La travesti que mi jefe guardaba para él solo
Llevaba casi tres años trabajando en aquella empresa de distribución cuando Marcos Fuentes me contrató como asistente de dirección. Era un hombre de cuarenta y tres años, casado, con la mandíbula cuadrada y esa manera de mirar que obliga a uno a sostenerle la mirada aunque preferiría no hacerlo. La primera semana aprendí su café, su calendario y el orden en que prefería los informes. La segunda semana, él aprendió algo de mí que yo no había pensado enseñarle.
No sé exactamente cuándo lo descubrió. Quizás fue el martes que dejé caer el neceser en el baño y rodaron por el suelo el lápiz de labios y la sombra de ojos. Quizás fue cuando me vio llegar un lunes con las cejas demasiado cuidadas para alguien que no dedica tiempo a esas cosas. Quizás simplemente lo intuyó desde el principio, con esa clase de atención que tienen algunos hombres para detectar lo que los demás no ven.
El caso es que un jueves, a las siete y media de la tarde, cuando el resto de la planta ya había vaciado sus sillas, llamó a la puerta de mi despacho.
—Ciérrala —dijo sin levantar la vista de la pantalla.
Cerré. Me quedé de pie frente a su escritorio. Él siguió revisando el documento durante un momento más y después dejó el bolígrafo sobre el papel y me miró directamente.
—¿Cómo te llamas cuando estás sola? —preguntó.
Tardé cuatro segundos en responder. Cuatro segundos en los que el corazón me dio un vuelco, en los que calculé las posibles salidas y decidí que no iba a fingir incomprensión.
—Valeria —dije.
Marcos asintió despacio, como si fuera exactamente la respuesta que esperaba y no la que esperaba sorprenderle.
—El viernes que viene quedas hasta tarde. Trae lo que necesites.
Eso fue todo. No hubo más conversación aquella noche. Recogí mis cosas, dije buenas noches y bajé a la calle sin saber muy bien qué acababa de aceptar.
***
El siguiente viernes llegué a la oficina con una bolsa de mano que no abrí en todo el día. La guardé bajo el escritorio y me pasé ocho horas respondiendo correos, coordinando entregas y actualizando la hoja de rutas de la semana como si fuera un miércoles cualquiera. Pero cada vez que Marcos salía de su despacho y cruzaba la sala en dirección a la impresora o a la sala de reuniones, yo sentía el peso de sus ojos en la nuca durante exactamente el tiempo que tardaba en alejarse.
A las seis y diez se fue la última compañera. A las seis y media, Marcos entró en su despacho y cerró sin decir nada. Yo esperé diez minutos mirando la pantalla sin ver nada. Después cogí la bolsa y me fui al baño de la planta.
Me tomé mi tiempo. La peluca castaña oscura, lacia hasta los hombros, ajustada con cuidado sobre el casquete. El contorno de ojos, fino y alargado hacia la comisura exterior. El labial rojo oscuro, el mismo que llevaba meses reservando para esto sin saber bien para qué. El vestido negro de punto, ceñido desde los hombros hasta la mitad del muslo. Las medias de rejilla. Los tacones de aguja que había guardado en la bolsa desde el domingo por la noche.
Antes de salir me detuve frente al espejo un momento. No para evaluarme. Solo para recordar quién era la que iba a cruzar ese pasillo.
Valeria.
Crucé la sala vacía sin encender las luces. Solo el neón del pasillo y la claridad del despacho de Marcos filtrándose por debajo de la puerta. Llamé con un nudillo.
—Entra —dijo desde dentro.
***
Estaba sentado en el borde del escritorio, con los brazos cruzados y la corbata aflojada tres dedos. Me miró de arriba abajo sin prisa, sin el gesto rápido con el que la gente evalúa algo que le sorprende. Era la mirada de alguien que lleva días imaginando exactamente lo que tiene delante.
—Cierra con llave —dijo.
