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Relatos Ardientes

La travesti del hotel me ofreció más que un masaje

Hace tres semanas me tocó un viaje de trabajo de cuatro días a Oruro. Quien conoce el altiplano boliviano sabe de qué hablo: una ciudad gris, ventosa, donde a las seis de la tarde la calle queda vacía y solo te queda el cuarto del hotel y el ruido del agua oxidada cayendo por las cañerías de la calefacción central. Llegué un lunes a media tarde, con la maleta a medio armar y un cansancio que se me había metido en los huesos desde el aeropuerto de El Alto.

La primera noche dormí mal. La segunda fue cuando empezó todo.

Mi mujer y yo llevamos años con esa rutina de pareja larga en la que el sexo se convirtió en un trámite quincenal, casi de oficina. Hace mucho que me desfogo por internet sin que ella se entere. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero tampoco voy a fingir lo contrario aquí. Esa segunda noche me conecté a una sala de videochat y, después de varios intentos, di con un argentino que se hacía llamar Iván. Tenía cuarenta y tantos, voz grave, un departamento desordenado detrás. Y, sobre todo, sabía cómo hablar. Eso es lo que me prende, más que la imagen: cómo hablan.

—Sacate la remera —me dijo en cuanto vio que dudaba—. No me importa que tengas frío. Quiero verte temblar.

Le hice caso. Me bajé hasta los calzoncillos. Después un poco más. Me hizo arrodillarme sobre la cama, en pelotas, mostrándole el culo y la verga a la cámara del portátil. Me hizo escupirme la mano y agarrarme la polla con dos dedos, moviéndola despacio, sin apretar, como él me iba mandando. Después me hizo cambiar a la palma entera y masturbarme mirándolo a los ojos. Iván se había sacado la suya del jogging: la tenía gruesa, oscura de la base a la punta, con las venas marcadas. La sacudía sin apuro, como quien no tiene ninguna urgencia porque sabe que la urgencia la tengo yo.

—Escupite las tetillas —me ordenó—. Las dos. Y pellizcátelas mientras te pajeás. Quiero ver cómo se te ponen duras, puta.

Le obedecí. Me escupí los dedos y me pellizqué hasta que me dolió, mientras con la otra mano me seguía masturbando. Me hizo abrir las piernas sobre la cama, apoyarme sobre los talones, mostrarle los huevos y el ojete a la cámara. Me hizo lamerme dos dedos y metérmelos entre las nalgas, sin llegar a metérmelos adentro, solo apoyándolos ahí, presionando en círculos, para que él viera cómo se me contraía el aro.

—Metételo —dijo—. Un dedo. Despacio. Mostrame cómo te lo comés.

Me lo metí. Un dedo entero, hasta el nudillo. La cabeza me pesaba, la verga me chorreaba pre-semen sobre el ombligo. Iván aceleró el ritmo del lado suyo. Me trató como a una puta, con esa palabra exacta, y también como a un maricón caliente, y como a un culo hambriento, y la cabeza se me puso en blanco de tanta palabra soez cayéndome encima. Cuando terminamos —terminó él, yo me quedé al borde, sin acabar, con la polla dura latiéndome contra la panza— cerró la videollamada sin despedirse, como si fuera un trámite resuelto.

Quedé caliente. No, peor: quedé con esa rabia mansa de las erecciones que no descargan. Pude haberme masturbado. Decidí que no. Quería esperar. Quería ver hasta dónde llegaba el calor si lo dejaba crecer.

A la mañana siguiente fui a la reunión con el cliente, una empresa de logística que ocupaba dos pisos de un edificio sin gracia frente a la plaza. Tomé café malo, asentí donde había que asentir, firmé un par de papeles. A la una y media estábamos saliendo a almorzar. A las tres me despedí y volví caminando al hotel.

***

Subí al cuarto y me senté en la cama con el celular en la mano. No fue una decisión consciente: fue como cuando el cuerpo ya decidió y la cabeza tarda en darse cuenta. Empecé a buscar. Anuncios de masajes. Anuncios de masajes a domicilio. Después, anuncios más específicos.

