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Relatos Ardientes

Recibí a mi novio como solo una travesti lo haría

El día antes del regreso de Marcos, no pude dormir.

Me quedé mirando el techo mientras la culpa y los nervios se peleaban por dentro. Marcos llevaba tres semanas fuera por trabajo y yo había hecho algo en su ausencia que no sabía cómo contarle. Mi primo Ernesto había pasado por casa unos días antes, y lo que ocurrió entre nosotros era algo que tarde o temprano iba a salir a la luz.

Pero ese pensamiento lo guardé en una caja imaginaria y la cerré bien. No iba a arruinar el reencuentro.

Me levanté decidida y salí a buscar algo que le quitara el habla.

Recorrí tres tiendas hasta encontrar lo que buscaba: un conjunto de lencería en plateado metálico que brillaba bajo los fluorescentes del local. Sujetador con aros, tanga de hilo finísimo, liguero y medias de seda. Le pregunté a la vendedora si tenían zapatillas de tacón que combinaran y me señaló una caja en el último estante. Eran perfectas: plateadas, con un tacón de aguja que me alargaría las piernas y me pararía las caderas de una manera que yo ya conocía.

Volví a casa con las bolsas colgando del brazo y esa mezcla extraña en el pecho que no supe nombrar del todo: anticipación, culpa, y algo más que me negué a analizar.

Me acosté temprano. Repasé mentalmente cada detalle de lo que haría al día siguiente y me dormí pensando en él.

***

El mensaje llegó pasadas las diez de la mañana. Desayuné algo ligero y contesté rápido.

—Llegaré a mediodía, te aviso cuando esté saliendo —escribió.

Me vestí de chico: pantalón oscuro, camiseta, zapatillas. Nada que llamara la atención en la estación. Cuando lo vi aparecer entre el gentío con la mochila al hombro y esa forma suya de caminar ligeramente inclinado hacia adelante, el corazón me dio un vuelco.

Nos saludamos con un abrazo largo, como dos amigos de toda la vida. Eso era lo que parecíamos desde afuera.

El trayecto de vuelta se me hizo interminable. Sentí su mano rozarme el muslo una vez, sin intención aparente, y ya eso fue suficiente para que todo el cuerpo me respondiera.

Apenas cerré la puerta de casa, me rodeó con los brazos y me besó. No el beso apresurado de quien tiene prisa, sino uno largo y lento, de quien lleva semanas pensando en hacerlo.

—Te extrañé —dijo contra mis labios.

—No tienes idea —respondí, con las manos en su cara.

—Anda, prepárate para mí. Quiero que me sorprendas.

***

Me duché despacio, con agua caliente. Repassé el depilado, me apliqué crema aromatizada en todo el cuerpo hasta que la piel quedó suave y con ese olor leve a vainilla que a él siempre le había gustado.

Saqué el conjunto del papel de seda. Me puse el sujetador primero, ajustando los tirantes hasta que quedó exactamente como tenía que quedar. Luego vino la parte que más me costó: antes de ponerme la tanga, saqué el plug que había estado guardando y lo lubrifiqué con cuidado. Lo coloqué despacio, sin estimulación previa, y tuve que apretar los dientes un momento. Pero una vez dentro, la presión era exactamente lo que buscaba.

La tanga fue encima. Por delante tapaba perfectamente. Por detrás, el hilo desaparecía entre mis nalgas y volvía a aparecer en la parte alta, dejando visible apenas el triángulo del liguero.

Me puse las medias sentada en el borde de la cama. Cuando me incliné para deslizarlas por las piernas, el plug se movió un milímetro y encontró un punto que hizo que cerrara los ojos. Respiré antes de seguir.

Las zapatillas me pusieron varios centímetros más alta y me cambiaron la postura entera. El maquillaje después: delineado negro, sombra plateada en los párpados para que combinara con el conjunto, un poco de rubor, brillo transparente en los labios. La peluca era oscura, a media espalda, con ondas sueltas que me caían sobre los hombros.

Me miré en el espejo de cuerpo entero. Estiré la tanga hacia arriba con los pulgares para marcar más la curva de las caderas, el hilo se clavó entre mis nalgas, y en ese momento pensé exactamente en nada durante cinco minutos seguidos.

