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Relatos Ardientes

La transexual del bar me enseñó a no juzgar

—¿Cómo sabes que es una mujer? —me preguntó Rubén, sin apartar la vista de la barra.

—Bueno, lo parece, ¿no? Tiene tetas, buen culo, muslos de escándalo y una cara preciosa. No le falta de nada, y todo lo tiene muy bien puesto.

—No te has fijado en los detalles. Quizá hasta le sobre algo. La voz un poco demasiado ronca. Las caderas, con ese culito tan duro, más estrechas de lo normal. Los hombros anchos sosteniendo unas tetas tan perfectas que solo pudieron salir de un quirófano. ¿Y la nuez del cuello no la has visto?

—No. Solo me había fijado en su melena, en sus labios rojos, en la piel. ¿De qué la conoces?

—Es mi prima.

—¿En serio? ¿Y cómo la tenías tan escondida?

—Lo ha pasado mal unos años. Hasta conseguir todo lo que ves ahí. No quiero que vuelva a sufrir.

—Eres todo un caballero. Me encantaría que me la presentaras.

Rubén me miró de reojo, midiendo si hablaba en serio.

—¿De verdad no te importa que...?

—¿Que tenga polla? No, para nada. Quiero conocerla. Y si la cosa avanza, ya pensaré entonces si eso supone un problema.

—Pero no quiero que le hagas daño. Como termine lastimada, te corto la tuya.

Y todavía hoy no sé si lo decía del todo en broma.

—Nunca le haría daño a una criatura así —le prometí—. Ya me conoces. Y veo que tú eres un buen primo.

—Por eso te voy a dar una oportunidad. ¡Aurora! ¿Vienes? Mira, este es Adrián, un amigo de toda la vida.

Cuando ella se acercó, el resto del bar dejó de existir. Me tendió la mano y sonrió de medio lado.

—¿Y cómo lo tenías a este tan escondido? Un chico tan guapo.

—Eso mismo me ha preguntado él cuando le he hablado de ti —respondió Rubén.

—¡Y tú, cotilla, le habrás contado todo, como siempre!

—No quería malentendidos. Pero parece que sigue interesado.

Sus ojos azules me escrutaban como si pudieran sacarme todos los secretos con solo mirarme. Menos mal que en aquel local había luz suficiente para devolverle la mirada sin perder detalle.

—No creo que haya ningún malentendido —dije al fin—. Ya somos mayorcitos para eso, ¿verdad?

Ella se dirigió a mí por primera vez y yo apenas conseguí articular algo coherente, todavía embobado por su belleza. Rubén, satisfecho con su obra, se separó un par de pasos para darnos aire.

—¿Aurora? No es un nombre muy común. Pero es bonito.

—¿A que no? Como pude elegirlo yo misma, quería algo bien personal.

—Pues acertaste. Aunque más que un hada, pareces un súcubo. A mí ya me has hechizado.

Su risa cristalina me gustó todavía más que el resto.

—Te burlas de mí.

—Para nada. Besaría el suelo que pisas si no estuviera lleno de bebida derramada y cristales rotos.

Volvió a reír, y yo me hundí un poco más. Dicen que cuando haces reír a una chica la tienes medio ganada, así que seguí soltando tonterías mientras le invitaba a un par de copas. Acabamos solos, en un rincón, hablando ya más en serio.

Me contó algo de su vida, de los años duros, de su «dura» circunstancia. El chiste era malo, pero la hizo reír igual, y nuestras cabezas se fueron acercando sobre los vasos de tubo hasta que el beso se volvió inevitable.

Empezamos suave, solo tanteando con los labios. No tardé en notar que me gustaba cada vez más y que a ella yo no le disgustaba. Creo que fue su lengua la primera en entrar, pero a esas alturas llevaba tal calentura que no podría jurarlo.

—Besas bien —murmuró.

—Y tú, de maravilla.

Minutos después nos comíamos la boca como si el mundo fuera a acabarse. En un descuido le rocé un pecho. No era grande, pero parecía esculpido en mármol, con el pezón duro bajo la blusa. Lo froté con el pulgar mientras ella ahogaba un gemido contra mi boca.

—Sigue, cariño.

No podía pasarme; estábamos en público. Bajé la otra mano hasta sus nalgas. Si las tetas eran mármol, aquel culo estaba forjado en acero. No hizo nada por apartarme.

