La vecina del cuarto lo esperaba empapada
El edificio de la calle Gurruchaga tenía cinco pisos, paredes gruesas de los años cuarenta y un ascensor de reja metálica que exigía un tirón firme para cerrarse. Era el tipo de lugar donde todos se conocían por el ruido: el señor del segundo con el noticiero a las ocho, la mujer del primero y sus llamadas de teléfono en el pasillo, y el olor a comida que bajaba desde el quinto cada mediodía. Un micromundo vertical donde la privacidad era más una ilusión que un hecho.
Valentina vivía en el cuarto desde hacía tres años. Treinta y dos, diseñadora gráfica, con una planta de exterior que sobrevivía al sol del balcón y una colección de películas que nadie que la visitaba reconocía del todo. Era trans, y lo era sin dramatismo: su cuerpo era el resultado de años de hormonas y de decisiones tomadas con la calma de quien sabe exactamente lo que quiere. Pechos pequeños, caderas definidas, piel cuidada. Y debajo de la ropa, la evidencia de una historia que era suya y de nadie más: una polla que había aprendido a querer, sensible y proporcionada, que ella misma se acariciaba frente al espejo algunas noches sin culpa ni prisa.
Nicolás vivía en el tercero desde hacía cuatro meses. Había llegado con dos cajas de libros técnicos, una bicicleta de ruta que guardaba dentro del departamento y una forma de saludar que era más una interrogación que un gesto social. Treinta y cinco, ingeniero, serio sin ser antipático. Se cruzaban en el ascensor dos o tres veces por semana. Él la miraba como la miraba todo el mundo al principio: con esa mezcla de curiosidad y esfuerzo por no parecer curioso. Con el tiempo eso fue cambiando. Valentina lo había notado hacía meses: cómo se le iban los ojos al escote, cómo tragaba saliva cuando ella se estiraba a marcar el botón, cómo se acomodaba disimuladamente el pantalón antes de bajar.
La ciudad entera aquel febrero estaba irritable. Cuarenta y dos grados. El pavimento se deformaba. Los perros no ladraban. Los bares ponían mesas en la vereda y nadie salía a sentarse porque el sol caía vertical y quemaba las sillas de metal.
***
Eran las tres y cuarto de la tarde cuando Valentina decidió que el ventilador del dormitorio no alcanzaba y se mudó al balcón. Se puso la camisola de encaje blanco que usaba para dormir en verano, delgada como papel, y se olvidó del resto. La transpiración se la pegó al cuerpo en diez minutos. Se quedó apoyada en la baranda, mirando la calle vacía, con la música del equipo de audio saliendo por las ventanas abiertas a un volumen que en otra época hubiera moderado pero que esa tarde le importaba poco.
El tema sonaba fuerte. Electrónico, repetitivo, con ese tipo de bajo que vibra en las paredes y se cuela por todos los marcos de las ventanas del edificio.
La voz llegó desde abajo.
—¡Ey! ¿Del cuarto? ¿Podés bajar eso?
Valentina se asomó por la baranda. Nicolás estaba en el balcón del tercero con una remera de algodón húmeda y el ceño apenas fruncido. La miraba hacia arriba con esa expresión que ella ya conocía: mitad irritación, mitad otra cosa.
—Es el único aire que entra —respondió ella, sin apurarse.
—Tengo el ventilador encendido al lado de la cama y aun así escucho la letra. En serio, bajalo un poco.
Ella apoyó los codos en la baranda y lo estudió un momento. La camisola se le abrió levemente por el costado y le dejó ver una teta entera, con el pezón endurecido por el roce del encaje mojado.
—Si te molesta tanto, subí y apagalo vos.
Silencio. Nicolás no respondió de inmediato. Bajó la vista un segundo, un solo segundo, hacia la camisola mojada y la tanga roja que asomaba por encima del encaje, y después volvió a mirarla a los ojos con una seriedad que no terminaba de convencer a ninguno de los dos. Valentina vio perfectamente cómo se le marcaba la verga a través del short.
—Voy —dijo.
Desapareció del balcón.
Valentina sonrió y entró al departamento.
***
Escuchó el ascensor subir. El chirrido metálico familiar, el golpe de la reja en el cuarto piso, y después tres golpes en la puerta. Esperó un instante antes de abrir, solo para no parecer que había estado esperando justo ahí.
Nicolás entró con el pelo aplastado contra la frente y una expresión que pretendía ser neutral. Era alto. Lo era más de lo que el ascensor permitía recordar: tenía que inclinar la cabeza levemente para no rozar el marco. Entró, miró el equipo de música en la estantería, miró la sala, miró a Valentina. La miró de arriba abajo sin disimulo esta vez, deteniéndose en los pezones marcados bajo el encaje y en la sombra evidente entre sus piernas.
