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Relatos Ardientes

La travesti del hotel me ofreció más que un masaje

Hace tres semanas me tocó un viaje de trabajo de cuatro días a Oruro. Quien conoce el altiplano boliviano sabe de qué hablo: una ciudad gris, ventosa, donde a las seis de la tarde la calle queda vacía y solo te queda el cuarto del hotel y el ruido del agua oxidada cayendo por las cañerías de la calefacción central. Llegué un lunes a media tarde, con la maleta a medio armar y un cansancio que se me había metido en los huesos desde el aeropuerto de El Alto.

La primera noche dormí mal. La segunda fue cuando empezó todo.

Mi mujer y yo llevamos años con esa rutina de pareja larga en la que el sexo se convirtió en un trámite quincenal, casi de oficina. Hace mucho que me desfogo por internet sin que ella se entere. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero tampoco voy a fingir lo contrario aquí. Esa segunda noche me conecté a una sala de videochat y, después de varios intentos, di con un argentino que se hacía llamar Iván. Tenía cuarenta y tantos, voz grave, un departamento desordenado detrás. Y, sobre todo, sabía cómo hablar. Eso es lo que me prende, más que la imagen: cómo hablan.

—Sacate la remera —me dijo en cuanto vio que dudaba—. No me importa que tengas frío. Quiero verte temblar.

Le hice caso. Me bajé hasta los calzoncillos. Después un poco más. Me hizo arrodillarme sobre la cama, me hizo tocarme con dos dedos, me hizo mirar a la cámara y decirle, en voz alta, cosas que no me animo a repetir aquí. Me trató como a una puta, con esa palabra exacta, y la cabeza se me puso en blanco. Cuando terminamos —terminó él, yo me quedé al borde, sin acabar— cerró la videollamada sin despedirse, como si fuera un trámite resuelto.

Quedé caliente. No, peor: quedé con esa rabia mansa de las erecciones que no descargan. Pude haberme masturbado. Decidí que no. Quería esperar. Quería ver hasta dónde llegaba el calor si lo dejaba crecer.

A la mañana siguiente fui a la reunión con el cliente, una empresa de logística que ocupaba dos pisos de un edificio sin gracia frente a la plaza. Tomé café malo, asentí donde había que asentir, firmé un par de papeles. A la una y media estábamos saliendo a almorzar. A las tres me despedí y volví caminando al hotel.

***

Subí al cuarto y me senté en la cama con el celular en la mano. No fue una decisión consciente: fue como cuando el cuerpo ya decidió y la cabeza tarda en darse cuenta. Empecé a buscar. Anuncios de masajes. Anuncios de masajes a domicilio. Después, anuncios más específicos.

Encontré el aviso de una travesti que se anunciaba en una página que la mayoría finge no conocer. La foto del perfil era de espaldas, pero se le notaba la espalda ancha, los hombros fuertes, el pelo largo y oscuro hasta media espalda. Decía llamarse Renata. Decía que era su primera semana trabajando en Oruro y que ofrecía masajes «y lo que se acomode». El número estaba al pie.

Llamé. Me atendió con una voz más grave de lo que esperaba, pero amable, casi cálida.

—Buenas, ¿estás disponible esta tarde? —pregunté, tratando de sonar firme.

—Para vos sí, mi amor —contestó ella, en un acento que mezclaba lo argentino con lo paceño—. ¿Querés que vaya o venís?

Le dije que iría yo. Me dio una dirección a quince cuadras del hotel, en un barrio que el conserje, cuando le pedí indicaciones genéricas sin mencionar la calle exacta, describió como «tranquilo, pero no muy paseable de noche». Tomé un taxi. Pagué en efectivo. Bajé en la esquina equivocada a propósito y caminé las dos cuadras finales mirando para todos lados.

El edificio era nuevo, sin portero. Subí al cuarto piso. Toqué dos veces. Abrió ella.

