La transexual que superó todas mis fantasías
Después de lo que pasó con Mónica en Sevilla, pensé que podría olvidarlo con el tiempo. Que aquello había sido una experiencia puntual, resultado de una noche excepcional y de la presencia de mi mujer, y que el recuerdo iría perdiendo fuerza poco a poco, como suele pasar.
Me equivoqué.
Habían pasado catorce meses y todavía había noches en que la recordaba con una claridad desconcertante: su voz grave y suave al mismo tiempo, la forma en que se movía por aquel apartamento de alquiler vacacional, y la manera en que los tres habíamos llegado a ese punto sin que ninguno lo hubiera planeado del todo. Fue algo que sucedió con una naturalidad que ninguno de nosotros esperaba.
Mi mujer —Paula— nunca quiso repetirlo. No lo dijo directamente, pero cada vez que yo sacaba el tema cambiaba la conversación con esa habilidad suya de no cerrar puertas sino simplemente desviar el tráfico. Entendí el mensaje sin necesidad de traducción. Para ella había sido suficiente con una vez. Para mí era diferente. Para mí Mónica había abierto algo que no tenía ningún interés en cerrar.
El problema era el listón. Había estado mirando en páginas de contactos de forma irregular durante meses, sin encontrar nada que me convenciera del todo. Demasiado artificial, demasiado evidente, demasiado distante. Lo que hacía especial a Mónica no era solo su físico, sino una cierta forma de estar presente que resultaba difícil de encontrar.
Hasta que una tarde di con el anuncio de Valentina.
La foto mostraba a una mujer de pelo castaño oscuro recogido en un moño suelto, con hombros estrechos y caderas generosas. Llevaba un vestido negro ajustado y miraba directamente a la cámara con una expresión que mezclaba seguridad y algo difícil de definir: invitación, quizás, sin urgencia. No era Mónica. Pero algo en esa imagen me hizo quedarme mirando más tiempo del necesario.
Paula estaba pasando el fin de semana en casa de sus padres con los niños. La casa era mía.
Llamé sin darme más tiempo para pensarlo.
Valentina contestó al segundo tono. Su voz era más femenina de lo que esperaba, clara y directa, con un leve acento que no supe ubicar bien. Le dije que había visto su anuncio. Ella me hizo tres preguntas breves, concretas, sin rodeos, y antes de colgar añadió algo que no me esperaba:
—Ven sin prisa. Las prisas arruinan las buenas tardes.
Me reí. Acordamos la hora.
***
Me duché sin apresuramiento, me afeité, elegí ropa cómoda. Mientras cerraba la puerta de casa me pregunté, como siempre en estas situaciones, si estaba tomando la decisión correcta. La respuesta fue sí, con la misma certeza tranquila que me acompaña cuando sé que algo es lo que quiero.
La dirección me llevó a un edificio antiguo en una calle estrecha del centro, de esas con adoquines irregulares y balcones con macetas. Subí al tercer piso por una escalera de piedra que olía a madera vieja y llamé al timbre. Mientras esperaba, me di cuenta de que tenía las manos ligeramente tensas.
La puerta se abrió y tuve que reajustar todas mis expectativas.
Valentina era más baja de lo que la foto sugería. No mucho, pero sí lo suficiente como para que la primera impresión fuera diferente a la imagen que me había construido. Llevaba el mismo vestido negro de las fotos, ajustado a unas curvas que en la imagen podrían parecer retocadas y en persona resultaban completamente reales. El pelo castaño, suelto ahora, le llegaba hasta los hombros. Tenía los ojos de un verde grisáceo con una forma de mirar que era directa sin resultar agresiva.
—Tú debes ser Roberto —dijo.
—El mismo —conseguí responder.
Me dio dos besos en la mejilla, como si nos conociéramos de antes, y me hizo un gesto para que entrara.
El apartamento era pequeño pero tenía personalidad: una estantería de madera con libros organizados sin exceso, una planta en el alféizar, una lámpara de pie en un rincón que proyectaba una luz cálida y anaranjada. Una butaca azul junto a la ventana. No era lo que había imaginado al marcar su número.
