El capataz que abrió la puerta esa noche
Con Héctor llevábamos varios meses con la misma dinámica. Siempre iba yo a su casa, nunca él a la mía. Era lo más seguro: mis viejos no preguntaban nada si me veían salir a caminar de noche, y en su quinta había espacio, silencio y discreción. Había dejado guardado en su armario un par de zapatos de taco aguja, metidos en su caja original, para no tener que cargarlos cada vez que cruzaba la calle a medianoche.
Pero la rutina empezaba a pesarme. Los encuentros con Héctor eran cómodos, predecibles incluso, y yo necesitaba algo más. Esa chispa que sólo aparece cuando no sabés exactamente qué va a pasar, cuando el cuerpo se adelanta a la mente y te deja sin palabras. Lo buscaba sin encontrarlo, y me consolaba pensando que ya llegaría solo.
Esa noche me vestí despacio, con atención. Sostén y bombacha de encaje color bordo, medias de seda color caramelo con liguero negro, y unas chatitas rojas con un pequeño lazo en el empeine. Por encima, un saco largo color gris perla y un gorro de lana blanco que me tapaba las orejas. Metí en el bolsillo un delineador y un labial oscuro, por si acaso. Eran casi las doce y cuarto cuando salí.
Caminé los cincuenta metros hasta la puerta de Héctor con la calma de siempre. El frío de la madrugada me cortaba las piernas, pero el liguero me las mantenía templadas. Toqué el timbre de la manera acordada —dos cortos, uno largo— y me abrí el saco para sorprenderlo. La luz del porche se encendió. Se abrió la puerta.
Y la sorpresa me la llevé yo.
En lugar de Héctor, había un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, con una remera gris gastada y una expresión que mezclaba confusión con algo que se parecía demasiado a la diversión. Me miraba de arriba a abajo sin ningún disimulo. Yo intenté decir algo coherente, pero mi boca se negó a cooperar.
—Buenas noches —dijo él, apoyando un brazo en el marco de la puerta.
—Yo… sí… ¿y don Héctor? —logré articular por fin.
—Pasá —dijo simplemente—. Te explico adentro.
Me cerré el saco de golpe y entré. El living era el mismo de siempre: el sillón marrón de tres cuerpos, la mesa ratonera con el cenicero vacío, el televisor apagado en la esquina. Pero con otra presencia, todo se sentía diferente. El hombre cerró la puerta y se dio vuelta.
—Me llamo Diego. Soy el encargado de la quinta. Héctor tuvo un problema del corazón hace dos semanas. Está en la ciudad con sus hijos, con los mejores médicos. No va a volver por un tiempo largo. Me dejó a cargo de todo y me pidió que estuviera atento por si aparecía algún vecino con un asunto pendiente.
Asentí en silencio. El corazón me latía demasiado rápido y sentía el calor en la cara como si me hubiera quemado con algo. Diego fue hacia la habitación del fondo y volvió con una bolsa de tela, de esas con asas largas, bien cerrada con un nudo simple.
—Me dejó esto. Me dijo que si aparecía «el vecino de enfrente», se lo guardara hasta que viniera a buscarlo.
Abrí la bolsa. Adentro estaban mis tacos rojos de aguja, envueltos en papel de diario. Los reconocí por la suela. Sentí que el calor en la cara se duplicaba, y antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, empezaron a caerme lágrimas. No exactamente de tristeza. Era una mezcla de vergüenza y alivio y no saber qué hacer con las manos.
Diego se sentó en el sillón, no demasiado cerca, pero lo suficiente. No preguntó nada. Esperó.
—¿Querés un café? —dijo al rato.
Asentí.
Volvió con dos tazas y una servilleta de papel. Me la pasó sin drama. Me sequé los ojos, tomé el café en silencio y fui recuperando el aire de a poco. Diego tomaba el suyo mirando hacia la ventana, sin la incomodidad que yo esperaba de un desconocido en esa situación. Era raro, en el buen sentido.
—Abrí el saco si querés —dijo, sin mirarme—. Vas a estar más cómodo. Y yo ya vi lo que hay debajo cuando abriste la puerta, así que no hace falta que te escondas.
Dudé. Después lo hice. Doblé el saco y lo dejé en el brazo del sillón. Me quedé ahí, en lencería, medias y chatitas, con la taza de café en las manos, frente a un hombre que no había elegido encontrarme así pero que tampoco parecía incómodo con el panorama.
Diego miró la bolsa.
—¿Son de taco alto?
—Sí.
—¿Te los ponés?
No respondí de inmediato. Abrí la bolsa despacio, saqué los zapatos y los puse en el suelo frente a mí. Me quité las chatitas. Me calcé los tacos, abroché cada pequeña tira con cuidado. Cuando me puse de pie, algo cambió de manera inmediata y reconocible: la postura, el equilibrio, la manera de repartir el peso. Era como encender un interruptor que llevaba horas apagado.
—Caminá un poco —dijo Diego.
