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Relatos Ardientes

La travesti que el vecino no pudo guardar para él

Era un domingo que no prometía nada.

El tipo de tarde en que el tiempo se espesa y te aplasta contra el sillón sin que nada lo justifique. Afuera había partido de fútbol, de los importantes, del tipo que corta la ciudad en dos y llena los bares de gente que chilla por equipos que ni siquiera saben sus nombres. A mí ese ruido me importaba bastante poco. Ninguno de los dos equipos me generaba frío ni calor, y el único rescate posible de la tarde era la perspectiva de que todo eso terminara en algún momento.

Me quedé en el departamento. Encendí algo, dejé que la cabeza se abriera un poco, y abrí una app de citas más por costumbre que por necesidad real. Entrar y mirar se había convertido en un ritual de domingo: una manera de matar el tiempo, a veces un juego de poder, a veces una trampa que yo misma me tendía. Me divierte la fauna. Los que mienten sobre todo desde el primer mensaje. Los que se creen irresistibles sin tener nada que respalde esa convicción. Los que piden fotos antes de decir buenas tardes. Si tenía la oportunidad de hacerle pasar un mal momento a alguien que lo mereciera, no la desaprovechaba.

Estaba a punto de cerrar cuando llegó el tap.

Trescientos metros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo con un domingo entero por delante sin ningún plan concreto.

Escribimos un rato. Media hora, quizás un poco más. No me pareció un idiota, lo cual ya es bastante en esta aplicación. Hablaba bien, respondía sin tardanza excesiva y no pidió nada que no debiera pedir en los primeros cinco minutos. Me dije que sí. Me dije: un domingo sin planes, alguien a trescientos metros que parece razonablemente decente, no hay motivo para quedarse mirando el techo.

Fui.

***

Tengo mis rituales y no los acelero por nadie.

Me duché con calma, me perfumé en los puntos que importan y saqué la ropa con el mismo cuidado que cualquier mujer pone en elegir qué quiere ser esa noche. Unos leggings oscuros que marcaban lo suficiente como para no dejar dudas sobre lo que había debajo. Una blusa de tela liviana, casi translúcida. Lencería morada debajo, que combinaba y que no esperaba que nadie viera, aunque a veces la ropa que nadie ve es la que más importa llevar puesta. La sudadera encima para salir a la calle sin que la tarde me complicara la existencia.

En la mochila guardé el resto: la peluca castaña, las prótesis, el camisón de encaje negro para después, todo lo que hace falta cuando una sale a ser quien realmente es. La discreción no es cobardía. Es supervivencia.

Le mandé mi ubicación.

Apareció.

***

Vivía a tres pisos de donde yo había imaginado. Compartía el lugar con compañeros de piso que esa tarde no estaban o prefirieron no aparecer; el caso es que pasamos al cuarto sin cruzarnos con nadie, como sombras que saben adónde van.

Su habitación era exactamente lo que esperaba: ordenada en la superficie, con ese caos cuidadoso de quien recoge cuando sabe que viene visita pero no tiene tiempo para más. Una cama grande, luz atenuada, música baja que nadie escuchaba realmente.

Terminé de arreglarme en el baño. Me acomodé la peluca frente al espejo, me retoqué el labial, revisé que todo estuviera en su lugar. Fue entonces cuando vi el equipo sobre el lavabo: dos pipas de vidrio, una bolsita cerrada, el ritual ordenado de alguien que ya estaba en modo de noche mucho antes de que yo llegara.

—¿Eres dulcero? —pregunté, mirándolo a través del espejo.

—Sí —dijo él, con esa calma de quien no se disculpa por lo que es—. Espero que no te moleste.

Saqué mi propio sobre del bolso. Ya venía preparada para eso también.

—Pues si no me invitas a tu ritual, me voy a molestar de verdad —respondí, y sonreí de una manera que no era del todo inocente.

Fumamos juntos. La habitación se calentó con una velocidad que no tenía nada que ver con la calefacción. Con cada calada me recorría algo eléctrico que empezaba en el pecho y terminaba donde terminan las cosas cuando te permites sentirlas de verdad. Una lucidez extraña, una apertura, las paredes de lo cotidiano disolviéndose y dejando paso a algo más limpio. Solté el humo lentamente, giré hacia él, y lo besé como si llevara horas esperando hacerlo.

Le metí la lengua hasta el fondo mientras le buscaba el paquete por encima del pantalón. Ya lo tenía dura, marcándose gruesa contra la tela, y yo apreté con la mano abierta para sentir la forma completa. Le bajé el cierre sin dejar de besarlo, metí la mano, saqué la polla al aire y se la trabajé en seco, lento, con el puño cerrado justo por debajo del glande. Se le escapó un gemido bajo contra mi boca y yo sonreí, porque me gusta que se les escape antes de que puedan disimularlo.