—¿Prefieres vino o algo más fuerte? —preguntó desde la cocina.
—Vino, gracias.
Me quedé mirando los títulos de los libros. Reconocí un par de ellos y los señalé cuando ella volvió con las copas. Eso desató una conversación que duró casi veinte minutos sin que ninguno de los dos pareciera tener prisa. Valentina escuchaba de verdad, hacía preguntas que tenían sentido, respondía con criterio. Había algo en esa naturalidad que me desinhibía más que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho expresamente para romper el hielo.
En algún momento me di cuenta de que llevaba varios minutos mirándole la boca mientras ella hablaba.
—¿Tienes alguna preferencia? —preguntó en un momento dado, con la misma calma con que podría haber preguntado si quería más vino.
—Prefiero que nos dejemos llevar —respondió.
Valentina dejó su copa en la mesita, se puso de pie, se acercó a mí y me besó en el cuello. Suave, sin urgencia. Sus manos encontraron los botones de mi camisa.
***
No lo hizo rápido. Fue botón a botón, con una concentración tranquila que hacía que cada segundo tuviera su propio peso. Cuando la camisa cayó al suelo, me empujó con suavidad hacia atrás contra el respaldo del sofá y se arrodilló frente a mí, entre mis piernas abiertas, con los ojos fijos en el bulto que ya empujaba la tela del pantalón.
No me quitó el pantalón de inmediato. Sus manos trabajaron primero sobre la tela, siguiendo el contorno de mi polla dura, apretándola por encima con una presión medida que me hizo cerrar los ojos sin darme cuenta. Después bajó la cara y me la mordió suavemente por encima de la ropa, dejando la boca abierta, respirando caliente contra la tela hasta que la humedad de su saliva empezó a marcarla. Sabía exactamente adónde ir y cuánto tiempo quedarse en cada lugar.
Cuando por fin me abrió el pantalón y me bajó la ropa interior de un tirón, mi polla saltó hacia arriba y le rozó los labios. Ella la agarró por la base con la mano derecha, levantó la vista hacia mí un segundo —esos ojos verdes grisáceos, tranquilos, esperando— y sin apartar la mirada sacó la lengua y me lamió desde los cojones hasta la punta, con una lentitud deliberada que me arrancó un gemido ronco.
—Te voy a chupar la polla despacio —dijo—. Aguanta.
Y se la metió entera en la boca.
Sentí cómo el glande le llegaba al fondo de la garganta y se quedaba ahí, con ella tragando alrededor, sin apartarse. Después empezó a subir y a bajar con un ritmo cerrado, apretando los labios, aplastando la lengua contra la vena que corre por debajo. Se la sacó de la boca chorreando de saliva, me miró y volvió a metérsela. Alternaba: ahora solo la punta, chupándome el capullo como si fuera un caramelo, jugando con la lengua en el frenillo hasta hacerme temblar los muslos; ahora hasta la base, con la nariz pegada a mi pubis y una mano acariciándome los huevos con la yema de los dedos.
Cada vez que yo estaba a punto de correrme, ella lo percibía por la manera en que se me tensaba el vientre, aflojaba la presión, sacaba la polla de la boca y me la sostenía en la mano, dando pequeñas lamidas en el glande hinchado hasta que la urgencia bajaba un escalón. Después volvía a empezar. Me tuvo así, al borde, más tiempo del que creía que un hombre podía aguantar sin correrse. Le vi la barbilla brillar de saliva, hilos finos colgando de mi polla hasta sus labios, y esa mirada tranquila que no se apartaba de la mía.
Cuando se separó, se puso de pie y me besó en la boca. Pude percibir el sabor mezclado entre los dos, el gusto salado de mi propia excitación en su lengua.
Luego dio un paso atrás y empezó a quitarse el vestido.
No lo hizo rápido. Lo subió despacio por las caderas, girándose en el momento exacto para darme la espalda, de manera que lo que vi primero fue la curva de su culo enmarcado por un tanga negro de encaje que se le hundía entre las nalgas. El vestido siguió subiendo. El tejido pasó por su cintura, por la espalda, y cuando lo tuvo en los tobillos se giró hacia mí.
