Mi primera vez fue con la travesti de un anuncio
El anuncio ocupaba media columna en la sección de contactos de un diario nacional. «Travesti explosiva, superculona y muy dotada, especialista en pasivos primerizos, penetración sin dolor». Lo leí tres veces, de pie en el quiosco de la estación, y cada lectura me dejaba la boca más seca y las manos más torpes. Algo se me clavó en el pecho y empezó a martillear hacia abajo.
Acababa de bajar del tren en Sevilla por trabajo. No conocía a nadie, no tenía planes hasta el día siguiente, y de pronto solo existía aquel número impreso en tinta barata. Lo marqué antes de pensarlo dos veces.
Una voz de mujer respondió al segundo tono. Acento sudamericano, grave, dulce y arrastrada, una voz que sonreía mientras hablaba.
—¿Sí, cariñito? —dijo, como si me esperara desde hacía rato.
Le conté, atropellándome, que había visto el anuncio, que nunca había hecho algo así. Ella no me dejó terminar.
—Tranquilo, mi amor. Si es tu primera vez, vamos despacito. Mi piso es muy discreto. No te va a doler nada, te lo prometo. Vas a salir de aquí pidiéndome más.
Colgué con el corazón a galope. Esto es una locura, pensé, mientras le pedía al taxista la dirección que ella me había dado. Date la vuelta, vete al hotel. Pero otra parte de mí, la que llevaba años despierta de noche imaginando exactamente esto, ya había ganado la discusión.
***
El taxi me dejó en una calle estrecha del centro, de balcones cerrados y persianas bajadas. Volví a llamar, tal como me había indicado.
—Tercero derecha —ronroneó—. Toca tres veces. Tengo algo lindo preparado para ti.
Subí la escalera despacio, agarrado a la barandilla, contando los escalones para no pensar. En cada rellano me prometía que aún podía volver a bajar, que nadie me obligaba a nada. Y en cada rellano seguía subiendo. Tres golpes con los nudillos. Un segundo eterno. La puerta se abrió.
Yamila apareció en el umbral como una aparición. Era alta, mucho más alta que yo, morena de piel y de pelo, con los labios carnosos y los ojos pintados de oscuro. Llevaba una minifalda ajustada, medias negras y un top que apenas contenía un pecho generoso. Me dio dos besos lentos en las mejillas y, al inclinarse, comprobé que me sacaba casi una cabeza.
—Pasa, mi vida. Ponte cómodo. —Cerró la puerta detrás de mí—. Uy, qué nervioso estás. Tranquilo, hombre, que soy especialista en estrenar muchachos como tú.
El piso olía a incienso y a perfume dulce. Había una cama grande con sábanas oscuras, una lámpara de luz tenue y poco más. Yo no sabía qué hacer con las manos, así que las dejé caer a los lados, sintiéndome ridículo y excitado a partes iguales.
Todavía estás a tiempo de irte, me dije por última vez. Pero los pies no se movieron, y ella lo notó. Se acercó un paso, sonriendo, consciente de que la duda ya estaba perdida.
—A ver, papito, ¿qué llevas ahí? —Me quitó la cartera de las manos con una naturalidad desarmante, la abrió y sonrió—. Ciento cincuenta euros y la foto de tu familia. De eso olvídate ahora. Esto me lo guardo yo.
Metió los billetes en el cajón de la mesita y se acercó. Empezó a mordisquearme el lóbulo de la oreja mientras me desabrochaba la camisa botón a botón. Su aliento caliente me bajaba por el cuello.
—Qué calentito estás —me susurró—. No te me vayas a correr todavía. Tienes mucho que aprender esta noche.
Me empujó con suavidad hasta sentarme en el borde de la cama y luego me tumbó de espaldas. Se subió a horcajadas y me recorrió el pecho con la lengua, deteniéndose en los pezones hasta hacerme arquear la espalda. Yo no sabía que algo así pudiera sentirse de esa manera.
Entonces se incorporó, de rodillas sobre el colchón, y se bajó la falda sin prisa, mirándome a los ojos todo el rato. Y ahí, liberada de la tela, apareció lo que el anuncio prometía: una verga gruesa, morena, todavía a medio despertar y ya imponente. La contemplé como quien descubre algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo. No sentí asco ni miedo. Sentí una urgencia que me secó la garganta.
—¿Te gusta lo que ves, primerizo? —Se rio bajito—. Ven, acércate. Vamos a ir poco a poco.
Yamila se desplazó hasta quedar a mi lado, apoyada en la cabecera, y me ofreció su miembro casi con ceremonia. Lo sostenía con una mano y me lo paseaba por la mejilla, por los labios, por la nariz. Se echó el prepucio hacia atrás y asomó el glande, ancho y oscuro, brillante bajo la lámpara.
—Despacio —me ordenó—. Primero con la lengua. Eso es. Buen chico.
Lo besé primero, torpe, sin saber muy bien qué se esperaba de mí. Después lo lamí de abajo arriba y noté cómo se endurecía con cada pasada. El olor era intenso, almizclado, masculino, y en lugar de echarme atrás me empujaba hacia delante. Abrí la boca y la dejé entrar. Al principio apenas me cabía la punta; poco a poco fui acostumbrándome, ganando confianza, hundiéndome más con cada movimiento.
