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Relatos Ardientes

La transexual que conocí tomando el sol

Decidí irme una semana sola a Agua Amarga porque llevaba meses sin descansar de verdad y necesitaba tiempo para mí. Me habían hablado de unas calas nudistas al oeste del pueblo, accesibles a pie por un sendero de tierra o en coche por una pista que se ponía difícil con el calor de agosto. Era algo que siempre había querido probar y nunca había tenido la oportunidad, ni con mi exmarido ni en los años que vinieron después.

Llegué al apartamento que había alquilado por internet un domingo por la mañana temprano. Era un estudio pequeño y limpio con terraza, en segunda línea de playa, con lo necesario y nada más. Hice la compra en el supermercado del paseo marítimo, llené la nevera y preparé la bolsa de la playa antes incluso de almorzar. No tenía prisa. Tenía siete días para no hacer absolutamente nada que no me apeteciera.

Llegué a la cala después de quince minutos por una pista de tierra que sacudía el coche en cada curva. La playa era pequeña, rodeada de acantilados blancos de caliza, y ya había bastante gente pese a ser primera hora de la mañana. Me busqué un sitio tranquilo, lejos de los grupos y de los niños, y me instalé al lado de una chica rubia de pelo largo que tomaba el sol boca abajo con un libro abierto sobre la toalla.

Intenté clavar la sombrilla con energía, pero el suelo era duro como el cemento. Lo intenté una y otra vez, busqué piedras para sujetarla, nada funcionó. Fue entonces cuando la chica levantó la vista del libro y me preguntó si necesitaba ayuda. Acepté sin pensármelo dos veces. Se incorporó para buscar algo en su bolsa.

Cuando se giró hacia mí me quedé paralizada. Tenía un cuerpo extraordinario: piernas largas, cintura estrecha, pechos firmes y bien formados. Pero entre las piernas, perfectamente depilado, colgaba un pene considerable. Me pilló mirándola y sonrió sin borrar la sonrisa.

—¿Decepcionada? —preguntó sin cambiar la expresión.

—Para nada —respondí con más calma de la que sentía—. Solo que no esperaba la sorpresa.

—Les pasa a casi todos. Aunque no siempre les impide intentarlo igual.

Se llamaba Vanessa, y lo había sido siempre, aunque durante muchos años la habían llamado Víctor. Sacó de la bolsa una estaca metálica larga y un martillo pequeño, los hundió en la arena haciendo primero un agujero profundo y luego clavó mi sombrilla sin esfuerzo aparente. Me tendió la mano cuando terminó y nos dimos un apretón firme. Durante todo el proceso fui incapaz de no mirar cómo le oscilaba levemente el pene con cada movimiento. Ella era perfectamente consciente de ello.

—¿Has venido en coche? —me preguntó mientras se sacudía la arena de las palmas.

—Sí, está aparcado al final de la pista.

—Pues tienes la oportunidad de devolverme el favor llevándome al pueblo cuando te vayas.

—Depende de la hora que quieras irte.

—Si me llevas, mi hora es la tuya. No tengo ninguna prisa en volver andando con este sol.

Me fui al agua. El mar estaba perfecto, fresco sin ser frío. Cuando volví a la sombrilla, Vanessa seguía leyendo sentada sobre su toalla y el pene le llegaba casi al suelo. Mirándola de reojo intenté hacer memoria de la última vez que había estado con alguien bien dotado de verdad. Solo recordé a Marcos, un novio que tuve hace mucho tiempo cuando era joven, con el que aprendí lo que era llegar al orgasmo más de una vez en la misma noche. Con Vanessa, Marcos habría quedado en segundo lugar.

A las dos me puse a recoger. Ella hizo lo mismo. Me ayudó a meter la sombrilla en la funda y cargó con ella hasta el coche. Al salir a la pista me preguntó dónde me quedaba y le dije que en Agua Amarga. Respondió que ella aún tenía que coger el autobús hasta Carboneras. Me dio pena y sin pensármelo le dije que la acercaba. No eran más de diez minutos de ida y vuelta.

Al llegar a su destino me propuso una cerveza para compensar el favor. Vi que iba a dudar y me dijo que no me preocupara, que con ella estaba segura a pesar de lo que llevaba entre las piernas. Los dos nos echamos a reír. Dejamos el coche en doble fila y nos sentamos en la terraza de un bar desde donde se veía la calle entera.

