El cumpleaños de Lulú terminó en el motel de la esquina
A Lulú así le decíamos en la oficina, aunque su documento decía Andrés. Era una mujer atrapada en el cuerpo equivocado y hacía lo posible por escaparse de ahí: el pelo largo teñido de rubio cobrizo, una sombra azul en los párpados, los movimientos suaves y medidos. Al hablarle daba esa sensación rara de tener un cuerpo de hombre delante y estar conversando con una chica. Por las noches imitaba a Lady Gaga en un bar de la zona rosa; era todo un personaje.
La otra era Mara, treinta y un años, flaca, de pelo negro hasta los hombros y unas tetas grandes que descolocaban con el resto de su figura. Trabajábamos los tres en un proyecto pequeño, los tres encerrados en la misma sala. Yo tenía veinticuatro, andaba metido hasta el cuello en la fiesta y cargaba siempre una bolsita en el bolsillo del pantalón. Ellos todavía no lo sabían; lo iban a saber esa misma semana.
Mientras nosotros tecleábamos, Lulú ensayaba coreografías a nuestras espaldas, contoneándose entre los escritorios y postergando su parte del trabajo. Con Mara, en cambio, hubo una conexión rara desde el primer día. Una tarde me invitó a una reunión en casa de unos amigos suyos, una pareja que vivía a tres cuadras de la oficina. Tomamos vino, hablamos hasta tarde, y en algún momento, sin atreverme a decírselo de viva voz, agarré una servilleta y escribí: «¿puedo besarte?».
Le pareció lo más romántico del mundo. Esa misma noche, al despedirnos en el portal, me estampó un beso con esos labios gruesos suyos. A partir de ahí empezamos un romance silencioso del que nadie en la oficina sospechaba. Yo era bastante ingenuo y ella me sostenía a base de besos y caminatas con la mano agarrada, pero nada más. Llegábamos a un punto en el que la respiración se nos cortaba y, justo cuando intentaba meter la mano debajo de su blusa, se apartaba con una risa nerviosa y se iba. Yo terminaba en casa, masturbándome pensando en hundir mi verga entre esas tetas y acabar sobre su cara.
A la hora del almuerzo solíamos cruzar por delante de un motel de mala muerte, a media cuadra del centro comercial. En las noches esa esquina se llenaba de prostitutas y de borrachos buscando habitación. Bromeábamos siempre con el lugar; un día llegamos a apostar cuánto cobraban por hora.
Aquel día Mara me agarró de la mano sin avisar y me arrastró hasta la ventanilla. Lulú vino detrás de nosotros, divertida. Una chica con cara de aburrida nos atendió desde detrás de un vidrio con luz de neón rosa. Mara preguntó el precio de una hora y, además, cuánto costaba meter a una tercera persona. La empleada nos miró a los tres —una flaca tetona, un chiquilín simpático y alguien que ya no se sabía si era hombre o mujer— y soltó la tarifa con la naturalidad del que ya lo ha visto todo. Nos fuimos riendo a carcajadas.
Cuando metía coca mi cabeza se desbocaba. Esas noches le escribía mensajes sucios a Mara y ella me respondía con otros peores, pero seguía sin haber sexo. Hasta que una madrugada el mensaje no fue para ella.
—Hola, ¿qué haces? —escribí.
—¡Holaaa bebé! Recién llegando a la casa, ¿y tú? —contestó Lulú.
—No puedo dormir.
—¿Por?
—Cuando meto perico pienso en ti.
Pasaron unos segundos eternos.
—Mentira. ¿Y qué piensas?
—Que me dan ganas de ponerte en cuatro y metértela por el culo.
—OMG. Nunca me imaginé eso de ti.
—¿Te gustaría?
—Algún día, sí.
No volvimos a tocar el tema. Eran impulsos químicos, nada más. Pero el jueves siguiente todo terminó pasando.
***
Era el cumpleaños de Lulú. Mara apareció con una botella de ron y a las dos de la tarde ya estábamos sirviendo el primer vaso encima del teclado. A las cinco la botella estaba seca y me dieron plata para comprar otra. Cada media hora yo me escapaba al baño a meterme una raya rápida, así que para cuando volví con la segunda botella ya iba muy puesto. Empecé a mirar a Lulú con otros ojos. Llevaba un jean ajustado y una camisa blanca abierta hasta la mitad. Cada vez que se inclinaba para repetir un paso de baile se le veía la tira de una tanga blanca asomando por la espalda baja. Yo no podía dejar de pensar en cómo se vería en cuatro, en cómo sería correrle esa tanga y sentir sus bolas chocando con las mías.