—¡Qué atrevido!

—¿Te molesta?

—Me encanta. ¿Y a ti?

—Eres lo más bonito que he tenido entre los brazos.

Todavía quedaba una parte de ella que me daba respeto y morbo a partes iguales. Nunca había tocado nada parecido. Pero tenía clarísimo que delante de mí había una mujer completa, fuera lo que fuese lo que escondiera aquel vaquero tan ajustado.

—Voy un momento al baño. Espérame.

—Te esperaría una eternidad.

Si empezaba a estar tan caliente como yo, supuse que necesitaba acomodar cierta parte. Al volver, no pude evitar fijarme en cómo se le marcaba un poco más el pubis.

—Ya estoy más tranquila. Gracias por esperar.

Mientras tanto, Rubén había encontrado consuelo con una amiga de Aurora, una tal Carla que lo miraba con ojos tiernos. Deduje que era de la misma condición, y que a él tampoco le importaba.

—Tu primo ya ha ligado.

—Déjalo. Seguro que Carla le hace pasar buena noche.

—¿Es como tú?

—Claro.

Creo que me agradecía en silencio que me quedara después de haberme dado cuenta del bulto que empezaba a notarse. Pero a mí el morbo me podía. Quería explorar aquella posibilidad. Volví a besarla, largo, lascivo, con una mano en una teta y la otra en sus nalgas.

—Me gustas. Mucho. ¿Seguro que no te importa...?

—De lo único que estoy seguro es de que quiero conocerte mejor. Ese detalle ahora mismo no me importa nada.

—¡Oye! ¡Que no es tan pequeño!

Esta vez me hizo reír a mí.

—¿No decís las chicas que el tamaño no importa?

—En algunos casos sí. Sobre todo, según dónde pretendas meterla.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde quieres metérmela tú?

—Solo si consigo ponerte muy cachondo. Y estoy segura de que tú también quieres meterme la tuya.

—Ponerme caliente no te costaría nada. Llevo loco por ese culo desde que te vi cruzar el bar.

—Tú también me estás poniendo a mil. ¿Por qué perdemos el tiempo aquí?

—Porque no sé dónde llevarte.

—Conozco un hotelito muy discreto aquí cerca. ¿Nos vamos?

***

Por la calle no podía apartar las manos de su cuerpo ni los labios de los suyos. En cada esquina parábamos a besarnos. Ella no solo me respondía: pegaba su cuerpo caliente al mío y me acariciaba la polla, ya dura, por encima del pantalón. Me daba igual que nos viera medio barrio.

La recepción fue un trámite. Me pareció que Aurora y la chica del mostrador ya se conocían; no debía de ser la primera vez que aparecía por allí con alguien. Con la tarjeta en una mano y la mía en la otra, me arrastró al ascensor, donde volvimos a devorarnos. Menos mal que subíamos solos.

Nada más cerrar la puerta de la habitación, le agarré el culo de piedra para pegarla a mí. Ella giró la cabeza, esquivó mi boca y deslizó la lengua por mi cuello hasta la oreja.

—A ver si cumples todo lo que me has prometido.

—Lo estoy deseando.

Sus manos empezaron a levantarme la camiseta. Aurora estaba tomando un papel mucho más activo y yo no pensaba quejarme. Me sujetó las muñecas con la propia camiseta mientras me recorría el torso con la lengua, lamiéndome la barbilla, las axilas, chupándome los pezones con fuerza. Era la primera vez que me hacían algo así. Casi me corro solo con eso.

Cuando al fin me soltó, le solté yo los botones de la blusa. Apareció un sujetador de encaje que seguía ocultándome sus pechos. Le bajé la prenda por los brazos y la lancé al sofá que había junto a la cama.

Tuve que detenerme un segundo a contemplarla. Le bajé después los vaqueros, y por fin, apenas tapado por un tanga de encaje a juego, vi aquello que tanto respeto me daba.

—¡Pues sí que es grande!

Nos echamos a reír los dos. Pero la verdad es que tenía un buen tamaño. Ya estaba dura, vertical, casi rozándole el ombligo, y el tanga apenas contenía los testículos.