La visión que me encontré me dejó completamente quieto.
Las tetas eran grandes, redondas, firmes de una forma que desafiaba mis expectativas sobre lo que era posible, coronadas por unos pezones oscuros ya endurecidos. Pero no fue eso lo que me cortó la respiración. Fue el contraste: ese cuerpo de curvas de mujer, la cintura estrecha, las caderas anchas, los muslos suaves, y entre las piernas, empujando la fina tela del tanga hacia adelante, la evidencia inconfundible de una polla completamente dura. Se bajó el tanga con las dos manos y su verga saltó hacia arriba, gruesa, con el glande brillante y las venas marcadas. Su cuerpo entero, pequeño y generoso y con esa polla tiesa apuntándome, me puso más caliente que cualquier otra cosa que hubiera visto en mucho tiempo.
Me levanté del sofá sin pensarlo. Me arrodillé frente a ella.
Valentina dejó escapar un sonido cuando la tomé en la boca. No un gemido exagerado ni teatral, sino algo mucho más contenido y real, un jadeo bajo que le salió del pecho. La polla le pesaba en la lengua, caliente, con un latido propio que noté contra el paladar. Nunca antes le había chupado la verga a nadie, y sin embargo me metí de lleno, cerrando los labios alrededor del tronco y bajando hasta donde pude, aprendiendo su forma con la lengua, apretando las mejillas para hacer vacío al subir.
—Así —murmuró—. Con calma. Chúpamela así.
Sus manos encontraron mi pelo sin apretar, simplemente acompañando el ritmo que yo marcaba. Me atreví a más: le lamí desde los huevos, subiendo por la vena gruesa que le recorría el tronco, hasta cerrar los labios en el capullo y hundirla otra vez. La saliva me caía por la barbilla. Le sostuve los cojones en la palma de la mano y le acaricié el perineo con el pulgar. Ella cerró los ojos, echó la cabeza atrás, y noté cómo la polla se le hinchaba todavía más dentro de mi boca. Podía sentir cómo ella controlaba la respiración cada vez con más esfuerzo, cómo se le escapaba un temblor por los muslos.
Cuando me aparté, los dos teníamos la respiración alterada y su polla estaba brillante de mi saliva, apuntándome a la cara.
—Quiero que me folles —dije.
Valentina me miró con esa expresión tranquila que había tenido desde que abrió la puerta.
—Vamos despacio —respondió—. Te la voy a meter entera, pero a mi ritmo.
***
Me tumbé boca arriba en el borde del sofá con las rodillas dobladas contra el pecho, ofreciéndole el culo abierto. Valentina sacó un bote de lubricante del cajón de la mesita, se echó un chorro en los dedos y me los pasó por el ojete, dibujando círculos lentos hasta que la entrada empezó a ceder. Metió primero un dedo, hasta el fondo, moviéndolo despacio. Después dos, abriéndolos ligeramente en tijera para estirarme. Yo apretaba y aflojaba alrededor de sus dedos, sintiendo cómo mi propio cuerpo se abría a ella. No había urgencia en ninguno de sus movimientos. Eso, en sí mismo, era parte de lo que hacía que todo funcionara.
Se lubricó la polla con la otra mano, embadurnándola de arriba abajo hasta que quedó reluciente. Después la agarró por la base y apoyó el glande contra mi ojete. Cuando sentí la punta empujando en mi entrada, instintivamente me tensé.
—Respira —dijo—. Suelta el aire cuando entre.
Respiré hondo y solté el aire despacio.
El glande se abrió paso con un tirón sordo. Valentina se quedó quieta, dejándome asimilar el estiramiento, y después empujó otro centímetro. Y otro. Empujaba, esperaba, observaba mi cara, ajustaba la presión según lo que leía en mi expresión. El dolor inicial fue breve, un preludio agudo que se disolvió casi de inmediato en algo completamente distinto: una llenura profunda, caliente, que me subía por la columna. Cuando la sentí entrar hasta el fondo, con sus huevos apoyados contra mis nalgas, el efecto fue inmediato. Una presión interior que cambiaba todo el paisaje de las sensaciones y que me tenía la polla goteando contra el vientre sin que nadie la hubiera tocado.
