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Relatos Ardientes

Travesti en hora pico: lo que nadie debía ver

Por aquel entonces trabajaba en el Microcentro, en una de esas torres de vidrio donde todos visten igual: saco oscuro, corbata, cara de pocos amigos y mirada perdida en los monitores. Mis jornadas empezaban antes de que aclarara del todo y terminaban cuando la ciudad ya estaba oscura. El recorrido diario era siempre el mismo: subte desde Constitución hasta Carlos Pellegrini, transbordo, y luego la línea que me dejaba a dos cuadras de la oficina.

Lo que más disfrutaba no era el trabajo. Era el subte de regreso.

Llevaba meses haciendo ese viaje vestido de hombre, mezclado con la multitud, rozándome con desconocidos en los vagones atestados de la hora pico. Pero siempre elegía el último vagón. Los que vivimos en esa ciudad sabemos que ese espacio tiene sus propias reglas: nadie se mira a los ojos, pero las manos van y vienen. No pasa de eso generalmente. Alguien se la saca, alguien la toca. Todo en silencio, todo rápido, como si no hubiera pasado nada.

Lo que yo quería era diferente. Quería hacer ese recorrido vestida.

No como una fantasía abstracta que uno se guarda para la ducha. Como algo real. Como algo que de verdad iba a hacer.

***

La pregunta era cómo. Al trabajo iba de hombre, no podía aparecer en la oficina de otra manera. Necesitaba un lugar donde cambiarme, maquillarme, transformarme. Y necesitaba que nadie que me conociera me viera salir así vestida de un edificio de oficinas.

Estuve toda una semana pensándolo. La ropa, el recorrido, el día exacto. Cada mañana en el subte, apretada contra desconocidos, repasaba los detalles. ¿Dónde cambiarme? ¿Qué hacer si alguien me reconocía? ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar si las cosas se ponían interesantes? Las preguntas me seguían al escritorio, me acompañaban en la reunión de las once, me esperaban a la hora del almuerzo.

Decidí que iba a ser un viernes de quincena, cuando el subte explota de pasajeros y nadie puede girarse sin rozar a alguien.

El atuendo lo tenía claro desde el principio. Una minifalda ajustada hasta la mitad del muslo, cuadros en negro, blanco y gris, de corte colombiano que realza las caderas. Una blusa blanca semitransparente, ejecutiva pero no del todo. Un corpiño negro que se adivinaba bajo la tela sin gritarlo, con sus rellenos en cada copa. Liguero negro hasta la ingle, calzón en borgoña oscuro. Botitas de tacón bajo hasta el tobillo.

Para cambiarme elegí un hotel de paso cerca de la estación. Discreto, sin preguntas, con habitaciones por hora. El tipo de lugar donde nadie recuerda tu cara al salir.

***

Llegó el viernes. Acompañé a mis compañeros hasta la salida del edificio, inventé que me esperaba una amiga y me separé antes de que pudieran preguntar nada. Caminé cuatro cuadras hasta el hotel, pedí una habitación, subí y cerré la puerta detrás de mí.

Ahí me senté en el borde de la cama y me quedé quieta un momento.

Los nervios eran físicos, no solo mentales. Me temblaban las manos. Encendí un cigarrillo. Luego otro. Creo que fumé cuatro o cinco antes de decidirme a mover un solo músculo.

Me maquillé despacio frente al espejo del baño: base, corrector, sombra en los párpados, delineador fino. Nada exagerado, nada de carnaval. El tipo de maquillaje que desde lejos pasa desapercibido pero que de cerca lo cambia todo. Me puse el corpiño con sus rellenos, la blusa por encima, la falda ajustada. Me até las botitas.

Me quedé mirándome un buen rato.

No era perfecta. Pero era real. Era yo.

Agarré la mochila, la ajusté al hombro y salí al pasillo.

***

El primer segundo afuera del hotel fue extraño de una manera que no esperaba. El aire era diferente contra las piernas. La minifalda dejaba pasar una brisa que nunca había sentido en ese recorrido, y algo en esa sensación —tan concreta, tan física— me aflojó los músculos y me calmó los nervios más que cualquier cigarrillo.

Dos tipos me miraron al cruzar la calle. Uno dijo algo que no llegué a escuchar bien. Seguí caminando sin detenerme, con el tacón marcando el ritmo en la vereda.

Más mujer de lo que nunca me había sentido en mi vida.

Entré al subte, pasé los molinetes y bajé al andén. Me ubiqué directo al fondo, donde para el último vagón. Me quedé en el rincón más alejado de la puerta, apoyada contra la pared lateral, con la mochila entre los brazos y los ojos hacia adelante.

El tren llegó lleno de entrada. Para la siguiente estación ya no quedaba espacio entre los cuerpos.

***

En la tercera estación subió mucha gente y salió poca. El vagón crujía de tanto peso. Yo apretaba la mochila contra el pecho, tratando de mantener el equilibrio entre empujones y frenadas abruptas.

Detrás de mí había dos hombres que llevaban un rato con sus propios asuntos. Uno le tenía la mano encima al otro. Me di cuenta sin mirar: se percibe en el ritmo de los cuerpos, en cómo se ajustan los movimientos para no ser obvios. Al principio ninguno me prestó atención. Yo era ruido de fondo.

En la siguiente estación hubo un movimiento grande de pasajeros. Gente que salía, gente que entraba, cuerpos reordenándose por necesidad. Cuando el vagón volvió a quedar compacto, sentí algo diferente. Una mano en mi pierna izquierda. Suave, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

No era ninguno de los dos de atrás.

Me tomé un momento antes de mirarlo. Traje oscuro, corbata levemente aflojada, unos cuarenta años, moreno, cara ancha. Me sostuvo la mirada un instante y la desvió, como si nada hubiera pasado. La mano, sin embargo, no se fue.

