Diez años después, él me hizo sentir mujer otra vez
Llevaba toda la tarde preparándome para esa noche, como si en lugar de un hombre esperara un veredicto. Apagué cada lámpara del departamento y dejé encendidas solo las velas rojas que había colocado en hilera por el pasillo, desde la puerta hasta mi habitación. La cera ya empezaba a gotear sobre los platitos, y el aire olía a sándalo y a jazmín, los dos inciensos que reservaba para las ocasiones que de verdad importaban.
Esta importaba más que ninguna. Hacía casi diez años que no me acostaba con nadie, diez años desde que decidí que mi cuerpo era mío y de nadie más. Mateo había sido el único que, en todo ese tiempo, supo mirarme sin pedir explicaciones.
Nos habíamos escrito durante meses. Mensajes largos, de madrugada, en los que yo le contaba quién era y él me respondía como si lo más natural del mundo fuera desear a una mujer como yo. No me trataba como un secreto ni como una curiosidad. Me trataba como a una mujer, sin más.
Una semana atrás me había escrito una sola línea: «Quiero verte». Tres palabras que llevaba diez años esperando sin admitirlo. Respondí que sí antes de pensarlo, y desde entonces no había dormido bien ni una noche, imaginando este momento de mil maneras distintas, todas terminando igual: yo, por fin, dejándome tocar.
No te ilusiones, me repetía mientras me ajustaba el babydoll frente al espejo. Es solo una noche. Pero el corazón me latía como a los veinte, y las manos me temblaban tanto que tuve que repasar el labial dos veces.
El babydoll era morado, transparente, y se me pegaba al pecho con cada respiración. Las medias blancas de encaje me llegaban a medio muslo y dejaban al descubierto la piel recién depilada, suave bajo la yema de mis dedos. Me había arreglado durante horas: el pelo, el rubor apenas, el labial de un rojo que combinaba con las velas. Quería que, cuando me viera, no le quedara ninguna duda.
A las dos de la madrugada exactas, el timbre rasgó el silencio como un latigazo.
Abrí la puerta sin encender ninguna luz. Mateo estaba ahí, más alto de lo que recordaba de las fotos, con una camisa blanca a cuadros que se le pegaba al pecho y unos jeans oscuros. Me miró de arriba abajo, despacio, y vi cómo tragaba saliva. No dijimos «hola». No hacía falta.
Le tomé la mano. La mía estaba fría y temblorosa; la suya, caliente y firme. Lo guié por el camino de cera derretida hasta la habitación, y sentí su mirada clavada en mi espalda durante todo el trayecto.
Cerré la puerta con el pie.
—Estás… —empezó él, y se le quebró la voz.
—No digas nada —susurré—. Todavía no.
Me acerqué hasta que mis labios casi rozaron los suyos. Olí su colonia, el rastro de sudor limpio debajo, ese olor a hombre que no sentía hacía una eternidad y que me aflojó las piernas de golpe. Y lo besé.
No fue un beso suave. Fue el beso de alguien que había esperado demasiado. Nuestras lenguas se buscaron, sus manos subieron a mi cintura y me apretaron contra él, y yo gemí dentro de su boca sin ningún pudor. Le mordí el labio inferior, despacio, y lo sentí estremecerse entero.
—Mmm… —murmuró él contra mi mejilla—. Sabía que ibas a ser así.
—¿Así cómo?
—Intensa.
Le abrí la camisa botón por botón, sin prisa, disfrutando de cada centímetro de piel que aparecía. La tela cayó al suelo con un ruido seco. Bajé los labios a su pecho, a la línea de sus abdominales, y lo besé y lo lamí mientras él me sostenía la nuca con una mano y respiraba cada vez más rápido.
***
Él se desabrochó el cinturón con un solo movimiento. Le bajé los jeans y la ropa interior de un tirón, y su erección quedó libre frente a mí: gruesa, dura, la punta brillante con una gota gruesa que colgaba temblando. Me quedé mirándola como hipnotizada. Hacía tanto que no veía a un hombre así, tan dispuesto, tan deseoso de mí, que sentí un calor recorrerme entera.
Sin decir nada, le señalé la cama.
Se acostó de lado, la espalda contra la pared, y yo me acomodé delante de él, en cucharita. Mi espalda contra su pecho, mis nalgas contra su vientre. Sentí su erección caliente latiendo entre mis muslos, y todo mi cuerpo respondió como si llevara años dormido y alguien acabara de despertarlo.
Su mano derecha subió por mi muslo desnudo, lenta, posesiva, dibujando el borde del encaje. La izquierda pasó por debajo de mi brazo y me cubrió un pecho. Sus dedos encontraron el pezón y lo apretaron apenas.
—Aaah… —gemí, y el cuerpo entero se me sacudió.
