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Relatos Ardientes

Sola en casa y el cajón de mi madre

3.8(14)

Recuerdo esa tarde con una claridad que todavía me sorprende. No el año exacto, ni siquiera la estación, pero sí el olor de la casa vacía: a detergente, a silencio, a posibilidad. Mi madre había salido con mi tía a hacer las compras del mes y me dejó sola hasta la noche.

No sé cómo explicar lo que sentía en aquella época sin que suene a algo que no era. Desde pequeña había algo en mí que miraba el mundo de una manera diferente. Las revistas de moda que mi madre dejaba apiladas en el mueble de la sala me llamaban más que cualquier otra cosa. Las actrices que salían en televisión, con sus vestidos entallados y esa manera particular de moverse, me generaban una fascinación que no era exactamente la misma que la de mis amigos. Ellos miraban y deseaban. Yo miraba y quería ser.

Había artistas que me afectaban de esa manera. Mujeres que en sus canciones o en sus videos transmitían algo que yo no podía definir con palabras: una mezcla de poder, sensualidad y confianza que asociaba con lo femenino. La mujer que seduce y sabe que seduce. La que elige quién la mira y quién se la coge. Eso me atraía, y no de la misma manera en que uno desea a otra persona, sino de una forma más profunda, como si reconociera algo propio en esa imagen que se movía en la pantalla.

También notaba cómo me comportaba con los demás. Nunca era quien lideraba el grupo, nunca quien tomaba la iniciativa. Seguía, escuchaba, buscaba la aprobación. Me sentía cómoda en ese lugar y no lo cuestionaba demasiado. Pero a veces, en los momentos quietos, me preguntaba por qué ese rol me resultaba tan natural mientras que el otro, el que se suponía que debía tener, me quedaba como una ropa de talla equivocada.

***

Esa tarde, después de que la puerta se cerrara detrás de mi madre, me quedé parada en el pasillo unos minutos. La casa respiraba distinto cuando estaba vacía. Más grande. Más permisiva, como si las paredes también aflojaran algo cuando no había nadie que observara.

Fui a mi cuarto, me senté en la cama y estuve mirando el techo un rato largo. Sabía lo que quería hacer. Lo había pensado antes, muchas veces, en esos momentos justo antes de dormirme cuando los pensamientos llegan sin filtro y la mano se me iba sola dentro del calzoncillo, la polla dura contra la palma, imaginándome vestida, imaginándome abierta, imaginándome llenada. Pero siempre había alguien en casa, siempre una razón para no hacerlo. O quizás lo que había era miedo, que es diferente a una razón aunque se parece mucho.

Esa tarde no había ninguna de las dos cosas.

Me levanté, salí al pasillo y caminé hasta la habitación de mis padres. Empujé la puerta despacio, aunque no había nadie que pudiera escucharme. El corazón me latía rápido y esa sensación, la del peligro inventado, la del secreto a punto de ocurrir, era parte de lo que me empujaba hacia adelante. Ya sentía la polla hincharse dentro del pantalón, presionando contra la tela, húmeda en la punta.

Me paré frente a la cómoda de mi madre.

El cajón de arriba guardaba sus prendas íntimas. Lo había visto abierto alguna vez sin prestarle atención, de pasada, pero ahora lo miraba con una intención completamente distinta. Lo jalé muy despacio, como si una parte de mí esperara que hubiera cerradura.

***

Lo que encontré adentro era más de lo que esperaba. Había varios conjuntos doblados con cuidado: una bata de satén color burdeos, dos tangas de encaje en distintos colores, un corpiño negro con detalles dorados en las costuras, y un babydoll color crema con tiras finas en los hombros y una caída de tela semitransparente. En el fondo, detrás de todo, había un frasco pequeño de lubricante.

Me quedé mirándolo todo sin tocar nada durante un momento que no sé cuánto duró. Como si el primer contacto fuera irreversible. Como si en el momento en que mis manos tocaran esa tela, algo cambiara de lugar para siempre.

Agarré el babydoll.

La tela era suave, más suave de lo que imaginaba. Me fui al baño con él y cerré la puerta, aunque estaba sola en casa. Cerré igual. Me desnudé frente al espejo largo que ocupaba toda la pared y me vi sin ropa, la polla ya medio dura colgando entre las piernas, las bolas apretadas contra el cuerpo, y traté de mirarme de otra manera, como si los ojos que me observaban desde el otro lado del cristal no fueran exactamente los mismos de siempre.