El departamento olía a crema corporal y a algo frutal que venía de un frasco pequeño abierto sobre la mesa del living. La luz de la tarde entraba por el balcón en esa tonalidad naranja espesa que tiene el verano a esa hora, horizontal y pegajosa, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire quieto.
—¿La bajás? —preguntó él.
—Todavía no lo decidí —dijo ella.
Se miraron. Valentina estaba descalza, con la camisola empapada adherida al cuerpo. No hizo nada por modificarlo.
—Llevás cuatro meses viviendo en el tercero —dijo ella, cruzando los brazos, lo que le levantó las tetas contra la tela—. Y recién ahora subís a quejarte.
—No me quejé antes.
—No. No te quejaste antes.
Él tomó aire lentamente. El ventilador de la esquina movía el aire caliente de un lado al otro sin resolverlo. La música seguía sonando.
—¿Querés algo frío? —ofreció ella—. Hay jugo en la heladera.
—No vine por el jugo.
—Ya lo sé.
Nicolás se acercó. Lo hizo sin prisa, sin gestos bruscos, como si quisiera darle a cada paso el espacio de ser retirado. Ella no lo retiró. Cuando él llegó a su altura, le puso una mano en la cadera, apenas, y la atrajo hacia él. El encaje húmedo se apoyó contra el pecho de él. Valentina podía sentir el calor que él irradiaba encima del calor del ambiente, dos capas de lo mismo superpuestas. Y contra su vientre, dura, la verga de Nicolás empujando por debajo del short.
—Soy trans —dijo ella, directa, mirándolo a los ojos—. Tengo polla. Por si había alguna duda.
—No había duda —respondió él, con la boca cerca de su oído—. La quiero igual.
Ella cerró los ojos un segundo. Le bajó la mano al bulto y lo apretó por encima de la tela. Era gruesa, caliente, y palpitó bajo su palma.
—Bueno —dijo Valentina—. Entonces mostrámela.
***
Lo llevó al living. No había razón para ir al dormitorio: hacía el mismo calor en todas partes y el sillón amplio quedaba cerca del ventilador. Lo empujó con suavidad hasta que él quedó sentado, y ella se subió encima a horcajadas, con las rodillas a los lados de sus caderas.
Lo besó primero en el cuello, despacio, sin apurarse, dejando la lengua marcar un camino de saliva desde la mandíbula hasta la clavícula. Él respondió apretando las manos en su cintura. Tenía los dedos ásperos y la presión era firme sin ser brusca. Valentina le levantó la remera y la tiró a un costado. El pecho de él estaba húmedo, ancho, con una línea de vello bajando hacia el ombligo. Ella pasó los labios por la clavícula y sintió cómo él contenía el aliento. Le mordió un pezón con cuidado y él soltó un jadeo corto.
—Hace meses que pienso en esto —dijo él, con la voz más baja de lo habitual.
—Contame en qué pensás —susurró ella, restregándose contra el bulto que le hacía presión entre las piernas.
—En cogerte —dijo él, sin apartar los ojos—. En chuparte todo. En hacerte gritar hasta que el edificio entero se entere.
—Debiste haber subido antes —respondió ella, mordiéndole levemente el lóbulo de la oreja.
Él le bajó los tirantes de la camisola. El encaje resbaló lentamente por sus hombros y quedó enrollado en la cintura. Él le tomó los pechos con ambas manos, con una delicadeza que Valentina no esperaba del todo, aprendiendo la forma con las palmas. Le pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice hasta hacerla gemir, y después se los llevó a la boca uno a uno, chupándolos con hambre, tirando con los dientes lo justo. Ella echó la cabeza hacia atrás, y sintió su propia polla endurecerse contra la tanga, marcando un bulto húmedo bajo el encaje.
Empezó a moverse encima de él, las caderas en un movimiento lento y circular. Sentía cómo él respondía debajo de la tela del pantalón, la verga golpeándole el perineo a través de dos capas de ropa. El calor entre los dos era ya algo propio, separado de los cuarenta y dos grados de la calle, una temperatura que habían creado ellos mismos.
—Levantate un momento —dijo ella.
Él obedeció sin preguntar. Ella le desabrochó el pantalón y lo bajó junto con la ropa interior de un solo tirón. La polla de Nicolás saltó hacia arriba, gruesa, la punta violácea y ya mojada de líquido preseminal. Valentina sonrió. Se arrodilló entre sus piernas sobre la alfombra sin decir nada.
—Vení acá —murmuró ella, y le tomó la verga con la mano derecha.
La pesó, la midió con los dedos. Le pasó el pulgar por el glande, esparciendo la humedad. Después se la llevó a la boca despacio, sin apurarse, mirándolo a los ojos mientras la iba tragando hasta el fondo. Nicolás soltó un gemido ronco y le puso una mano en la nuca, no para empujar sino para sostener. Ella empezó a chuparla en serio, con la mano acompañando el movimiento de la boca, saliva escurriéndole por el mentón, las mejillas hundidas cada vez que subía. Le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca con cuidado, y volvió al glande, girando la lengua alrededor de la corona con paciencia de experta.
