Lo que escondía la pelirroja del bar bajo el vestido
Marcos tenía treinta y siete años y doce de casado, y desde hacía tiempo lo suyo con Carla funcionaba con una sola regla tácita: cada uno se divertía por su lado, siempre que nadie preguntara demasiado. No era infidelidad, se decían. Era oxígeno. Una manera de no aburrirse el uno del otro después de tantos años durmiendo en la misma cama.
Esa noche entró en el bar con una idea clara en la cabeza. Quería ligar con alguna desconocida, llevársela a algún lado y olvidarse del mundo durante un par de horas. Nada de teléfonos, nada de nombres, nada que durara más que el amanecer.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, empezó a estudiar el terreno. No había mucho de donde elegir. Grupitos de amigas que se reían entre ellas, parejas pegadas contra la pared, pero ninguna mujer sola. Pidió un whisky y se apoyó en la barra a escuchar la música y mirar a la gente moverse bajo las luces.
Una hora más tarde el local se había llenado, pero seguía sin haber nada para él.
Bueno, para casa, a ver si Carla está de humor.
Ya se levantaba del taburete cuando la vio entrar. Pelirroja, alta, de piernas largas. Llevaba un vestido rojo que le hacía juego con el pelo, ajustado, con un escote que prometía. Marcos miró detrás de ella esperando ver llegar a su acompañante, pero la mujer venía sola.
La siguió con la mirada mientras cruzaba el local. Estaba buenísima. Llegó hasta el otro extremo de la barra y pidió algo; el camarero le sirvió un vodka con limón. Enseguida empezaron a revolotear los moscones.
Uno tras otro se acercaban a darle conversación. Ella sonreía apenas, educada, y al rato cada uno se retiraba con el rabo entre las piernas. Marcos lo observaba todo desde su rincón, divertido. Cuando dejaron de molestarla y la vio beber sola otra vez, agarró su copa y caminó hacia ella.
—Me he fijado en lo bien que espantas a los moscones —dijo, apoyándose a su lado.
A pesar de la poca luz, distinguió sus ojos. Verdes, enmarcados por unas pestañas larguísimas. Se clavaron en los suyos.
—Parece que me queda uno por espantar —respondió ella.
Tenía la voz grave, aterciopelada. Los labios carnosos, pintados de un rojo intenso.
—¿Lo dices por mí?
—No. Por el camarero.
Marcos soltó una carcajada. Ese juego ya lo conocía.
—Vale, si te molesto, me voy.
—No he dicho que me molestaras.
Funcionó, como casi siempre.
—Menos mal. Lo último que quiero es molestar a la mujer más guapa del local.
Ella sonrió, y su sonrisa fue lo mejor de la noche. Marcos pidió dos copas más. Ella aceptó la suya.
La música obligaba a hablarse muy cerca, casi rozándose la mejilla con los labios. El perfume de ella era denso, dulce, y desde aquel ángulo Marcos podía mirar el nacimiento de sus pechos cada vez que se inclinaba. Notó que su cuerpo empezaba a responder. Aquella mujer tenía algo que lo encendía de un modo distinto, una mezcla de elegancia y descaro que no sabía nombrar.
En una de esas miradas demasiado descaradas, sus ojos se encontraron.
—Lo siento. No puedo evitarlo —dijo él.
—No me molesta.
Otra buena señal. Marcos ya se veía terminando la noche con ella. Se fue acercando más, la hizo reír con tonterías, le rozó el brazo, la cadera, y ella no se apartaba. Cuando le acercó la boca a la oreja para decirle algo, sintió que ella se estremecía.
Llegó el momento de la última jugada. La mujer estaba sentada en uno de esos taburetes altos, y él de pie, a su lado. Se acercó un paso más y apoyó el muslo contra su pierna, dejando que notara cuánto la deseaba. Ella lo miró a los ojos y no se movió.
Esa era la confirmación. Marcos se inclinó y la besó en los labios.
—Eres muy lanzado —murmuró ella.
—Cuando encuentro algo así, no pierdo el tiempo.
Le brillaban los ojos. Y entonces, de pronto, su expresión cambió. Apartó la pierna.
—Será mejor que te vayas.
—¿Qué? Si todo iba bien...
—Mejor antes de que te entusiasmes demasiado.
—Ya estoy entusiasmado —insistió él, sin entender nada.
Ella se puso seria.
—No todo es lo que parece.
—¿Qué quieres decir?
—¿De verdad no te has dado cuenta? —Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Soy trans.
Marcos se quedó congelado un segundo. La palabra tardó en abrirse paso. La miró de arriba abajo: el pelo, el escote, las piernas. Imposible. Era una mujer. No podía ser otra cosa.