Por otro lado, Mara. Mara con un top negro, el cuello largo y blanco, el ombligo al aire y un piercing diminuto que brillaba cada vez que se movía. A las seis ya estaba borracha; se reía a carcajadas y arrastraba las palabras. Lulú aguantaba mejor el trago, pero también iba flotando. Yo, gracias a la coca, estaba lúcido como una bombilla.
Decidimos salir a buscar otro sitio. La segunda botella iba por la mitad y la cargaba yo. Cuando pasamos por enfrente del motel, lo solté como un chiste.
—¿Y si entramos?
Los dos me miraron, se miraron entre ellos y, sin decir una palabra, caminaron directo a la ventanilla.
***
Pedí una sencilla con cargo extra por la tercera persona. Nos dieron una llave y un número: 207. Atravesamos pasillos largos con puertas a lado y lado; se oían gemidos detrás de algunas, otras estaban en silencio. Nos cruzamos con un travesti que salía de la mano de un señor de saco y corbata; el hombre bajó la vista al pasar. Lulú soltó una risita.
La habitación era horrible: cama vieja, ventilador de techo, un sillón rojo destartalado en una esquina y un espejo enorme frente a la cama. Cerré la puerta y me encerré en el baño. Saqué la bolsa y me serví dos rayas rápidas sobre la tapa del inodoro.
Cuando salí, Lulú estaba tumbada de medio lado en la cama; otra vez se le veía la tanga asomando del jean. Mara peleaba con el control remoto buscando un canal. Después supe que buscaba porno.
Me acerqué a ella y, al verme, se quedó congelada. Abrió los ojos como platos y miró a Lulú. Yo me giré, y Lulú tenía la misma expresión. Con la prisa de la inhalada no me había dado cuenta de que tenía toda la nariz blanca.
—¿Estás metiendo? —preguntó Mara, casi en un susurro.
Era inútil mentir. Me pasé el dorso de la mano por la nariz y, con todo el descaro que da el grado de borrachera, dije:
—¿Quieren un poco?
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa que sostenía el televisor. Derramé una cantidad generosa, armé tres rayas con una tarjeta y me llevé la primera para enseñarles cómo. Lulú vino después; al inclinarse, otra vez la tanga, otra vez la tentación. Mara fue la última y tosió media hora seguida.
***
Pusimos reguetón en el celular y empezamos a movernos. Nos sacamos las camisas casi a la vez. Lulú me mostró un pecho liso, sin un solo pelo, y un cinturón de cuero ya desabrochado. Mara se quedó en corpiño blanco de encaje, las tetas saltando con cada paso, y yo supe que esa noche por fin las iba a tener en la boca.
En la tele, una rubia delgada recibía a dos hombres a la vez, uno por arriba y otro por abajo. Las dos vergas se rozaban en cada embestida. Llámenme loco, pero con ese cuadro de fondo y con Mara medio desnuda al lado, lo primero que hice fue acercarme a Lulú. Metí la mano dentro del jean abierto, peleé contra la tanga y agarré algo más grueso y más duro de lo que esperaba. Con la otra mano terminé de abrirle el pantalón. La tanga apenas aguantaba el bulto. La besé. La empujé contra la cama; cayó sentada, la verga se le salió por un costado de la tela. Me arrodillé y me la metí en la boca. Lulú soltó un gemido femenino, llevó una mano al pelo y se quedó mirándome.
Sentí que me bajaban los pantalones de un tirón. Mara, la misma Mara que nunca me había dejado pasar de un beso, se empinó la botella, se arrodilló detrás de mí y me clavó la cara entre las nalgas. Estuvo un rato largo, lamiendo, mordiendo, riéndose.
Entre Lulú y yo le quitamos el resto de ropa a Mara. Sus tetas eran perfectas, los pezones pequeños y claros. La mezcla de alcohol y polvo le había puesto una mirada brillante, como poseída. Me agarró de la verga, me la guió hasta su coño y se ensartó ahí mismo, de pie. Lulú la tomó por detrás; entró sin demasiada ceremonia. Las tetas de Mara se aplastaban contra mi pecho. Yo se las llevaba a la boca y le mordía los pezones con suavidad.
