veces antes de que sonara la alarma.

Desperté completamente húmeda, con el deseo exactamente donde lo había dejado el sueño. Nada raro. Lo que sí era extraordinario era que eran las nueve de la mañana y no tenía absolutamente nada que hacer.

Desayuné ligero —café y tostadas con mantequilla— sin retirarme el plug en ningún momento. Me gusta esa sensación de continuidad, de llevar ese secreto mientras hago cosas completamente normales. Lavar el plato, doblar la servilleta, abrir la ventana. El placer como telón de fondo de lo cotidiano.

***

Cuando terminé con el desayuno, me preparé el baño. Antes de meterme a la tina, saqué la ropa que usaría ese día y la acomodé sobre la cama con cierta ceremonia: brasier de encaje negro, pantaleta a juego, medias de red negras, una blusa blanca de tela suelta que deja los hombros al descubierto, y una falda de corte evasé que me llega justo a la rodilla. Los zapatos con tacón bajo para andar cómoda. La bisutería de siempre sobre el tocador.

Cada vez que dejaba una prenda sobre la cama, apretaba el plug con fuerza. Solo por el gusto de sentirlo.

Me metí a la tina con la ropa interior puesta, algo que me encanta hacer. El agua caliente, el encaje pegado al cuerpo, el peso familiar del plug... hay algo en esa combinación que me despierta más que cualquier café. Estuve casi una hora sumergiéndome, moviéndome, jugando bajo el agua. En algún momento reemplacé el plug por un dildo más grueso que tengo guardado para estas ocasiones y que, al meterlo del todo, me erizó la piel de pies a cabeza. Salí de la tina después de esa agasajada supuestamente satisfecha.

Supuestamente era la palabra correcta.

Me arreglé despacio. Crema en todo el cuerpo. Ropa interior. Medias. Maquillaje: contorno suave, sombra oscura en el párpado, labios en rojo intenso. La peluca que elegí era castaña, de corte bob, que me enmarca bien el rostro y me da un aire entre serio y cómplice que me gusta mucho.

Lo último fue ponerme otro dildo —esta vez elegí el más largo de la colección— solo por el gusto de arrancar el día con ese detalle. Me quedé parada un momento mirándome en el espejo de cuerpo completo. La blusa, la falda, las medias, los labios rojos. Me pareció que estaba bastante bien.

Me serví un vaso de vino blanco. Era mi día libre y me lo merecía.

***

Cerca del mediodía fui a revisar que todo estuviera en orden. Llegué a la puerta principal, la abrí para ventilar, y me asomé hacia la calle con el vaso en la mano.

A unos cincuenta metros, un hombre trabajaba en la fachada de un edificio: lijaba o pintaba algo, no supe bien. Llevaba pantalón de trabajo y camiseta. Delgado, con el cabello oscuro y corto, de unos cuarenta años quizás. No era guapo de catálogo, pero tenía una presencia física que se notaba incluso a esa distancia.

El problema era que yo lo miraba y no podía dejar de hacerlo.

Con el vino en la mano y el dildo bien puesto adentro, salí un poco más hacia la calle. Me paré lo suficientemente visible para que, si levantaba la vista, me viera. Crucé los brazos de forma que mis senos quedaran marcados bajo la blusa. Lo miré sin disimulo.

Él levantó la vista.

Nuestras miradas se encontraron un segundo. Sonreí. No aparté la mía.

Se quedó quieto un momento, soltó la herramienta que tenía en la mano, y siguió mirándome. Yo aproveché para tocarme el cuello con una mano y deslizarla despacio hacia abajo, rozando el escote. No fue disimulado. No quise que lo fuera.

Él sonrió: una sonrisa breve, levemente nerviosa. Levantó la mano en un gesto vago, como si saludara. Yo incliné la cabeza hacia la puerta, como invitándolo. Él negó suavemente, todavía sonriendo, y volvió a su trabajo.

Me dio risa. Me fui adentro a servirme más vino.

Pasé la siguiente media hora parada en el umbral, viendo pasar gente. Era mediodía y el movimiento era escaso. Algunos hombres miraban de reojo al caminar, pero ninguno se detenía. Yo no insistía con nadie en particular. Era un juego, no una necesidad. Aunque, siendo completamente honesta conmigo misma, también era bastante necesidad.