Él llamó con los nudillos a la puerta.

—Entra, ya estoy lista.

***

Abrió despacio y se quedó parado en el umbral. No dijo nada durante dos segundos que se me hicieron largos.

Luego caminó hacia mí.

Me besó de una manera distinta a la de antes: con más calma, más intención. Sus manos recorrieron mis costados, mis caderas, el filo del liguero. Cada vez que sus dedos pasaban por la goma de las medias, la piel se me erizaba.

Tomó una almohada de la cama y la puso en el suelo. Yo ya sabía lo que significaba ese gesto. Me arrodillé, le bajé el bóxer y lo tomé con las dos manos. Estaba completamente duro. Le di un beso en la punta y empecé a lamerlo desde la base, con la lengua plana, recorriendo cada centímetro de abajo a arriba antes de concentrarme en el frenillo, que era donde yo sabía que se le hacía difícil controlarse.

Cuando sentí que se tensaba, lo metí entero en la boca.

Empezó a gemir. Me tomó de la peluca con cuidado, sin tirar, y marcó el ritmo él. Chupé durante mucho tiempo, hasta que me apretó el hombro con una mano y me levantó.

Me besó con ganas. Me giró y me acomodó en el borde de la cama, a cuatro patas, con el pecho pegado al colchón y el trasero bien arriba.

Corrió la tanga a un lado y se quedó quieto un instante.

—Llevas el plug —dijo.

—Quería estar lista para ti.

Puso las manos en mis nalgas y las separó despacio. Empezó a jugar con el plug: lo giraba, lo jalaba hacia afuera un poco para después soltarlo, lo empujaba con un dedo en círculos. Cada movimiento me mandaba una corriente que subía por la columna hasta la nuca. Tenía la tanga húmeda y mi sexo duro y aplastado contra el encaje.

Cuando lo sacó, sentí el vacío de golpe.

Se inclinó y me besó las nalgas. Primero una, luego la otra, sin prisa. Luego dio un lengüetazo limpio sobre mi entrada y yo sacudí las caderas hacia él. Empezó a lamerme en serio: la lengua recorriendo cada pliegue, de arriba abajo, en círculos lentos. Bajó hasta el perineo y me hizo ver puntos de luz. Metí la mano hacia atrás y le presioné la cabeza.

—Así —dije—. No pares.

Tardó en detenerse. Cuando lo hizo, acomodó la cabeza de su miembro en mi entrada y presionó. Yo me eché hacia atrás para recibirlo, y entró de golpe, entero. No hubo dolor, solo una presión densa y llena que me hizo aferrar las sábanas con los puños.

—Dame duro —pedí.

Y lo hizo. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Sus caderas golpeaban las mías en cada embestida y sus palmas ardían en mi cintura. Lo sentía rozarme por dentro en el ángulo exacto, estimulándome con cada movimiento.

Empecé a mover las caderas en círculos para encontrarme con él. El placer se fue acumulando en oleadas hasta que ya no pude controlar la voz.

—Me vengo —avisé—. No pares, así, más fuerte.

El orgasmo llegó largo y en espiral. Mi cuerpo se sacudió, apreté las sábanas con tanta fuerza que los nudillos me blanquearon, y mi sexo pulsó contra el encaje de la tanga. Él siguió moviéndose sin detenerse mientras yo temblaba.

***

Cuando terminé, me giró boca arriba y me besó. Levantó mis piernas hasta apoyarlas en sus hombros y volvió a entrar. Así la penetración era diferente, más profunda. Fui doblando las rodillas hasta que quedaron a ambos lados de mi cara, y él bombeó desde arriba, durísimo, con todo el peso del cuerpo detrás de cada embestida.

Se inclinó y me besó sin dejar de moverse. Un beso largo que sabía a él. Luego bajó a lamerme el cuello y yo me arqueé hacia arriba.

Bajó más. Me lamió los pezones, uno y otro, los mordisqueó apenas. Me retorcí.