Se quedó quieta un momento, mirándome, con la verga metida entera y palpitando dentro de mí.
—¿Bien? —preguntó.
—Más que bien —respondí. Y era cierto.
Empezó a moverse. Un ritmo lento al principio, casi retirándose entera antes de volver a hundírmela hasta la base, con la punta rozando algo profundo que me hacía gemir cada vez que la tocaba. Fue ganando cadencia de manera gradual. Las nalgas mías empezaron a chocar contra su pelvis, un sonido húmedo y rítmico que llenaba el salón. Con una mano me sostenía por detrás de la rodilla, doblándome más para meterla más profundo; con la otra me tomó la polla y comenzó a hacerme una paja acompasada con las embestidas.
—Te encanta —susurró, sin parar de moverse—. Mírate. Se te cae la baba de tenerme la polla dentro.
—Sí —conseguí decir—. Más fuerte. Follame más fuerte.
Y me folló más fuerte. Aceleró las caderas, hundiéndomela con estocadas secas que me arrancaban gruñidos, sin dejar de bombearme la polla con la mano. La combinación era devastadora: la presión de la verga golpeándome por dentro, buscando ese punto que me hacía ver luces, y la fricción de sus dedos apretados alrededor de mi glande. Cerré los ojos. Los abrí. Quería ver su cara.
Valentina me miraba mientras me destrozaba. Tenía las tetas balanceándose con cada embestida, los pezones duros, el pelo cayéndole sobre la cara, la boca entreabierta. Esa mirada, directa y sin fisuras, era casi tan intensa como la polla que me estaba metiendo hasta el fondo.
Intenté aguantar. No pude.
Me corrí con una fuerza que me arrancó un sonido que no reconocí como mío. La corrida me salió a chorros, largos y espesos, cayéndome sobre el vientre y el pecho mientras Valentina seguía moviéndose sin detenerse, apretándome la polla justo por debajo del glande para exprimirme hasta la última gota. El orgasmo llegó en oleadas que se superponían, una tras otra, cada estocada suya prolongando cada ola hasta que yo terminé completamente y me quedé inmóvil con los músculos sin tensión, el vientre chorreando de semen y el culo todavía atravesado por su polla.
Cuando ella llegó al límite, salió de mí con un movimiento firme, se subió al sofá arrodillada sobre mi torso y se meneó la verga a dos dedos de mi cara. La vi correrse: la punta se le hinchó, se le puso morada, y de golpe empezó a expulsar chorros calientes de semen que me cayeron en la mejilla, en los labios, en el cuello, mezclándose con mi propia corrida sobre el pecho. Fue breve y concentrado, sin teatralidad, real como todo lo que había pasado esa tarde. Se corrió apretando los dientes, con un gemido bajo, y las últimas gotas se las sacudió contra mi lengua abierta.
Después se recostó a mi lado durante un minuto en silencio, pegajosos los dos.
El único sonido era nuestra respiración, que volvía despacio a su ritmo normal.
***
Me ayudó a incorporarme. Fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua y una toalla húmeda con la que me limpió el pecho y la cara con la misma tranquilidad con que había hecho todo lo demás. Nos sentamos en el sofá y bebimos en silencio durante un rato, con esa calma extraña que viene después de una tensión completamente resuelta. Luego volvimos a hablar, sin prisa, de cosas que no tenían nada que ver con lo que acababa de pasar.
Cuando me puse de pie para irme, Valentina me acompañó hasta la puerta con el tanga otra vez puesto y el pelo ligeramente revuelto, tan tranquila como cuando abrió.
—La próxima vez —dije mientras me ponía la chaqueta—, quiero ser yo el que te folle a ti.
—Ya lo sé —me interrumpió con una sonrisa ligera—. La próxima vez.
Salí a la calle con las piernas un poco inestables y la certeza absoluta de que no iba a tardar mucho en volver.