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Relatos Ardientes

Nuestro primer trío en Río tenía una sorpresa

El viaje a Río de Janeiro llevaba dos años cocinándose entre turnos de fin de semana, exámenes de la universidad y la misma promesa repetida: esa semana iba a ser inolvidable. Diez amigos del primer año de carrera bajaron del avión con mochilas pesadas y una energía que se les notaba en cada paso.

Adrián era el que más ruido hacía. Alto y delgado, de hombros anchos sin músculos de gimnasio, con el abdomen marcado de jugar al fútbol en el parque y un andar despreocupado que le daba aire de gallito. Pelo castaño siempre revuelto, ojos marrones que se le arrugaban al reír y una barba irregular que intentaba dejarse crecer para parecer mayor, aunque le quedaba más bien ridícula. Tenía una sonrisa torcida que hacía reír al resto del grupo incluso con sus chistes más malos.

Nerea era su sombra desde el instituto. Morena, de ojos verdes que clavaban, corredora de fondo, con la cintura estrecha y unas piernas firmes que se rozaban al caminar. Llevaba el pelo negro y liso hasta los hombros, y se mordía los labios cuando se ponía nerviosa. No eran pareja —«somos amigos con derecho a roce», repetían para que no sonara raro—, pero en los últimos meses los besos se habían vuelto más largos y las manos más atrevidas. En el avión, él le había susurrado al oído que ese viaje sería la prueba de fuego. Ella había sonreído. Vamos a probar cosas, pensó, sin decirlo en voz alta.

El hotel quedaba a dos calles de la playa, un tres estrellas modesto pero con piscina y balcones al mar. El primer día fue arena, fotos y caipiriñas que bajaban como agua. Por la noche se metieron en el barrio de los bares: samba retumbando, sudor, ron y cachaza. El grupo se dispersó enseguida, cada uno por su lado, y Adrián y Nerea acabaron en un local tranquilo de sofás de cuero pegajoso, música baja y luces rojas que lo volvían todo más cálido.

Estaban arrinconados en un extremo, la mano de él subiendo despacio por el muslo de ella bajo la falda. Nerea notaba la dureza de Adrián contra su pierna y cada vez que se movía un poco él soltaba un suspiro contenido. El sudor le pegaba la camiseta al cuerpo.

—Este sitio me tiene encendido —murmuró él con la voz ronca por el ron.

Ella rio bajito y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Tú estás encendido desde que bajamos del avión —contestó—. ¿Quieres que volvamos al hotel?

—Quiero que esta noche sí —dijo, mientras la mano se colaba más arriba—. Pero si no, déjame al menos tocarte un rato.

Nerea separó un poco las piernas bajo la mesa y dejó escapar un sonido apenas audible.

—Despacio. No quiero que nos pillen como dos novatos.

Fue entonces cuando apareció ella.

Se acercó contoneándose, como si la pista le perteneciera aunque no estuviera bailando. Piel morena, pelo negro y ondulado cayéndole por la espalda, ojos almendrados que brillaban con algo entre la curiosidad y el hambre. Curvas imposibles bajo un top de red oscuro, una minifalda de cuero que apenas cubría el inicio de los muslos, labios rojos y una sonrisa blanca y segura de sí misma.

—Oi, lindos… ¿puedo sentarme? Sois demasiado guapos para estar tan solos —dijo con un acento carioca suave, la voz ronca de noche larga.

Adrián y Nerea se miraron un segundo, el corazón acelerado. Ella tragó saliva.

—Claro… siéntate.

La mujer se coló entre los dos, el muslo moreno contra el de Nerea, un aroma a coco y perfume caro invadiendo el aire. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Sois de España, ¿verdad? Se nota en la piel blanca que mañana se va a quemar… y en cómo os miráis, como si quisierais comeros aquí mismo.

Adrián se rascó la nuca, nervioso pero sonriente.

—Pues sí, de Madrid. Yo soy Adrián, ella Nerea. Y tú pareces salida de una revista. ¿Cómo te llamas?

—Larissa —respondió, y dejó que el nombre flotara un momento—. Me gusta que me miren. ¿Qué sois vosotros dos? ¿Pareja, o amigos con algo más?

Nerea rio, el ron soltándole la lengua.

—Amigos con derecho a todo. Primer viaje sin padres, sin reglas. Todo nos apetece.

Larissa sonrió y dejó caer la mano, como por casualidad, sobre el muslo de Adrián.

—Me gusta eso. ¿Os apetece compañía esta noche? Mi piso está a diez minutos. Solo por diversión, los tres. Es vuestra primera vez con alguien más, ¿verdad? Se os nota en cómo os ponéis colorados.

Adrián carraspeó.

—Un trío… Lo hemos hablado mil veces, medio en broma. Pero ¿en serio? ¿Tú con nosotros?

Nerea apretó la rodilla de Larissa, excitada y un poco mareada por la situación.

—Yo me apunto… si tú estás segura. No queremos líos.

—Segura —dijo Larissa, y besó la mejilla de cada uno—. Vamos. En el camino me contáis qué os gusta. Quiero saber si sois suaves o de los que rompen.

***

El ático tenía vistas al mar negro bajo la luna, luces tenues y una cama enorme con sábanas oscuras. Se desnudaron despacio, entre risas nerviosas y besos torpes que se volvían más seguros con cada prenda que caía al suelo.

Nerea se quitó la camiseta, la piel erizada por el aire fresco que entraba del balcón abierto.