—Si querías que te dejara en paz, podías haberlo dicho sin inventarte historias —soltó, picado.
—Como quieras. Déjame en paz, entonces.
—Casi fue un placer —dijo él, y se alejó sin mirar atrás.
***
Volvió a su taburete, terminó la copa de un trago y la observó de reojo. Ella se quedó un rato más en la barra y después se marchó. Marcos la siguió con la mirada hasta la puerta. ¿Cómo va a ser un hombre, con ese culo, con esas curvas? Caminaba moviendo las caderas de una forma que le secaba la boca. La deseaba, mentira o no. Dejó unos billetes y salió detrás de ella.
La alcanzó en la acera, bajo una farola.
—Espera —dijo, acercándose.
—¿Qué quieres?
—¿De verdad eres...?
—Sí.
Marcos la miró largamente. Las manos, quizá, eran algo más grandes de lo normal. Pero conocía mujeres con manos grandes. Todo lo demás gritaba lo contrario.
—Pues eres la persona más guapa que he visto en mi vida —dijo al fin.
Ella sonrió, sorprendida. Marcos dio el paso que faltaba y la besó. Esta vez ella le devolvió el beso con ganas. Se abrazaron en plena calle, su cuerpo contra el de él, y entonces lo notó: una dureza inesperada presionándole el muslo. No la apartó. Bajó la mano y la apretó por encima de la tela del vestido.
—Vaya —susurró ella contra su boca—. Tú también estás listo.
—¿Tienes coche? —preguntó Marcos, con la voz ronca.
—No. ¿Tú?
—Cerca de aquí.
—Llévame.
***
Caminaron casi corriendo hasta el coche, aparcado en una calle oscura y tranquila. Entraron. Ella se acomodó en el asiento del acompañante, se giró hacia él y, sin decir palabra, le bajó la cremallera del pantalón. Le buscó con la mano, lo liberó y empezó a acariciarlo despacio.
—Me encanta —murmuró.
En cuanto se agachó y se lo metió en la boca, Marcos supo que aquello iba a ser distinto. La lengua de ella subía y bajaba, lo envolvía, conocía exactamente dónde apretar y dónde aflojar. Apoyó la cabeza en el reposacabezas y se dejó llevar. Llevó una mano hasta el pelo rojo de ella, no para empujar, solo para acariciarlo. No hacía ninguna falta empujar.
Siempre había oído que nadie sabe lo que necesita un hombre como otro hombre. Pero él no estaba pensando en eso. Estaba pensando en aquella boca caliente, en aquellos ojos verdes que lo miraban desde abajo, en lo cerca que estaba ya de perder el control.
—Para... o vas a hacer que me corra —jadeó.
Ella no paró. Al contrario, intensificó el ritmo. Marcos se aferró al asiento y se rindió. El orgasmo lo sacudió de golpe, más fuerte de lo que recordaba en mucho tiempo. Ella lo recibió sin apartarse, tragando, ordeñándolo hasta la última gota, y solo entonces lo soltó y se incorporó con una sonrisa.
—Me gustas —dijo, relamiéndose.
—Ha sido la mejor de mi vida —admitió él, todavía sin aliento.
—Lo sé.
Marcos la atrajo y la besó, sin importarle el sabor de sí mismo en aquellos labios. Le acarició los pechos por encima del vestido, firmes, perfectos, y fue bajando la mano por el muslo, por la suavidad de su piel, hasta que sus dedos toparon con algo duro. Ahí estaba. La realidad que su cabeza se negaba a aceptar.
—Te lo dije —murmuró ella, observándolo.
—Joder. No me lo creía. Pareces... —no terminó la frase.
Ella retiró su mano y se puso seria.
—Para mí sí fue un placer conocerte. Adiós.
Abrió la puerta. Marcos la sujetó del brazo.
—Espera.
La miró otra vez. Aquellos ojos. Aquellos labios. Su cuerpo entero, que olía, se movía y besaba como el de una mujer, y que acababa de darle más placer que nadie en años. Su deseo no se había apagado; al contrario, ardía más.
—No te vayas. Cierra la puerta.
Ella obedeció, mirando al frente. Marcos le giró la cara con suavidad y la besó. Al principio ella se resistió, luego se entregó. Pronto volvían a estar pegados, las manos de él recorriéndola.
—No me importa lo que seas. Te deseo. Quiero...
—¿Tenerme? —completó ella.
—Sí.
—Entonces vamos a mi casa.
***
Condujo siguiendo sus indicaciones. Ella no le quitó la mano de encima en todo el trayecto, acariciándolo de nuevo hasta que tuvo que apartarla para no estrellarse. Cuando aparcaron, en el ascensor ya volvían a besarse, él agarrándole el culo, ella su erección por encima de la tela.
