Me vestí de mujer para él por primera vez
Me llamo Carolina, aunque ese no es el nombre que figura en mi documento. Es el que elegí para mí, el que me digo en voz baja cuando me miro al espejo y por fin me reconozco. Tengo veintiocho años, soy delgada y bajita, y desde muy joven supe que algo en mí no encajaba con lo que los demás esperaban. Me gustaban los chicos, sí, pero había algo más: quería sentirme deseada como una mujer, vestirme como una, moverme como una, abrir las piernas como una y que me follaran como a una.
El problema es que vivo con mi familia y la intimidad es un lujo que casi nunca tengo. Así que mis primeros experimentos fueron robados, a escondidas, en los huecos que dejaban las tardes en que todos salían.
La primera vez fue casi por accidente. Mis padres se habían ido a comer a casa de unos tíos y mi hermana mayor estaba de viaje con su novio. Tenía la casa entera para mí durante horas. Recuerdo que entré en su habitación con el corazón golpeándome el pecho, como si fuera a robar algo prohibido. Abrí su armario y me quedé un buen rato mirando, sin atreverme a tocar nada.
Al final me decidí. Saqué una falda ajustada de color negro, un top que dejaba los hombros al aire, unas bragas rojas de encaje y un par de medias. Me costó horrores ponerme las medias sin romperlas; las uñas se me enganchaban y temblaba demasiado. Intenté caminar con unos tacones que encontré, pero me tambaleaba como un potro recién nacido y casi me parto la cara contra la cómoda.
No sé hacer nada de esto, pensé. Pero quiero aprenderlo todo.
Cuando por fin me planté delante del espejo de cuerpo entero, se me cortó la respiración. No era perfecto, ni mucho menos. No sabía maquillarme y el pelo lo tenía corto. Pero algo en la silueta, en la forma en que la falda se ceñía a mis caderas, me hizo sentir algo que no había sentido nunca. Me veía bien. Me veía deseable. Me veía, por primera vez, como yo.
***
A partir de ese día, cada vez que la casa quedaba vacía repetía el ritual. Me vestía, me miraba, practicaba a caminar con los tacones agarrándome a las paredes. Empecé a soñar despierta con que un hombre me viera así, que me tocara, que me abriera de piernas y me metiera la polla hasta el fondo llamándome por mi nombre de mujer. La fantasía se volvió tan intensa que ya no me bastaba con el espejo. Terminaba tumbada en mi cama con las bragas rojas puestas, la polla dura latiéndome debajo del encaje, y me masturbaba mordiendo la almohada mientras me metía dos dedos ensalivados en el culo imaginando que era un hombre el que me follaba.
Antes había estado con dos chicos, hacía bastante tiempo, pero nunca vestida, nunca sintiéndome ella. Esas experiencias habían sido tímidas, casi torpes, mamadas rápidas y dedos temerosos en la oscuridad. Esta vez quería algo distinto. Quería entregarme siendo mujer. Quería mamar una verga de rodillas con el vestido subido, quería que me abrieran el culo y me llenaran de semen.
El problema seguía siendo el mismo de siempre: no tenía ni idea de por dónde empezar. No conocía a nadie del ambiente y me daba vergüenza preguntar. Así que hice lo único que se me ocurrió: busqué en internet. Entré en un grupo de contactos, puse una foto donde apenas se me veía la cara pero se me marcaba el culo por encima de las bragas rojas, y esperé.
Respondieron varios, pero la mayoría me incomodaban. Mensajes groseros, fotos de pollas que no había pedido, hombres que solo querían soltar tres frases y meterme la verga esa misma noche. Estuve a punto de borrarlo todo varias veces.
Entonces apareció Andrés.
Tenía unos treinta y tantos, una sonrisa tranquila en la foto del perfil y, sobre todo, paciencia. No me presionó. Me preguntó cómo me sentía, si era mi primera vez, qué me gustaba y qué no. Hablamos durante días antes de plantearnos vernos. Me confesó que le encantaban las chicas como yo, que llevaba tiempo deseando follarse a una travesti principiante, enseñarle a mamar bien y correrse dentro de su culo virgen. Y, no voy a mentir, esa atención me derritió y me puso la polla dura debajo del pijama.
—Cuando quieras, ven a mi piso —me escribió una tarde—. Sin prisa. Lo que pase, pasa. Pero te aviso: como te vea con esas braguitas rojas, no te suelto hasta dejarte el culo goteando.
Estuve dos días dándole vueltas, releyendo ese mensaje y frotándome contra el colchón. Al tercero le dije que sí.
