Sola en casa y el cajón de mi madre
Recuerdo esa tarde con una claridad que todavía me sorprende. No el año exacto, ni siquiera la estación, pero sí el olor de la casa vacía: a detergente, a silencio, a posibilidad. Mi madre había salido con mi tía a hacer las compras del mes y me dejó sola hasta la noche. Tenía quince años, y esa soledad era una promesa que llevaba meses esperando sin saber bien qué esperar de ella.
No sé cómo explicar lo que sentía en aquella época sin que suene a algo que no era. Desde pequeño había algo en mí que miraba el mundo de una manera diferente. Las revistas de moda que mi madre dejaba apiladas en el mueble de la sala me llamaban más que cualquier otra cosa. Las actrices que salían en televisión, con sus vestidos entallados y esa manera particular de moverse, me generaban una fascinación que no era exactamente la misma que la de mis amigos. Ellos miraban y deseaban. Yo miraba y quería ser.
Había artistas que me afectaban de esa manera. Mujeres que en sus canciones o en sus videos transmitían algo que yo no podía definir con palabras: una mezcla de poder, sensualidad y confianza que asociaba con lo femenino. La mujer que seduce y sabe que seduce. La que elige quién la mira. Eso me atraía, y no de la misma manera en que uno desea a otra persona, sino de una forma más profunda, como si reconociera algo propio en esa imagen que se movía en la pantalla.
También notaba cómo me comportaba con los demás. Nunca era quien lideraba el grupo, nunca quien tomaba la iniciativa. Seguía, escuchaba, buscaba la aprobación. Me sentía cómodo en ese lugar y no lo cuestionaba demasiado. Pero a veces, en los momentos quietos, me preguntaba por qué ese rol me resultaba tan natural mientras que el otro, el que se suponía que debía tener, me quedaba como una ropa de talla equivocada.
***
Esa tarde, después de que la puerta se cerrara detrás de mi madre, me quedé parado en el pasillo unos minutos. La casa respiraba distinto cuando estaba vacía. Más grande. Más permisiva, como si las paredes también aflojaran algo cuando no había nadie que observara.
Fui a mi cuarto, me senté en la cama y estuve mirando el techo un rato largo. Sabía lo que quería hacer. Lo había pensado antes, muchas veces, en esos momentos justo antes de dormirme cuando los pensamientos llegan sin filtro. Pero siempre había alguien en casa, siempre una razón para no hacerlo. O quizás lo que había era miedo, que es diferente a una razón aunque se parece mucho.
Esa tarde no había ninguna de las dos cosas.
Me levanté, salí al pasillo y caminé hasta la habitación de mis padres. Empujé la puerta despacio, aunque no había nadie que pudiera escucharme. El corazón me latía rápido y esa sensación, la del peligro inventado, la del secreto a punto de ocurrir, era parte de lo que me empujaba hacia adelante.
Me paré frente a la cómoda de mi madre.
El cajón de arriba guardaba sus prendas íntimas. Lo había visto abierto alguna vez sin prestarle atención, de pasada, pero ahora lo miraba con una intención completamente distinta. Lo jalé muy despacio, como si una parte de mí esperara que hubiera cerradura.
***
Lo que encontré adentro era más de lo que esperaba. Había varios conjuntos doblados con cuidado: una bata de satén color burdeos, dos tangas de encaje en distintos colores, un corpiño negro con detalles dorados en las costuras, y un babydoll color crema con tiras finas en los hombros y una caída de tela semitransparente. En el fondo, detrás de todo, había un frasco pequeño de lubricante.
Me quedé mirándolo todo sin tocar nada durante un momento que no sé cuánto duró. Como si el primer contacto fuera irreversible. Como si en el momento en que mis manos tocaran esa tela, algo cambiara de lugar para siempre.
Agarré el babydoll.
La tela era suave, más suave de lo que imaginaba. Me fui al baño con él y cerré la puerta, aunque estaba sola en casa. Cerré igual. Me desnudé frente al espejo largo que ocupaba toda la pared y me vi sin ropa, y traté de mirarme de otra manera, como si los ojos que me observaban desde el otro lado del cristal no fueran exactamente los mismos de siempre.
Me pasé el babydoll por la cabeza y lo dejé caer. Me llegaba a mitad del muslo. La tela semitransparente dejaba ver la piel debajo, y las tiras finas en los hombros hacían que parecieran más estrechos. En el espejo vi algo que no esperaba ver: una figura que podía, si uno no miraba demasiado de cerca, tener algo de femenino. No era exactamente lo que yo quería ser, pero era más cercano a eso que cualquier cosa que hubiera visto antes.
Volví al cajón por la tanga que hacía juego.
La puse en el suelo, la abrí, metí un pie, luego el otro, y la fui subiendo por las piernas muy despacio. Cuando el triángulo de tela llegó a mi entrepierna, algo se tensó en mi pecho. El hilo trasero se deslizó entre mis glúteos con una sensación que no tenía nombre todavía, pero que era completamente nueva. Lo subí hasta la cintura y me miré en el espejo.
Me quedé así un momento, quieta, sintiendo el peso de lo que acababa de hacer.
No era miedo. Era otra cosa. Una especie de reconocimiento, como cuando llegas a un lugar por primera vez y tienes la sensación de que ya lo conocías.
***
Probé el resto de las prendas una por una. El corpiño negro me quedaba flojo, pero la textura del encaje contra el pecho era una sensación que no había anticipado. La bata de satén me dio algo distinto: más cubierta, más envuelta, aunque no entendía bien por qué esas palabras venían a mi mente en lugar de otras.
