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Relatos Ardientes

La travesti del bar me enseñó quién era yo

Eran cerca de las once de la noche de un sábado cualquiera. Yo me llamo Adrián, tenía treinta y un años por entonces y me las daba de tipo seguro de sí mismo. Trabajaba vendiendo seguros, una vida gris de lunes a viernes, y los fines de semana eran mi única válvula de escape. Esa noche, el aburrimiento —o quizá mi propia arrogancia— me llevó a un bar de mala muerte en un barrio que no solía pisar.

El local estaba cargado de humo y de esas luces rojizas que lo vuelven todo borroso. Me acodé en la barra y pedí un whisky. Fue entonces cuando la vi. Una mujer espectacular, de piernas larguísimas y un vestido rojo que se ajustaba a cada curva como si se lo hubieran cosido encima. Se llamaba Bianca, me dijo con una sonrisa torcida que ya prometía problemas.

Empezamos a hablar. Yo, con mi labia de vendedor, creía tenerla en el bote desde la tercera frase. Ella se reía de mis chistes, me apoyaba la mano en el antebrazo, me sostenía la mirada un segundo más de lo necesario. Todo iba viento en popa, o eso pensaba yo, que esa noche confundía la cacería con ser cazado.

—¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo? —le propuse, convencido de que la idea era mía.

Bianca aceptó con una mirada que parecía guardar un chiste privado. Salimos a la calle y caminamos hasta un hotel a media cuadra, de esos que cobran por horas y no preguntan nada. Mientras subíamos en el ascensor no podía dejar de mirarla. Era perfecta. Demasiado perfecta, pensé un instante, pero mi ego estaba tan inflado que no le hice caso a esa vocecita.

***

Entramos en la habitación y la cosa se calentó enseguida. Nos besamos contra la puerta apenas la cerré, con una urgencia que me sorprendió en ella, porque era ella la que mandaba en el beso y no yo. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca, me mordió el labio inferior hasta hacerme gemir, y su mano bajó directo a agarrarme la polla por encima del pantalón. Ya la tenía dura como una piedra y ella se rió al notarlo, apretándomela con descaro.

—Mirá cómo estás, machito —murmuró contra mi boca—. Y todavía ni empezamos.

Empecé a desvestirla, le bajé un tirante del vestido, después el otro, y fue entonces cuando descubrí su secreto. Bianca era una mujer trans. Debajo del vestido, entre esas piernas larguísimas, tenía una polla que se marcaba tiesa contra la tela de la tanga negra.

Me quedé congelado un segundo. Toda mi vida me había creído una cosa muy concreta, un hombre derecho, sin grietas, y de pronto el suelo se movía bajo mis pies. Pero la excitación pudo más que el susto. La mía seguía dura, más dura incluso, y ella lo sabía. Se me acercó al oído, sin apartarse ni un centímetro, y me pasó la lengua por el lóbulo antes de hablar.

—¿Algún problema, machito? —susurró—. Porque a tu verga no le veo ninguno.

El desafío en su voz me encendió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Era como si me hubiera leído por dentro y me retara a desmentirme. No dije nada. Solo la besé de nuevo, esta vez yo, dejando de lado todo lo que creía saber de mí mismo. Y en cuanto lo hice, sentí que perdía el control de la situación, y que en el fondo eso era exactamente lo que quería.

Bianca me empujó contra la cama con una mano abierta en el pecho. Caí sentado y ella se quedó de pie, mirándome desde arriba, todavía con medio vestido puesto. Se tomó su tiempo. Se quitó la tela despacio, dejándola caer al suelo, y quedó frente a mí en tanga y tacos, con las tetas al aire, unas tetas firmes de pezones oscuros y erectos que apuntaban al techo. Bajó los pulgares por los costados de la tanga y la deslizó por esas piernas interminables. Su polla saltó libre, gruesa, dura, curvada hacia arriba, con la punta ya brillando de líquido.