Caminé por el largo del living. Los tacos repiqueteaban sobre el piso de cerámica con ese sonido seco y preciso que siempre me transformaba por dentro. Al llegar al otro extremo me giré. Diego me miraba con los codos en las rodillas y una expresión que ya no era irónica ni contenida: era directamente interesada. Le miré el bulto que se le empezaba a marcar en el jean y no disimulé nada.
Volví despacio. Me senté. Cruzé las piernas.
—Estás muy bien con esos tacos —dijo.
—Gracias —dije.
Hubo un silencio que duró exactamente lo justo. Yo sentía el calor que subía desde adentro, esa tensión particular que no tiene nada que ver con el miedo aunque se le parezca en la forma. Tomé una decisión.
—¿Te puedo pedir algo? —dije.
—Lo que quieras.
—¿Me dejás chupártela?
Diego me miró un segundo, como calibrando si había escuchado bien. Después se puso de pie sin decir nada, se desabotonó el jean y lo bajó junto con la ropa interior de un solo movimiento.
Lo que le colgaba entre las piernas era considerable. Una verga gruesa, ya a medio despertar, con una vena marcada que le recorría el lateral de arriba a abajo y unos huevos pesados que le colgaban sueltos. Se me hizo agua la boca de sólo mirarla. Me puse de rodillas en el piso frente a él, con los tacos hundiéndose en la alfombra y el culo apoyado sobre los talones, y estiré la lengua para probarlo antes que nada.
Empecé por los huevos. Se los lamí uno por uno, despacio, tomándomelos enteros en la boca de a uno, sintiéndolos pesados contra la lengua. Diego dejó escapar el primer sonido, un suspiro grueso, y se le puso dura del todo mientras yo seguía abajo. Le subí después con la lengua plana por la cara inferior de la pija, desde la base hasta la punta, en un lengüetazo largo y lento, como si estuviera midiéndosela. Cuando llegué arriba, le envolví el glande con los labios y lo chupé con fuerza, sacando la mejilla hueca. Un hilo de saliva me cayó al mentón.
Abrí la boca del todo y me la metí entera, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y sentí las arcadas subir. Me quedé ahí un segundo, ahogándome de puro gusto, tragando saliva alrededor de la verga hasta que él soltó un gemido ronco y me tuvo que aflojar la cabeza. Retrocedí, escupí sobre el glande, la escupida cayó gorda y densa, y usé la mano para untársela por todo el largo. La pija le brillaba entera, resbalosa, y yo me la volví a meter en la boca de un envión.
Diego apoyó una mano en mi cabeza. Al principio sólo la dejaba ahí, siguiendo el movimiento; después me clavó los dedos en el pelo y empezó a marcarme el ritmo, entrando y saliendo de mi boca a su antojo. Yo se lo permití. Me cogió la boca despacio primero, después más fuerte, con las caderas empujándome contra la cara, hasta que sentí sus huevos golpearme el mentón cada vez. Los ojos se me llenaron de lágrimas y la saliva me chorreaba por el mentón hasta las tetas. Se me caía en hilos gordos sobre el encaje del sostén, mojándolo entero.
—Qué bien la chupás, puto —dijo entre dientes, y esa palabra dicha así, sin pedir permiso, me atravesó desde la nuca hasta el culo. Yo apreté los muslos y sentí mi propia pija dura, atrapada en la bombacha de encaje bordó, mojando la tela por adelante.
Le mamé la verga a fondo, con las dos manos: una en la base acompañando la boca, la otra atendiéndole los huevos, apretándoselos suave. Le seguí el sabor. Cuando noté que se le tensaban las piernas y que la vena de arriba se le hinchaba de más, me retiré despacio. No lo quería adentro de la boca todavía. Le solté un beso húmedo en la punta y me puse de pie.
Caminé hasta el sillón más largo del living, con los tacos repiqueteando otra vez sobre la cerámica y sabiendo que él me miraba el culo con cada paso. Me incliné sobre el respaldo con las manos bien apoyadas. Me bajé la bombacha por las piernas y la dejé caer al piso, enredada entre el liguero. Miré a Diego por encima del hombro y me abrí una nalga con la mano para mostrarle el ojete.
—Vení —le dije.
Él vino despacio, saboreando el momento. Pasó una mano por mi espalda, bajó hasta la curva de mis caderas y se quedó ahí un momento, agarrándome fuerte, sólo sintiendo. Después se agachó y sentí la lengua caliente subiéndome entre las nalgas. Se me escapó un gemido agudo. Me abrió el culo con las dos manos y me lo comió a fondo, ensalivándome el ojete, metiendo la lengua adentro, sacándola, chupando el borde, volviendo a entrar. Yo apretaba el respaldo de cuero con las dos manos y le empujaba el culo contra la cara sin ningún pudor.
Cuando se enderezó, se llevó los dedos a la boca, los ensalivó bien y empezó a prepararme con cuidado. Uno primero, en círculos lentos, hundido hasta el nudillo. Después dos, girándolos adentro, abriéndome de a poco. Yo cerraba los ojos y apretaba los dedos contra el cuero. Un tercero, y ya me estaba gimiendo sin poder controlarlo, con la pija chorreando adelante y el culo abriéndosele solo para él.
