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Relatos Ardientes

Soy trans y esa noche me vestí solo para él

Hay un tipo de calor que no tiene nada que ver con la temperatura. Lo conozco bien porque lo cargo desde hace años: aparece sin avisar, me trepa por el vientre y me instala una urgencia que no desaparece hasta que hago algo al respecto. Ese sábado por la tarde me encontró sola en casa, con demasiado tiempo libre y ese deseo circular de siempre. Quería que un hombre me hiciera suya. Quería una polla adentro, quería una boca ajena mordiéndome el cuello, quería sentirme abierta y usada y llena hasta el fondo.

Vivo en clóset. Mis amigos, mis compañeros de trabajo, mi familia. Nadie sabe que cuando cierro la puerta de mi departamento me convierto en quien realmente soy. No es que lo oculte por miedo exactamente, sino porque el mundo de afuera todavía no entiende, y explicar cansa más que callarse. Soy mujer trans, y eso es mío, solo mío, por ahora.

Me senté en el borde de la cama con la ropa del día puesta, esa ropa neutra y sin gracia que uso cuando salgo, y me quedé mirando el techo. Pensé en sacar alguno de mis juguetes. Tenía dos o tres en el cajón del placard —un consolador grueso, uno más largo con textura, un plug negro que había estrenado hacía poco— que habrían servido para aliviar el calor, pero algo me detuvo. No quería eso. No quería silicona. Quería carne. Quería peso. Quería una verga real palpitándome adentro, con venas y con pulso, no un aparato frío que enjuagara en el bidet después.

Como si me hubiera escuchado, el teléfono vibró sobre la mesita.

Era él.

No voy a decir su nombre real. Lo llamo Rodrigo para este relato. Un hombre de unos cuarenta años, con trabajo y vida ordenada y, según me consta, una pareja que no sabe nada de nosotros. Discreto hasta el exceso. Nos habíamos encontrado una sola vez, meses atrás, y la experiencia había quedado grabada con una nitidez que me sorprendió incluso a mí. Me escribió cosas directas, sin preámbulos, con esa honestidad bruta que tienen los hombres cuando desean sin rodeos. Decía que pensaba en mí, que quería volver a cogerme, que se le paraba acordándose de cómo se la mamé la última vez, que esa noche podía escaparse si yo estaba disponible.

Leí el mensaje dos veces. Puse el teléfono boca abajo. Lo volví a levantar.

Claro que estoy disponible. Vení y rompeme.

Le contesté que viniera en dos horas. Me puse de pie.

***

Lo primero fue el baño. Caliente, largo, meticuloso. Me afeité con cuidado todo el cuerpo, empezando por las piernas y subiendo hasta el pubis, donde dejé solo una franja pequeña de vello oscuro justo encima de mi pene, que es pequeño, casi decorativo cuando estoy vestida. La zona alrededor del ano la trabajé con especial atención, pasando la maquinita en círculos hasta dejarla lisa como un durazno, porque ya sabía adónde iba a terminar la noche: con la polla de Rodrigo encajada hasta el fondo de mi culo.

Después vino la otra parte, la que no se habla pero se hace. Me enjuagué por dentro con la ducha anal que guardo en el estante bajo del baño. Dos, tres pasadas de agua tibia, hasta que salió limpia. Me metí dos dedos con jabón, después con lubricante, ensayando la apertura, acostumbrándola. Sentí el primer tirón conocido, ese que anuncia que el cuerpo va a ceder cuando llegue el momento. Me mordí el labio frente al espejo empañado.

Salí del baño envuelta en vapor y me apliqué crema hidratante de pies a cuello. Tengo la piel clara y se nota cuando está bien cuidada. Mis pies son una de mis partes favoritas: pequeños, de dedos rectos, con el arco bien definido. Me pinté las uñas con un rojo oscuro que tenía reservado para ocasiones como esa.