Me pasé el babydoll por la cabeza y lo dejé caer. Me llegaba a mitad del muslo. La tela semitransparente dejaba ver la piel debajo, y las tiras finas en los hombros hacían que parecieran más estrechos. En el espejo vi algo que no esperaba ver: una figura que podía, si uno no miraba demasiado de cerca, tener algo de femenino. No era exactamente lo que yo quería ser, pero era más cercano a eso que cualquier cosa que hubiera visto antes.

Volví al cajón por la tanga que hacía juego.

La puse en el suelo, la abrí, metí un pie, luego el otro, y la fui subiendo por las piernas muy despacio. Cuando el triángulo de tela llegó a mi entrepierna tuve que acomodar la polla, empujarla hacia abajo para que cupiera dentro del encaje, y el simple roce del tejido contra el glande me arrancó un jadeo bajo. El hilo trasero se deslizó entre mis glúteos, ajustado, apretándose contra el agujero del culo con una sensación que no tenía nombre todavía, pero que era completamente nueva. Lo subí hasta la cintura y me miré en el espejo.

Me quedé así un momento, quieta, con la polla marcada bajo la tanga, el bulto húmedo empujando la tela hacia adelante. Sentía cómo el hilo se me metía en el culo cada vez que respiraba profundo, como si me estuviera acariciando el agujero desde afuera, recordándome que ahí había algo que quería ser abierto.

No era miedo. Era otra cosa. Una especie de reconocimiento, como cuando llegas a un lugar por primera vez y tienes la sensación de que ya lo conocías.

***

Probé el resto de las prendas una por una. El corpiño negro me quedaba flojo, pero la textura del encaje contra el pecho, arañándome los pezones que se pusieron duros de inmediato, era una sensación que no había anticipado. Me pasé las palmas por encima, apretando la tela contra los pezones, y sentí un tirón directo entre las piernas, la polla latiendo con más fuerza. La bata de satén me dio algo distinto: más cubierta, más envuelta, la tela fría deslizándose sobre la piel caliente, rozándome la punta de la verga con cada movimiento.

En algún momento del proceso, mientras me miraba en el espejo con el babydoll y la tanga crema, decidí que necesitaba un nombre. No el nombre que me habían dado, sino uno que fuera mío de otra manera, que perteneciera a esta versión de mí que existía solo aquí adentro, en este baño vacío, con la puerta cerrada y la tarde afuera siguiendo su curso sin saber nada. Estuve mirándome hasta que un nombre apareció solo, sin esfuerzo: Camila.

Camila. Sí. Eso.

Me lo dije en voz muy baja, casi sin mover los labios, como si fuera una palabra que podría romperse si la decía demasiado fuerte. Y después, mirándome a los ojos en el espejo, lo dije otra vez, un poco más fuerte:

—Camila. Soy Camila. Y quiero que me cojan.

Escucharme decir eso en voz alta, sola, con el babydoll cayéndome sobre los muslos y la polla apretada dentro de una tanga de mi madre, me hizo temblar. Me llevé la mano al bulto por encima del encaje y me apreté despacio, y una gota espesa mojó la tela por dentro.

***

El lubricante seguía sobre el borde de la cómoda donde lo había dejado. Cada vez que lo miraba sentía que era parte de lo que esa tarde tenía guardado para mí. Había estado pensando en eso también, en el deseo de sentir algo por dentro, de ser abierta, de tener el culo lleno como veía en los videos que miraba de madrugada con el volumen apagado. No tenía las palabras exactas para lo que quería, pero la idea era esa, y era tan clara como cualquier otra cosa que había sentido en mi vida.

Agarré el frasco, volví al baño y me bajé la tanga hasta los tobillos. Me puse a cuatro patas frente al espejo, con el culo apuntando hacia atrás y la cabeza girada para poder verme. El babydoll se me subió por la espalda, dejando el trasero completamente descubierto. Verme así, en cuatro, ofrecida, con el agujero expuesto y la polla dura colgando entre las piernas, me hizo gemir sin querer.

Apliqué lubricante en los dedos, mucho, hasta que chorreaba, y llevé la mano hacia atrás. Empecé a tocarme por fuera, muy despacio, dibujando círculos alrededor del agujero, aprendiendo la geografía de mi propio cuerpo como si fuera la primera vez. Que en cierto modo lo era, porque nunca lo había mirado así, nunca lo había tratado con esa atención. El culo se me contraía bajo la yema del dedo, apretándose y aflojándose, pidiendo algo que yo todavía no le había dado.

La primera presión fue extraña. Incómoda. Mi cuerpo resistía, como si no entendiera todavía lo que le estaba pidiendo. El agujero se cerraba con fuerza contra la punta del dedo, defendiéndose. Pero seguí, despacio, dejando que la resistencia cediera poco a poco, empujando y esperando, empujando y esperando. Cuando el primer dedo entró de golpe, hasta el nudillo, la sensación fue una mezcla de cosas: un leve ardor que me hizo cerrar los ojos, un cosquilleo profundo que me subió por la espalda, y una curiosidad que superaba cualquier incomodidad.