—Metémela ya —le pedí.
Diego se escupió en la mano, se untó bien la verga y la apoyó contra la entrada. Sentí la presión primero: el glande ancho abriéndose paso, ese momento en que el cuerpo duda y después cede. Respiré hondo. Él avanzó centímetro a centímetro, sin apuro pero sin retroceder, hasta que sentí sus huevos tocándome las nalgas por atrás. Estaba adentro por completo. Me quedé quieto un segundo. Lleno. Esa sensación densa y total que no se parece a ninguna otra, la de tener una pija gruesa hundida hasta la base, palpitando adentro.
Después empezó a moverse.
Al principio despacio, sacándomela casi toda y volviéndola a hundir de a poco, para que yo sintiera cada centímetro entrando y saliendo. Yo empujaba el culo hacia atrás buscándolo, buscando más. Él me agarró de la cadera con las dos manos, me clavó los dedos en la piel y ahí sí empezó a cogerme en serio. El ritmo fue creciendo hasta convertirse en algo completamente distinto: la carne golpeando contra la carne, sus huevos chocándome atrás con cada envión, un sonido húmedo y sucio que llenaba el living entero.
Yo me aferraba al respaldo con las dos manos, los tacos firmes en el suelo, el cuerpo inclinado hacia adelante recibiendo cada golpe hasta el fondo. Gemí sin intentar controlarlo, gemí como una perra, y me escuchaba y me daba más ganas todavía. Diego respondía con un gruñido grave y breve con cada entrada, una especie de rugido contenido que me resultaba más excitante que cualquier otra cosa que pudiera decir.
—Cogeme más fuerte —le pedí, y él obedeció.
Me agarró del pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás mientras me seguía metiendo la verga con la otra clavada en la cintura. Yo tenía la boca abierta, la baba cayéndome, los ojos en blanco. Mi propia pija se sacudía dura entre mis piernas con cada envión, mojando el sillón por delante.
Me sacó de golpe, me giró y me acomodó de espaldas en el sillón con las piernas dobladas hasta el pecho. Me sostuvo los tobillos abiertos, uno en cada mano, exponiéndome entero. Se agachó, escupió sobre mi ojete abierto, y volvió a entrar de una sola estocada. Grité. Ahí la diferencia fue inmediata: más profundo, más directo, apuntando exactamente donde yo necesitaba. Le veía la cara, colorada, con la mandíbula tensa, la vena del cuello saltada. Le veía la pija entera entrando y saliendo de mi culo, brillante de saliva.
Eché la cabeza hacia atrás. El cuero del sillón estaba frío contra mi espalda y el contraste con el calor que sentía adentro me hacía desvariar. Me llevé la mano a la pija y empecé a hacérmela mientras él me seguía cogiendo. Con cada envión me tocaba el punto exacto y sentía la corrida acumulándose desde adentro, sin necesidad casi de tocarme.
—No pares —le pedí—. Acabame adentro.
No paró. Aceleró.
Me corrí primero yo, casi sin aviso, con la pija goteando entre mis dedos y chorros gordos de semen cayéndome sobre el sostén de encaje y la panza. Se me contrajo todo el cuerpo, y con el culo apretándole la verga adentro él soltó un gruñido animal y acabó también. Sentí los latidos de su pija adentro mío, uno a uno, la corrida caliente derramándose en el fondo, mientras él daba los últimos empujones cortos y profundos hasta vaciarse entero.
Después se quedó quieto, hundido todavía, apoyando el peso en las manos, recuperando el aliento sobre mí. Yo sentía el pulso en todos lados al mismo tiempo, en las sienes, en la garganta, en el culo lleno de su leche. Me quedé así, inmóvil, hasta que el latido fue bajando de a poco. Cuando salió, sentí el hueco tibio, y un hilo grueso de semen escurriéndoseme por la nalga hasta la media caramelo.
Me limpié con cuidado con la servilleta que había quedado sobre la mesa, me acomodé la ropa como pude —el sostén manchado, la bombacha maltrecha— y me puse el saco encima de todo. Cuando fui a buscar mis tacos para guardarlos en la bolsa, Diego apoyó una mano en mi brazo.
—Dejálos acá —dijo—. Por si volvés.
Lo miré. No estaba sonriendo exactamente, pero tampoco estaba serio. Era una propuesta directa, sin adornos.
—Está bien —dije.
***
Salí a la madrugada con las chatitas puestas y el gorro de lana blanco. El aire frío me golpeó en la cara y lo agradecí. Caminé los cincuenta metros de vuelta a casa con la cabeza liviana y el cuerpo todavía tibio, con el culo todavía sintiendo el hueco de su pija y la leche adentro, con esa calma que viene después de algo que salió mucho mejor de lo que nadie esperaba.
Héctor me había dado meses de encuentros tranquilos y previsibles. Diego me había dado exactamente lo que buscaba sin saberlo: la sorpresa, la tensión, lo inesperado.
Ya estaba pensando en cuándo volver.