Lo hice. Cuando me giré, él ya estaba de pie y venía hacia mí. No corrió, tampoco se detuvo. Me puso la mano en la mandíbula, me levantó la cara y me besó despacio, con la boca abierta y la lengua insistente, empujándola dentro de la mía sin pedir permiso, como si ya lo hubiera pedido con la mirada durante semanas. Olía a colonia cara y a trabajo de ocho horas, y esa combinación resultó más excitante que cualquier cosa que hubiera preparado para este momento.
Me apoyó contra la puerta. Sus manos bajaron por mis costados, encontraron la cintura, después las caderas. Cuando llegó al borde del vestido se detuvo un segundo. Con la otra mano me agarró el pelo de la peluca por la nuca y tiró justo lo suficiente para obligarme a ofrecerle el cuello. Sentí sus dientes en la piel, una mordida sorda que iba a dejar marca al día siguiente y que ninguno de los dos iba a mencionar.
—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó contra mi cuello.
—¿Siendo Valeria?
—Sí.
—Desde los dieciocho —dije.
Él no respondió. Siguió besándome el cuello mientras me subía el vestido con calma. Sus manos eran amplias y firmes, sin nerviosismo. Cuando encontró la tanga por encima de las medias, se detuvo un instante y palpó por encima de la tela lo que había allí. Notó el bulto duro y contenido bajo el satén, y en vez de apartarse, cerró la mano encima. Apretó despacio, midiéndome, y siguió como si no fuera ninguna revelación.
—Sabía que la tendrías dura antes de entrar —murmuró contra mi oreja—. Se te nota en la manera de cruzar una habitación.
Me mordí el labio. Él siguió amasando por encima de la tanga, con el pulgar recorriendo la longitud, sin sacar mi polla de la tela todavía, deliberadamente. Cada vez que llegaba a la punta hacía una pausa mínima y volvía a bajar. Debajo del satén yo estaba empapado, la humedad se pegaba y él lo notaba y sonreía.
—Mírame —dijo.
Lo miré. Sin dejar de sostenerme la mirada, tiró de la tanga hacia abajo hasta la mitad del muslo. Mi polla saltó fuera, tiesa contra su vientre a través del pantalón. Él la tomó en la mano seca, sin lubricante, apretándola con firmeza, y empezó a masturbarme despacio contra la puerta. La palma áspera contra el glande hacía que se me doblaran las rodillas.
—Quieto —dijo, aunque no me estaba moviendo. Lo dijo por lo que iba a hacer a continuación.
Se arrodilló. Marcos Fuentes, mi jefe, cuarenta y tres años, casado, se arrodilló frente a mí con el pantalón todavía impecable y me metió la polla en la boca hasta el fondo de una sola vez, sin preámbulos. Sentí el calor húmedo cerrándose alrededor, la lengua aplastada abajo, la garganta abriéndose para tragarme entero. Se quedó así unos segundos, con los ojos cerrados, aguantándome dentro. Después empezó a retroceder despacio, dejando la polla brillante de saliva, y volvió a bajar. Chupaba como alguien que ha chupado muchas antes, con un ritmo que no dejaba respiro pero tampoco se apresuraba.
—Marcos… joder —jadé, con las manos apoyadas contra la puerta.
Se sacó la polla de la boca solo para hablarme.
—Cállate. Aquí Valeria no habla si yo no le pregunto.
Y volvió a metérsela. Una mano me sostenía la base y la otra me apretaba los huevos con una firmeza medida. Yo no podía apartar la vista de su cabeza moviéndose entre mis muslos. Cuando notó que estaba demasiado cerca, se apartó con un chasquido y se limpió la comisura con el dorso de la mano.
—Todavía no —dijo—. Date la vuelta.
Me giró con suavidad, me puso de frente a su escritorio y se pegó a mi espalda. Sentí el peso de su cuerpo, la presión de su cintura contra mis caderas. Estaba excitado y no lo disimulaba: su polla dura empujaba a través del pantalón contra la raya de mi culo, buscando el hueco por encima de la ropa.
—Inclínate —dijo cerca de mi oreja.
Me apoyé sobre el escritorio con las palmas abiertas. Él me levantó el vestido hasta la cintura, dejando las medias y la tanga al descubierto. Me bajó la tanga lentamente, dejándola a la altura de los muslos. Después me abrió las nalgas con las dos manos y se quedó mirando un momento largo, sin tocar, dejándome sentir el aire frío del despacho contra el culo abierto.