—Ah… mierda —susurré contra el espejo—. Está adentro. Lo tengo adentro.

Esperé. Respiré. El músculo fue cediendo, envolviendo el dedo, apretándolo con un calor que no había sentido nunca.

Introduje el dedo más adentro y noté cómo el lubricante facilitaba el movimiento. Empecé a sacarlo y meterlo despacio, y con cada movimiento la sensación se volvía menos extraña y más intensa. La polla se me marcaba dura contra el vientre, goteando pre-semen sobre las baldosas. No era exactamente placer todavía, o quizás sí lo era, pero de un tipo que no reconocía porque nunca antes lo había sentido: un placer que venía de adentro, no de la verga, un placer que me pertenecía como mujer y no como el otro.

Cuando intenté agregar un segundo dedo la resistencia volvió, más fuerte. El agujero se cerró de nuevo, apretado, negándose. Esperé, hice presión suave, empapé todo con más lubricante hasta que los dedos resbalaban solos, y fui ganando espacio milímetro a milímetro. El momento en que los dos dedos estuvieron dentro me hice consciente del calor, de la presión desde adentro hacia afuera, de la sensación de estar expandiéndome, de estar abriéndome como se abre una mujer para ser follada. Empecé a mover los dedos en tijera dentro del culo, separándolos, forzando el músculo a ceder más, y cada vez que los abría un gemido me salía sin permiso.

Me veía en el espejo con el babydoll crema caído sobre los muslos, los dedos de la mano derecha metidos hasta el fondo del culo y la izquierda sujetando la polla, y la imagen me gustó de una manera que no esperaba. Era Camila. Camila abriéndose sola. Camila puta.

Quería más. Quería algo más grueso. Quería sentir de verdad.

En el cajón del vanity encontré un corrector de maquillaje, uno de esos frascos de plástico grueso y alargado, del tamaño aproximado de una polla mediana. Lo lavé, le puse lubricante hasta que goteaba, y me lo llevé a la boca primero, sin saber exactamente por qué lo hacía, simplemente porque sentía que era parte de algo, un gesto que encajaba con lo que estaba sintiendo en ese momento. Lo lamí despacio, lo chupé como había visto chupar en los videos, ahuecando las mejillas, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla. Me la metí hasta el fondo de la garganta, arcadas incluidas, imaginando que era una verga de verdad, imaginando a un hombre agarrándome de la nuca y follándome la boca hasta hacerme llorar.

Cuando lo saqué estaba brillante, cubierto de saliva y lubricante. Volví a ponerme en cuatro, apoyé la mejilla contra las baldosas frías, y llevé el frasco a la entrada del culo.

Empujé muy despacio.

La resistencia fue mayor que con los dedos. Mucho mayor. El músculo se cerraba con fuerza, negándose a admitir algo tan grueso. Hice presión, esperé, respiré, empujé un poco más, y sentí cómo el agujero se estiraba, cómo el borde se tensaba alrededor de la punta hasta que de golpe cedió y la cabeza del frasco entró de un tirón. Grité. No fuerte, un grito ahogado contra el suelo, pero grité.

—Ay, joder… joder, joder…

Me quedé quieta con la punta dentro, sintiendo cómo el culo latía alrededor, adaptándose. Después empujé más, y más, hasta que casi todo el frasco estuvo dentro de mí. Nunca había sentido nada parecido. La sensación de estar llena, de tener algo ocupándome por dentro, era exactamente lo que había estado buscando sin saberlo.

Empecé a moverlo. Lo sacaba casi hasta la punta y lo volvía a meter hasta el fondo, marcando un ritmo torpe al principio, aprendiendo. El sonido que hacía el lubricante era húmedo, obsceno, y me encantó. Me encantó escucharme así, escuchar cómo se me follaba el culo, aunque fuera yo misma la que empujaba.

Me moví despacio al principio, mirándome en el espejo. Veía mi cara cambiada, algo diferente en la expresión. La boca entreabierta, los ojos entrecerrados, el cuello tenso, un hilo de saliva en la comisura. Me veía distinta a como me veía siempre. Me veía cogida. Y eso, por alguna razón que todavía no podría explicar del todo, era exactamente lo que quería ver.

Aumenté el ritmo. Empecé a empujarme el frasco con fuerza, cada embestida más profunda, más rápida, hasta que el culo aceptaba todo sin resistencia, chorreando lubricante por los muslos. La respiración se me fue acelerando sola, y con ella vinieron sonidos que no intenté controlar: gemidos agudos, sollozos entrecortados, una voz de mujer que salía de mí sin que yo supiera que la tenía adentro.