Me senté frente al espejo del tocador y empecé con el maquillaje. Base suave, sin excesos. Un poco de corrector debajo de los ojos. Sombra ahumada en los párpados para alargar la mirada. Máscara de pestañas. Labial en un burdeos que no iba a durar mucho una vez que tuviera la verga de Rodrigo entre los labios, pero que lucía perfecto en ese momento.

Me coloqué la peluca: negra, ondulada, que me cae hasta los hombros. La ajusté frente al espejo hasta que quedó natural, como si fuera mía.

Luego vino la ropa.

Tengo un cajón específico para eso. Lo abro pocas veces, solo cuando sé que la noche lo merece. Elegí una tanga de encaje azul medianoche, alta en las caderas, con el frente casi transparente, con una tira delgada por atrás que se me metía entre las nalgas y me rozaba el ano cada vez que me movía. Sobre eso, un corsé negro con tirantes finos que me marca la cintura y levanta el torso. Medias de red sujetadas con un liguero que se ajusta a los muslos. Una minifalda de satén negro que cubre lo justo. Y los zapatos: stilettos negros con taco de aguja que guardo para las noches que importan.

Me perfumé en el cuello, detrás de las orejas, en el interior de las muñecas y, por si acaso, entre los muslos.

Me miré en el espejo de cuerpo entero durante un buen rato. Sonreí.

Así. Exactamente así. Una putita esperando que la vengan a coger.

***

Rodrigo llegó puntual. Escuché el timbre y sentí que el pulso se me aceleraba de un modo que no es exactamente miedo pero se le parece. Abrí la puerta y ahí estaba: alto, con una campera de cuero oscura, el pelo un poco despeinado. Me miró de arriba abajo con una lentitud calculada que no necesitaba disimular nada.

—Dios —dijo. Solo eso.

Sonreí y me hice a un lado para dejarlo entrar. Antes de que pudiera cerrar la puerta, ya tenía sus manos en mi cintura.

Me giró hacia él con suavidad pero con firmeza, y me besó. No fue un beso de saludo. Fue un beso con intención, largo, con la lengua metiéndose en mi boca sin pedir permiso, con las manos recorriéndome la espalda y bajando hasta agarrarme el culo por debajo de la falda, apretándomelo entero con las dos manos. Lo sentí durísimo contra mi abdomen, marcado bajo la tela del pantalón, y un sonido se me escapó de la garganta sin que yo lo planificara.

—Llevas meses en mi cabeza —murmuró contra mi boca—. Pensando en ese culito tuyo. En cómo me la chupabas.

—Lo sé —dije. Porque lo sabía. Él también había estado en la mía, todas las noches, mientras me tocaba pensando en su verga.

Nos movimos hacia el interior sin separarnos. Rodrigo me quitó la chaqueta que había puesto sobre los hombros y la dejó caer en el sillón. Observó el corsé, las medias, la minifalda que se movía con cada paso. Me pasó una mano por el muslo, por encima de la media, y la subió hasta rozarme la tanga.

—¿Cuánto tiempo llevas así preparada?

—Casi dos horas —admití.

—¿Para quién?

—Para vos —dije. Y era la verdad más simple que podía decir esa noche—. Para que me la metas.

Me tomó del cuello con una mano, no con fuerza, sino con ese gesto de quien quiere marcar algo sin lastimar. Me besó otra vez, más despacio, y bajó la boca hacia el cuello, mordiéndome con suavidad en el lugar donde me había perfumado. Con la otra mano me apretó una teta falsa por encima del corsé y después bajó hasta el frente de la tanga, donde apenas se marcaba mi propio bulto. Sentí que los pies me flaqueaban un momento.

Me llevó hacia el dormitorio.

***

Con la luz de la mesita encendida, la habitación se sentía más íntima. Rodrigo se sentó en el borde de la cama y yo me quedé de pie frente a él, con los tacones puestos y las manos en los costados. Me miró como si quisiera memorizar cada detalle.