Encontré el aviso de una travesti que se anunciaba en una página que la mayoría finge no conocer. La foto del perfil era de espaldas, pero se le notaba la espalda ancha, los hombros fuertes, el pelo largo y oscuro hasta media espalda. Decía llamarse Renata. Decía que era su primera semana trabajando en Oruro y que ofrecía masajes «y lo que se acomode». El número estaba al pie.

Llamé. Me atendió con una voz más grave de lo que esperaba, pero amable, casi cálida.

—Buenas, ¿estás disponible esta tarde? —pregunté, tratando de sonar firme.

—Para vos sí, mi amor —contestó ella, en un acento que mezclaba lo argentino con lo paceño—. ¿Querés que vaya o venís?

Le dije que iría yo. Me dio una dirección a quince cuadras del hotel, en un barrio que el conserje, cuando le pedí indicaciones genéricas sin mencionar la calle exacta, describió como «tranquilo, pero no muy paseable de noche». Tomé un taxi. Pagué en efectivo. Bajé en la esquina equivocada a propósito y caminé las dos cuadras finales mirando para todos lados.

El edificio era nuevo, sin portero. Subí al cuarto piso. Toqué dos veces. Abrió ella.

Era más alta que yo, no por mucho, pero lo suficiente como para que tuviera que levantar un poco la barbilla. Soy de contextura mediana, un poco trabajado en el gimnasio sin exagerar. Renata tenía los hombros amplios, los brazos torneados, la cintura marcada de un modo que me costó procesar. Llevaba una bata corta de seda barata, color granate, y debajo se le adivinaba una tanga negra que no escondía nada.

—Pasá —dijo, y se hizo a un lado.

El departamento olía a sahumerio de canela y a algo más profundo, como a sudor reciente cubierto con perfume dulce. Tenía la luz apagada y dos velas encendidas sobre una cómoda. La cama estaba cubierta con una toalla blanca, lista para el masaje. Una mesita al lado, con aceite, una vela aromática y un par de cosas más que preferí no registrar todavía.

—¿Algo de tomar? —ofreció.

—No, gracias. Estoy bien.

Se rio bajito.

—Te tiembla la voz —dijo—. Tranquilo. Acá nadie te va a hacer nada que vos no quieras.

***

Me dijo que me desnudara. Le pedí que se diera vuelta, porque me daba vergüenza, y lo hizo sin discutir. Quedé en calzoncillos y me acosté boca abajo en la cama. La sentí moverse detrás. Sentí también, sin querer, que la mirada se me iba siempre al espejo del armario, donde la veía abrir el frasco de aceite y calentarlo entre las manos.

Pero antes de que empezara, me giré. No sé por qué. Quizás porque ya sabía adónde iba todo y no quería seguir fingiendo. Me senté en el borde de la cama y la miré. Ella estaba de pie, con la bata abierta, la tanga apretándole un bulto que sobresalía sin pudor.

—¿Querés? —preguntó simplemente, viendo adónde miraba.

No le contesté con palabras. Estiré la mano y le bajé la tanga hasta los muslos.

No tenía una polla grande. Al contrario: era de tamaño moderado, casi modesto, unos catorce centímetros, curvada apenas hacia arriba, con la cabeza rosada y brillante. Pero estaba dura, recta, limpia, y a mí se me secó la boca de un modo que no me había pasado en años. Debajo, en lugar de los huevos que yo esperaba, tenía un escroto chico, recogido contra el cuerpo, casi femenino. Se la agarré con la mano primero, sintiendo el peso, la temperatura, cómo latía contra la palma. Le pasé el pulgar por la punta y le quité una gota de líquido transparente que ya asomaba. Me llevé el pulgar a la boca. Salado, tibio, con ese sabor mineral que uno solo conoce cuando se lo prueba.

—Sos una golosa —murmuró ella desde arriba, mirándome hacer.