Su teléfono vibró sobre la mesita.

Lo vi dudar. Lo vi mirar la pantalla. Lo vi leer el mensaje con esa expresión de quien está calculando cuánto le va a costar la pregunta que está a punto de hacer.

—Oye, nena —dijo despacio, midiendo bien cada palabra—. ¿Tienes bronca si viene un amigo?

Mis ojos se abrieron antes de que pudiera controlarlos.

—Si no hay bronca, claro —insistió. Me acercó el teléfono. Una foto de perfil: tipo de complexión mediana, cara abierta, sonrisa de quien no tiene nada que demostrar. Fotogénico, si uno le concedía el beneficio de la duda.

No estaba mal.

—The more, the merrier —dije. Y lo decía completamente en serio.

***

El amigo llegó quince minutos después. Mi vecino bajó a abrirle la puerta; yo me acomodé en la cama, crucé las piernas y esperé en el papel que me correspondía. Cuando entró, los dos me miraron con esa atención particular de quien no sabe muy bien qué esperar pero está dispuesto a averiguarlo.

Fumamos los tres. Un silencio que no era incómodo sino cargado, de los que van acumulando presión hasta que alguien da el primer paso. El primer paso lo di yo.

Me incliné hacia el recién llegado y lo besé. Él respondió sin titubear, agarrándome de la nuca y metiéndome la lengua con esa avidez de quien lleva horas pensando en esto. Mi vecino se acercó desde el otro lado, me apartó el pelo del cuello y empezó a trabajar ahí con los labios, lento, como quien sabe que la prisa echa a perder las cosas buenas. Yo tenía una mano en la entrepierna de uno y la otra explorando lo que había debajo de la ropa del otro. Todo al mismo tiempo, como si el cuerpo supiera exactamente cuántos frentes puede manejar cuando se lo permites. Al amigo le desabroché el pantalón sin dejar de besarlo, metí la mano y le agarré la verga por la base: caliente, dura, con esa vena gorda latiendo bajo mis dedos. Se la pajeé despacio mientras mi vecino me mordía el lóbulo de la oreja.

—Quítate eso —dijo el amigo, con la voz baja y directa de quien no está pidiendo permiso—. Quiero verte.

Me quité los leggings. Me quedé en tanga, sin prótesis, expuesta de una manera que a algunos les resulta difícil de procesar. A estos dos no. Me tendí sobre la cama con las piernas ligeramente separadas y ninguno de los dos vaciló.

—Quítate también las prótesis —susurró el amigo—. Quiero lamerte los pezones.

Un escalofrío me recorrió la espalda entera. Me deshice de todo, quedé con el pecho al aire, y el amigo se lanzó encima. Me chupó un pezón con la boca entera, tirando con los labios cerrados, mientras con la mano me pellizcaba el otro hasta hacerme arquear la espalda. Mi vecino le pasó la lengua por el mismo pezón cuando el amigo lo soltó, y sentí las dos bocas turnándose, tibias, hambrientas, con las lenguas cruzándose a veces sobre mi piel. Se me endureció todo. Se me endureció también la polla dentro de la tanga, marcándose contra la tela morada, y el amigo lo vio y se sonrió.

—Mira lo dura que la tiene —dijo, mirando a mi vecino—. Bájale eso.

Mi vecino me arrancó la tanga por los tobillos. Me quedé desnuda por completo, con la polla parada contra el vientre, y los dos se quedaron mirándome un segundo como quien evalúa por dónde empezar. El amigo empezó a bajar. Lento, con esa clase de lentitud calculada que sabe exactamente lo que está haciendo. Me recorrió los muslos con la lengua, los flancos, el interior de las rodillas. Me pasó la lengua plana por los huevos, uno primero, después el otro, y yo apreté las sábanas con las dos manos porque supe que venía lo bueno. Me subió por el tronco de la polla con la lengua, lamiéndola desde la base hasta el glande, y cuando llegó arriba se la metió entera en la boca, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta cerrándose contra la punta.

—Ay hijo de puta —se me escapó, con la voz ronca.

Me la mamó a fondo, sin arcadas, con la boca abierta y la lengua trabajando por debajo mientras subía y bajaba. Me apretaba los huevos con una mano y con la otra me abrió las piernas más, dejándome expuesta del todo. Mi vecino aprovechó y me metió dos dedos en la boca; yo se los chupé con la misma hambre con que el amigo me estaba chupando la verga abajo. Cuando me los sacó, me los llevó al culo. Los frotó ahí, en la entrada, sin meter, solo apretando, hasta que se me abrió sola y me metió el primero hasta los nudillos. Solté el primer gemido real de la noche. Genuino, sin control, de los que salen solos.