***

Alrededor de las dos de la tarde pasó el que sí se detuvo.

Ropa deportiva: pantalón gris y camiseta sin mangas. Cuarenta y tantos, pelo corto con algo de gris en las sienes, constitución atlética de alguien que trabaja su cuerpo con constancia pero sin obsesión. Caminaba solo, tranquilo, sin apuro. Cuando estuvo cerca giró la cabeza y me miró directamente.

—¿Le puedo ayudar en algo, señora?

Que me dijeran «señora» me puso de buen humor al instante. Le sostuve la mirada.

—Depende —dije—. ¿En qué eres bueno?

No parpadeó.

—En bastantes cosas —respondió, y su tono no era de broma.

—Eso me gusta —dije—. Mucho.

Se acercó dos pasos. Lo miré de arriba a abajo con calma, sin disimulo. Él hizo lo mismo conmigo. No había urgencia en ninguno de los dos, solo una evaluación tranquila que terminó en el mismo lugar para ambos.

—¿Hay algo concreto que necesites?

—Sí —dije—. Entra y te cuento.

***

Cerré la puerta detrás de nosotros. Él quedó parado en el pasillo de entrada, mirando el departamento y luego mirándome a mí. No parecía nervioso. Eso me gustó todavía más.

—¿Cuál es la urgencia? —preguntó.

—Llevo todo el día con ganas de besar a alguien —dije, caminando hacia él—. ¿Eso cuenta?

No respondió con palabras. Cuando llegué a su altura, fue él quien se inclinó hacia mí. Sus labios llegaron a los míos con una seguridad que no esperaba. No fue un beso tentativo; fue uno que empezó con suavidad y en diez segundos ya era otra cosa. Más presión. Más intención.

Lo tomé de la nuca. Él puso las manos en mi cintura y me acercó hacia él. Nos besamos ahí parados, en el pasillo, durante varios minutos. Me mordió el labio inferior con cuidado. Yo respondí pegándome más a él y pasando las manos por su pecho.

—¿Cómo te llamas? —pregunté cuando nos separamos para respirar.

—Marcos —dijo.

—Valentina —respondí.

—Un placer, Valentina —dijo, y volvió a besarme.

***

Lo guié hacia la zona del patio interior, donde hay un espacio con pasto que recibe sol a esa hora. Nos sentamos en el suelo sobre la hierba. Él se quitó la camiseta sin que yo se lo pidiera. Tenía el torso definido y moreno, con una cicatriz pequeña en el costado izquierdo que me pareció interesante. Me pregunté de dónde vendría y decidí que no importaba.

Lo recosté boca arriba y me puse sobre él. Seguimos besándonos: despacio primero, luego con más presión, con más lengua, con más contacto. Las manos de él exploraban mis hombros, mi espalda, la curva de mis caderas bajo la falda. Las mías recorrían su pecho, su vientre, aprendiendo el territorio.

Bajé la mano hasta el pantalón y lo encontré ya muy duro. Lo apreté con la palma, sin apuro, midiendo. Era largo. Eso lo noté enseguida.

Le bajé el pantalón lo suficiente para liberarlo. Largo, como había notado, con la punta ya ligeramente húmeda. Le pasé la mano despacio de la base a la punta y al revés.

—Eres muy generoso, Marcos —dije.

—Es tuyo si lo quieres —respondió con voz ya más ronca.

Me metió la mano por debajo de la falda. Subió despacio por el muslo hasta llegar a la pantaleta, y un poco más arriba todavía, hasta encontrar lo que hay. Se quedó quieto un momento.

—Hay una sorpresa —dijo.

—¿Problema? —pregunté, sin moverme.

—Ninguno —dijo. Y siguió acariciándome.

Bajé por su cuello, su pecho, su estómago, besando con calma cada parte del camino. Cuando llegué a la altura de su sexo le tomé las manos y le apreté los dedos antes de pasarle la lengua por la punta. Él soltó el aire de golpe.

Lo hice despacio, sin prisa: aprendiendo la textura, la temperatura, cómo respondía cuando presionaba más o cuando retrocedía. Luego lo fui metiendo de a poco en la boca, hasta llegar a la base, y apliqué presión constante.