—Quieta así.
El primer contacto fue su boca. No lo esperaba. Se arrodilló y me mordió la parte interior del muslo, justo donde la media termina y empieza la piel. Después fue subiendo con los labios y la lengua hasta llegar exactamente donde quería. Empezó a comerme el culo con paciencia y sin prisa, como alguien que sabe lo que hace y no necesita demostrarlo apresurándose. El músculo caliente de la lengua presionando contra el ojete, entrando de golpe y retirándose, insistiendo de nuevo. Ensalivaba y volvía a empujar, cada vez más adentro, hasta que sentí la lengua abriéndome camino hacia dentro. Me metió los dedos en la boca desde atrás para que se los mojara y yo los chupé sin apartar la frente del antebrazo.
Apoyé la frente en el antebrazo y cerré los ojos.
—Marcos… —jadeé.
—Calla.
Siguió comiéndome durante lo que me parecieron diez minutos. La lengua entraba y salía, se enroscaba, chupaba el borde del culo con un ruido húmedo que llenaba el despacho. Mientras tanto, con la mano libre me había agarrado la polla y me la sacudía despacio, sin dejarme acabar, midiéndome. El borde del escritorio tenía el canto frío contra mis muslos. El cuero de la silla crujió cuando él se levantó. Escuché el cajón abrirse y cerrarse. El clic inconfundible de un envase. Algo frío y espeso cayó directamente sobre el culo, y él lo extendió con los dedos despacio, sin brusquedad, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Empezó con un solo dedo, moviéndolo con tranquilidad, esperando a que el cuerpo lo aceptara antes de seguir. No tenía prisa. Era metódico en esto igual que en todo lo demás, y eso me resultó más tranquilizador de lo que habría imaginado. El dedo entraba hasta el nudillo, se detenía, giraba, salía brillante. Volvía a entrar. Yo empecé a empujar el culo hacia atrás sin darme cuenta.
—Respira —me dijo.
Respiré. El segundo dedo entró junto al primero. Sentí la apertura lenta, el ardor mezclado con una sensación de presión que no era dolor exactamente sino plenitud, una palabra que no había usado para describir esto antes y que de repente encajaba. Sus dedos se movían con cuidado, girando, separando, preparando. Curvó las yemas hacia arriba y encontró de golpe ese punto que me hizo soltar un gemido más alto de la cuenta. Sonrió contra mi hombro.
—Ahí lo tienes —dijo, y siguió tocándolo con precisión, presionando y soltando, mientras mi polla goteaba sobre la madera del escritorio.
—Joder, joder —murmuré.
—Un tercer dedo —anunció, como quien avisa de un cambio de agenda—. Aguanta.
El tercer dedo entró con más resistencia. Ardió los primeros segundos y después el ardor se convirtió en calor. Me follaba con la mano despacio, abriendo, cerrando, hasta que el culo se rindió del todo y empezó a chuparle los dedos hacia dentro.
—Bien —murmuró, en el mismo tono que usaría para revisar un informe que está saliendo como debe.
Después de un rato sacó los dedos y añadió más lubricante. Oí cómo se desabrochaba el cinturón, el sonido de la hebilla golpeando el cuero, la cremallera bajando lenta. Su respiración había cambiado, más espesa, más contenida. Sentí por fin la piel caliente de su polla desnuda apoyándose contra el culo, gruesa, dura como una piedra, resbalando de arriba abajo por la raya sin entrar todavía, embadurnándose de lubricante.
—Dime si paro —dijo.
—No pares —respondí.
La entrada fue lenta. Primero la resistencia natural del músculo que no quiere ceder porque todavía no confía del todo. Luego el glande abriéndose paso, ese momento exacto en que el anillo cede y lo deja pasar, el ardor vivo y preciso que fue bajando de intensidad a medida que él avanzaba centímetro a centímetro, sin empujar más de lo que yo podía tomar en cada momento. Sentí cada vena de su polla marcándose contra mi interior.
Se detuvo cuando llevaba la mitad.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —respondí, con la voz más baja de lo normal—. Métemela toda.