Me pierdo en estos momentos. El papel, el personaje, el cuerpo que tengo se funden en una sola cosa que no necesita nombre. Soy pasiva y eso no me avergüenza en lo más mínimo. Me gusta ver a los hombres trabajando ahí abajo, entre mis piernas, dándome exactamente lo que el cuerpo pide sin necesidad de explicación.

Mientras el amigo seguía abajo, ahora con la lengua metida en el culo, comiéndomelo con las manos abriéndome las nalgas, mi vecino se arrodilló a la altura de mi cabeza. Me tendió lo que tenía: una polla gruesa, un poco curva, con una gota gorda de líquido brillándole en la punta. Lo tomé con la boca, despacio primero y luego con más hambre, saboreando esa gota salada antes de tragarlo entero. Le sujeté los huevos con una mano mientras se la mamaba, hundiéndomela hasta la garganta cada vez que me la empujaba, dejándome usar la boca como se le antojaba. Me la sacó, me abofeteó la mejilla con ella un par de veces, y me la volvió a meter. Yo dejaba que hiciera lo que quisiera. Ese es el punto de estar donde estaba.

Cuando ya no aguantaba más, saqué un preservativo del cajón que él señaló con un gesto y se lo puse de la manera en que a mí me gusta ponérselos: con la boca, sin ninguna prisa, deslizándoselo con los labios hasta la base, lubricándolo con la lengua hasta que quedó listo y él ya no podía esperar más.

—Cambio —dijo mi vecino.

Me acomodé una almohada bajo la cintura y levanté las piernas. El amigo me escupió en el culo, extendió la saliva con el pulgar, y mi vecino se puso en posición. Entró. Lento al principio, con esa precisión de quien sabe que las prisas no ayudan aquí. Sentí cada centímetro. Sentí cómo se abría paso el glande primero, cómo el anillo cedía, cómo después el tronco entero fue entrando hasta que sentí los huevos aplastándose contra mis nalgas. Ahí se quedó un segundo, enterrado del todo, dejando que me acostumbrara. Después empezó a moverse. Al principio corto, sacando poco y volviendo a hundir, y después más largo, saliendo casi entero para volver a clavarla hasta el fondo. El amigo me sujetaba los tobillos desde arriba, obligándome a mantener los ojos abiertos, a verlo todo sin ningún sitio adonde mirar que no fuera exactamente lo que estaba pasando. Con la otra mano me pajeaba, despacio, siguiendo el ritmo de las embestidas del otro.

—Papi —le dije al oído cuando me dio vuelta—. Me estás montando como la perra que soy.

Boca abajo. Nalgas al aire. Una almohada aguantando el peso de la cadera. Él se recostó sobre mi espalda y siguió desde ahí, despacio primero, después más fuerte, con esa cadencia que va construyendo algo que no se puede fingir. Cada embestida me sacaba un gemido nuevo, más agudo, y el sonido de sus caderas golpeando contra mi culo llenaba la habitación entera. El amigo se puso de rodillas frente a mí, me agarró del pelo, y me metió su polla en la boca al mismo tiempo. Empezaron a follarme por los dos lados a la vez, sincronizados, uno empujando adelante mientras el otro salía atrás, y yo dejé de tener control sobre cualquier cosa. Solo era una boca y un culo abiertos, tomando lo que me daban.

—¿Te gusta ser mi putita? —me preguntó al oído mi vecino, la boca tan cerca que sentí el calor de las palabras antes que el sonido.

—Sí —dije, con la voz rota porque acababa de sacarme la polla de la boca—. Dímelo otra vez.

Lo que vino después fue una lista que recibí con los ojos cerrados y el cuerpo abierto. Zorra. Perra. Puta. Maricón. Jotita. Cada palabra aterrizando como algo que dolía de una manera que no era dolor sino algo más parecido al alivio, a esa clase de liberación que solo llega cuando alguien te dice exactamente lo que querías escuchar. Me follaba más duro con cada palabra, la mano cerrada en mi cadera, y yo me agarraba a las sábanas y le empujaba las nalgas para atrás, pidiéndole más. Al final me escupió en la boca con esa ternura brutal que solo existe en situaciones como esta, y yo la recibí con los ojos abiertos porque prefiero mirar cuando me convierten en lo que quiero ser.

***

Intercambiaron posiciones con la naturalidad de dos personas que no necesitan discutir los detalles. El amigo se tendió boca arriba, se puso un preservativo nuevo, y yo me trepé encima. Le agarré la polla, me la puse en la entrada, y me fui sentando despacio, dejando que me abriera desde dentro. Cuando la tuve toda dentro me quedé quieta un segundo, respirando, sintiéndola latir ahí adentro. Después empecé a moverme. Yo arriba del amigo, moviéndome al ritmo de lo que él pedía con las manos en mis caderas, con mis nalgas golpeando contra sus muslos en ese ritmo que va creciendo hasta que ya no hay manera de controlarlo. Él me agarraba las tetas falsas que yo ni llevaba puestas, se reía, me agarraba el pecho plano y me pellizcaba los pezones hasta hacerme gritar. Mi vecino detrás, de pie junto a la cama, esperando su turno con la paciencia de quien sabe que va a llegar. Se me acercó por atrás y me metió la polla en la boca por encima del hombro; yo mamé lo que pude en esa postura torcida, con el otro embistiéndome desde abajo cada vez más fuerte.