Yo, que siempre me había considerado el que dominaba en la cama, me encontré incapaz de moverme, mirándole la verga como un idiota, esperando a ver qué decidía hacer conmigo.

—Esta noche vas a aprender lo que es el placer de verdad —me dijo con la voz ronca—. Y vas a hacer lo que yo te diga. Empezá por desnudarte, que te quiero ver entero.

Asentí. Ni siquiera lo pensé. Asentí como un alumno, yo, que había entrado en ese bar creyéndome el dueño del mundo. Me saqué la camisa a los tirones, me bajé el pantalón, y quedé en calzoncillos con la polla marcándose obscena contra la tela. Ella se acercó, se arrodilló entre mis piernas y me los bajó de un tirón. Mi verga saltó afuera, hinchada, palpitando, y Bianca soltó una risita satisfecha.

—Vaya, machito, tenés con qué.

Me agarró la polla con la mano derecha, apretó la base y se la llevó a la boca sin dejar de mirarme a los ojos. Se la tragó entera, hasta la garganta, y me arqueé sobre el colchón soltando un gemido que no reconocí como mío. Su boca era caliente, húmeda, sabía exactamente lo que hacía. La subía y la bajaba con un ritmo cabrón, me lamía los huevos, me ensalivaba entera antes de volver a tragársela hasta el fondo. Yo la agarré del pelo, no para forzarla sino para no caerme, y ella se dejó, gimiendo con la boca llena, mandándome vibraciones por toda la verga.

—Bianca, joder —murmuré—, así me vas a hacer correr enseguida.

Ella se apartó lentamente, dejando un hilo de saliva colgando de la punta de mi polla, y sonrió.

—De eso nada. Todavía no. Todavía no te ganaste correrte.

***

Lo que vino después borró de un plumazo todas mis certezas. Sus manos me recorrían el cuerpo despertando zonas que yo ni sabía que tenía. Me besó el cuello, bajó por el pecho, me mordió los pezones hasta ponerlos duros, me lamió el ombligo, me mordió la cadera. Cada vez que yo intentaba tomar la iniciativa me empujaba de nuevo contra el colchón, con una sonrisa que decía «todavía no aprendiste».

—Quieto —me ordenaba—. Hoy te toca recibir.

Se me subió encima a horcajadas, con su polla dura rozándome el abdomen, y empezó a frotarse contra mí. La verga suya, caliente y pesada, me marcaba la piel a la altura del ombligo. Se agarró las dos pollas juntas con una mano, la mía y la de ella, y las frotó una contra otra, muy lento, mirándome a los ojos. Fue lo más sucio y lo más excitante que había visto en mi vida.

—Mirá, machito —me dijo, apretando las dos vergas juntas—. Mirá cómo se rozan. ¿Te gusta?

—Me gusta —admití, casi sin voz—. Me gusta, joder.

Bajó de nuevo y esta vez me abrió las piernas. Me lamió los huevos, me chupó despacio uno y después el otro, y siguió bajando con la lengua. Cuando sentí su lengua caliente contra el culo pegué un respingo. Nadie me había tocado ahí nunca, ni yo mismo. Ella me sujetó las caderas con firmeza y siguió, lamiéndome ese punto que ni sabía que existía, empapándolo de saliva, metiendo la punta de la lengua hasta hacerme temblar.

—Bianca, espera, no sé si...

—Callate y disfrutá —cortó, y volvió a lo suyo.

Me metió un dedo, primero uno solo, con cuidado, con un montón de saliva. Sentí una punzada rara, incómoda, y después algo que no supe nombrar. Ella lo movía en círculos, lo sacaba, lo volvía a meter, y con la otra mano me agarraba la polla y me la trabajaba despacio, sincronizando los dos ritmos. La incomodidad se disolvió y en su lugar quedó una corriente eléctrica que me subía por la columna.

—¿Ves, machito? —murmuró—. Ahí adentro tenés cosas que no conocías.

Metió un segundo dedo. Yo gemí sin poder evitarlo, largo, agudo, un gemido de puta que jamás había soltado en mi vida. Ella sonrió satisfecha, como quien confirma una sospecha, y aceleró el ritmo de la mano en mi polla.