Me incliné hacia adelante y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, sintiendo el recorrido de una vena gruesa que le subía por la cara inferior. Después le lamí la cabeza en círculos, chupándosela apenas con los labios, jugando. Ella soltó un suspiro que sonó casi sorprendido. Y ahí, sin pensarlo más, me la metí entera en la boca, hasta que sentí el cosquilleo de su vello púbico contra la punta de la nariz.

—Ay, la puta —murmuró ella, agarrándome del pelo—. Vos sabés. Vos ya hiciste esto.

No le contesté. Era mentira y era verdad a la vez. Lo había hecho en mi cabeza miles de veces. En la realidad, nunca. Pero el cuerpo iba solo, como si tuviera memoria de una vida que yo no había vivido.

Estuve un rato largo. Me concentré en moverla despacio, en sentir cómo se hinchaba contra mi paladar, en el sabor levemente salado de la punta cada vez que la sacaba para respirar. Se la chupé de arriba abajo, dejándomela caer contra la mejilla y volviéndomela a meter. Le lamí el escroto, las venas de los costados, la línea que le corría por debajo hasta perderse entre las piernas. Cada vez que cambiaba el ángulo, ella me apretaba un poco más fuerte la nuca, sin obligarme, pero marcándome el ritmo. En un momento me la empujó hasta el fondo y me dejó ahí unos segundos, sintiendo cómo me faltaba el aire, cómo se me llenaban los ojos, cómo la garganta se rendía. Cuando me soltó, me quedó un hilo de saliva colgando del mentón.

—Así, mi amor —dijo—. Así, tragátela. Como si fuese tuya.

Le hice caso. Se la mamé hasta que la sentí latir contra la lengua, esa palpitación que anuncia que falta poco. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, cogiéndome la boca despacio, sin brutalidad, pero sin dejarme escapar tampoco.

—Si seguís así me voy a venir —dijo después de un rato—. ¿Querés que me venga en esa boquita rica, o querés que sigamos?

Levanté la cabeza, con los labios brillantes, y le dije:

—Quiero el masaje. El que vine a pedir.

Sonrió. No fue una sonrisa pícara: fue una sonrisa de quien ya sabe lo que va a pasar.

***

Volví a acostarme boca abajo. Esta vez ella subió a la cama y se acomodó a horcajadas, a la altura de mis muslos. Empezó con los hombros, los omóplatos, la espalda baja. Sabía hacerlo de verdad. No era un masaje fingido: tenía técnica, presión, ritmo. Me fui aflojando contra la toalla. Sentía su polla, todavía dura, apoyada de vez en cuando contra la parte de atrás de mis muslos, dejándome una huella tibia y aceitosa cada vez que se movía.

Cuando me di cuenta, los calzoncillos ya no estaban en su lugar. Me los había bajado hasta los muslos sin que yo registrara el momento exacto. Sus manos se me iban metiendo entre las nalgas con cada pasada, cada vez un poco más adentro, con la excusa del aceite que se le derramaba. Me abría el culo con los dos pulgares y volvía a cerrarlo, como quien amasa. Yo tenía la polla aplastada contra la toalla, dura como un fierro, marcándome contra el colchón cada vez que ella apretaba.

No dije nada. Dejarme estar era ya una respuesta.

Sentí entonces que separaba las nalgas con las dos manos y que escupía entre ellas. La saliva tibia me recorrió la entrada y bajó hasta el escroto, y todo el cuerpo se me tensó como un cable. Después vino algo peor, o mejor: la sentí bajar la cara y pasarme la lengua desde el escroto hasta la rabadilla, en un solo lametón lento, tibio, largo. Se me escapó un gemido contra la almohada que no supe de dónde había salido.

—Quietito —murmuró, con la boca todavía apoyada ahí abajo—. Quietito, mi amor.

Volvió a lamerme. Y otra vez. Me clavó la lengua en el aro, la hizo girar en círculos, la empujó apenas hacia adentro. Me agarró de las caderas y me obligó a levantar el culo contra su cara, y ahí se lo dio con todo, comiéndomelo como si fuese lo único que tuviera para cenar. Yo enterré la cara en la almohada para no gritar. Nunca en mi vida me habían hecho eso. Ni de cerca. La verga me chorreaba contra la toalla, y ella lo sabía, porque bajó una mano entre mis piernas, me la agarró desde atrás y me la trabajó despacio mientras me seguía comiendo el ojete con la boca.

