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Relatos Ardientes

Los discos que hallé despertaron una fantasía oculta

Me había mudado al piso hacía apenas dos semanas y todavía estaba peleando con las cajas y con el polvo que el inquilino anterior había dejado en cada rincón. Aquella tarde de domingo decidí enfrentarme por fin al armario empotrado del dormitorio, ese mueble enorme y oscuro que olía a madera vieja y a encierro. Tenía veintiséis años, vivía solo por primera vez y me había prometido que el lugar quedaría impecable antes de invitar a nadie.

Vaciando el último estante, mi mano tropezó con algo duro al fondo. Una caja plana de plástico se había deslizado hasta el rincón, medio escondida bajo un paño que alguien había olvidado. La saqué con curiosidad. Era una funda de DVD sin carátula, sin ningún título impreso, solo una superficie negra y anónima que no decía nada de lo que guardaba dentro.

La abrí. Tres discos sin etiqueta, escritos a mano con un rotulador plateado que apenas se leía: números, no palabras. Me quedé mirándolos un rato, sopesándolos en la palma. Seguramente serán películas viejas que el tipo dejó al irse, pensé. La razón sensata me decía que los tirara a la basura con el resto de los trastos. La curiosidad me decía otra cosa.

Del inquilino anterior no sabía casi nada. El casero lo había mencionado de pasada el día de la firma: un hombre reservado, soltero, que había vivido allí casi una década antes de marcharse sin dejar siquiera una dirección de reenvío. Aquellos tres discos olvidados en el fondo del armario eran lo único personal que quedaba de él en todo el piso, y de pronto sostenerlos me pareció un acto íntimo, casi indiscreto, como abrir el cajón de un desconocido.

Tenía el reproductor recién conectado a la televisión, todavía con los cables sin esconder por la pared. Me senté en el suelo, con la espalda contra el somier, y metí el primero. Un escalofrío me recorrió la nuca sin motivo aparente, como si estuviera abriendo algo que no me pertenecía. Ignoré la sensación.

El menú apareció en pantalla. Era idéntico al de cualquier película corriente: fondo en negro, una lista de capítulos numerados, una musiquilla repetitiva de fondo. Nada delataba el contenido. Sin fijarme siquiera en la miniatura que se reproducía en una esquina, pulsé enter sobre el primer título.

Bastaron unos segundos para entender que aquello no era una película más. Empezaba con besos, con caricias lentas, con dos cuerpos buscándose en una habitación mal iluminada. Era porno. Yo había visto cosas así antes, claro, pero algo en la atmósfera de esa grabación, en el grano de la imagen y en lo casero del montaje, le daba un aire prohibido que me clavó a la alfombra.

Adelanté un poco, por curiosidad, para ver de qué iba la cosa. Y entonces empecé a notar detalles que al principio se me habían escapado.

Las chicas que aparecían en pantalla tenían algo distinto. Una de ellas, de espaldas a la cámara, dejaba ver entre las piernas una forma que mi cabeza tardó un instante en aceptar. No puede ser, me dije, inclinándome hacia adelante. La actriz se giró, y la duda se disolvió: era una mujer trans, de cuerpo esbelto, tetas pequeñas y firmes, culo redondo y una polla dura que se le curvaba contra el vientre, con un glande brillante que ya soltaba una gota de líquido preseminal. Un sexo que contradecía todo lo que yo creía saber sobre lo que me gustaba.

Me quedé inmóvil. Esperé sentir rechazo, o vergüenza, o el impulso de cambiar de disco. No llegó nada de eso. Lo que llegó fue un calor sordo en el bajo vientre, una corriente que subía despacio y que no me molesté en frenar.

Toda mi vida había creído saber con exactitud lo que me gustaba. Tenía un mapa claro del deseo, fronteras nítidas, casillas marcadas. Y ahí estaba, sentado en el suelo de un piso que aún no sentía mío, viendo cómo ese mapa se borraba en cuestión de segundos ante una imagen que no encajaba en ninguna de mis casillas. Lejos de asustarme, la sorpresa me atrapó todavía más.