Me tiré boca arriba en la cama vieja. Mara se subió encima y volvió a clavarse en mí. En el espejo del techo vi su culo —un culo chico y blanco, el ano apretado y rosado— y vi también cómo Lulú se acomodaba detrás, se acomodaba en ese hueco más estrecho, y empezaba a embestirla a su ritmo. Cuando las bolas de Lulú empezaron a rozar la base de mi pene se me cumplió una curiosidad vieja. Mara gritaba con una voz que yo no le conocía.
Armé otras tres rayas, esta vez no sobre la mesa sino sobre el tronco de mi verga. Se arrodillaron los dos y, por turnos, inhalaron. Después se quedaron ahí, lamiendo lo que sobraba. Las lenguas se les chocaban de vez en cuando, y a Mara se le ocurrió mojar un dedo con saliva y llevármelo al culo. La uña, larga y blanca, me lastimó un poco al entrar. Hice un gesto y, en vez de retirar el dedo, lo hundió más. La uña me rozaba las paredes como una cuchilla. No le dije que parara. Me gustaba.
Descubrí esa noche que lo de Mara era la dominación. Ejercía un control total sobre mí, siempre buscaba el agujero, siempre me marcaba el ritmo. Entonces decidió que era mi turno de servir. Se sentó en el borde de la cama, separó las piernas, me agarró de la cabeza y me llevó la cara hasta el coño.
—Cómetela toda, perra —dijo—. Lulú, métesela a este chico guapo.
Yo nunca había tenido nada con un hombre. Alguna vez, solo en mi cuarto, había jugado con cualquier cosa que tuviera a mano. Cuando Lulú apretó la cabeza de su verga contra mi ano, dolió de verdad. Tuve que soltar el coño de Mara para respirar.
—¡Denme la botella! —grité.
Mara se levantó con esa elegancia rara que tenía aun borracha, caminó hasta la mesa, mojó el dedo en lo que quedaba de polvo, se lo chupó, pegó un trago largo y me puso la botella en los labios. Tragué. La verga de Lulú entró un poco más. Al principio fue un suplicio; después fue otra cosa.
—No la saques —le dije—. Déjala dentro, no la saques.
***
Hicimos una pausa. Nos tiramos los tres en la cama, Mara en el medio. En la tele, ahora era una latina de culo enorme jugando en una piscina con una pareja. Yo le acariciaba la teta más cercana a Mara, y ella, distraída, me jugaba con las bolas.
—Me quiero bañar —dijo, y se levantó al baño.
Lulú y yo nos quedamos en silencio un par de segundos. Me miró.
—Sabes que quería hacer esto contigo —le dije.
Sonrió con toda su feminidad. La puse en cuatro y le lamí el culo un rato largo. Antes de penetrarla le pasé la verga por la boca para que me la lubricara. Funcionó perfecto. A diferencia de mí, que era un principiante en eso, Lulú abrió el ano con un movimiento aprendido y me dio vía libre hasta la base. Mis bolas chocaron con las suyas. Empecé a moverme entre gemidos suyos y míos.
Mara salió del baño envuelta en una toalla, la dejó caer y se subió a la cama. Hizo su papel de dominatriz otra vez: me clavó la uña en el agujero, esta vez sin avisar. Para entonces yo ya estaba dilatado y aguanté sin un solo gesto. Me vine dentro de Lulú. Mara lamió lo que sobraba —primero de mi verga, después del agujero de Lulú— y se rió con la boca abierta.
El final fue probar semen. Entre Mara y yo le hicimos el trabajo a la verga de Lulú, que terminó eyaculando sobre nosotros entre gemidos finos. Fuimos a la ducha los tres. Abrí la regadera y el agua empezó a caer sobre el cuerpo perfecto de Mara. Se giró, me rodeó el cuello con los brazos y nos besamos como si no nos hubiéramos visto en meses. Se me puso dura otra vez. Me ofreció el culo apoyada contra los azulejos. Lo hicimos ahí un rato más, hasta que el agua salió fría.
Terminamos lo que quedaba de la segunda botella sentados en la cama, los tres en silencio, viendo terminar una película que ya nadie miraba. Habíamos entrado a las siete; salimos pasadas las doce. Lulú tomó un taxi sola y Mara y yo agarramos otro. Se fue recostando la cabeza en mi hombro y, antes de llegar a su edificio, se quedó dormida.