—Me has puesto a mil —susurró ella.
—Y tú a mí.
El piso era pequeño y cálido. Lo llevó directo al dormitorio, donde había una cama grande. Entre besos lo fue desnudando, y luego se dio la vuelta, ofreciéndole la espalda.
—¿Me ayudas?
Marcos le bajó la cremallera. El vestido cayó al suelo. No llevaba sostén, solo unas braguitas negras. Admiró la curva de su espalda, sus hombros, su cintura. Le pasó las manos por delante y le acarició los pechos, sorprendentemente firmes, de pezones pequeños y duros. Se pegó a ella, restregándose contra la tela de las bragas, y le besó el cuello mientras ella echaba la cabeza hacia atrás.
—Quítamelas —pidió ella.
Él se agachó y se las bajó despacio. Le besó la espalda baja, las nalgas, y la sintió temblar. Cuando ella se dio la vuelta, su sexo, ya duro, le rozó el vientre. Marcos bajó la vista. Por primera vez se atrevió a mirar de verdad.
—Joder —dijo, casi sin querer.
—¿Qué pasa?
—La tienes más grande que yo.
Ella se rió, una risa franca, encantadora. Marcos la miró y, llevado por una curiosidad que no se reconocía, alargó la mano y la acarició. Estaba caliente, palpitante. Nunca había tocado a otro de aquella manera, y sin embargo no sintió rechazo, solo una mezcla de asombro y excitación. Empezó a moverla despacio, como hacían con la suya, mientras se besaban con la respiración cada vez más agitada.
—Te deseo —dijo él contra su boca.
—¿Cómo me deseas? —preguntó ella, mordiéndole el labio.
—De todas las maneras.
Ella se giró de nuevo y se inclinó sobre la cama, ofreciéndose. Se humedeció los dedos y se preparó ella misma mientras Marcos observaba, hipnotizado. Después lo miró por encima del hombro.
—Ven.
Marcos se acercó. Apoyó la punta y empujó con cuidado. Ella lo recibió con un gemido largo, y él fue entrando despacio hasta hundirse del todo. Era una sensación intensa, estrecha, distinta a todo lo conocido.
—Más fuerte —pidió ella—. No te contengas.
Empezó a moverse, primero lento, luego con ganas. Miraba su espalda, la melena roja desparramada sobre las sábanas, el modo en que ella arqueaba el cuerpo a cada embestida. Cuando sintió que volvía a acercarse al límite, paró y salió.
—¿Por qué paras? —protestó ella.
—Date la vuelta. Quiero mirarte.
Ella se tumbó boca arriba. Marcos le colocó un cojín bajo las caderas y volvió a entrar, esta vez mirándola a la cara. El gesto de placer de ella, los ojos entornados, los labios entreabiertos, le pareció lo más excitante de toda la noche. Mientras la embestía, le tomó el sexo en la mano y empezó a acariciarlo al mismo ritmo.
—Así... justo así —jadeaba ella—. No pares...
Marcos aceleró. Sintió cómo ella se ponía cada vez más tensa, hasta que se estremeció entera y se derramó entre sus dedos, sobre su propio vientre, con un gemido ahogado. La visión lo arrastró a él también; un instante después se vaciaba en su interior, agarrándole las caderas con fuerza.
Se dejaron caer uno al lado del otro, jadeando, sonriendo como dos cómplices.
—Qué bien lo haces —murmuró ella.
Marcos la atrajo y la abrazó, sin pensar en lo que diría su cabeza por la mañana.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Roxana. ¿Y tú?
—Marcos. Ha sido un placer, Roxana.
Estuvieron un rato hablando en la penumbra. Él le contó, sin entrar en detalles, que estaba casado y que lo suyo era una libertad pactada. Ella le contó que desde que tenía memoria se había sentido mujer, que lo era, y que de momento no quería operarse por miedo a perder sensibilidad.
—Me gusta disfrutar —dijo, encogiéndose de hombros—. No quiero renunciar a eso.
Marcos la miró. Algo en él, que nunca había imaginado que existiera, quería volver a verla.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó ella, como si le leyera el pensamiento.
—Si tú quieres.
—Quiero.
—Yo también.
Intercambiaron los teléfonos. Ella lo acompañó hasta la puerta y se despidieron con un beso largo. De regreso a casa, conduciendo por las calles vacías, Marcos repasó la noche entera. Jamás se habría imaginado haciendo lo que había hecho, y sin embargo no sentía ni una pizca de arrepentimiento. Roxana era una mujer extraordinaria.
Una mujer especial, distinta a todas. Y eso, decidió mientras sonreía al volante, era exactamente lo que la hacía inolvidable.