Era extraño descubrir que algo tan temido pudiera resultar tan natural. Cada vez que ella suspiraba, una corriente de orgullo me recorría: estaba haciéndolo bien, le estaba gustando, y eso me encendía más que cualquier otra cosa. Cerré los ojos y me dejé llevar por el ritmo, por el peso, por el calor.
—Así, mi amor, así —jadeó ella, ya con la voz más quebrada—. Qué bien aprendes. Lo llevabas dentro y no lo sabías.
La sentí ponerse cada vez más dura entre mis labios, dura como una barra caliente. Me agarraba la nuca con una mano y marcaba el ritmo, sin forzar, dejándome respirar. Yo tenía el pecho empapado de saliva y la cabeza vacía de todo lo que no fuera ese momento.
***
De pronto se apartó. Tenía la respiración agitada y los ojos encendidos.
—No quiero acabar todavía —dijo—. Quiero estrenarte de verdad.
Me terminó de desnudar a tirones, los zapatos, los pantalones, todo, hasta dejarme completamente desnudo sobre las sábanas. Me miró de arriba abajo y chasqueó la lengua, divertida.
—Date la vuelta, papito. A cuatro patas. Quiero ver ese culito.
Obedecí sin rechistar, y esa obediencia inmediata, ese abandono total a lo que ella decidiera, me sorprendió a mí mismo. Estaba a cuatro patas en una cama ajena, en una ciudad ajena, con el corazón en la garganta y una mezcla de vergüenza y deseo que no había sentido nunca.
—Agacha la cabeza —me dijo con dulzura—. Tranquilo. Tú déjate llevar.
Oí abrirse el cajón. Sentí después una crema fría extendiéndose entre mis nalgas, y luego un dedo, resbaladizo y paciente, que se abría paso. No dolió. Al contrario: una sensación cálida y nueva me recorrió la columna. Yamila lo movía en círculos, dilatándome, sacándolo para añadir más crema y volver a entrar.
—Qué estrechito eres —murmuró—. Vamos a arreglar eso.
Noté entonces la punta de su glande apoyándose donde antes había estado el dedo. La paseó arriba y abajo por la raja, rozándome sin entrar, hasta que la espera se me hizo insoportable.
—Por favor —se me escapó, en un hilo de voz—. Hazlo ya.
Empujó. Un calor profundo, una punzada que me cortó el aliento. Apreté los dientes y solté un gemido ronco.
—Aguanta, mi amor, aguanta —me dijo, inclinándose sobre mi espalda—. Respira. Lo peor ya pasó.
Y tenía razón. El dolor inicial fue cediendo, transformándose poco a poco en una plenitud que no había imaginado posible. Me sentí lleno, completo de una manera nueva. Su pecho me calentaba la espalda y su respiración ansiosa me golpeaba la nuca.
Algo en mi cabeza se rindió por fin. Dejé de resistirme, dejé de medir cada sensación, dejé de preguntarme qué significaba aquello para el hombre que había sido hasta esa tarde. Solo existía el vaivén, el calor, la voz que me hablaba al oído. Apreté las sábanas con los puños y empujé hacia atrás, buscándola, pidiéndole sin palabras que no parara.
—Qué rico estás, papito —susurraba—. Qué bien me recibes.
Se incorporó de nuevo, me sujetó las caderas con las dos manos y empezó a moverse despacio. Salía casi del todo y volvía a entrar con un poco más de firmeza. Salía y entraba. Cada embestida iba apagando el miedo y encendiendo otra cosa. En uno de esos movimientos algo estalló dentro de mí, un placer hondo y desconocido que me recorrió entero. Me estaba corriendo sin que nadie me hubiera tocado, temblando contra las sábanas, sorprendido y entregado a la vez.
Yamila lo notó y soltó una carcajada grave de puro gozo.
—Ay, pero mírate. Si te has corrido tú solito, sin manos. —Me apretó más fuerte las caderas—. Eso es que naciste para esto, cariño.
Aceleró. Su respiración se volvió un jadeo entrecortado, los dedos se me clavaban en la piel, y de un empujón hondo se quedó muy quieta, vibrando dentro de mí. La sentí estremecerse, la oí gemir contra mi hombro, y un calor nuevo me inundó por dentro.
***
Se dejó caer sobre mi espalda y nos quedamos así un rato largo, los dos sin aire, pegados por el sudor. Después salió de mí despacio, con cuidado, y se tumbó a mi lado.
—¿Ves cómo no era para tanto? —dijo, acariciándome el pelo—. Lo hiciste muy bien para ser tu primera vez.
Yo estaba aturdido, mareado, sin saber muy bien si lo que sentía era arrepentimiento o una felicidad rara y temblorosa. Le pregunté si podía quedarme un momento, recuperarme, asearme.
—No, mi amor —contestó, ya levantándose y recogiendo la falda del suelo—. Tengo a otro chico esperando, tan nervioso como llegaste tú. Pero vuelve cuando quieras. Ahora ya sabes el camino.
Me vestí en silencio, con el cuerpo todavía vibrando, y bajé las escaleras agarrado a la barandilla, igual que las había subido pero siendo ya otra persona. La calle estrecha de Sevilla estaba vacía y oscura. Caminé sin rumbo un buen rato, desorientado, con el recuerdo de aquel olor pegado a la piel y la certeza incómoda de que, por mucho que tardara, algún día volvería a marcar un número como aquel.