Era más alta que yo, no por mucho, pero lo suficiente como para que tuviera que levantar un poco la barbilla. Soy de contextura mediana, un poco trabajado en el gimnasio sin exagerar. Renata tenía los hombros amplios, los brazos torneados, la cintura marcada de un modo que me costó procesar. Llevaba una bata corta de seda barata, color granate, y debajo se le adivinaba una tanga negra que no escondía nada.

—Pasá —dijo, y se hizo a un lado.

El departamento olía a sahumerio de canela y a algo más profundo, como a sudor reciente cubierto con perfume dulce. Tenía la luz apagada y dos velas encendidas sobre una cómoda. La cama estaba cubierta con una toalla blanca, lista para el masaje. Una mesita al lado, con aceite, una vela aromática y un par de cosas más que preferí no registrar todavía.

—¿Algo de tomar? —ofreció.

—No, gracias. Estoy bien.

Se rio bajito.

—Te tiembla la voz —dijo—. Tranquilo. Acá nadie te va a hacer nada que vos no quieras.

***

Me dijo que me desnudara. Le pedí que se diera vuelta, porque me daba vergüenza, y lo hizo sin discutir. Quedé en calzoncillos y me acosté boca abajo en la cama. La sentí moverse detrás. Sentí también, sin querer, que la mirada se me iba siempre al espejo del armario, donde la veía abrir el frasco de aceite y calentarlo entre las manos.

Pero antes de que empezara, me giré. No sé por qué. Quizás porque ya sabía adónde iba todo y no quería seguir fingiendo. Me senté en el borde de la cama y la miré. Ella estaba de pie, con la bata abierta, la tanga apretándole un bulto que sobresalía sin pudor.

—¿Querés? —preguntó simplemente, viendo adónde miraba.

No le contesté con palabras. Estiré la mano y le bajé la tanga hasta los muslos.

No tenía un sexo grande. Al contrario: era de tamaño moderado, casi modesto. Pero estaba duro, recto, limpio, y a mí se me secó la boca de un modo que no me había pasado en años. La tomé con la mano primero, sintiendo el peso, la temperatura. Después me incliné hacia adelante y la metí entera en la boca.

Renata soltó un suspiro que sonó casi sorprendido.

—Vos sabés —dijo bajito, pasándome los dedos por la nuca—. Vos ya hiciste esto.

No le contesté. Era mentira y era verdad a la vez. Lo había hecho en mi cabeza miles de veces. En la realidad, nunca.

Estuve un rato largo. Me concentré en moverla despacio, en sentir cómo se hinchaba contra mi paladar, en el sabor levemente salado de la punta. Era distinto a lo que había imaginado. Mejor. Más concreto. Cada vez que cambiaba el ángulo, ella me apretaba un poco más fuerte la nuca, sin obligarme, pero marcándome el ritmo.

—Si seguís así me voy a venir —dijo después de un rato—. ¿Querés que me venga así, o querés que sigamos?

Levanté la cabeza, con los labios brillantes, y le dije:

—Quiero el masaje. El que vine a pedir.

Sonrió. No fue una sonrisa pícara: fue una sonrisa de quien ya sabe lo que va a pasar.

***

Volví a acostarme boca abajo. Esta vez ella subió a la cama y se acomodó a horcajadas, a la altura de mis muslos. Empezó con los hombros, los omóplatos, la espalda baja. Sabía hacerlo de verdad. No era un masaje fingido: tenía técnica, presión, ritmo. Me fui aflojando contra la toalla.

Cuando me di cuenta, los calzoncillos ya no estaban en su lugar. Me los había bajado hasta los muslos sin que yo registrara el momento exacto. Sus manos se me iban metiendo entre las nalgas con cada pasada, cada vez un poco más adentro, con la excusa del aceite que se le derramaba.

No dije nada. Dejarme estar era ya una respuesta.