—Estás empapada —dijo, y esta vez el femenino no fue un error, fue una elección—. Estás chorreando, puta rica.

Se levantó un segundo. Escuché un cajón abrirse. Volví a sentir el peso del colchón hundirse.

—Renata —dije, hablándole a la almohada—. No vine para esto.

—Ya lo sé, amor —contestó—. Tampoco yo te voy a hacer nada. Solo te voy a apoyar la punta. Solo la cabecita. Si querés que pare, paro.

Dejó el preservativo y el lubricante sobre la cama, al alcance de mi mano, como si quisiera que yo viera que estaban ahí, que no había secretos. Y siguió con el masaje.

Pasaron diez minutos. Quizás quince. Le sentí, entre pasada y pasada, cómo se ponía el condón, cómo se aceitaba la polla con calma, sin apuro. Cuando volvió a separarme las nalgas, esta vez ya no se sentía como un masaje. Sentí el frío del lubricante caerme entre las nalgas y bajar en un hilo. Sentí sus dos dedos untándomelo alrededor del aro, entrando apenas la primera falange, girando, abriendo. Metió uno entero. Después dos. Me quedé sin aire. El aro se relajó contra su voluntad. Y sentí, después, la cabeza del condón apoyándose contra esa puerta que llevaba dos años cerrada.

***

No sé cuánto tardé en dejarla pasar. Solo sé que ella esperó. No empujó. Apoyó, y esperó. Me hablaba al oído mientras tanto, cosas tontas y cosas no tan tontas, contándome que no había problema, que respirara, que aflojara el culo como si fuese a hacer pis al revés, frases que en otro contexto me habrían dado risa y que ahora me sonaban como una guía paso a paso.

—Empujame vos —me dijo al oído—. Empujame para atrás, con el culo, así entra sola.

Le hice caso. Levanté un poco las caderas y empujé hacia atrás. Sentí primero la cabeza abrirme el aro de golpe, como quien pasa un anillo apretado. Dolió. Dolió bastante, lo suficiente como para que se me llenaran los ojos de lágrimas sin que yo decidiera llorar. Ella se dio cuenta y me preguntó al oído cuánto hacía.

—Como dos años —dije, contra la almohada.

Se quedó callada un segundo. Después la sentí endurecerse todavía más adentro mío. Eso la había prendido.

—Pobrecito mi amor —murmuró, casi tierna, casi cruel—. Cómo te estaba haciendo falta este culo lleno. Cómo te lo tenías guardado.

Avanzó un poco más. Un centímetro. Otro. Después otro poco. No tenía un tamaño grande, ya lo dije, y agradecí entonces ese detalle como agradece el que se ahoga la rama justa para sostenerse. Me dilaté de a poco, y cuando la sentí entera adentro, cuando los pelos de su pubis me hicieron cosquillas contra la rabadilla, fue como si algo se hubiese acomodado en su sitio. Como si el cuerpo, después de años de negarse, hubiese aceptado por fin que era eso lo que le faltaba.

Empezó a moverse despacio. Sacaba casi entera y volvía a metérmela hasta el fondo, con una paciencia que me destrozaba. Me agarró los hombros con las dos manos. Apoyó la frente contra mi nuca. Aceleró. Me la cogía con embestidas cortas, secas, que me hacían chirriar los resortes del colchón. Cada golpe me sacaba un jadeo distinto, uno más agudo, uno más quebrado, y yo ya no me molestaba en disimularlos.

—Mostrame el culo —jadeó—. Levantalo. Cogételo vos también.

Me arrodillé bajo ella, con el pecho contra la toalla y el culo bien alto. Renata se paró detrás, agarrada de mis caderas, y desde ahí me la clavó más fuerte, más profundo, con toda la mano marcándome la carne de las nalgas. Cada envión sonaba con un chasquido húmedo, obsceno, contra sus muslos. Yo tenía la polla dura, colgando entre las piernas, chorreando pre-semen sobre la toalla sin que nadie la tocara.