Fue ahí cuando mandé a la mierda todos mis prejuicios. De rodillas a sus pies, terminé de quitarle los pantalones, acerqué la cara a su pubis y besé la punta. Suave, apenas posando los labios sobre la piel del tronco, mirándola a los ojos.

Ella tiró de mis brazos para levantarme y se apartó para verme entero.

—Eres preciosa —dije—. Es preciosa.

—Y a ti parece que no te asusta.

—Para nada. Es un adorno más en un cuerpo precioso.

—Pues ahora quiero ver más del tuyo. Fuera pantalones.

Casi me parto la crisma con las prisas por quitarme lo que quedaba de ropa. Perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre la cama. Ridículo, sí, pero como llevaba toda la noche haciendo el payaso, encajaba.

—¡Ya te tengo! —dijo, poniéndose sobre mí.

—Me tienes desde que te vi en el bar.

Se subió a horcajadas sobre mis riñones y empezó a besarme la nuca, el cuello, los hombros. Por un segundo temí por mi virginidad, aunque a esas alturas me importaba cada vez menos.

—Te perdono por ahora.

—¿He pedido perdón?

—Salió el pervertido.

—¡Mira quién habla! La que quiere follarme el culo.

Notaba su polla dura contra la espalda, justo por encima de mis nalgas, y me encantaba. Me giré, conseguí dejarla debajo y volví a clavar la lengua en su boca. Sus tetas contra mi pecho, los dos rabos rozándose más abajo. Jadeábamos, jugábamos, ganando confianza con cada beso.

De pronto me rodeó los muslos con las piernas y mi polla bajó lo suficiente para deslizarse por su perineo. Movía el culo despacio, provocándome.

—¿Quieres follarme?

—¿En qué crees que llevo pensando toda la noche?

—¡Qué decepción! Yo creía que en mi belleza y mi personalidad.

—Además de tu arrolladora personalidad y tu innegable belleza.

—Bien capeado el temporal. Ahora ¡métemela!

No sé de dónde sacó el lubricante; supongo que una chica como ella va siempre preparada. Cuando quise darme cuenta, tenía media polla dentro de ella. Creo que jadeaba tanto como yo.

Empezó a mover la cadera despacio. Era ella quien hacía casi todo el trabajo; yo apenas le sujetaba la cintura fina y las nalgas duras mientras los dos sentíamos cómo me hundía más en su interior. Podíamos mirarnos a los ojos y ver la cara de pura lascivia del otro.

Le levanté los muslos con las manos para buscar una postura más cómoda. Ella misma se sujetaba las rodillas, rozándose los pechos.

—Lléname, cielo.

—¿Tienes prisa? Aún me falta.

—Pues déjame montarte.

No me las doy de gimnasta, pero casi sin sacarla conseguí tumbarme de espaldas. Ella quedó encima, con la polla apuntándome a la cara, moviéndose ahora más suave, más sensual. Levantaba los brazos para jugar con su melena, se apoyaba en mi torso y me pellizcaba los pezones. Yo le acariciaba el rabo despacio para mantenerlo duro. Todo era un festival de suspiros.

—Tengo que agradecerle a mi primo que nos presentara. Eres un amante encantador, y no te importan mis rarezas.

—Aún no hemos acabado, preciosa. Y me encantan tus peculiaridades.

Nada dura para siempre. Acabé corriéndome en su interior, pero no pensaba rendirme tan pronto. Volví a tumbarla de espaldas, le levanté las rodillas y me esmeré con la lengua, de recoger lo que rezumaba a buscarle el orgasmo.

—Nene, como sigas así, me corro.

—¿Hay algo que te lo impida?

—Que no sabía que además fueras tan guarro.

Entre jadeos se corrió por fin. El primer chorro se me escapó porque tenía un huevo entre los labios, pero el resto fue directo a mi lengua. Y de ahí a la suya, en un nuevo cruce de bocas.

—Eres un dulce de leche. No me voy a cansar de saborearte nunca.

—Me encanta eso de ti. Pero mejor vamos un momento al baño.

***

Fue ella quien se encargó de asearnos a los dos, sin dejar de acariciarme los testículos. Yo le besé y le lamí los pies cuidados; me devolvió el favor.

—¿Buscas un segundo asalto?

—No me importaría. Pero esta vez quiero follarte yo. Aunque antes necesito una siesta.

—Pues ven aquí, entre mis brazos.