***

La escena avanzaba sin prisa. Una de las chicas se acercó a la otra y se puso de rodillas entre sus piernas abiertas. Le agarró la polla con una mano, la sopesó, y empezó a lamerle los huevos con la punta de la lengua antes de subir despacio por el tronco. La cámara se acercó y captó cómo se metía el glande entero en la boca, cómo lo chupaba con los labios apretados, cómo dejaba caer un hilo de saliva que le resbalaba por el mentón. Se la sacó, la abofeteó suave contra su propia mejilla, se la volvió a meter hasta el fondo. La otra echó la cabeza atrás y gimió con la boca abierta, una mano en la nuca de la chica arrodillada, empujándole la cara contra su verga sin ninguna delicadeza.

Yo tragué saliva. Había algo hipnótico en ver dos cuerpos que rompían cada etiqueta que me habían enseñado a respetar, y descubrir que mi deseo no entendía de etiquetas en absoluto. La chica que mamaba se metió la polla hasta atragantarse, se retiró tosiendo con los ojos llorosos, y volvió a hundirse en ella como si necesitara ahogarse otra vez.

Sin darme cuenta, mi mano había bajado por encima del pantalón. La aparté un segundo, como pidiéndome permiso a mí mismo, y luego la devolví. Estaba duro, la polla marcada contra la tela del vaquero, y una mancha pequeña de humedad empezaba a formarse en la punta. Más duro de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo, y todavía no había hecho nada.

Me solté el botón del vaquero y bajé la cremallera. Me saqué la verga y la tuve un momento en el puño, latiéndome contra los dedos, mientras me escupía en la palma para lubricarla. La habitación estaba en penumbra salvo por el resplandor azulado de la pantalla, que me lamía la cara y las manos a cada cambio de plano. Empecé despacio, con el pulgar resbalando por el glande a cada subida, siguiendo el ritmo de lo que veía, igual que las imágenes empezaban suaves antes de acelerarse.

En la película, las dos mujeres cambiaron de postura. Una quedó a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y el coño y el ojete brillantes a la luz cruda del foco; la otra se colocó detrás y le pasó la punta de la polla por la raja, arriba y abajo, mojándose antes de empujar. Cuando entró de golpe, la de abajo soltó un aullido y clavó los dedos en la sábana. La cámara enfocó el vaivén: la verga entrando entera, saliendo brillante hasta el glande, volviendo a hundirse mientras el culo rebotaba contra las caderas de la que follaba. «Así, dame más fuerte, más fuerte, joder», jadeaba la de abajo con la cara aplastada contra el colchón. La otra le agarró el pelo, tiró hacia atrás y le empezó a follar el coño con embestidas secas, cada una acompañada de un golpe seco de piel contra piel. Yo me mordí el labio y aceleré la mano. Esto no debería gustarme tanto, pensé, y la propia idea de lo prohibido me encendió todavía más.

La escena terminó con la de arriba sacándosela, agarrándose la polla y corriéndose a chorros sobre la espalda y el culo de la otra, en tres o cuatro descargas largas que dejaron regueros blancos brillantes sobre la piel. La de abajo se giró, se recogió un poco de semen con dos dedos y se lo llevó a la boca sin dejar de mirar a la cámara.

El primer disco terminó sin que me diera cuenta del tiempo. Aparté la mano de la polla, todavía dura y resbalosa, y cambié el disco por el segundo con dedos torpes, casi impaciente. Volví a sentarme en el suelo con la espalda contra el somier, con el vaquero por los muslos y la verga tiesa apuntando al techo.

***

El segundo era más intenso. La actriz principal tenía el pelo recogido y una mirada que parecía dirigirse directamente a la cámara, como si supiera que alguien la observaba años después desde el suelo de un piso vacío. Se arrodilló frente a un hombre desnudo, le agarró la polla con las dos manos y le lamió el tronco de abajo arriba, deteniéndose en el frenillo, jugando con la punta de la lengua sobre el glande antes de abrir la boca y tragársela entera.