—Sí… así… más adentro, más adentro… soy Camila, soy una puta, soy Camila…

Escucharme decir eso, con el frasco entrando y saliendo del culo, con el babydoll de mi madre pegado a la espalda por el sudor, me llevó a un lugar que no había pisado nunca. Estaba sola en casa, la tarde entera era mía, y eso también era parte de lo que hacía que todo se sintiera tan intenso. Ese espacio de libertad que nadie me había dado pero que de alguna manera era completamente mío.

Agarré mi polla con la otra mano y empecé a masturbarme al mismo tiempo, con las dos cosas ocurriendo a la vez: el frasco follándome el culo y la mano corriéndomela con fuerza. La combinación fue una sensación que no tenía referencia anterior. Cada vez que el frasco entraba profundo, un latigazo de placer me subía por la columna y me tensaba el vientre. Cada vez que salía, sentía el vacío pidiendo que volviera. Y la polla en la otra mano, latiendo, hinchada, mojando la palma de pre-semen.

Encontré un punto adentro que me hizo ver blanco. Un lugar que cuando el frasco lo golpeaba, todo el cuerpo se me convulsionaba solo. Empecé a atacarlo, embistiéndome ahí una y otra vez, mientras la mano se movía cada vez más rápido sobre la verga.

—Me corro, me corro, me corro, ay Dios, me corro…

El orgasmo llegó con una intensidad que me hizo doblar los codos y apoyar la frente en el espejo, fría contra mi piel caliente. La verga estalló contra las baldosas, chorros gruesos de semen que salieron con tanta fuerza que salpicaron el suelo por delante y me mojaron la mano, la muñeca, el brazo. Y el culo se cerró alrededor del frasco con espasmos que no controlaba, apretándolo, exprimiéndolo, como si tuviera vida propia y estuviera ordeñando algo que no estaba ahí.

Me quedé así un momento largo, respirando contra el cristal, con el frasco todavía metido y el semen goteando desde el suelo hasta la rodilla. Nunca me había corrido así en la vida. Nunca ni cerca.

Saqué el frasco muy despacio, y sentí el vacío repentino, el culo abierto que tardaba en cerrarse, latiendo, un poco de lubricante escapándose por el borde. Me miré por encima del hombro en el espejo y vi el agujero rojo, hinchado, ligeramente abierto todavía, brillante. La imagen de un culo recién cogido. Mi culo. El de Camila.

***

Después, mientras limpiaba las baldosas con papel higiénico y guardaba todo en su lugar con cuidado, doblando cada prenda exactamente como la había encontrado, lavando el frasco con jabón hasta que no quedara rastro, me di cuenta de que no sentía culpa. Esperaba sentirla, la había anticipado como parte inevitable de lo que acababa de hacer, pero no estaba. Lo que había en su lugar era algo más parecido a una claridad que dolía un poco por lo nueva que era.

Camila. El nombre seguía resonando en algún lugar dentro de mí. Y el culo todavía me latía, recordándome.

Cerré el cajón, coloqué el frasco de lubricante en el fondo exactamente donde estaba, y salí de la habitación de mis padres. La casa seguía oliendo a detergente y a silencio. La tarde afuera seguía su ritmo sin saber nada. Pero algo en mí había cambiado de lugar, y yo lo sabía, y sabía que no iba a volver a su sitio anterior.

Las cosas que se nombran no vuelven a ser invisibles.

Esa fue la primera tarde. Habría otras. Y en cada una de ellas, Camila fue creciendo un poco más, tomando más espacio, volviéndose más real, más puta, más abierta. Hasta que un día dejó de ser un secreto guardado en un cajón ajeno y empezó a ser simplemente quien yo era.

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3.8(14)

Comentarios(9)

jorgito88

increible relato, me dejo sin palabras!!!

LuciaBA77

quede con ganas de mas, necesito una segunda parte por favor

Sarita_V

Se siente tan real y cercano, me emociono de verdad. Gracias por compartirlo

ClaraMdz

Se corto justo cuando mas enganchada estaba... hay continuacion?

NandoPlaya

Me recordo a esos momentos de descubrimiento que uno tiene de joven. Muy bien narrado

martu_rio

Que forma de escribir, atrapa desde el primer parrafo. Bravo!

yosisum

excelente!!! sigue publicando

Daniela22

La forma en que esta contado es muy especial, se nota que hay algo mas detras de las palabras. Espero el proximo

SilvanaMC

Corto pero potente. Me gusto mucho :)

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