—¿Te gusta, machito?

—Sí —jadeé—. Sí, me gusta, no pares.

Mi arrogancia se había esfumado del todo, reemplazada por algo mucho más antiguo y mucho más honesto: las ganas de dejarme llevar sin medir las consecuencias. Nunca había estado con una mujer trans, nunca había estado siquiera cerca de algo así, y sin embargo en ese cuarto no había prejuicio que sobreviviera al calor de su cuerpo sobre el mío.

Sacó los dedos y se puso de rodillas entre mis piernas. Se escupió en la palma, se lubricó la polla despacio, sin dejar de mirarme, con esa media sonrisa de la que ya no podía escaparme.

—Voy a follarte —anunció, tranquila, como quien lee el pronóstico—. Y vos vas a pedir más.

Me levantó las piernas, me las apoyó contra sus hombros y me puso la punta de la verga contra el culo. Empujó despacio. Sentí cómo me abría, cómo cedía la carne para dejarla entrar, y solté un gemido largo que llenó la habitación. Ella se detuvo con la mitad adentro, esperó a que yo respirara, y siguió empujando hasta enterrarla entera. Me quedé sin aire. La tenía toda dentro, gruesa, dura, palpitando contra algo que no sabía que tenía.

—Respirá, machito —me dijo, acariciándome la cara—. Respirá y sentí.

Empezó a moverse. Primero despacio, cadera contra cadera, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo. Me apretaba los muslos con las manos, me miraba fijo, y aceleraba de a poco. Yo me agarré a las sábanas con los puños cerrados, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta soltando ruidos que ni yo entendía.

—No te aguantes —me dijo—. Quiero escucharte.

Y dejé de aguantarme. Por primera vez en mi vida dejé de pelear contra lo que sentía. Me solté entero, bajo su peso, bajo su polla, y fue como si una represa que llevaba años conteniendo todo se rompiera de golpe. Gemí como una puta, le pedí más, le pedí que me la metiera más fuerte, y ella obedeció mi ruego con una sonrisa cruel.

Me cogió duro. Cada estocada le sacaba a la cama un crujido y a mí un aullido. Me agarró la polla con una mano y me la sacudió al ritmo de las embestidas, coordinado hasta el detalle. La otra mano me pellizcaba los pezones, me apretaba el cuello, me tapaba y me destapaba la boca a su antojo. Yo ya no era un tipo, era un cuerpo que ella manejaba.

—Te vas a correr para mí —me susurró, sin dejar de metérmela—. Te vas a correr con mi verga adentro, machito.

No pude aguantar más. Me corrí con un grito, chorros gruesos de semen saltando sobre mi propio pecho y mi estómago, mientras ella seguía embistiéndome, prolongándome el orgasmo hasta que ya no daba más. Cuando terminé de vaciarme, me quedé temblando, con los muslos flojos y la mente en blanco.

Ella salió despacio y se llevó la polla a la mano. Se la sacudió sobre mi pecho, apenas unas veces, y se corrió también, un chorro caliente que se me mezcló con el mío en la piel. Se dejó caer encima de mí sin importarle el desastre, jadeando contra mi cuello.

***

Terminamos enredados y sin aire, la sábana revuelta a los pies de la cama, los dos pegajosos de semen y sudor. Yo esperaba el bajón, la culpa, la voz de todo lo que me habían enseñado sobre lo que un hombre debía ser. Pero no llegó nada de eso. Solo una calma rara, un peso que se me había ido de encima sin que yo supiera siquiera que lo cargaba.

Bianca se acurrucó a mi lado y me apoyó la cabeza en el hombro. Toda la actitud desafiante del bar había desaparecido. En la penumbra solo era una mujer cansada y satisfecha, respirando despacio contra mi piel.

—¿Y bien, machito? —dijo al rato, con una media sonrisa—. ¿Aprendiste la lección?