Marcos puso la mano en mi cabeza. No empujó. Solo la dejó apoyada ahí, sintiendo el movimiento.

—Dios —dijo en voz baja—. No puedo creerlo.

Seguí durante un buen rato. Él emitía sonidos bajos, contenidos, de alguien que está recibiendo exactamente lo que quiere y no quiere que pare. Cuando sentí que estaba muy cerca de terminar, me detuve y lo solté.

—Todavía no —le dije.

—¿No?

—Quiero más.

***

Le pedí que me desnudara. Lo hizo con cuidado: la blusa primero, luego la falda. Le pedí que me dejara las medias y el brasier puestos y que solo me bajara la pantaleta. Lo hizo sin preguntar nada.

Me retiré el plug con calma y lo dejé sobre el pasto. Marcos lo miró un segundo y no dijo nada. Me gustó eso de él.

—Cógeme —le dije—. Necesito sentirte adentro.

Me recostó boca arriba. Levantó mis piernas y las acomodó sobre sus hombros. Se alineó con cuidado y fue entrando despacio: primero la punta, una pausa, luego más, un poco más, hasta que estuvo todo adentro. Sentí cada centímetro. Me aferré al pasto con las manos mientras lo sentía llegar hasta donde nadie había llegado en un buen tiempo.

Cuando estuvo completamente dentro se quedó quieto un momento y me miró.

—¿Bien? —preguntó.

—Perfectamente —dije—. Ahora muévete.

Empezó despacio y fue tomando ritmo. Lo sentía en toda la extensión, profundo, con cada movimiento haciéndose más presente. Me acariciaba los senos con una mano y me sujetaba la cadera con la otra para controlar el ángulo. Yo lo empujaba hacia adentro con las piernas cada vez que él retrocedía, sin dejarlo salir demasiado.

Me vine la primera vez como a los veinte minutos, con un sonido que no pude controlar. Él siguió sin inmutarse.

—Gira —dijo.

Me dio la vuelta con cuidado para que yo quedara arriba. Me senté sobre él y empecé a moverme: arriba y abajo, buscando el ángulo que me dejaba sentirlo más adentro. Marcos me sujetaba las caderas con las dos manos desde abajo y marcaba el ritmo. Cerré los ojos bajo el sol de octubre y me dejé llevar.

—Me voy a correr —dijo después de un rato.

—Adentro —le pedí—. Quiero sentirlo adentro.

Lo sentí contraerse primero, luego soltarse, luego la calidez que lo llenó todo. Se quedó apretando mis caderas mientras terminaba. Yo seguí moviéndome despacio hasta que sus contracciones fueron cediendo una a una.

***

Nos quedamos tendidos en el pasto durante un rato que no medí. Él me acariciaba el brazo. Yo miraba el cielo, que era de ese azul limpio que solo aparece en octubre cuando el sol ya no quema pero todavía calienta.

—¿Tienes que ir a algún lado? —le pregunté.

—En un rato, sí —dijo—. Pero no todavía.

—Bien —dije—. Porque todavía me quedan urgencias.

Se rió. Era una risa tranquila, sin afectación, de alguien que no siente la necesidad de demostrar nada.

—¿Cuántas urgencias exactamente?

—Las suficientes para que no te vayas todavía —dije—. ¿Entramos?

Me ofreció la mano para ayudarme a levantarme. Me puso el brazo en la cintura mientras caminábamos hacia la puerta. Antes de entrar me giró hacia él y me besó una vez más, esta vez sin prisa y sin agenda, como alguien que tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Sabes qué? —dijo contra mi boca.

—¿Qué?

—Que vine a caminar y me olvidé completamente del camino.

—Mejor —dije—. Entra.

Y entró.

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Comentarios (5)

Valentina_RC

que relato tan lindo!! me quede sin palabras al terminar

Tomas_lee

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo

NikoBaires

la tension que se siente desde el principio engancha, muy bien narrado

SolePcias

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

RobertoLector

Sencillo pero con una carga erotica tremenda. Me gusto como transmite tanto con poco, sin exagerar ni una coma. Gracias por compartirlo, espero ver mas relatos tuyos por aca.

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