Me vestí de mujer para mi primera vez con él
Habían pasado un par de días desde mi último encuentro con Darío. Tenía diecinueve años recién cumplidos y, después de descubrir tantas cosas nuevas sobre mí, me sentía hambrienta de seguir probando. No había día en que no me acariciara imaginando que era él quien lo hacía, sus manos grandes y pausadas recorriéndome la espalda baja.
Los días seguían pasando y Darío no me contactaba. Le marqué un par de veces, pero siempre me mandaba directo al buzón de voz. Me sentía desatendida, ignorada y todavía con ganas de más. Como ya tenía algo de ropa interior de mujer, había mañanas en que iba a la facultad con un tanga de encaje debajo del pantalón. Pasaba horas en las clases con un cosquilleo entre las piernas, avergonzada y excitada a la vez por el morbo de saber que nadie sospechaba lo que escondía.
Empecé a observar a mis compañeros esperando sentir algo, pero no ocurría nada. Al parecer mi tipo eran los hombres mayores, los que ya sabían lo que querían.
Comencé a ahorrar. Tenía pensado ir a un mercado de una ciudad cercana y comprarme ropa de verdad, algo más sensual, más atrevido, algo que me dejara explorar del todo a la mujer que llevaba dentro. Después de que Darío me ignorara toda la semana, el sábado siguiente fantaseaba con ponerme ropa femenina debajo de la de hombre y salir a buscar a alguien por mi cuenta. Me emocionaba la idea de encontrar a un hombre maduro dispuesto a hacerme de todo.
Estaba lista para salir cuando sonó el teléfono. Era Darío. Me dijo que había tenido una semana imposible y que se moría por estar conmigo otra vez.
—Esta semana nos vemos sí o sí —prometió—. Esta vez no vamos a tener que preocuparnos por que nos atrapen. Espera mi llamada.
Le dije que estaba bien, que lo esperaría con ansias.
No sé si fue por una especie de fidelidad hacia él, pero ese sábado decidí quedarme en casa. Aun así, aproveché para ponerme algunas prendas femeninas debajo de la ropa normal y bajé a pasar un rato con mi familia. Me senté a ver una película con ellos y me sentí extrañamente cómoda. Ninguno sospechaba lo que su supuesto hijo traía puesto, y eso me hacía sentir como si fuera una hija más.
***
Más tarde subí a mi habitación. Le pregunté a mi hermana si me prestaba su laptop, porque ella iba de salida, y aceptó. Era un día ideal para curiosear en internet. Antes del auge de las redes sociales existían las salas de chat, donde podías hablar con cientos de desconocidos a la vez. Me puse de apodo CamilaTv y entré en una sala dedicada a chicas como yo y a hombres que las buscaban.
Solo quería un poco de morbo. Escribí en la sala principal que buscaba charlar y de qué ciudad era. Me llegaron varios mensajes al privado, pero el que más me llamó la atención fue el de un tipo cuyo apodo era ElDomador80. Me dijo que tenía treinta y siete años y que era de mi misma ciudad. Después de que le conté mi edad, lo que me gustaba y lo que tenía ganas de hacer, me contestó que él me daría todo eso y más.
—Yo te hago todo eso, chiquita, y hasta cosas que ni te imaginas. Vas a quedar encantada conmigo —escribió.
—¿Sí? ¿Y qué tanto me vas a hacer? —respondí.
—Primero te pongo en cuatro, te como ese culito que tienes y después te la dejo ir entera, hasta vaciarme dentro.
Su forma de hablarme era brusca. Darío era mucho más delicado, pero al ser por internet supuse que todo quedaría en fantasía, así que me dejé llevar. Reconozco que ese trato me ponía.
—Pero soy primeriza —escribí—, me va a doler.
—No te preocupes, te lo voy a hacer bien rico. Te va a gustar tanto que vas a terminar pidiéndome más.
—¿Y dónde me harías todo eso? ¿En tu casa? ¿Un hotel?
—En tu casa, mi niña. Ahí mismo, en tu cama, te hago mujer.
No quise admitirlo en ese momento, pero la idea de que viniera a mi casa a convertirme en mujer me encendió. Eso me volvió más atrevida en la conversación.
—Se antoja —escribí—. Justo ahora estoy en mi cuarto, vestida de nena, pero están mis papás. No creo que se pueda.
—Cuando se duerman me avisas. Llego, te hago mía y me voy. Nadie se entera. Y si se enteran, que vean que tienen una hija bien linda y bien atrevida.
Me quedé pensándolo. Esperar a que todos durmieran, meterlo a escondidas, dejar que me hiciera suya en mi propia cama. Si era cuidadosa, nadie lo notaría.
—Anda —insistió—, ¿te animas o no?
—No sé, me da miedo que me descubran.
—Te vas a arrepentir de no sentir mis veinticinco centímetros en esa colita. Te convierto en toda una mujercita.