Por suerte había una mesa libre a la sombra. Pedimos dos cervezas y estuvimos charlando sobre nuestras vidas con la facilidad que dan los desconocidos que sabes que no volverás a ver. Inevitablemente salió el tema de su transexualidad. Me contó que fue muy pequeña cuando supo que algo no encajaba, que le gustaba jugar con las muñecas de su prima y que fue el centro de todas las bromas del colegio durante años. Una historia más de tantas, desgraciadamente, aunque contada con una serenidad que me pareció admirable.

Sin darnos cuenta nos habíamos tomado tres cervezas cada una y eran casi las cinco de la tarde. Pedimos algo de comer para asentar el estómago y dos cervezas más. Nos despedimos con dos besos. Volví al estudio y dormí la siesta de un tirón.

***

Dos días después apareció en la misma cala y se sentó a mi lado directamente, como si lo hubiéramos acordado. Volvió a ofrecerse a enseñarme algo de Carboneras más allá del puerto, prometiéndome llevarme a cenar las mejores gambas rojas de la costa y luego a un bar en lo alto de la sierra desde donde se veía toda la bahía iluminada. Dijo que, aunque solo fuera una vez, merecía la pena.

Le pregunté si estaba segura de querer pasar la noche paseando a un vejestorio de cincuenta y dos años en vez de estar con gente de su edad. Me prometió que no le importaba en absoluto y que seguro que pasábamos una velada divertida. Y que si no, siempre podíamos dedicarla a otra cosa. Lo dijo acompañando la frase con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Quedamos a las nueve en el paseo marítimo.

Nada más llegar al apartamento me desnudé, me di una ducha para quitarme la sal y la arena del cuerpo y me fui a la cama a intentar dormir un rato. Con el medio mareo que llevaba de tanta cerveza con el estómago vacío, empecé a dar vueltas sin poder dormirme. Estaba pensando si masturbarme para relajarme cuando me quedé frita de golpe. Dormí hasta las siete y media.

Me desperté extrañamente descansada y sin una pizca de dolor de cabeza. Me duché y busqué qué ponerme entre el vestuario escaso que me había llevado en la maleta, teniendo en cuenta que no había planificado salir por las noches. Me puse un vestido corto azul marino con un tanga fino debajo. Sin sujetador, que mis pechos todavía lo permiten y es mi forma preferida de salir cuando tengo ganas de sentirme bien. Me calcé unas sandalias con medio tacón, me pinté los labios, me eché un poco de colonia fresca y salí.

Aunque llegué diez minutos antes de las nueve, Vanessa ya estaba esperando. Me llamó la atención la ropa que llevaba: un top que dejaba todo el estómago al descubierto y una minifalda que perfectamente podría haber sido un cinturón, de lo corta que era. Llevaba unos tacones imposibles que la ponían cerca del metro noventa. Caminaba como si el mundo le perteneciera y éramos el centro de atención de todo el paseo, aunque a su lado yo era prácticamente invisible.

Fuimos a un restaurante del puerto donde nos comimos las mejores gambas rojas que he probado en mi vida, acompañadas de una botella de vino blanco de la tierra y unos chipirones a la plancha recién pescados esa misma tarde. La conversación fue fácil desde el primer momento. Nos reímos mucho sin razón particular, que es la señal de que la noche va bien.

Después cogimos el coche y subimos a una explanada en lo alto de la sierra donde había un bar con varias terrazas escalonadas. Los camareros la saludaron por su nombre en cuanto entramos y ella me los presentó uno por uno. Las bromas que cruzaron entre ellos dejaban poco espacio para la imaginación sobre la naturaleza de algunas de esas relaciones.

Nos sentamos en la mesa más a la derecha de la terraza inferior, desde donde se veía toda la bahía con las luces del pueblo reflejadas en el agua negra. Pedimos dos copas. En cuanto el camarero se alejó, Vanessa metió la mano bajo la minifalda y maniobró con disimulo.

—No sabes lo difícil que es colocarme bien con tan poca tela —dijo, y se echó a reír—. Pero no hay más remedio si una quiere tener éxito.

—Con el tamaño que tienes, me imagino que sí.

—Es la costumbre. Me la meto entre las piernas y el tanga hace el resto, aunque hay que revisarlo cada dos por tres.

La charla era ligera y nos reímos de todo. Estábamos terminando la segunda copa cuando Vanessa se inclinó hacia mí, me dio un beso rápido en los labios y se apartó, mirándome para ver mi reacción.

La cogí por la barbilla con una mano, acerqué mi boca a la suya y la besé despacio. Abrí sus labios con la lengua y ella me agarró por la nuca, deslizando la otra mano hasta encontrar mi pecho por debajo del escote. Sus dedos buscaron el pezón y lo apretaron.

—Llevas toda la noche siendo lo más apetecible de esta terraza —murmuró contra mi boca.