Sentí entonces que separaba las nalgas con las dos manos y que escupía entre ellas. La saliva tibia me recorrió la entrada y bajó hasta el escroto, y todo el cuerpo se me tensó como un cable.

—Quietito —murmuró—. Quietito.

Se levantó un segundo. Escuché un cajón abrirse. Volví a sentir el peso del colchón hundirse.

—Renata —dije, hablándole a la almohada—. No vine para esto.

—Ya lo sé, amor —contestó—. Tampoco yo te voy a hacer nada. Solo te voy a apoyar la punta. Solo la cabecita. Si querés que pare, paro.

Dejó el preservativo y el lubricante sobre la cama, al alcance de mi mano, como si quisiera que yo viera que estaban ahí, que no había secretos. Y siguió con el masaje.

Pasaron diez minutos. Quizás quince. Cuando volvió a separarme las nalgas, esta vez ya no se sentía como un masaje. Sentí el frío del lubricante. Sentí el aro relajándose contra su voluntad. Y sentí, después, la cabeza del condón apoyándose contra esa puerta que llevaba dos años cerrada.

***

No sé cuánto tardé en dejarla pasar. Solo sé que ella esperó. No empujó. Apoyó, y esperó. Me hablaba al oído mientras tanto, cosas tontas y cosas no tan tontas, contándome que no había problema, que respirara, que aflojara el culo como si fuese a hacer pis al revés, frases que en otro contexto me habrían dado risa y que ahora me sonaban como una guía paso a paso.

Cuando finalmente cedí, dolió. Dolió bastante, lo suficiente como para que se me llenaran los ojos de lágrimas sin que yo decidiera llorar. Ella se dio cuenta y me preguntó al oído cuánto hacía.

—Como dos años —dije, contra la almohada.

Se quedó callada un segundo. Después la sentí endurecerse todavía más adentro mío. Eso la había prendido.

—Pobrecito mi amor —murmuró, casi tierna, casi cruel—. Cómo te estaba haciendo falta.

Avanzó un poco más. Después otro poco. No tenía un tamaño grande, ya lo dije, y agradecí entonces ese detalle como agradece el que se ahoga la rama justa para sostenerse. Me dilaté de a poco, y cuando la sentí entera adentro fue como si algo se hubiese acomodado en su sitio.

Empezó a moverse despacio. Me agarró los hombros con las dos manos. Apoyó la frente contra mi nuca. Aceleró. Aceleró más. En algún momento dejó de hablar y empezó a respirar fuerte contra mi oreja, con esa respiración pesada que solo dan los cuerpos cuando ya no les queda otra que vaciarse.

Me sentí entregada. Esa fue la palabra exacta que me cruzó la cabeza, y no me molesté en corregirla en masculino. Me sentí entregada. Cabalgaba arriba mío como si yo fuese parte del colchón.

Cuando se vino, lo sentí en el modo en que se le agarrotaron los muslos contra los míos. Soltó un bufido contra mi cuello, casi enojado, y se quedó unos segundos echada sobre mi espalda, jadeando.

Después se incorporó. Salió con cuidado. La oí anudar el condón y tirarlo a un papelero. Se metió al baño.

Yo me quedé un minuto entero boca abajo. Solo un minuto. Después me levanté, me limpié con un papel que ella había dejado a propósito sobre la mesita, me subí los calzoncillos, me vestí. Cuando salió del baño, en la misma bata granate, ya no había nada que decir.

—¿Cómo te llamás de verdad? —me preguntó, apoyada en el marco de la puerta.

Le dije un nombre que no era el mío.

—Cuidate —dijo—. Y si volvés por Oruro, ya sabés.

Bajé las escaleras una a una, sintiendo todavía el ardor manso, y salí a la calle ventosa. El altiplano me esperaba con su luz dura de las cinco de la tarde, sin testigos. Caminé las quince cuadras de vuelta al hotel sin mirar a nadie.

Esa noche dormí del tirón. Mejor de lo que había dormido en meses.

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