Siguió. Cada centímetro nuevo traía una sensación distinta, más profunda, más densa, que se extendía hacia el vientre y hacia los muslos. Cuando llegó al fondo los dos nos quedamos quietos un momento. Solo su respiración y la mía llenando el despacho, y el neón del pasillo colándose por la rendija de la puerta. Su pelvis pegada a mis nalgas, sus huevos apoyados contra la parte de atrás de los míos.
—Toda —dijo, casi para sí mismo—. Te la has tragado toda, Valeria.
Empezó a moverse. El ritmo inicial fue lento y profundo: salía casi completamente, dejando solo el glande dentro, y volvía hasta el fondo de una embestida larga y controlada. Cada vez que llegaba, la punta chocaba contra un punto que enviaba calor hacia el resto del cuerpo en ondas lentas. Me apoyé mejor en el escritorio y me dejé llevar. Mi polla colgaba pesada entre las piernas, goteando hilos claros que caían al suelo.
El ritmo fue aumentando. Marcos me agarró de la cadera con una mano y del hombro con la otra para tener palanca, y empezó a follarme en serio. Los sonidos de nuestros cuerpos llenaban el silencio del despacho: el golpe seco de su pelvis contra mis nalgas, sus huevos rebotando contra los míos, el chapoteo húmedo del lubricante, densos y rítmicos, mezclándose con el roce de sus pantalones caídos contra las medias. Cerré los ojos y me concentré en cada detalle: la temperatura, la presión, el peso de él contra mi espalda.
—Más —dije, sin calcularlo—. Más fuerte.
Aceleró. El escritorio avanzó un centímetro con cada embestida. Se inclinó hacia adelante sobre mí, la boca pegada a mi oreja, y empezó a hablarme por primera vez con la voz sucia.
—Esto es lo que querías desde el primer día, ¿verdad? Que te follara aquí, en mi despacho, vestida así. Que te partiera el culo encima de mi escritorio.
—Sí —jadeé—. Sí, señor Fuentes.
Le gustó eso. Notó cómo me apretaba alrededor de la polla cuando se lo dije, y volvió a empujar más fuerte.
—Otra vez.
—Sí, señor Fuentes… fólleme más.
Me dio un azote en la nalga derecha con la palma abierta, un chasquido que sonó como un disparo en el despacho vacío. Después otro en la izquierda. La piel me ardía y le agradecí cada uno con un gemido que no supe contener.
El labial me había dejado una marca roja en el antebrazo del traje, y en algún momento pensé, de manera completamente absurda, que mañana tendría que explicar eso en la tintorería. La ridiculez del pensamiento me hizo sonreír contra la madera fría.
Sin salir de mí, me enderezó tirando de la peluca. Me quedé de pie con la espalda pegada a su pecho, empalado, mientras él seguía moviendo las caderas de abajo hacia arriba con embestidas cortas y hondas. Me pasó una mano por el cuello, no apretando, solo sujetando, y con la otra me agarró la polla y empezó a masturbarme al ritmo de sus embestidas.
—Córrete para mí —me dijo al oído—. Sin tocarte tú. Solo con mi polla y mi mano.
La sensación que me llegó fue diferente a las otras veces que había estado así. Vino desde adentro, desde ese punto de presión constante contra la próstata, y se extendió hacia afuera en una ola que no anunció su llegada. Las piernas temblaron. Tuve que morderme el labio para contener el ruido, porque a pesar de la puerta cerrada y la planta vacía, había un límite en lo que podía permitirme.
Marcos lo notó. No sé cómo, pero lo notó. Ajustó ligeramente el ángulo, siguió apretando su puño alrededor de mi polla y mantuvo el ritmo exacto, sin acelerar ni aflojar, manteniéndome justo en ese borde hasta que el control se me fue de las manos. Cuando me corrí fue sin aviso y sin posibilidad de retenerlo: una contracción larga que me hizo aferrarme al borde del escritorio con los nudillos blancos y cerrar los ojos con fuerza mientras chorros gruesos de semen le saltaban entre los dedos y caían sobre la madera pulida, sobre los papeles del informe, sobre el bolígrafo. El culo se cerró alrededor de su polla en espasmos que a él le arrancaron un gruñido bajo.