En algún momento del proceso, mientras me miraba en el espejo con el babydoll y la tanga crema, decidí que necesitaba un nombre. No el nombre que me habían dado, sino uno que fuera mío de otra manera, que perteneciera a esta versión de mí que existía solo aquí adentro, en este baño vacío, con la puerta cerrada y la tarde afuera siguiendo su curso sin saber nada. Estuve mirándome hasta que un nombre apareció solo, sin esfuerzo: Camila.
Camila. Sí. Eso.
Me lo dije en voz muy baja, casi sin mover los labios, como si fuera una palabra que podría romperse si la decía demasiado fuerte.
***
El lubricante seguía sobre el borde de la cómoda donde lo había dejado. Cada vez que lo miraba sentía que era parte de lo que esa tarde tenía guardado para mí. Había estado pensando en eso también, en el deseo de sentir algo por dentro, de ser abierta. No tenía las palabras exactas para lo que quería, pero la idea era esa, y era tan clara como cualquier otra cosa que había sentido en mi vida.
Agarré el frasco, volví al baño y me puse de rodillas frente al espejo.
Apliqué lubricante en los dedos y empecé a tocarme por fuera, muy despacio, aprendiendo la geografía de mi propio cuerpo como si fuera la primera vez. Que en cierto modo lo era, porque nunca lo había mirado así, nunca lo había tratado con esa atención.
La primera presión fue extraña. Incómoda. Mi cuerpo resistía, como si no entendiera todavía lo que le estaba pidiendo. Pero seguí, despacio, dejando que la resistencia cediera poco a poco. Cuando el primer dedo entró, la sensación fue una mezcla de cosas: un leve ardor, un cosquilleo profundo, y una curiosidad que superaba cualquier incomodidad.
Esperé. Respiré. El músculo fue cediendo.
Introduje el dedo más adentro y noté cómo el lubricante facilitaba el movimiento. Empecé a sacarlo y meterlo despacio, y con cada movimiento la sensación se volvía menos extraña y más intensa. No era exactamente placer todavía, o quizás sí lo era, pero de un tipo que no reconocía porque nunca antes lo había sentido.
Cuando intenté agregar un segundo dedo la resistencia volvió, más fuerte. Esperé, hice presión suave, y fui ganando espacio milímetro a milímetro. El momento en que los dos dedos estuvieron dentro me hice consciente del calor, de la presión desde adentro hacia afuera, de la sensación de estar expandiéndome. Me veía en el espejo con el babydoll crema caído sobre los muslos y los ojos entrecerrados, y la imagen me gustó de una manera que no esperaba.
Quería más.
En el cajón del vanity encontré un corrector de maquillaje, uno de esos frascos de plástico grueso y alargado. Lo lavé, le puse lubricante, y me lo llevé a la boca primero, sin saber exactamente por qué lo hacía, simplemente porque sentía que era parte de algo, un gesto que encajaba con lo que estaba sintiendo en ese momento. Lo lamí despacio, lo cubrí de saliva, y lo coloqué en la entrada.
Empujé muy despacio.
La resistencia fue mayor que con los dedos. Hice presión, esperé, y el cuerpo fue cediendo. Cuando entró, el sonido que salió de mi garganta fue uno que nunca había escuchado venir de mí. No era dolor exactamente. Era apertura.
Me moví despacio al principio, mirándome en el espejo. Veía mi cara cambiada, algo diferente en la expresión. La boca entreabierta, los ojos entrecerrados, el cuello tenso. Me veía distinta a como me veía siempre. Y eso, por alguna razón que todavía no podría explicar del todo, era exactamente lo que quería ver.
Aumenté el ritmo. La respiración se me fue acelerando sola, y con ella vinieron sonidos que no intenté controlar. Estaba sola en casa, la tarde entera era mía, y eso también era parte de lo que hacía que todo se sintiera tan intenso. Ese espacio de libertad que nadie me había dado pero que de alguna manera era completamente mío.
Agarré mi pene con la otra mano y empecé a masturbarme al mismo tiempo, con las dos cosas ocurriendo a la vez, y la combinación fue una sensación que no tenía referencia anterior. El orgasmo llegó con una intensidad que me hizo doblar los codos y apoyar la frente en el espejo, fría contra mi piel caliente.
Me quedé así un momento largo, respirando.
***
Después, mientras guardaba todo en su lugar con cuidado, doblando cada prenda exactamente como la había encontrado, me di cuenta de que no sentía culpa. Esperaba sentirla, la había anticipado como parte inevitable de lo que acababa de hacer, pero no estaba. Lo que había en su lugar era algo más parecido a una claridad que dolía un poco por lo nueva que era.
Camila. El nombre seguía resonando en algún lugar dentro de mí.
Cerré el cajón, coloqué el frasco de lubricante en el fondo exactamente donde estaba, y salí de la habitación de mis padres. La casa seguía oliendo a detergente y a silencio. La tarde afuera seguía su ritmo sin saber nada. Pero algo en mí había cambiado de lugar, y yo lo sabía, y sabía que no iba a volver a su sitio anterior.
Las cosas que se nombran no vuelven a ser invisibles.
Esa fue la primera tarde. Habría otras. Y en cada una de ellas, Camila fue creciendo un poco más, tomando más espacio, volviéndose más real. Hasta que un día dejó de ser un secreto guardado en un cajón ajeno y empezó a ser simplemente quien yo era.