Subió despacio por el muslo. Llegó al borde de la falda, la rozó, siguió. Me apretó las nalgas con la palma entera como si supiera exactamente lo que estaba tocando. Sentí que di un medio paso hacia atrás sin pensarlo, y eso fue señal suficiente. Se puso detrás de mí.

A través del pantalón de vestir se notaba perfectamente: duro, sin disimulo.

***

Bajé la mano izquierda y lo toqué por encima de la tela. Estaba bien dotado. No exageradamente, pero sí lo suficiente para sentirlo con claridad: firme, caliente, lleno de contornos.

Él aprovechó ese gesto para meter la mano bajo la falda. La levantó despacio, con cuidado de que nadie desde afuera pudiera ver demasiado, y se quedó unos segundos mirando el liguero, el calzón, todo aquello que había elegido con tanta anticipación.

Con la mano derecha intenté bajarme la falda por delante. El hombre parado frente a mí —que había estado mirando hacia la puerta todo ese rato— bajó la vista en ese momento. Bajó también la mano. Me la quitó. No supe si fue por solidaridad o porque quería ser parte de otra cosa. Lo que sí sé es que me quedé con la falda enrollada a la altura de la cintura como un cinturón improvisado, completamente expuesta.

El calor dentro del vagón era sofocante. El calor de mi propio cuerpo también.

Al del traje le abrí el cierre. Me ayudó a sacársela. Era exactamente lo que había percibido: firme, cargada de venas, húmeda ya en la punta. Me la apoyé en la palma y empecé a moverla despacio.

Al hombre de adelante le hice lo mismo. Se giró un poco para quedar más de frente a mí, me miró un segundo y se la sacó él solo. Se la tomé con la otra mano.

Los dos que estaban al costado notaron lo que estaba pasando. Había algo de vergüenza en eso. Pero no la suficiente para que me importara. Tenía dos hombres en las manos, la falda levantada y varias manos más recorriéndome las piernas. No necesitaba nada más.

***

No habían pasado dos estaciones cuando el del traje comenzó a jugar con el encaje del calzón por detrás. Muy lento. Tan lento que al principio no lo registré como una intención clara. Cuando me di cuenta, ya lo estaba bajando.

Solté al hombre de adelante. Metí la mano en la mochila y saqué un preservativo.

El del traje me miró cuando dejé de moverle la mano. Cuando vio lo que tenía en la palma, articuló en silencio dos palabras. Solo dos. No las escuché, pero las entendí perfectamente.

Se lo pasé. Lo abrió sin prisa, sin nervios. Sentí sus dedos en la parte de atrás, húmedos, preparándome con cuidado. El subte avanzaba y con cada frenada, con cada curva de la vía, él aprovechaba el movimiento para ir entrando un poco más.

Los pujidos los ahogaba apretando los labios. No hacía falta que nadie los escuchara.

Ni siquiera sabía en qué estación íbamos. Me había dejado de importar varios minutos atrás. Había algo poderoso en eso, en soltarse del mapa, en perder el control de dónde estaba mientras el cuerpo iba en otra dirección completamente.

Me estaban penetrando. Tenía una erección en la mano. Había gente manoseándome. Era exactamente lo que había planeado durante una semana entera y era mejor de lo que lo había imaginado. Mucho mejor.

***

Lo sentí terminar en pleno túnel, entre estaciones, con el ruido de los rieles cubriendo cualquier sonido que se me pudiera escapar.

Me acomodé rápido. Le pregunté en voz baja al hombre que aún me tenía la mano en la cadera en qué estación íbamos. Me dijo el nombre.

Habíamos llegado al final de la línea sin que me enterara.

Las puertas se cerraron antes de que saliera. El vagón comenzó a moverse de vuelta hacia el túnel. Se apagaron las luces. El conductor habló por el altavoz: parada técnica, unos diez minutos sin servicio.

El hombre del traje se inclinó hacia mi oído.

—¿No te sobró otro? —preguntó en voz muy baja.

***

Mujer prevenida vale por dos. Y los preservativos vienen en paquetes de tres.

Con menos gente en el vagón y la oscuridad de por medio, fue más fácil. Me bajó el calzón de un jalón y entró directamente. No necesitó los diez minutos. En cinco ya había terminado, y cuando el tren volvió a arrancar yo ya me estaba acomodando la ropa.

Tomé un taxi desde la estación terminal. Era caro, pero no tenía ganas de más subte esa noche.

En el asiento de atrás noté algo raro. Una sensación viscosa, resbaladiza en lugares que no correspondían. Empecé a calcular, a recordar. Las prisas del final, la oscuridad, la segunda vez. No recordaba haber verificado nada.

La preocupación llegó despacio, pero llegó.

Cuando entré a casa fui directo al baño. Me desnudé, agarré papel higiénico y empecé a limpiarme.

Sentí algo que ofrecía resistencia. Algo que se podía jalar.

Era el preservativo. Enrollado, atascado, pero completamente entero.

La tranquilidad volvió de golpe.

Me senté en el borde de la bañera, sola en el baño, y me reí durante un buen rato.

Gracias por leer.

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Comentarios (4)

nocturna_88

increible!!! me tuvo enganchada de principio a fin, los nervios se sienten desde el primer parrafo

Adrián_RN

Me recordó a la primera vez que yo también salí así a la calle. Ese momento de cruzar la puerta lo es todo. Muy bien narrado.

SilRos_BA

Que valentía y que bien contado. Seguí compartiendo experiencias así de honestas, se necesitan mas relatos como este

Trafilus

Se me hizo cortisimo, queremos la continuacion!!!

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