Me resultaba imposible apartar los ojos. Había una crudeza honesta en cada movimiento, nada de la pose forzada de las producciones grandes. La chica se metía la verga hasta la garganta, jadeaba de verdad, se ahogaba un poco, se sacaba la polla para respirar entre hilos gruesos de saliva que le colgaban de los labios, y volvía a empezar. Le chupaba los huevos uno a uno, se los metía en la boca, subía otra vez por el tronco palpitante. Se la escupía y la usaba para embadurnarse la cara y las tetas, y luego volvía a hundírsela hasta el fondo, con los ojos llorosos, hasta que el tipo le agarraba la cabeza con las dos manos y le follaba la boca a su ritmo, empujando hasta que ella soltaba arcadas.

Yo acompasé mi mano a su boca, apretando más cuando ella apretaba, aflojando cuando se retiraba a tomar aire. Me chupé dos dedos y me los pasé por debajo, acariciándome los huevos apretados, jugando con el perineo mientras la otra mano seguía subiendo y bajando por la polla.

El hombre la tumbó después boca arriba en la cama y le abrió las piernas de un manotazo. Se pasó la lengua por los labios y bajó a comerle el coño, le abrió los pliegues con los pulgares y empezó a lamerle el clítoris con círculos lentos que la hicieron arquearse. Le metió dos dedos, luego tres, y la chica empezó a follarse ella misma la mano de él, moviendo las caderas contra su cara, agarrándole el pelo, jadeando obscenidades. «Cómeme, cómeme más, no pares, joder, no pares», gemía con la voz rota.

Cuando él se colocó sobre ella y la penetró despacio, la cámara captó la cara de la actriz, los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gesto que no parecía actuado. La verga entraba centímetro a centímetro y ella gemía cada vez más agudo, hasta que él le llegó hasta el fondo y se quedó ahí, aplastándola contra el colchón. Empezó a bombearla despacio, marcando cada embestida, dejando que la polla saliera casi entera antes de volver a clavársela. Después aceleró y la cama empezó a golpear contra la pared. Ella se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, se lamía los dedos y se los llevaba entre las piernas para tocarse el clítoris mientras él la follaba.

La puso de lado y le levantó una pierna, follándola de costado, y luego la giró bocabajo y la volvió a montar a cuatro patas. Le clavó la polla con un golpe seco y ella se corrió gritando, apretando el coño en espasmos visibles alrededor de la verga que seguía entrando y saliendo. Él le agarró las caderas con las dos manos y empezó a machacarla con embestidas cada vez más rápidas, la piel golpeando la piel, el sonido húmedo del coño chorreando llenando el altavoz.

Mi respiración se había vuelto corta y ruidosa. Sentía el corazón en las sienes. La polla me palpitaba en el puño, empapada de saliva y de mi propio líquido, resbalando entre los dedos con cada subida.

Fue entonces cuando empezó el hormigueo. Esa señal inconfundible que sube desde la base y avisa de que ya no hay marcha atrás. En pantalla, el tipo se sacó la polla del coño, se la agarró y la descargó entera sobre el culo y la espalda de ella, gruñendo con cada chorro, y yo aceleré sin querer, perdiendo el ritmo prestado de la pantalla para encontrar el mío, más urgente, más egoísta. La tensión se concentró en un punto y se quedó ahí, vibrando, durante unos segundos eternos, con los huevos apretados contra el cuerpo y la polla hinchándose una última vez.

Cuando me corrí, lo hice con una fuerza que casi me dobló hacia adelante. El primer chorro me llegó hasta el pecho, caliente, y los siguientes me cayeron sobre el vientre y el puño mientras seguía apretando, sacándome hasta la última gota. Me quedé encogido sobre mí mismo, jadeando, con la mente en blanco y el cuerpo temblando por la descarga, la polla todavía dura y sensible en la mano, resbalando en mi propia corrida. La pantalla seguía moviéndose, ajena, repartiendo su luz azul por la habitación y por el semen que me brillaba en la piel.