Nos dormimos haciendo la cucharita, su culo increíble apoyado en mi polla, su melena en mi cara. Le rodeaba el torso con un brazo y le acariciaba los pezones según me iba venciendo el sueño. Hasta los suaves silbidos que soltaba dormida me gustaban.

No me dejó descansar mucho. Un rato después noté su lengua húmeda en mis huevos, subiendo por el tronco de una polla que ya volvía a estar dura. Si algo así no te despierta, es que estás muerto.

—¿Conseguirás no correrte antes de que te folle?

—Como sigas con esa mamada, no respondo. Aunque suelo aguantar.

—Pues date la vuelta.

—¡A sus órdenes!

Con la cara en la almohada, dejé que me hiciera lo que quisiera, y desde luego sabía lo que hacía. Empezó por la nuca, el cuello, los hombros. No fue directa a por mis nalgas: las acariciaba con su rabo, frotándose entre ellas, empeñada en calentarme todavía más.

Siguió besándome la espalda sin prisa, haciéndome desear más. Notaba sus pezones rozándome como si se acariciara a sí misma con mi piel. Era pura dulzura. Pero yo esperaba a que sacara el lado salvaje.

Cuando llegó al culo, supe que ninguna chica me había dado tanto morbo, ni probablemente encontraría otra igual. Sentí su lengua humedeciéndome, sus labios con besos suaves, y por fin sus manos abriéndome para llegar al ano, donde clavó la lengua sin piedad.

Yo bufaba y jadeaba disfrutando de sus atenciones. El placer subía y bajaba por mi columna como por una autopista, del ano a la nuca y vuelta. Algún beso negro me habían dado antes, pero ninguno tan largo ni tan profundo.

Volvió a aparecer, por arte de magia, el tubo de lubricante. Si había empezado follándome con la lengua, siguió con los dedos, preparándome para su aparato «no tan pequeño».

—¿Soy la primera?

—Sí. Es la primera polla que va a entrar por ahí. Aunque yo solito ya he jugado con ese agujero.

—Es todo un honor.

—Pues deja la cháchara y fóllame.

Tiró de mi cadera para ponerme a cuatro patas, a lo que estaba más que dispuesto: la polla me dolía de dura, apretada entre mi cuerpo y el colchón. Entonces noté el glande en la entrada.

Tenía tantas ganas de estrenarme que empujé hacia atrás mientras ella avanzaba. Lo noté, joder si lo noté, hasta morderme el labio para no gemir. Pero también me estaba encantando. Hundí la cara en la almohada y, como suele decirse, me relajé y disfruté.

—¿Te falta mucho, nena?

—Casi nada. Me has puesto a mil con lo morboso que eres.

—Pues acelera, si quieres mi leche en la boca o se va a quedar toda en el colchón.

Sus empujones se volvieron más fuertes y profundos. Se inclinó hasta que volví a sentir sus pezones en mi espalda y sus dientes en mi hombro, donde me dejó marca. No sé si llegué a notar su corrida dentro, porque para entonces yo estaba al borde del orgasmo.

Me dio el tiempo justo de girarme y dejar que me agarrara los huevos mientras se metía mi glande en la boca. Me ordeñó hasta la última gota. Y, como había hecho yo antes, se incorporó para dejarla caer en mi boca abierta y batirla entre nuestras lenguas.

No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos. Le agarré bien las nalgas para que no se escapara, cosa que tampoco pensaba hacer.

Después de otro remojón volvimos a la cama a por el descanso bien merecido. Por supuesto, dimos buena cuenta del desayuno del hotel. Desde entonces hemos tenido encuentros tan morbosos como aquel, o más, desde el día en que su primo me presentó a la chica más dulce, cariñosa y guarra que he conocido en mi vida.

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Comentarios (5)

ElTorcido_99

increible relato, me dejo pensando un buen rato!!!

LectoraNocturna

Me gusto que se enfocara en el lado humano, no solo en lo erotico. Muy bien escrito, de verdad.

Valentina_sf

Por favor una segunda parte, no puede terminar asi! Quede con ganas de saber mas

Manu_Cordob

Buenisimo, me hizo replantear varios prejuicios que tenia yo tambien jaja. Gracias por compartirlo

Beto_Rosario

jajaja ese primo metido para todo, tipico

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