Después mi vecino se movió. Se subió detrás de mí sobre la cama, me agarró de las caderas para frenarme un segundo, y empezó a empujar. Sentí la punta contra el anillo ya ocupado y por un momento pensé que no iba a caber. Pero empujó despacio, escupiendo lubricante, y fue entrando de a poco al lado de la otra polla. Sentí las dos ahí dentro a la vez, apretándose una contra otra, llenándome de una manera que no había sentido nunca. Los tres nos quedamos quietos unos segundos, respirando, y después empezaron a moverse a contratiempo, uno subiendo cuando el otro bajaba, follándome doble sin ninguna prisa pero sin ninguna piedad. Yo lloraba y me reía al mismo tiempo, con la cara apoyada en el pecho del amigo, gimiendo cosas que ni yo entendía.

Cuando el amigo llegó al límite, soltó un gemido largo y profundo que me atravesó la columna entera. Sentí la polla hincharse dentro de mí, latir varias veces, y descargarse dentro del preservativo con un temblor que le recorrió el cuerpo entero. Yo también me descargué sobre su estómago casi al mismo tiempo, en ese sincronismo involuntario que a veces ocurre y que no se puede planear de ninguna manera. Sentí los chorros calientes saliéndome sin haberme tocado, cayendo sobre su vientre y su pecho, mientras mi vecino seguía moviéndose atrás y prolongaba el orgasmo hasta el punto en que ya no supe si era placer o algo más allá.

Quedé tendida entre los dos, el cuerpo todavía en esa frecuencia alta en que todo late un poco más rápido de lo normal y las cosas tienen los bordes suavizados.

Mi vecino todavía no había terminado. Salió de mí, se quitó el preservativo, y me levantó la cara con una mano, sin brusquedad pero sin disimulo. Le pedí que terminara sobre mis gafas, que dejara su rastro donde yo pudiera verlo. Me arrodillé frente a él, lo tomé con la boca una última vez, chupándoselo con las mejillas hundidas, y esperé. Le trabajé el tronco con la lengua, le lamí el glande en círculos, le apreté los huevos con la mano hasta que sentí que estaba a punto. Cuando llegó el aviso me eché ligeramente hacia atrás y recibí lo que quedaba sobre la piel: un chorro grueso que me cruzó la frente y las gafas, otro sobre la mejilla, un último sobre los labios entreabiertos. Saqué la lengua y recogí lo que pude. Me quedé así un momento, arrodillada, con la cara marcada, mirándolo desde abajo mientras él respiraba fuerte.

Fui al baño a limpiarme. Me puse el camisón de encaje negro que llevaba en la mochila. Volví al cuarto. Me acosté entre los dos en ese silencio que queda cuando todo lo que había que hacer ya se hizo y no hay nada más que decir.

Nos quedamos así casi una hora.

No era amor. No era amistad. Era algo más simple y más honesto que todo eso: tres personas en un cuarto, un domingo que había empezado sin destino y que terminó siendo exactamente lo que necesitaba ser.

Cuando me fui, la tarde seguía siendo gris afuera.

Pero yo me fui caminando un poco más liviana.

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Comentarios(10)

Rodri_BA

Tremendo relato!!! me engancho desde el principio hasta el final

PacoLector

Muy buen trabajo, se nota que hay detalles cuidados. Me gusto la forma en que arranca, con esa tension de la app y los 300 metros. Sigue asi!

MatiasG

Quiero mas! se hizo cortisimo, espero la continuacion pronto

Silvana_mdq

Que bien narrado, me sorprendio. No suelo leer esta categoria pero vale la pena

Claudia_33

La descripcion del domingo sin planes me parecio muy real jajaja nos ha pasado a todos eso de abrir la app por aburrimiento...

Tomas72

Exelente, muy bien escrito. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

NicoDeviante

jajaja el vecino que no pudo guardar el secreto... muy bueno el titulo tambien, tiene gancho

felipemdz22

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esa sensacion de estar cerca y no saber si dar el paso. Muy bien capturado.

RojoNocturno22

Brutal!!!

LectorNocturno88

Me encanto. Se nota que hay algo autentico en como esta contado, sin exagerar ni forzar nada. Espero que haya segunda parte porque quede con ganas de saber como termina todo.

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