***
La tarde de la cita salí de casa vestido de chico, normal y corriente, con una mochila al hombro. Dentro llevaba mi pequeño arsenal: un vestido ajustado, las medias, las bragas rojas que ya consideraba mías y los tacones con los que tanto había practicado. El corazón me iba a mil mientras cruzaba la ciudad. Vivo en Valencia, y juro que aquel trayecto en metro se me hizo eterno; tenía la sensación de que todo el mundo sabía lo que llevaba en la mochila y a qué polla iba.
Andrés vivía en un edificio antiguo, de esos con escaleras de mármol gastado. Me abrió en camiseta y vaqueros, descalzo, y me recibió con una sonrisa que me desarmó al instante.
—Pasa, tranquila —me dijo—. ¿Quieres cambiarte? El baño es esa puerta.
Me encerré allí con las manos temblando. Me puse las bragas, las medias, el vestido. Me miré en el espejo del lavabo y respiré hondo. Se me marcaba el bulto de la polla contra el encaje rojo, medio dura ya de puros nervios. Ya está. Ahora sí es de verdad. Cuando salí, descalza porque todavía no me atrevía con los tacones, él estaba sentado en el sofá. Me recorrió de arriba abajo con la mirada y noté cómo se le encendían los ojos y cómo se le empezaba a marcar la verga contra los vaqueros.
—Estás preciosa —dijo, y lo dijo en serio—. Ven aquí, zorrita, siéntate encima.
Me senté a horcajadas sobre él, rígida como una tabla. Él no se abalanzó. Me apartó un mechón de la cara y empezó a besarme el cuello, despacio, mientras me susurraba al oído y su polla dura me presionaba entre las nalgas por encima del vestido.
—Llevo toda la semana pensando en este momento —murmuró—. En lo bien que ibas a estar vestida así, en lo bien que me la ibas a mamar, en lo apretadito que iba a estar tu culito.
Yo apenas podía moverme de los nervios. Sentía su aliento caliente en la piel y un cosquilleo que me bajaba por toda la espalda y me tensaba la polla dentro de las bragas. Su mano se posó en mi rodilla y fue subiendo por la media, lentísima, hasta llegar al borde del vestido. Cuando lo levantó del todo y descubrió el encaje rojo tirante por mi erección, dejó escapar un suspiro ronco.
—Joder —dijo en voz baja—. Qué barbaridad. Mírate cómo la tienes ya, guarrilla.
Me tocó por encima de la tela, apretándome la polla con la palma abierta, y se me escapó un gemido que no sabía que tenía dentro. Fue como si una corriente me atravesara entera. Me dio vergüenza el sonido, pero a él pareció encantarle, porque insistió, acariciándomela de arriba abajo mientras me mordía el lóbulo de la oreja. Con la otra mano me metió los dedos por el elástico de las bragas y me toqueteó entre las nalgas, buscándome el agujero por detrás. Cuando la yema del dedo rozó mi ojete, se me escapó otro gemido más agudo y me arqueé contra él.
—Eso me gusta —jadeó—. Te voy a dejar todo húmedo por delante y por detrás.
Me levantó la barbilla y me besó en la boca, hundiéndome la lengua hasta el fondo, mientras seguía masajeándome la polla por encima del encaje. Sentía el bulto de su verga clavándose entre mis nalgas y mi propia corrida empezando a mojar la tela roja por delante.
***
No recuerdo el orden exacto de lo que vino después. La memoria de esa tarde es un mosaico de sensaciones más que una secuencia ordenada. Sé que en algún momento me deslizó del sofá al suelo y me arrodilló entre sus piernas.
Se desabrochó el pantalón, se bajó los calzoncillos y la sacó delante de mí. Era gorda, más de lo que había imaginado, con el glande brillante y una gota clara colgando de la punta. Yo me quedé mirándola, hipnotizada y un poco asustada. Olía a piel limpia y a algo cálido, íntimo, macho, que me revolvió por dentro y me hizo salivar de golpe. La acerqué a mi boca con torpeza, saqué la lengua y le lamí la gota de la punta.
—Despacio —me dijo, acariciándome el pelo—. No tengas prisa. Ábrela bien, saca la lengua entera y pásala por todo el tronco.
No tenía ni idea de qué hacer. La agarré con la mano por la base y le pasé la lengua desde los huevos hasta el capullo, torpe, dejando un rastro de saliva. Luego abrí la boca y me la metí, primero solo la cabeza, cerrando los labios alrededor y chupando con fuerza. Él soltó un jadeo largo y me apretó la nuca.