No sé si era cierto lo del tamaño, pero lo que sí sé es que me dejó húmeda de imaginarme en esa situación. Cerré el chat, apagué la laptop y me tumbé en la cama. Con un poco de aceite para bebé empecé a tocarme, imaginando que ElDomador80 entraba a mi casa y me hacía suya sin que importara que mis padres estuvieran cerca.
***
En la facultad se acercaban los exámenes finales del semestre. Las clases se reducían a presentar la prueba y volver a casa. Yo solía irme con los amigos a jugar al billar, pero esa vez decidí volver directo para seguir ahorrando.
El viernes, después del examen, viajé al mercado de una ciudad vecina, a unos cuarenta y cinco minutos en autobús. Me puse una sudadera con capucha para pasar desapercibida y traté de cubrirme el rostro. El mercado era enorme. Revisé los puestos con cuidado, no solo buscando ropa bonita, sino que lo atendiera una señora mayor con la que no me diera vergüenza comprar.
Encontré uno lleno de prendas lindas, atendido por una mujer de unos cuarenta y tantos. Dijo que era ropa traída del extranjero, perfecta para regalarle a una novia. Quise hacer la compra rápido: elegí un vestido corto negro con flores amarillas bordadas, un camisón de seda rosa con detalles negros y un conjunto de ropa interior de encaje rosa que se veía precioso. Todo me costó casi lo que llevaba encima, pero valía la pena.
—Tu novia se va a ver hermosa con esto —me dijo la señora.
—Sí, segurísimo —le contesté con una sonrisa nerviosa.
—Vuelve pronto, que tengo más cosas bonitas a buen precio.
Salí casi corriendo y pasé gran parte de la noche modelando el vestido frente al espejo.
***
Al día siguiente, sábado, sabía que Darío me llamaría, así que estaba ansiosa. Esa mañana mis padres anunciaron que irían a una boda con mis abuelos, en un pueblo a las afueras de la ciudad, y que no volverían hasta la noche del domingo. Me emocioné. Cuando dijeron que mis hermanas también iban, casi salto de alegría. Me preguntaron si quería acompañarlos y puse de excusa los exámenes: dije que estaba agotada y que tenía ensayos pendientes. Aceptaron sin problema.
Toda la tarde llamé a Darío, pero me mandaba al buzón. No me importó demasiado: si él no aparecía, siempre podía volver al chat y buscar a alguien como ElDomador80.
A las seis de la tarde se fueron todos. En cuanto cerré la puerta, me metí a bañar. Me dejé impecable, usé los jabones perfumados de mi hermana para sentirme más femenina. Sabía que era una noche decisiva, así que seguí insistiendo con las llamadas. Después de varios intentos, Darío por fin contestó.
—¿Me marcaste muchas veces? —preguntó.
—Solo algunas —mentí—. Oye, ¿quieres venir a mi casa? No hay nadie. Quiero que me veas con la ropa sexy que me compré.
Se quedó incrédulo unos segundos, pero cuando le aseguré que la casa estaría vacía hasta el día siguiente, accedió. Dijo que en tres cuartos de hora estaría aquí.
Empecé a prepararme. Me puse el conjunto de encaje rosa que hacía resaltar mis caderas, después el vestido corto. Justo entonces llamó para avisar que ya estaba afuera. Le abrí la cochera para que metiera la camioneta y le pedí que me esperara en la sala, que no tardaba.
Fui al cuarto de mi hermana, me puse un poco de sus cremas, algo de maquillaje y unas gotas de su perfume. Me acomodé la peluca que Darío me había regalado y, al final, un pequeño moño como adorno.
Al mirarme al espejo ya no veía al chico que se escondía con la ropa de su hermana. Esta vez veía a una mujer completa. Soy yo de verdad, pensé, y bajé a sorprenderlo.
***
Apenas me vio, lo primero que dijo Darío fue que estaba hermosa, que no podía creer lo bien que me veía. Me planté frente a él, di un par de vueltas para que me apreciara y me senté en sus piernas. Antes de que dijera nada más, lo besé. Quería comérmelo a besos. Sentir sus manos subiendo por mis muslos hacía que las ganas de llevármelo a la cama crecieran sin parar.
—¿Y tus papás? —preguntó entre besos—. Quiero seguir, pero me da pendiente que lleguen y nos atrapen.
—¿Me veo bonita? —respondí, ignorándolo.
—Estás preciosa, Camila.
—Entonces no me importa si llegan. Que se enteren de que tienen otra hija.
Bajé la mano hasta su entrepierna. Lo sentí duro. Intenté desabrocharle el pantalón, pero se resistió diciendo que no era seguro. Le susurré al oído que mis padres no volvían hasta la noche siguiente. Solo sonrió. Le abrí el pantalón, saqué su miembro y me agaché para besarlo despacio; hacía mucho que no lo tenía en la boca. Lo notaba más duro que otras veces. Darío lo disfrutaba como nunca.