El primer orgasmo me golpeó casi sin aviso, sin que él hiciera nada más que tocarme el pecho y respirarme en la nuca. Un temblor que partió de muy adentro y me dejó jadeando, los ojos llenos de lágrimas que ni yo entendía. No era solo placer. Era alivio. Era sentirme deseada después de tanto tiempo de silencio.
—Tranquila —me susurró al oído, abrazándome más fuerte—. Tenemos toda la noche.
Pero él no se detuvo. Su boca bajó a mi hombro, mordió la curva de mi cuello, recorrió mi espalda con los labios mientras su mano seguía jugando con mis pezones, uno y después el otro.
—Mateo… —jadeé—. No pares, por favor.
Me retorcí contra él, frotando mis nalgas contra su erección. La tenía durísima. Entonces sentí la punta caliente deslizarse entre mis muslos, buscando, y mi cuerpo se abrió por puro deseo.
—Espera… —susurré, y bajé la mano para guiarlo—. Despacio. Tengo que sentirte de a poco.
—Como tú quieras —respondió, y le temblaba la voz de aguantarse.
Lo guié hasta mi entrada. Apenas podía rodearlo con los dedos. Él empujó, lento, y yo sentí cómo cedía milímetro a milímetro, una quemazón deliciosa que me arrancó un gemido largo desde lo más hondo.
—Más… —pedí—. Entra entero.
Y entró.
De un solo movimiento profundo y firme. Sentí cada centímetro abrirme camino, llenarme hasta un lugar que creía olvidado. No dolió. Fue un placer tan intenso que por unos segundos me quedé sin aire, ciega, agarrada a la sábana como si fuera a caerme de un precipicio.
—¿Estás bien? —preguntó él, quieto, conteniéndose dentro de mí.
—Estoy mejor que bien —dije, y giré la cabeza para besarlo de costado.
***
Y empezamos a movernos.
Primero lento, profundo. Él salía casi del todo y volvía a hundirse hasta el fondo, marcando un ritmo paciente que me hacía gemir contra la almohada. El sonido húmedo de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación, mezclado con nuestras respiraciones y con mis suspiros cada vez menos contenidos.
—Así —jadeé—. Justo así, no cambies nada.
Pero el deseo nos fue ganando a los dos. Mateo me agarró la cadera con una mano, el pecho con la otra, y empezó a moverse más rápido, más hondo. Yo arqueé la espalda para recibirlo mejor, y mis gemidos se volvieron casi gritos.
—¡Sí! ¡Así, Mateo, no pares!
Sentía ese punto profundo que solo se enciende cuando alguien sabe llegar, cuando el cuerpo se entrega del todo. La cama crujía, las velas temblaban en el pasillo, y yo ya no era dueña de nada: ni de mi voz, ni de mis temblores, ni de las lágrimas que volvían a caerme de puro placer.
—Me estoy por correr otra vez —avisé, con la voz rota—. No aguanto.
—Yo tampoco —gruñó él contra mi nuca—. ¿Dónde quieres que…?
—Adentro —le pedí, agarrándole la mano y entrelazando nuestros dedos—. Quédate adentro, conmigo.
Y explotamos casi al mismo tiempo.
Lo sentí hincharse, ponerse durísimo, y después esa oleada caliente que me inundó por dentro mientras yo me deshacía en mis propias convulsiones, gritando su nombre contra la almohada, el cuerpo entero sacudido por algo que era mucho más grande que el sexo.
—Renata… —murmuró él, hundiendo la cara en mi pelo—. Renata.
Escuchar mi nombre en su boca, en ese instante, me terminó de partir en dos.
***
Quedamos pegados, temblando, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda. Ninguno de los dos se movió durante varios minutos. Solo respiraciones entrecortadas, el sudor mezclado, el olor del sexo flotando entre las velas que ya casi se consumían.
Cuando por fin él se deslizó fuera de mí, me giré despacio y lo miré a los ojos. No había prisa en su mirada, ni vergüenza, ni esa distancia que tantas veces había visto en otros. Solo a mí, reflejada en él como la mujer que siempre había sabido que era.
Le acaricié la cara y lo besé, esta vez sin urgencia, con una ternura que me sorprendió a mí misma.
—Gracias —le susurré.
—¿Por qué?
—Por hacerme sentir mujer de verdad esta noche.
Él me apartó un mechón de la frente y negó con la cabeza, muy suave.
—No te hice sentir nada que no fueras ya —dijo—. Solo te miré.
Me abrazó por la espalda y se quedó dormido casi enseguida, su respiración pausada acariciándome la nuca. Yo me quedé despierta un rato más, con su brazo pesado sobre mi cintura y el corazón extrañamente en paz.
Diez años de silencio, y había bastado una sola madrugada para recordar quién era. Renata. Una mujer. Esa noche, deseada de verdad, y por fin tranquila.