—Así, joder, así, entera.
La empujé hasta el fondo y me atraganté al primer intento. Se me saltaron las lágrimas y se me caía la saliva por la barbilla y las mejillas me ardían de pura vergüenza. Pero él me agarraba el pelo con suavidad y me guiaba, marcándome el ritmo, sacándomela cuando me faltaba el aire y volviendo a metérmela cuando volvía a respirar. Poco a poco fui perdiendo la timidez. Empecé a disfrutarlo, a buscar yo misma sus reacciones, a chuparle los huevos, a metérmela hasta la garganta a propósito para oírlo gemir, a notar cómo se le tensaban los muslos cuando le pasaba la lengua justo por debajo del glande.
—Así, preciosa —jadeó—. Justo así. Qué bien la mamas para ser la primera vez, guarra, la tienes hecha una fuente.
Escuchar esas palabras me volvía loca. Me la sacaba de la boca chorreando de saliva, me la restregaba por la cara, por los labios pintados, y volvía a metérmela. Se me estaba poniendo la polla durísima dentro de las bragas empapadas. Por primera vez en mi vida me sentía exactamente lo que siempre había querido ser: una zorra de rodillas mamando una verga.
—Ven aquí antes de que me corra en tu boca —dijo tirándome del pelo hacia arriba—. Todavía no. Primero quiero follarte ese culo.
***
Me llevó al dormitorio medio a rastras. Me tumbó boca abajo sobre la cama, me subió el vestido hasta la cintura y me bajó las bragas rojas hasta la mitad de los muslos, dejándomelas a media pierna como una marranada. Se quedó un momento contemplándome, con las nalgas al aire enmarcadas por el encaje bajado y las medias.
—Qué culo más bonito tienes —dijo, pasándome la mano por encima y luego separándome las nalgas con los pulgares para mirarme el agujero—. Tan cerradito. Voy a dejártelo bien abierto.
Se agachó y sentí de golpe su lengua caliente entre las nalgas, lamiéndome el ojete de arriba abajo. Yo grité contra la almohada y me agarré a las sábanas. No me esperaba eso, no me esperaba que un hombre me comiera el culo así, ensalivándomelo, metiéndome la punta de la lengua, chupándome el agujero como si fuera un coño. Me tenía retorciéndome sobre el colchón, arqueando la espalda para ofrecerle más.
—Por favor —gemí sin saber muy bien qué estaba pidiendo—. Por favor, más.
Sacó un bote de lubricante de la mesilla, menos mal, porque yo de los nervios ni había pensado en eso. Sentí el frío del gel chorreando entre las nalgas y luego un dedo entrando con cuidado, dando vueltas. Me tensé de golpe.
—Relájate —susurró—. Respira. Empuja hacia fuera como si fueras a cagar, así entra mejor. Si te duele, paramos.
Respiré. Hice lo que me decía. El primer dedo dejó de molestar y empezó a sentirse bien, muy bien, tocándome algo por dentro que me hacía babear encima de la almohada. Luego entró un segundo, abriéndome, y yo gemía contra la tela y apretaba las sábanas con las dos manos mientras me follaba con los dedos. Era una mezcla rara de incomodidad y placer que no había sentido jamás, y cuanto más se prolongaba, más quería. Empecé a mover el culo hacia atrás, a empalarme yo sola en sus dedos, buscando más.
—Mira qué zorrita se me ha vuelto —se rió por lo bajo—. Se está follando ella sola mi mano.
Metió un tercer dedo y me abrió un poco más. Yo ya no era ni persona, solo un cuerpo temblando con el vestido arremangado y las bragas por los muslos, gimiendo que sí, que por favor, que me la metiera.
—¿Estás lista? —me preguntó al oído, tumbándose sobre mi espalda.
—Sí —dije, casi sin voz—. Por favor. Métemela.
Se puso un preservativo, echó más lubricante en la polla y en mi agujero, y me apoyó la punta contra el ojete. Empezó a entrar muy despacio. Los primeros segundos dolió de verdad, un ardor fuerte que me hizo apretar los dientes; era muchísimo más gorda que sus dedos y sentí que me partía en dos. Tuve que recordarme a mí misma que respirara, que empujara hacia fuera. Pero él se quedó quieto en cuanto tuvo el glande dentro, dejándome adaptarme, acariciándome la espalda baja y los pechos por encima del vestido con una ternura que no me esperaba.