—Puta madre —jadeó él—. Vas a hacerme acabar así.
Valentina lo sacó de su boca con un sonido húmedo y le sonrió con los labios brillantes.
—Todavía no —dijo—. Todavía te falta lo mejor.
Se levantó y le pasó la lengua por el labio inferior antes de besarlo hondo. Él le devolvió el beso con hambre, probándose a sí mismo en su boca, y le bajó la tanga con ambas manos. La polla de Valentina, dura y curva, quedó al aire. Nicolás no dudó: le pasó los dedos por el largo, la envolvió con la mano y empezó a masturbarla con firmeza. Ella gimió contra su boca.
—Así —susurró ella—. Así mismo.
—Quiero probarla —dijo él.
La sentó en el sillón, se arrodilló entre sus piernas y le abrió los muslos con las manos. La miró un segundo, como memorizando la escena, y después se la metió en la boca hasta la mitad. Valentina echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo. Él no tenía la técnica de ella, pero tenía ganas, y esas ganas se traducían en una succión torpe y entusiasta que la volvía loca. Le tomó la cabeza con las dos manos y empezó a marcarle el ritmo, cogiéndole la boca despacito.
—Así, Nico. Chupámela. Bien profundo.
Él obedeció. Se atragantó una vez, tosió, y volvió. Le lamió los huevos, le pasó la lengua por debajo, subió otra vez al glande. Valentina lo dejó hacer un rato largo, hasta que sintió que si seguía iba a terminar antes de tiempo.
—Basta —jadeó, apartándolo del pelo—. Vení. Cogeme ya.
Tomó el frasco pequeño que estaba sobre la mesa del living y lo dejó al alcance de ambos.
—¿Estás segura? —preguntó él, buscándole los ojos.
—Llevo media hora siendo segura —respondió ella.
Nicolás soltó algo parecido a una risa y la besó.
Valentina se paró y se dio vuelta, apoyando las rodillas en el sillón y el pecho contra el respaldo, ofreciéndole el culo. Usó el frasco con calma, dejando que él pudiera ver cómo se pasaba el lubricante entre los cachetes, cómo se abría con dos dedos, cómo se preparaba sin apurarse. Escuchó cómo la respiración de Nicolás cambiaba mientras la miraba. Después le tiró el frasco por encima del hombro.
—Ponete vos también. Bien.
Él lo hizo. Ella lo sintió pasarse la mano varias veces por la verga hasta dejarla resbalosa. Después la punta apoyada contra su entrada, tibia y firme.
Lo fue tomando despacio. Centímetro a centímetro, empujando el culo hacia atrás para controlar el ritmo. Él la sostuvo por las caderas sin empujar, dejando que ella marcara el paso. La sensación era intensa y densa a la vez: ese tipo de llenura que obliga a respirar con la boca y a no pensar en nada más. La verga de Nicolás la abría de a poco, y cada centímetro nuevo era un electroshock que le recorría la columna.
—Despacio —dijo ella, no como queja sino como instrucción—. Así. Metémela toda.
—Sí —dijo él, con la voz ronca.
Cuando estuvo completamente adentro los dos se detuvieron. El ventilador zumbaba. La música seguía sonando desde las cornetas, aunque ya nadie pensaba en apagarla. Por la ventana del balcón llegaba una ráfaga de viento caliente que movía el encaje de la camisola tirada en el suelo. Valentina apretó el culo alrededor de él y lo escuchó gemir.
***
Empezaron a moverse juntos. Él seguía su ritmo sin intentar imponer el propio, y eso era lo que Valentina había necesitado que hiciera. Las caderas subían y bajaban lentamente al principio, con esa concentración de quien presta atención a cada detalle. El sudor de ambos se mezclaba. La piel resbalaba contra la piel con ese sonido suave y concreto que no tiene ningún eufemismo a la altura: pelvis chocando contra cachetes, huevos golpeando en el perineo, un chapoteo húmedo cada vez que él entraba hasta el fondo.
—Me encanta cómo te movés —dijo él contra su cuello, inclinándose sobre su espalda—. Me encanta cómo apretás.
Ella no respondió. Aceleró un poco. Se llevó una mano entre las piernas y empezó a masturbarse al ritmo de las embestidas, sintiendo su polla dura entre los dedos, húmeda de preseminal.
El ritmo fue subiendo de forma gradual, casi imperceptible al principio. Los gemidos de Valentina eran cortos y controlados al comienzo, y después cada vez menos contenidos. Él apretó las manos en sus caderas y empezó a moverse hacia atrás y hacia adelante con más fuerza, metiéndosela de golpe hasta las bolas. El sillón crujía. La música competía con el sonido de ellos dos.