—Pues tú eres lo más interesante que he conocido en meses.

Pedí la cuenta. Pagué con tarjeta y dejé propina en el platillo. Nos levantamos.

***

Vanessa vivía en un piso compartido con otras dos chicas y no me apetecía tener público para lo que tenía en mente. En el coche, antes de arrancar, me metió una mano por el escote del vestido y me acarició el pecho. Fue el toque que me faltaba para mojar el tanga. Cuando sacó la mano del escote y la deslizó entre mis muslos, apartó la tela y hundió un dedo entre los labios para lubricarse, y empezó a rotarme el clítoris. Tuve que echarme al arcén y parar.

—Termina lo que empezaste —le dije.

Me pasó la lengua por el cuello mientras seguía con los dedos. No tardé ni dos minutos en correrme, apoyada en el reposacabezas con la respiración hecha trizas. Se llevó los dedos a la boca, los chupó y me besó en la boca para que probara mi propio sabor. Después sacó el pene semierecto de debajo del tanga. Tenía el glande oscuro y más ancho que el tronco, como si fuera una campana invertida. Lo presioné con la mano y se tensó entero. Lo solté. No quería terminar esto en un arcén de la sierra cuando teníamos un estudio a cinco minutos.

Nada más cerrar la puerta del apartamento, la agarré del pene y tiré de ella hacia el sofá. Me arrodillé en el suelo y cubrí la punta con los labios. Lo fui introduciendo despacio en la boca y empecé a moverme arriba y abajo, procurando que no llegara demasiado pronto. Cuando noté que se acercaba, ella misma me paró cogiéndome de los hombros.

—Todavía no —dijo.

Me levantó de las axilas, me subió el vestido y me bajó el tanga. Me ayudó a tumbarme en el sofá y hundió la cara entre mis muslos. Me llevó a otro orgasmo, este repentino y casi violento, que no me esperaba para nada. Sin dejarme recuperar, se colocó encima de mí y me penetró despacio hasta el fondo.

Me follé a una mujer con pene por primera vez en mi vida y no pensé en ningún momento en lo que estaba haciendo. Solo sentía. Cuando se corrió lo hizo dentro, y después se quedó quieta mirándome, y me besó con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

Fuimos a la cocina por dos cervezas. Me puso la botella helada sobre el pubis y di un respingo. Se rió. Volvió a bajar la boca y relamió lo que habíamos dejado entre los dos. Me besó de nuevo pasándome el sabor de vuelta y era una mezcla extraña y perfecta al mismo tiempo.

Le pregunté si le gustaba el sexo anal mientras bebíamos. Se me quedó mirando con esa sonrisa torcida.

—Preguntar eso aquí, esta noche, tiene trampa obvia —dijo.

—Puede ser.

—Pues yo también tengo lubricante en el bolso, por si sirve de respuesta.

Fui a buscar la bolsa que nunca dejo en casa cuando salgo de viaje. Saqué los vibradores uno por uno y los dejé sobre la cama. Cuando Vanessa vio el arnés con el dildo integrado que llevaba sin estrenar desde que lo compré, me miró con cara de puro vicio.

—¿Lo has usado alguna vez? —preguntó.

—Nunca.

Me ayudó a ponérmelo. Tardé lo mío en entender el correaje, pero cuando lo tuve ajustado el vibrador integrado me presionaba el clítoris con una constancia que ya era suficiente motivo. Cogí el lubricante de su bolso, lo apliqué, y ella se apoyó sobre la mesa y se separó. Le introduje un dedo despacio. No hubo resistencia. Era evidente que no era su primera vez por esa vía. Cuando puse la punta en la entrada y empujé, entró sin esfuerzo.

La follé despacio al principio. Con cada embestida el vibrador me trabajaba el clítoris y cada movimiento me llegaba doble. La rodeé con los brazos sin sacársela y le cogí el pene con una mano. Cuando empecé a masturbárselo sus gemidos se volvieron continuos y cada vez más urgentes. Cuando llegó al orgasmo lo hizo entera, convulsionando hacia delante sobre la superficie de la mesa.

Después me pidió que me quitara el arnés y volviera a meterle el vibrador por detrás mientras me hacía una mamada. Me saqué el correaje, introduje el vibrador, ella se giró y se metió mi pene en la boca con una habilidad que me dejó sin palabras. Cuando noté que se acercaba al orgasmo, no la aparté. Se corrió abundantemente y yo lo aguanté dentro hasta que terminó del todo. Se incorporó y me subió a la mesa, con las piernas colgando, y me devoró sin pausa hasta sacarme dos orgasmos seguidos. Agotadas, fuimos al dormitorio, nos tumbamos en la cama y nos quedamos dormidas desnudas, sin mediar más palabras.