—Tranquila —repetía—. Aguanta, ya pasa lo peor. Ábrete para mí, así, bien abiertita.
Y pasó. De repente, donde había dolor empezó a haber otra cosa. Empujó otro poco y sentí cómo me iba entrando entera, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos me golpearon las nalgas y supe que la tenía toda dentro. Una oleada de calor me subió desde el vientre y se me extendió por todo el cuerpo. Empezó a moverse, primero suave, sacándomela casi entera y volviéndola a meter despacio, luego un poco más rápido, y yo ya no podía hacer otra cosa que repetir su nombre y pedirle que siguiera.
—No pares —gemía contra la almohada—. Por favor, no pares. Fóllame, fóllame más fuerte.
Él me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestir de verdad, cada golpe haciendo que la cama crujiera y que mis nalgas rebotaran contra sus muslos con un chasquido húmedo. Me tenía clavada al colchón, con la cara aplastada contra la almohada y el culo levantado para él. Mi polla se restregaba contra las sábanas a cada embestida y sentía que me iba a correr sin tocarme siquiera.
—Qué bien folla este culito de principiante —jadeaba encima de mí—. Míralo cómo me chupa la polla.
Me tiró del pelo hacia atrás para levantarme la cabeza y me susurró al oído, sin dejar de martillearme por detrás, que era su putita, que iba a llenarme entera. Yo asentía como una loca, gimiendo que sí, que era suya, que me llenara. Metió una mano por debajo, me la agarró por encima del encaje empapado y me la sacudió al ritmo de sus embestidas. Aguanté dos, tres arremetidas más y me corrí a chorros dentro de las bragas rojas, empapándolo todo, gritando contra la almohada mientras el culo se me apretaba en espasmos alrededor de su verga.
—Joder, joder, cómo aprietas —gruñó—. Ahí voy yo, guarra.
No duró demasiado más, la verdad. Los dos estábamos demasiado encendidos como para aguantar. Lo sentí tensarse, agarrarme las caderas con los dedos clavados en la carne, y soltar un gruñido grave y largo mientras terminaba a golpes secos dentro de mí, vaciándose en el preservativo con la polla enterrada hasta el fondo. Yo me derrumbé sobre la cama, temblando, con el vestido arrugado a la altura de la cintura, las bragas llenas de mi propia corrida y la respiración entrecortada.
Sacó la polla despacio y noté el vacío raro, el ojete abierto latiendo, un hilo de lubricante bajándome por el muslo. Nos quedamos un rato así, en silencio, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda. No hacía falta decir nada.
***
Después me ayudó a levantarme, me trajo un vaso de agua y me dejó usar su baño para arreglarme. Me miré en el espejo con el rímel corrido, los labios hinchados, el pelo revuelto y una sonrisa que no me cabía en la cara. Antes de irme me dio un beso largo en la puerta, me apretó una nalga por encima del vestido y me dijo que cuando quisiera repetir, ya sabía dónde estaba.
Volví a casa de noche, otra vez vestida de chico, con la ropa de mujer doblada en la mochila —las bragas rojas todavía pegajosas dentro de una bolsa aparte— y una sonrisa tonta que no se me iba de la cara. Notaba el culo dolorido a cada paso y me encantaba esa molestia. En el metro miraba a la gente y pensaba que ninguno de ellos podía imaginar que acababan de follarme por primera vez siendo mujer. Llevaba un secreto precioso pegado a la piel.
Desde entonces no he vuelto a quedar con nadie más. En parte porque cuesta encontrar a alguien de confianza —una lee tantas cosas feas en internet que da miedo—, y en parte porque quiero aprender bien antes de seguir. Quiero dominar el maquillaje, comprarme mi propia ropa, mis propios zapatos, mi propio consolador para practicar sola y no depender del armario de mi hermana.
Quiero, sobre todo, encontrar a otras chicas como yo. Hermanas que me enseñen, que me cuenten cómo se mama bien una polla, cómo se abre una un culo con lubricante antes de una cita, que me ayuden a ser la mujer que sé que llevo dentro. Por eso me animé a escribir esto, aunque me tiemblen un poco las manos al hacerlo.
Si has llegado hasta aquí y te has visto reflejada en mis palabras, déjame saber qué te ha parecido. Y si alguna vez dudaste, como yo dudé tantas veces frente a aquel espejo con la polla dura dentro de unas bragas prestadas, te lo digo de corazón: merece la pena dar el paso. Al otro lado hay una versión de ti esperando a nacer, con las piernas abiertas y ganas de todo.