—Joder —murmuró contra mi nuca—. Así, apriétamela así.
Me dobló otra vez sobre el escritorio, con la mejilla apoyada en la madera, y volvió a follarme, ahora sin control, buscando lo suyo. El ritmo se hizo brutal, corto, animal. Su respiración se había vuelto un jadeo áspero muy pegado a mi oreja. Yo, todavía sensible del orgasmo, sentía cada embestida como una descarga.
—Dentro —pedí—. Córrase dentro.
Él aguantó tres o cuatro embestidas más. Después me agarró fuerte de las caderas con las dos manos y empujó hasta el fondo una última vez, apretándome contra el borde del escritorio. Sentí el calor de su corrida descargándose en pulsos lentos y espesos, la primera oleada golpeando muy hondo, después otra, y otra, la polla latiendo dentro mientras se vaciaba. La presión de sus dedos me iba a dejar moretones en las caderas al día siguiente. Un sonido bajo y contenido salió de su garganta, casi un gemido masticado entre los dientes. El único que se permitió en toda la noche.
Nos quedamos quietos un momento. Su frente cayó entre mis omóplatos. Nuestras respiraciones fueron calmándose al mismo ritmo, sin que ninguno de los dos lo propusiera. Cuando salió, despacio, sentí el hilo caliente de su semen resbalando por la cara interna del muslo, mezclándose con el lubricante, empapando el borde de la media de rejilla.
***
Cuando se incorporó fui al baño a limpiarme y a recomponerme. Él se arregló en silencio: cinturón, camisa, el nudo de la corbata ajustado de nuevo. Para cuando yo volví al despacho ya casi parecía el mismo hombre que había llegado a las ocho de la mañana. Solo un pañuelo de papel arrugado en la papelera y una mancha oscura en la esquina del informe delataban lo que acababa de pasar.
Me tendió una servilleta de papel del cajón.
—El labial —dijo, señalándome la comisura izquierda.
Me limpié. Me miré en el reflejo oscuro de la pantalla del ordenador.
—¿Tu mujer sabe que estás aquí? —pregunté. No era una acusación. Era curiosidad genuina, la clase que no se puede evitar después de algo así.
—Cree que tengo una reunión —dijo. Sin culpa y sin orgullo. Simplemente lo dijo.
Cogí la bolsa y volví al baño a cambiarme. La peluca en su funda. El labial en el neceser. El vestido doblado con cuidado, con la mancha en el bajo que iba a tener que lavar en casa a mano. Diego otra vez: pantalón oscuro, jersey gris, zapatillas. El hombre que llegaba cada mañana con el café de Marcos en la mano y la agenda del día cargada en el teléfono.
Cuando salí, él ya había apagado las luces de su despacho y tenía el abrigo puesto.
—Buen trabajo esta semana —dijo al pasar a mi lado, en el mismo tono que usaría para comentar un trimestre cerrado sin incidencias.
Salimos al pasillo. Esperamos el ascensor juntos sin hablar. En la planta baja, él giró hacia el aparcamiento y yo hacia la salida principal.
—El miércoles —dijo sin girarse.
—El miércoles —repetí.
Y así siguió durante meses. Valeria existía solo dentro de ese despacho, solo cuando la persiana estaba bajada y la puerta con llave. Fuera de ahí éramos jefe y asistente, con todo el protocolo y la distancia que eso implica. Él nunca me trató diferente delante de los demás. Nunca me hizo sentir ni más ni menos. Nunca usó lo que sabía de mí como palanca para nada.
Había algo extrañamente limpio en eso, a pesar de todo lo que no era limpio en absoluto.
A veces, cuando pasaba por mi escritorio a primera hora para dejar los documentos del día, me rozaba la muñeca con la punta del índice. Solo eso. Un segundo, sin detenerse.
—Esta tarde tengo reunión hasta tarde —decía.
Y yo respondía, sin levantar la vista de la pantalla:
—De acuerdo, señor Fuentes. Le preparo el despacho.