—Estoy temblando —susurró—. ¿Esto está pasando de verdad?

Adrián dejó caer los vaqueros.

—Mírame. Por las dos —dijo, y la voz se le quebró cuando Larissa empezó a soltarse el top.

Larissa se acercó primero a Nerea, le tomó la cara entre las manos y la besó con calma, enseñándole el ritmo. Luego guio la boca de la chica hacia su pecho.

—Despacio, linda. No hay prisa —murmuró—. Y tú, Adrián, ven aquí.

Los tres cayeron sobre la cama en un enredo de manos y bocas. Larissa marcaba el compás: una caricia para él, un beso para ella, un susurro al oído que les decía exactamente qué hacer. Adrián descubrió que le gustaba obedecer, dejarse llevar por alguien que sabía lo que quería. Nerea descubrió que le excitaba mirar, ver cómo otra mujer encendía a su amigo de toda la vida con una facilidad que la dejaba sin aliento.

—Me pone verte así —le dijo Nerea a él, los dedos perdidos entre sus propias piernas—. No sabía que me iba a poner tanto.

Adrián tiró de ella hacia su boca y la besó con hambre mientras Larissa se colocaba detrás de él, repartiendo besos por su espalda.

—Túmbate —le ordenó la carioca, y él obedeció.

Se arrodillaron las dos a cada lado de su cuerpo. Nerea le mordió el interior del muslo, insegura al principio, más decidida cuando lo oyó gemir. Larissa la miraba con una sonrisa cómplice y le guiaba la mano, la boca, el ritmo, como si le estuviera enseñando un idioma nuevo. Adrián hundía los dedos en las sábanas, con la respiración entrecortada.

—No aguanto mucho así —jadeó.

—Entonces espera —dijo Larissa, y se incorporó—. Todavía falta lo mejor.

***

Fue al girarse, recortada contra la luz del balcón, cuando Nerea lo vio. Tardó un segundo en entender lo que tenía delante. Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

El silencio cayó como una losa. Adrián se incorporó sobre los codos.

—Espera… —dijo él, mirando y volviendo a mirar—. Larissa… ¿qué…?

Ella no se cubrió. Se quedó de pie, tranquila, con una mano apoyada en la cadera, observándolos sin un gramo de vergüenza.

—Soy trans —dijo con suavidad—. Curvas, pecho, todo lo que habéis tocado toda la noche. Y también esto. ¿Es un problema?

Nerea miró a Adrián, el corazón a punto de salírsele del pecho, el cuerpo aún encendido a pesar del desconcierto.

—No sé… —murmuró—. Es… no me lo esperaba. ¿Tú qué piensas?

Adrián se pasó la mano por el pelo, confundido.

—Joder, no me lo esperaba para nada. Pero… —se detuvo, sincero consigo mismo por una vez— pero sigo igual de encendido que hace un minuto. Eres la misma que nos ha vuelto locos toda la noche.

Larissa sonrió, sin acercarse, dejándoles espacio.

—No os obligo a nada —dijo—. Si queréis, me visto y os acerco al hotel, y aquí no ha pasado nada. Pero si os apetece seguir, vamos despacio. Vosotros decidís.

Nerea se mordió el labio. Miró a su amigo, luego a la carioca, y se sorprendió de su propia respuesta.

—Yo quiero seguir —dijo en voz baja—. Pero enséñanos. Nunca… nunca habíamos hecho nada parecido.

Adrián asintió despacio, soltando el aire que había estado conteniendo.

—Yo también. Despacio.

Larissa volvió a la cama y los tomó de la mano a los dos.

—Tranquilos, lindos. Aquí no hay etiquetas que valgan. Solo lo que sentís.

Volvieron a empezar, esta vez sin la prisa nerviosa del principio. Larissa los llevó paso a paso, atenta a cada duda, parando cuando notaba una tensión, animándolos cuando los veía dejarse ir. Nerea descubrió que el morbo no estaba en lo que esperaba encontrar, sino en lo que no, en haber cruzado una frontera que ni siquiera sabía que tenía. Adrián dejó de hacerse preguntas sobre lo que aquello significaba y se concentró en lo que sentía, que era mucho.

—¿Veis? —murmuró Larissa entre ellos, con una sonrisa—. No daba tanto miedo.

Cuando por fin se derrumbaron, los tres jadeando sobre las sábanas revueltas, el cielo empezaba a aclararse por encima del mar. Larissa besó la mejilla de Nerea y luego la de Adrián.

—¿Mejor de lo que pensabais? —preguntó.

Adrián, todavía recuperando el aliento, soltó una risa floja.

—Mucho mejor —admitió.

Nerea no dijo nada. Se quedó mirando el techo, con una sonrisa boba, pensando en todas las cosas que creía saber sobre sí misma y que esa noche, en un ático prestado de Río, habían dejado de ser ciertas. Quedaban seis días de viaje. Algo le decía que ninguno sería como había imaginado.

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Comentarios (5)

NicoMdq_lee

increible!!! sigan subiendo cosas asi

Paty_RJ

Ay el final no me lo esperaba para nada!! por favor que haya segunda parte

RomanceOsado

Me recordo a una noche que tuve hace unos años en un viaje... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja. Muy bueno el relato.

Rober_74

se hizo corto, queria mas

Valentina_lec

Que bien escrito, se lee de corrido y te engancha desde la primera linea. Buen trabajo!

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