—Ahí —dijo ella—. Ahí, la puta madre. Así. No pares. Cogeme más fuerte.
La presión interna era precisa y profunda, rozando exactamente donde tenía que rozar. La verga de él le pegaba en la próstata en cada embestida, y el placer se concentraba en un punto y desde ahí irradiaba hacia afuera en oleadas irregulares. Valentina apretó los dedos en el respaldo del sillón y aceleró todavía más.
—Dame vuelta —jadeó ella—. Quiero verte la cara.
Él se retiró un segundo y la ayudó a girar sobre el sillón. La acostó de espaldas, le levantó las piernas hasta apoyárselas en los hombros, y volvió a entrar de un envión que la hizo gritar. Desde ese ángulo la penetración era brutal, todavía más profunda. Valentina le rodeó la espalda con los brazos y clavó las uñas.
—Así, papi —gimió—. Rompémelo. No pares.
—Sos una puta hermosa —dijo él, embistiéndola con ritmo—. Mirá cómo la chupás con el culo.
Le tomó la polla con la mano derecha y empezó a masturbarla al mismo tiempo que la cogía. Valentina no había estado preparada para esa combinación. Se le nubló la vista. La verga entrándole hasta el fondo, la mano firme haciéndole una paja perfecta, la boca de él mordiéndole el cuello.
—Estoy cerca —dijo ella, con la voz un poco quebrada—. Me voy a correr. Me voy a correr, Nico, no pares.
Él respondió acelerando. Sin hablar, sin preguntar: simplemente entendió. Las manos y las caderas trabajaban al unísono, y esa coordinación era lo que la iba a hacer acabar. Eso era lo que Valentina había notado desde que él puso la mano en su cadera en el living: que escuchaba con el cuerpo, que prestaba atención de verdad.
El orgasmo llegó en dos tiempos. Primero una contracción profunda y prolongada que la hizo cerrar los ojos y soltar un sonido bajo e involuntario desde el fondo de la garganta. Después una ola que le recorrió la espalda entera y le aflojó los brazos. Su cuerpo respondió completo, anal y polla al mismo tiempo, superpuesto, sin jerarquías entre las sensaciones. Chorros gruesos de semen le salpicaron el vientre y las tetas, mientras el culo se contraía en espasmos alrededor de la verga de Nicolás.
—Dios —murmuró él entre dientes, viéndola acabar debajo suyo—, me voy a correr adentro.
—Adentro —jadeó ella—. Vaciate adentro. Toda.
Bastaron tres embestidas más. Nicolás se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, tenso, temblando, mientras se corría en oleadas largas. Valentina lo sintió palpitar dentro de ella, caliente, cada latido dejando otro chorro. Él soltó un gemido ronco que le raspó la garganta y se derrumbó apoyando la frente en el hombro de ella.
Se quedaron quietos un momento largo. Ella con la frente apoyada en su hombro. Él con los brazos rodeándola, más suaves ahora que antes, todavía adentro. Afuera, alguien hacía sonar una bocina en la calle dos veces seguidas. El ventilador seguía zumbando. Cuando él por fin se retiró, un hilo de semen le corrió por el muslo. Nicolás lo miró con una satisfacción muda.
***
Valentina fue al baño y volvió con una toalla. Le pasó la mitad a él sin decir nada. Se sentaron uno al lado del otro en el sillón, mirando el balcón por donde la luz anaranjada de la tarde seguía entrando sin permiso.
—¿Querés ese jugo ahora? —preguntó ella.
—Sí —dijo él—. Ahora sí.
Valentina fue a la heladera y volvió con dos vasos de naranja fría, todavía desnuda, sintiendo el semen resbalarle por dentro del muslo con cada paso. Los tomaron en silencio. No era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que acaban de hacer algo que cambia sutilmente el mapa de las cosas, y que necesitan un momento antes de hablar para actualizar la imagen.
—¿Cuánto tiempo más va a durar este calor? —preguntó Nicolás, mirando por el balcón hacia los techos del barrio.
—Hasta marzo, por lo menos —dijo ella—. A veces hasta abril.
Él asintió lentamente, con esa expresión de quien evalúa información con cuidado.
—Entonces supongo que voy a tener que subir a quejarme más seguido.
Valentina tomó el control remoto del equipo de música sin mirarlo.
—La próxima vez no apago la música tampoco —dijo—. Y te la voy a chupar en el balcón, así los vecinos se enteran de quién manda.
Subió el volumen dos rayas. Desde algún piso de abajo llegó la voz indignada de un vecino gritando algo que ninguno de los dos prestó atención. El ascensor chirrió en el hueco del edificio. La tarde avanzaba y el calor no cedía.