—Arrodíllate —dijo—. Sacámela.

Lo hice sin vacilar. La alfombra me raspó las rodillas por debajo de las medias de red. Él desabrochó el cinturón, el botón, el cierre. Yo le ayudé a bajar el pantalón con la calma de quien sabe exactamente lo que quiere. Cuando bajé el bóxer, la polla saltó hacia afuera, dura, pesada, apuntándome a la cara. Lo que apareció frente a mí era exactamente lo que había guardado en la memoria desde aquella primera vez: gruesa, con la cabeza oscura y brillante, una vena gorda recorriéndola en diagonal, los huevos pesados debajo, tirantes.

Me quedé mirándola un segundo antes de tocarla. Solo mirándola. Me relamí los labios burdeos.

Empecé por la base. Con la lengua, sin apuro. Le recorrí el tronco despacio, subiendo, sintiendo su textura, la vena inflada bajo la piel, mientras la sostenía con una mano. Le lamí los huevos primero, uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, chupándolos con cuidado, sintiendo el peso caliente sobre la lengua. Rodrigo dejó salir un jadeo largo. Subí despacio por debajo del tronco, con la punta de la lengua marcando la vena, hasta llegar arriba. Cuando llegué a la punta, le di un beso húmedo, la abrí con los labios, y me la introduje con lentitud, dejando que se acomodara dentro de mi boca hasta que sentí la cabeza empujando contra el paladar.

Rodrigo soltó el aire despacio, como quien lleva horas aguantando algo.

—Así, puta. Así.

Me tomó la cabeza con ambas manos, no para controlar el movimiento sino para apoyarse en algo mientras yo hacía lo mío. Y yo lo hacía bien. Lo sé porque lo veo en la cara de los hombres, en ese momento en que cierran los ojos y ya no piensan en nada más. El gusto de Rodrigo era ligeramente salado, con una gota espesa de precum que le fui sacando con la punta de la lengua cada vez que subía, mezclada con el calor del encierro, y esa combinación me resulta irresistible desde la primera vez que la conocí.

Se la mamé durante un buen rato. Cambiando el ritmo, usando la lengua en la punta, dibujando círculos alrededor del glande, hundiéndomela hasta que sentí que me golpeaba el fondo de la garganta y me daban ganas de arcada, aguantándomela ahí unos segundos hasta que los ojos se me llenaron de agua y se me corrió el rímel. La sacaba con un hilo espeso de saliva colgando entre mis labios y la punta, la miraba brillar, y me la volvía a meter entera. Varié la presión, la velocidad, alternando entre movimientos lentos y otros más profundos. Bajé de vuelta a los huevos, se los chupé mientras le hacía una paja con la mano llena de saliva. En algún momento inclinó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido ronco que me recorrió entera y me hizo apretar los muslos.

—Para —dijo finalmente, agarrándome del pelo de la peluca—. Para, puta, o me corro en tu boca y quiero acabar adentro tuyo.

Me la saqué de la boca con un sonido húmedo, lo miré desde abajo con los labios hinchados y la saliva goteando por el mentón.

—¿Cómo querés que me ponga? —pregunté. Mi voz sonó más ronca de lo normal.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—De costado. En la cama. Quiero cogerte despacio para durar.

***

Me saqué los zapatos y me acomodé en la cama sobre mi costado derecho. Dejé el corsé puesto, y también las medias, y también el liguero: todo eso le gustaba y yo lo sabía. Solo me deslicé la tanga por las caderas y la dejé colgando de un tobillo. Flexioné la pierna de arriba hacia el abdomen y dejé la otra extendida, ofreciéndole el culo abierto. Rodrigo terminó de quitarse la ropa —la camisa, la remera de abajo, todo— y se colocó desnudo detrás de mí, encajando su cuerpo contra el mío. Sentí su calor en toda la espalda, su pecho pegado entre mis omóplatos, y la verga dura clavándome la parte baja de la espalda, resbalándome entre las nalgas cada vez que se movía apenas.