—Tocátela —me ordenó, sin dejar de moverse—. Pajeátela mientras te cojo. Quiero que te vengas con mi verga adentro.

Metí una mano entre las piernas y me agarré la polla. Bastaron cuatro o cinco tirones. Me vine así, con el culo abierto y su verga bien adentro, disparando semen sobre la toalla en tres chorros largos que me sacudieron todo el cuerpo. El culo se me cerró de golpe alrededor de ella, apretándola, y la escuché soltar un «la puta madre» bajito, entre dientes.

En algún momento dejó de hablar y empezó a respirar fuerte contra mi oreja, con esa respiración pesada que solo dan los cuerpos cuando ya no les queda otra que vaciarse. Me tomó del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, y me cogió los últimos veinte segundos sin miramientos, buscando su corrida contra mi culo apretado.

Me sentí entregada. Esa fue la palabra exacta que me cruzó la cabeza, y no me molesté en corregirla en masculino. Me sentí entregada. Cabalgaba arriba mío como si yo fuese parte del colchón, como si el culo que se estaba cogiendo no fuese el mío sino el de una mujer cualquiera que le tocó en suerte esa tarde.

Cuando se vino, lo sentí en el modo en que se le agarrotaron los muslos contra los míos, en el modo en que la polla se le hinchó todavía más adentro. Soltó un bufido contra mi cuello, casi enojado, casi de dolor, y descargó ahí, en el fondo del condón, con tres o cuatro empujones finales que me sacaron el aire. Se quedó unos segundos echada sobre mi espalda, jadeando, con la polla todavía adentro palpitando, vaciándose.

Después se incorporó. Salió con cuidado, agarrando la base del condón con dos dedos para que no se le quedara adentro mío. Sentí el vacío de golpe, ese vacío raro que no había sentido nunca, como si me faltara algo. La oí anudar el condón y tirarlo a un papelero. Se metió al baño.

Yo me quedé un minuto entero boca abajo. Solo un minuto. Después me levanté, me limpié con un papel que ella había dejado a propósito sobre la mesita, me subí los calzoncillos, me vestí. Cuando salió del baño, en la misma bata granate, ya no había nada que decir.

—¿Cómo te llamás de verdad? —me preguntó, apoyada en el marco de la puerta.

Le dije un nombre que no era el mío.

—Cuidate —dijo—. Y si volvés por Oruro, ya sabés.

Bajé las escaleras una a una, sintiendo todavía el ardor manso, y salí a la calle ventosa. El altiplano me esperaba con su luz dura de las cinco de la tarde, sin testigos. Caminé las quince cuadras de vuelta al hotel sin mirar a nadie.

Esa noche dormí del tirón. Mejor de lo que había dormido en meses.

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Comentarios(9)

Piloto_33

buenisimo!!! no esperaba ese giro, me dejo sin palabras

KarlaM_91

por favor continualo, me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa tarde

Renzo_BA

Lo que describe al principio me paso algo parecido en un viaje de trabajo. Esas situaciones que te agarran desprevenido y te hacen replantearte un monton de cosas. Muy bien contado, se siente completamente autentico.

NachoMdQ

tremendo relato, te felicito

MartaConfe

La honestidad con que esta narrado es lo que mas me gusto. Nada de poses ni exageraciones, puro sentimiento real. Seguí escribiendo!

CuriosoViajero

Pregunta, fue una sola vez o siguio la historia despues? jaja quede intrigado con el final

EduardoLctr

De las confesiones mas honestas que lei en este sitio. El detalle de como se fue dando cuenta de lo que estaba pasando esta muy bien trabajado. Ojalá siga contando.

ManuelCba

Me encanto, muy bien escrito y con mucho morbo justo en la medida justa. Esperando mas!

Lorena_Sur

se hizo cortisimo, quiero saber que paso despues :)

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