Hice una pausa y me levanté para que volviera a mirarme.
—¿Dónde conseguiste ese vestido, amor? —preguntó.
—Fui a un mercado. Quería sorprenderte con algo más sensual.
Me di media vuelta y me levanté el vestido para que viera la lencería de encaje. Su mirada se clavó en mi trasero. En sus ojos se leía que esa noche me iba a hacer suya. Volví a sentarme en sus piernas y, mientras lo acariciaba con una mano, seguí besándolo.
—¿Traes condón? —pregunté.
—Sí, traigo varios.
—¿Quieres subir a mi cuarto y hacerme tu mujer?
No dijo nada. Solo sonrió, se levantó, fue a la camioneta por los condones y volvió con una pequeña cámara digital. Lo tomé de la mano y lo llevé hacia la escalera, pero antes nos detuvimos frente al espejo del pasillo.
—Sácame una foto —le pedí—, del recuerdo del día en que me convierto en mujer.
Me abrazó por detrás y disparó. Después subimos. Mi habitación era la de un universitario cualquiera, pero a partir de esa noche sería el lugar donde entregué mi virginidad a un hombre mayor.
Encendí unas velas, apagué la luz y me acomodé boca arriba en la cama. Extendí los brazos para que se acercara. Mientras me besaba, yo abría las piernas y trataba de atraparlo entre ellas, de no dejarlo escapar. Notó que llevaba sostén y me quitó la parte de arriba del vestido.
—Es un modelo muy bonito —dijo—. Me encanta verte con esto puesto.
Yo estaba hipnotizada, entregada. Empezó a tocarme el pecho y solo se me ocurrió decir:
—Ojalá tuviera pechos, así disfrutarías más de mi cuerpo.
—No te preocupes —contestó—. Algún día vas a llenar estos sostenes y vas a ser una de las mujeres más sensuales que existan.
Solo escucharlo me puso durísima. Él lo notó al instante y me avergoncé.
—Perdón. Es que me pone muy cachonda cuando me dices esas cosas.
—Es normal, amor. Si quieres, otro día hacemos algo con eso también. Te verías riquísima toda plana de ahí abajo.
Nunca había imaginado cómo me vería sin nada entre las piernas, y la idea me gustó. Darío empezó a jugar con mis pezones y yo gemía como una niña, sorprendida de lo natural que me salía.
—¿Te gusta la idea? —preguntó.
—Sí, suena bien.
Empezó a tocarme mientras prometía hacerme gozar como la vez anterior. Con toda la vergüenza del mundo le pedí que no me besara ahí adelante, pero que sí me besara por detrás como aquella vez. Entendió enseguida. Me subió lo que quedaba del vestido, me bajó la ropa interior y volví a quedar descubierta ante él.
Me sentía en el cielo. Empezó a introducir los dedos mientras seguía tocándome, y yo solo soltaba gemidos y me tapaba la cara, muerta de pena por disfrutar tanto. En otro momento le habría pedido que siguiera así durante horas, pero esa noche estaba desesperada por sentirlo dentro.
—Ya hazlo, Darío.
—¿Que haga qué?
—Hazme el amor.
—¿Tantas ganas tienes de que te haga mía?
—Ya quiero ser solo tuya. No aguanto más.
Se desnudó por completo y se puso el condón. Le señalé la botella de aceite para bebé y vi cómo se lo extendía a lo largo del miembro. Me acomodó y sentí la punta coqueteando con mi entrada. Solo notaba cómo intentaba abrirse paso. Hubo un instante en que quise zafarme, por puro reflejo, y él me sujetó firme de los brazos para que no me moviera. Aguanté todo lo que pude.
—Mejor sácalo —le pedí.
—No, aguanta un poco más.
Después de unos minutos el dolor desapareció. Darío empezó a moverse despacio, entrando y saliendo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, sigue.
Solo podía pensar en que, después de tanta espera, por fin me estaba haciendo su mujer. Saber que lo hacíamos en mi cama, en casa de mis padres, me encendía aún más. Empecé a apretarlo y él lo notó. Me penetró más rápido y más fuerte. Yo me tocaba a la vez, a punto del orgasmo, cuando me preguntó:
—¿Te gusta, Camila?
—Sí.
—¿Te gusta cómo te hago mi mujer?
—Sí, me encanta ser tu mujer.
Tras varios gemidos agudos, me vine. Manché la cama, el vestido nuevo y a él. Enseguida sentí que Darío también llegaba; nunca lo había oído gemir tan fuerte. Quedó rendido y, todavía dentro de mí, se acostó sobre mi pecho. Yo lo sostenía con las piernas mientras le acariciaba la espalda, pensando que a partir de ese momento mi vida ya no sería la misma. Mis ganas de ser tratada como mujer solo iban a crecer.
Sentí cómo salía de mi cuerpo. Me miró y me preguntó si me había gustado. Le di un beso largo.
—Me encantó —le dije.