Le señalé dónde estaba el lubricante. Lo alcanzó sin levantarse, lo abrió. Se echó un chorro generoso en los dedos y otro directamente sobre mi ano, y sentí el frío del gel escurriéndoseme entre las nalgas antes de que sus dedos empezaran a masajear la entrada en círculos. Primero uno, explorando, abriendo espacio con paciencia, hundiéndolo hasta el nudillo. Cerré los ojos y suspiré largo.

—¿Bien? —preguntó, moviendo el dedo adentro, doblándolo, buscando.

—Sí —dije. Y después, cuando el segundo dedo se unió al primero y sentí el estiramiento: —Sí. Metelos más.

Los movió con un ritmo pausado, abriéndolos como tijera adentro mío, preparándome. Un tercer dedo se sumó y me arqueé contra su mano sin poder evitarlo, empujando el culo hacia atrás para que entraran más profundo. El ritmo era pausado, sin apuro, y eso me desarmó más que cualquier urgencia. Rodrigo sabe leer los cuerpos. Lo recordaba de la primera vez: esa capacidad de ir más despacio cuando el otro necesita espacio, de no adelantarse.

Cuando lo sentí reposicionarse, cuando noté que retiraba los dedos y se acomodaba detrás de mí con otra intención, contuve el aliento. Sentí la cabeza de la polla apoyándose contra la entrada, resbalando arriba y abajo entre mis nalgas, empapada de lubricante y saliva. La presión llegó gradualmente: insistente, cuidadosa, imposible de ignorar. Empujó con paciencia y la cabeza cedió, entrando de golpe con un pop mudo que me arrancó un gemido agudo. Me abrí para recibirlo. Fue un proceso lento, con pequeñas pausas, ganando un centímetro por vez, con su mano en mi cadera para sostenerme, mientras me susurraba al oído que respirara, que aflojara, que era una buena puta. Cuando estuvo adentro del todo, cuando sentí sus huevos apoyados contra el borde de mi culo, se detuvo.

No habló. Solo me besó en el cuello, en la nuca, en la parte superior de la espalda. Me lamió el lóbulo de la oreja.

Empezó a moverse.

Primero despacio, saliendo casi por completo, dejando solo la punta adentro, y volviendo a hundirla entera de un empujón largo y firme, con un ritmo que me obligó a aferrarme a la almohada con ambas manos y morder la funda. El ángulo de la posición hacía que cada entrada fuera más profunda de lo esperado, que me golpeara ese punto interno que me hace ver luces. Acomodé la cadera hacia él, arqueé un poco la espalda, y el cambio fue inmediato: la polla empezó a rozarme la próstata con cada embestida y sentí que el pene, que había estado dormido y decorativo hasta ese momento, se me empezaba a poner duro contra el muslo, chorreando precum sin que nadie lo tocara.

—Ahí —dije—. Ahí, en ese punto.

—¿Sí?

—Ahí, no pares. Cogeme ahí, dale.

El ritmo fue aumentando. No de golpe, sino en escalones, cada uno más intenso que el anterior. Rodrigo me tomó la cadera con firmeza, clavándome los dedos, y eso, ese peso concreto de su mano sobre la piel, me ancló a lo que estaba pasando de un modo que no sabría explicar del todo. Se escuchaba el chapoteo del lubricante, el golpe de sus huevos contra mis nalgas, mi respiración cortada. Puse una mano en la base de su verga mientras me penetraba, sintiendo cómo entraba y salía de mí, midiendo con los dedos lo que me quedaba adentro, duplicando la sensación. Con la otra mano me agarré mi propio pene, que estaba durísimo y goteando, y me lo empecé a hacer pajita al ritmo de sus embestidas.

Gemí. No por cumplir, sino porque no pude no hacerlo. Gemí fuerte, sin filtro, como una hembra en celo.