***

Tardé un buen rato en recomponerme. Me limpié con la camiseta, me subí el pantalón y me quedé sentado, todavía con la espalda contra la cama, mirando el techo mientras el aire se me normalizaba. No sentía culpa. Sentía algo más raro: la certeza de haber descubierto una puerta que llevaba años cerrada sin que yo supiera siquiera que existía.

Y entonces lo vi. Las cortinas del dormitorio estaban abiertas de par en par.

El piso estaba en un primero, justo enfrente del bloque de al lado, con sus ventanas a apenas unos metros de distancia. Llevaba toda la tarde ahí sentado, a oscuras salvo por el brillo delator de la televisión, sin haberme molestado en correr ni una tela. Cualquiera que hubiera mirado en el momento justo habría visto perfectamente lo que estaba haciendo: la polla fuera, la mano subiendo y bajando, la cara descompuesta por el placer y la corrida saliéndome a chorros sobre el vientre.

Se me heló la sangre un segundo. Me levanté de un salto y me asomé con disimulo. Las ventanas de enfrente estaban casi todas a oscuras, alguna con la luz tenue de un televisor encendido. Imposible saber si había alguien detrás de los cristales. Imposible saber si unos ojos habían seguido cada uno de mis movimientos desde la penumbra.

Que mire quien quiera, pensé de pronto, y la idea, en lugar de avergonzarme, me provocó un nuevo tirón de calor en el estómago y un latido tardío en la polla ya vacía. La posibilidad de haber sido visto, de que alguien hubiera espiado mi descubrimiento más privado sin que yo lo supiera, le daba al recuerdo una capa extra de morbo que no esperaba.

Corrí las cortinas, por fin. Pero ya era tarde para deshacer lo que fuera que hubiera pasado.

***

Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama repasando las imágenes, la curva de aquellos cuerpos, la polla dura de la chica trans, la boca babeante de la actriz del segundo disco, la mirada directa a la cámara, y la sensación picante de las cortinas abiertas a mi espalda. Se me volvió a poner dura bajo el edredón y me la volví a machacar despacio, esta vez sin pantalla, solo con el recuerdo, corriéndome otra vez en la mano en la oscuridad antes de por fin caer rendido. Algo había cambiado dentro de mí, un interruptor que ya no sabría apagar.

Al día siguiente guardé los discos en el cajón de la mesilla, no en la basura como había planeado en un principio. El tercero seguía sin estrenar. Me gustaba saber que estaba ahí, esperando, como una promesa que podía cumplir cualquier tarde de domingo en que la curiosidad volviera a pesar más que la prudencia.

Durante las semanas siguientes me sorprendí mirando con otros ojos. A las mujeres de la calle, sí, pero también a posibilidades que antes ni me había planteado, a un deseo más amplio y más honesto que el que había arrastrado sin cuestionarlo durante años. Aquellos discos olvidados de un desconocido me habían enseñado algo sobre mí mismo que ningún espejo había logrado decirme.

A veces, por la noche, dejo las cortinas un poco abiertas. No del todo. Solo lo justo para que, si me la vuelvo a sacar mirando el tercer disco, alguien en algún piso de enfrente pueda mirar en la oscuridad y descubrir, igual que yo aquella tarde, una fantasía que no sabía que tenía.

Y eso, por ahora, es todo lo que estoy dispuesto a contar.

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Comentarios(6)

NachitoRd

Que historia!!! me tuvo pegado hasta el final

ClarisaR

Por favor la segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues

ManuelQ_BA

Me recordo a algo que vivi hace años y nunca le conte a nadie. Gracias por animarte a escribir esto.

RominaHC

increible!! sigue escribiendo asi

ViajeroOscuro

Lo que mas me gusto es como construiste la tension al principio, se siente que algo iba a cambiar. Muy buen relato, de los mejores que lei aca.

LuchoRiver

Es autobiografico? porque se siente demasiado real para ser inventado jaja

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