Después me agarró los pies, me los quitó de los hombros con cuidado y me desabrochó las zapatillas. Me las sacó despacio y las dejó caer al suelo. Desenganchó el liguero de las medias y me las fue quitando mientras recorría mis piernas con las manos, siguiendo la forma de los gemelos, los muslos.

Y entonces empezó a besar mis pies.

No lo esperaba. O sí, tal vez sí: lo conocía bien. Pero cada vez que lo hacía me pillaba por sorpresa igual. Besó los dedos uno por uno, los lamió, pasó la lengua por la planta del pie con una presión lenta que me llegó a la boca del estómago.

No aguanté. Me vine por segunda vez, gritando sin vergüenza, con las piernas extendidas y el cuerpo doblado en arco. Mi sexo se tensó y pulsó, y sentí cómo él seguía dentro de mí sin parar.

***

—Ahora cabálgame —dijo cuando me calmé.

Tardé un momento en moverme. Me coloqué encima, lo acomodé en mi entrada y me dejé caer despacio, recibiéndolo centímetro a centímetro hasta tenerlo entero. Empecé a moverme: primero lento, subiéndome y dejándome caer con ritmo, luego más rápido a medida que el placer volvía a acumularse.

Él me agarraba las caderas, me ayudaba a encontrar el ángulo. De repente me rodeó con los brazos y comenzó a mover las caderas desde abajo con una velocidad que no dejaba lugar para respirar. Me prendió de un pezón y el placer se disparó en una dirección diferente, eléctrica, sin descarga final. Un orgasmo sin eyaculación que me dejó igual de excitada que antes, o más.

Pedí más en voz alta.

Se incorporó hasta quedar semisentado con la espalda en el cabecero, y yo encima con la espalda pegada a su pecho. Me rodeó con las manos: una en el abdomen, la otra rozándome los pezones. Me besó el cuello desde atrás. Empecé a moverme sobre él en círculos, apretando fuerte.

Su respiración en mi oído se fue haciendo cada vez más irregular.

—No pares —me dijo al oído.

Empecé a rebotar. Me tomó de las caderas y marcó un ritmo más fuerte, más directo. Cada embestida era un golpe seco que resonaba en el cuarto.

—Me vengo —me avisó—. Te voy a llenar.

Sentí cómo se infló dentro de mí y luego el calor de sus descargas, una tras otra. Mi propio orgasmo llegó al mismo tiempo, sacudiéndome desde adentro hacia afuera, largo e interminable. Cuando volví en mí, seguía temblando. Él estaba aferrado a mis caderas, todavía dentro.

—Afloja un poco —dijo con la voz ronca.

Me reí contra su hombro.

Me puse de rodillas a su lado y lo limpié despacio con la boca, probando su sabor, hasta dejarlo sin rastro. Luego me recosté contra su pecho y él me rodeó con un brazo.

Nos quedamos dormidos así, sin decir nada más.

***

Cuando desperté, el cuarto estaba en penumbra y el problema con mi primo volvió con toda su claridad. Lo que había pasado entre nosotros mientras Marcos estuvo fuera no iba a desaparecer por mucho que lo ignorara.

Pero en ese momento, escuchando su respiración pausada y sintiendo el calor de su cuerpo contra mi espalda, tomé una decisión.

Antes de contarle nada, quería pedirle algo. Algo que Ernesto me había dado sin que yo supiera que lo quería hasta que lo tuve: ese otro lado, el del que domina, el que somete, el que no pide permiso. Quería que Marcos también me lo diera, al menos una vez.

Era lo que quería. Y estaba dispuesta a pedírselo antes de que él supiera todo lo demás.

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Comentarios (5)

Valentina_rosario

Divino!!! me encanto cada palabra, se siente tan real

ManuelBsAs

Muy bien escrito, logra mezclar tension y ternura de una forma que pocas veces lei. Quedo con ganas de saber como termino la confesion.

karina_bsas

Hermoso relato, de los que te dejan pensando un rato largo despues de terminar de leerlo :)

Rulo_lector

Y la confesion??? jaja me quede con la intriga, necesito una segunda parte ya

CarlosMdp78

Me identifico bastante con la situacion de tener algo importante que decir y no saber como ni cuando. Muy autentico todo, felicitaciones.

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