***

Me desperté con el sol de la mañana entrándome por la persiana. Al mover la mano choqué con el cuerpo de Vanessa. La palpé sin pensar, como quien aún está entre el sueño y la vigilia, y cuando llegué a sus pechos recordé todo lo de la noche anterior, no sin cierto asombro por lo que habíamos hecho. Giré el cuerpo hacia ella y descubrí el pene erecto. Lo cogí con la mano y lo moví despacio. Abrió los ojos y me miró sonriente.

—Ayer lo pasamos muy bien —dijo.

—La verdad es que sí. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto.

—¿Tienes café?

—Y tostadas con mantequilla.

Desayunamos en la terraza con el rumor del mar de fondo. Fue ella la que propuso quedarse en el apartamento en vez de ir a la playa. Me dijo que siempre había querido saber lo que era metérsela a una mujer por detrás y que, si yo tenía la disposición, prometía que no iba a dolerme. Añadió que era especialista en ese terreno y que sabía exactamente cómo hacerlo. Lo dijo sin fanfarronería, con la serenidad de quien sabe de lo que habla.

Me fui a dar una ducha sin darle una respuesta directa. Bajo el agua caliente, con el chorro cayéndome sobre el pubis, ya estaba decidida antes de cerrar el grifo. Salí desnuda.

Vanessa cogió la mantequilla que había quedado en la mesa del desayuno y me untó despacio la entrada con los dedos. El calor del cuerpo la iba derritiendo hasta hacerla líquida, fácil de esparcir. Cambió de pecho en la boca al mismo tiempo que noté cómo me introducía un dedo con mucho cuidado. Cuando consideró que estaba lo suficientemente relajada, añadió el segundo. Sin sacarlos, me acarició el sexo con la otra mano, primero los labios y luego directo al clítoris.

Cuando llegué casi al orgasmo se detuvo. Me giró con delicadeza, me colocó con el culo en pompa y me lamió la entrada, introduciendo la lengua tan adentro como pudo. Volvió a poner lubricante y la siguió trabajando con dos dedos hasta que yo misma le pedí que siguiera. Me los sacó, se colocó detrás de mí y puso la gruesa punta en la entrada.

—Coge aire y aguántalo —me dijo.

Empezó a presionar despacio. Cada vez que notaba que me hacía daño retrocedía un poco y volvía a insistir. Diez minutos más tarde sentí la punta entrar sin apenas dolor. Era una presión extraña con su propio tipo de placer, difícil de describir con precisión. De pronto noté cómo su pene se deslizaba más adentro y esperó quieto a ver mi reacción.

—Por favor, fóllame —dije, y no reconocí mi propia voz.

Me sacó la mitad y volvió a meterla entera. Cada vez que notaba que estaba a punto de correrme, paraba para que cogiera aire, hasta que yo relajé el cuerpo del todo y pude recibirla sin tensión. Entonces empezó a moverse sin contenerse. El orgasmo tardó en llegar pero cuando llegó fue diferente a todo lo anterior: más profundo, más lento, más completo. Cuando se corrió dentro de mí, yo me corrí por segunda vez simultáneamente, con una sacudida que me dejó temblando de rodillas.

Eran las once de la mañana. Ella tenía que incorporarse al trabajo a mediodía, era masajista en un spa del pueblo. Yo tenía que recoger el escaso equipaje y coger la carretera hacia Madrid antes de que el calor se hiciera insoportable.

Nos besamos en la puerta con un beso largo y sin prisa. Las dos sabíamos que lo más probable era que no volviéramos a vernos. La observé alejarse por el paseo marítimo con ese andar suyo que parecía desafiar al mundo, y di las gracias al azar por haberla cruzado en mi camino.

De camino a Madrid, con la radio puesta y el aire acondicionado al máximo, tomé dos decisiones. La primera: volver el año siguiente a Agua Amarga. La segunda: comprar otro arnés, pero esta vez con más vibraciones.

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Comentarios (5)

Carlitos_88

tremendo!! me quedé igual de helado que el protagonista jajaja

fran

muy bien escrito, se siente autentico

TardeDeVerano

Por favor continualo, me quedé con ganas de saber qué pasó despues

NicoBSAS

Lo de la playa me recordó algo que me pasó el verano pasado, aunque mucho menos intenso jeje. Buenisimo relato

LucianoK

Nunca habia leído algo de esta categoria y me sorprendió gratamente. Muy bien narrado, sin ser burdo

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