Solo pude asentir, todavía sin palabras. Esa noche mi arrogancia se había topado con algo mucho más grande que mi ego. Y supe, sin necesidad de decirlo en voz alta, que no volvería a ser el mismo.

***

Nos vimos varias veces más después de aquella noche. No fue una promesa ni un plan; simplemente, cada cierto tiempo, uno de los dos escribía y volvíamos a encontrarnos. Cada encuentro era una lección nueva en algo que yo había ignorado toda la vida: el placer sin manual, sin reglas, sin la presión de demostrarle nada a nadie.

Bianca tenía una forma de mirar el mundo que me desarmaba. Una noche, mientras descansábamos en su departamento después de que me la hubiera vuelto a coger contra el espejo del baño, con mi propio semen todavía chorreándome por el muslo, me contó un poco de su historia. De lo que le había costado llegar a ser quien era, de la gente que se había quedado en el camino, de las veces que había tenido que reconstruirse desde cero. No lo dijo buscando lástima. Lo dijo como quien comparte un mapa de las cicatrices que lo trajeron hasta acá.

—Cuando te vi en ese bar —me dijo— vi a un tipo arrogante y muerto de miedo. Pero también vi que adentro había otra cosa. Alguien que podía dejar de actuar, si alguien le daba permiso.

Me quedé callado, dándole vueltas. Toda la seguridad que yo exhibía no había sido más que un disfraz pesado, una armadura que arrastraba desde chico y que por fin podía dejar en el suelo. Ella lo había visto desde el primer minuto, antes incluso que yo.

—Sos una desgraciada —le dije, pero lo dije sonriendo.

—Y vos un cobarde con suerte —contestó, y me besó el hombro.

***

Con el tiempo entendí que lo que había empezado como una simple aventura me había cambiado de verdad. No me convertí en otra persona; más bien dejé de fingir ser la que nunca había sido. Empecé a mirar a la gente sin el filtro del prejuicio, a reírme de mis propios miedos, a vivir los fines de semana sin esa ansiedad de tener que conquistar algo para sentirme alguien.

Bianca y yo nunca nos pusimos etiquetas. A veces éramos amantes, a veces apenas dos personas que se entendían sin explicarse. Pero cada vez que la veía cruzar una puerta con esa seguridad suya, con la cabeza alta, me acordaba del Adrián de aquella primera noche, el que entró a un bar de mala muerte convencido de saber exactamente quién era.

Ese tipo ya no existe. O quizá nunca existió del todo, y solo hizo falta una mujer de vestido rojo, un cuarto de hotel y una pregunta dicha al oído para descubrirlo.

—¿En qué pensás? —me preguntó una de esas noches, viéndome perdido en el techo.

—En lo arrogante que era —le respondí—. Y en la suerte que tuve de que me lo demostraras.

Bianca se rió bajito y se acomodó contra mi pecho. Afuera la ciudad seguía con su ruido de siempre, ajena a todo. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, yo estaba exactamente donde quería estar, sin armadura, sin discurso, sin nada que demostrar.

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Comentarios(8)

Gustavito88

increible!! de los mejores que lei esta semana, no lo pude soltar

Santi_87

Por favor seguí escribiendo este tipo de historias, son las que mas me gustan en el sitio. Esperando la proxima!

Carolina_Baires

Me recordo a algo que me paso hace años, sin el giro final tan intenso jaja, pero se me revolvio todo leyendolo. Muy bueno.

PakoMex

¿Es autobiografico o pura fantasia? Se siente muy real la narracion, como si lo hubieras vivido de verdad.

elBohemio

Lo que mas me gusto es la tension del principio, ese momento previo donde uno cree que controla la situacion. Ahi esta todo.

noche_veloz

jajaja tremendo giro!! no me lo esperaba para nada, bien jugado

DiegoR_77

Buenisimo. Cada vez que creo que ya lei de todo en esta pagina aparece algo que me sorprende. Sigue asi.

Miriam_lect

Se hizo corto, quede con ganas de saber como siguio todo despues. Segunda parte??

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