—Eso, puta —jadeó en mi oreja, sin bajar el ritmo—. Gemí para mí. Decime que te gusta.

—Me encanta, me encanta tu verga, no pares, cogeme más fuerte.

Él respondió con más ritmo. Me agarró un mechón de la peluca y tiró hacia atrás, obligándome a arquear más el cuello, y me embistió con toda la cadera durante varios minutos seguidos, sin piedad, hasta que sentí que la cama se movía debajo de nosotros. En algún punto dejé de rastrear los detalles y solo existió eso: la presión, el movimiento, la calidez de su cuerpo pegado al mío, su respiración acelerándose contra mi nuca, la polla entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba el cuarto. Rodrigo apretó la cadera contra la mía y empujó con fuerza, sin salir, en ese movimiento circular que te mantiene llena y no te da respiro, moliéndome por dentro con la punta.

—¿Así? —preguntó, la voz ya tensa.

—Así —dije—. Así, así, me vas a hacer acabar.

Y acabé. Sin tocar apenas mi propio pene, solo con la fricción de su verga contra la próstata y un par de sacudidas mías al final, me corrí en un chorro largo que me manchó el corsé y las sábanas, mientras el ano se me apretaba en espasmos alrededor de él, tragándolo. Rodrigo gimió al sentirlo.

—Ay, hija de puta, cómo apretás.

Aguantó unos minutos más, con una resistencia que agradecí, cogiéndome mientras yo seguía temblando, sensible, gimiendo agudo con cada embestida. Cuando terminó, lo hizo con un grito ahogado contra mi hombro y un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Lo sentí vaciarse, caliente, adentro de mí, en tres o cuatro chorros gruesos que noté claramente, uno tras otro, mientras se hundía hasta el fondo con cada uno. El exceso comenzó a escurrirse despacio hacia abajo, tibio, resbalando por el perineo hasta empapar la sábana. Nos quedamos quietos así, sin separarnos, con la verga todavía adentro ablandándose de a poco, durante un minuto que no quise que terminara.

***

Después, se retiró con cuidado. La polla salió con un sonido húmedo y sentí el vacío inmediato, el semen escapándoseme entero. Se limpió con un pañuelo, se vistió. Yo me quedé en la cama sin moverme, boca abajo ahora, con el cuerpo destensado, el culo abierto, y la cabeza todavía en otra parte. Escuché el ruido de la hebilla del cinturón, el roce de la campera.

Antes de salir, Rodrigo se inclinó y me dio un beso corto en la mejilla. No dijo nada más. No hacía falta.

Escuché la puerta cerrarse con suavidad.

Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo su corrida seguía saliéndoseme lentamente.

Otra vez ese calor circular. Pero apagado por fin, durante algunas horas.

Si sos trans y vivís tu deseo en silencio, en clóset, sabés exactamente de qué hablo. Ese deseo que no le explicás a nadie y que sin embargo es lo más real que tenés. No pido disculpas por él. Nunca más.

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Comentarios(8)

MireyaNocturna

Dios mio que relato!!! me dejo sin palabras, tremendo de verdad

Isabel_BA

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber cómo terminó esa noche. Esperando la segunda parte!

RocioLeer

Me encantó como lo narraste, se siente muy real sin ser burdo. Seguí así, necesitamos mas relatos como este

CuriosaTotal88

¿Y él lo sabía de antes o fue sorpresa para él también? Eso me dejó pensando jaja

SolDelSur

Tiene algo muy humano adentro, no es solo erótico. Me llegó de verdad. Gracias por animarte a compartirlo

NachoBsAs

la parte del mensaje al celular me pareció demasiado intensa, muy bien descripta. Sigue publicando!

PatriciaRJ

excelente!!! ojalá haya continuación

FleurK

Qué manera de contar una historia... lo lei dos veces y cada vez te engancha mas. Espero que no sea la última entrega, en serio

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