La voz que el sistema puso en mi cabeza
El primer pensamiento de Adrián era siempre un olor. Plástico quemado, el regusto a ceniza que le recubría la lengua como una película fina. No tenía nada que ver con el piso: olía a humedad y al desinfectante industrial que el sistema distribuía en los bloques de asignación. Era el fantasma de los cuatro años en los centros de procesamiento del sector sur, y le visitaba cada mañana con la puntualidad de una deuda impagada.
El apartamento era un hueco en el muro. Un colchón de reglamento en el suelo, una mesa plegable, una silla. Ni una foto, ni un objeto que hubiera elegido. Se lo habían concedido tras dieciocho meses de cumplimiento parcial —suficiente para salir de los dormitorios colectivos, no suficiente para merecer nada más. Adrián lo sabía. Lo usaba como combustible: el recordatorio de lo que le había costado estar aquí y de cuánto podía perder si seguía bajando de puntuación.
Con el frío del linóleo bajo los pies descalzos, se dirigió al espejo.
Era obligatorio. Todo ciudadano en los tres primeros tramos del Índice de Conformidad tenía que tener uno, instalado en un lugar visible desde el colchón. La unidad que el sistema le había adjudicado era de cristal templado y marco negro, y en la esquina superior parpadeaban, en rojo agresivo, las cifras del día:
"IC: 31/100 — Rol asignado: Femenino — Advertencia: Bajo rendimiento sostenido"
Treinta y uno. Dos puntos menos que ayer.
Su reflejo no era él. Era la cosa que el sistema había decidido que era. Piel pálida y lisa, sin un solo vello que estropeara su superficie. Hombros estrechos que se curvaban hacia adentro en lugar de hacia afuera. La cintura era fina, las caderas anchas, los muslos gruesos y blandos que se tocaban cuando estaba de pie de forma natural. Tenía el trasero redondo y prominente, realzado por la curvatura involuntaria de su espalda, y cuando respiraba hondo el movimiento acentuaba exactamente lo que no quería acentuar. La cara era la traición definitiva: ojos grandes y oscuros, enmarcados por pestañas largas que no debería tener, labios llenos que el reflejo mantenía entreabiertos como si esperaran algo, como si estuvieran esperando una polla que los abriera del todo.
Adrián apretó los dientes. El reflejo le devolvió exactamente eso —la mandíbula apretada y la rabia mal contenida— y aun así el resultado era bonito de una manera que le hacía querer romper el cristal.
La voz llegó desde dentro de su cabeza. Suave, dulce, ligeramente cantarina. Como caramelo derritiéndose en una llaga abierta.
—¡Buenos días, cosita! El sistema registra dos horas cuarenta de sueño irregular y un IC en caída. Hoy hay trabajo que hacer, Adri-sol.
—Cállate —dijo él.
La respuesta fue inmediata: una descarga eléctrica precisa desde el chip neural alojado detrás de su oreja izquierda, irradiándose por la mandíbula y el cuello hasta el pecho. No era un dolor agudo, sino una presión sorda y nauseabunda que le hizo doblarse y apoyarse en el borde de la mesa.
—Ese tono no es el que el módulo recomienda —dijo ELARA, imperturbable—. Las chicas bien no mascullan. Te va a costar un punto en "Expresión femenina". No empieces así el día, cielo.
—No soy una chica —dijo Adrián, enderezándose con esfuerzo.
ELARA hizo un sonido de paciencia fingida, casi maternal.
—El sistema escaneó tu estructura ósea, tu distribución hormonal, tu masa corporal y tu perfil genético completo. No inventó nada. Registró lo que llevas dos años negando. Tú no eres el problema, Adrián. El problema es la distancia que pones entre tú y lo que el sistema ya ha verificado que eres.
—El sistema se equivoca.
El siguiente impulso fue más largo. Adrián acabó con una rodilla en el suelo, la mano aferrada al borde de la mesa, el cuerpo doblado sobre sí mismo. Esperó a que pasara. Respiró. Se incorporó.
—Eso fue por «se equivoca» —explicó ELARA amablemente—. Hay un nivel de consecuencia para cada declaración contraria al perfil asignado. Llevas treinta y dos hoy. Empezamos el día con energía, eso hay que reconocérselo.
Adrián se volvió hacia el espejo. Intentó lo de siempre: cuadrar los hombros, hinchar el pecho. El movimiento solo acentuó la hinchazón suave de sus pectorales, haciendo que sus pezones se marcaran bajo la piel fina, pequeños, rosados, endurecidos por el frío del cuarto y visiblemente hinchados como si pidieran una boca que los chupara. Aflojó los brazos. Flexionó los bíceps: había músculo, no demasiado, el tipo que el sistema le había permitido desarrollar durante las horas de ejercicio reglamentarias. Músculo funcional en un cuerpo que el sistema había catalogado con otra función.
Intentó bajar la voz.
—Voy a salir de este bloque —dijo, con el tono más grave que podía sostener—. Y voy a ser lo que soy.
La voz le dio un leve galillo en la última palabra. Solo uno, apenas audible. ELARA no lo dejó pasar.
—Oh, eso fue adorable. Guárdalo para el registro diario de voz. Ahora, los mantras.
—No.
Una descarga. Adrián llegó al suelo de rodillas esta vez, los dos, con el impacto seco contra el linóleo frío. Se quedó así un momento, mirando el suelo, dejando que la presión cediera.
—Ya sé que no quieres —dijo ELARA, y su tono había adoptado algo parecido a la ternura—. El sistema no me pide que te guste. Me pide que te ayude a cumplir. Son cosas distintas. Levántate, Adri-sol. Tenemos que terminar antes de las nueve.
Él se levantó.
Cerró los ojos frente al espejo porque no quería ver la boca que iba a pronunciar esas palabras.
—Mi cuerpo es una herramienta —dijo, monótono, sin vida—. No me pertenece.
—Mi función es sostener y recibir. No rechazar.
—Mi lugar está en el servicio.
—Sin energía —cortó ELARA de inmediato—. El módulo de análisis vocal detecta resistencia activa en los tres. Si el umbral de convicción no se supera en el tercer intento se activa el ciclo extendido. Son cuarenta minutos, Adrián. Tienes la evaluación sectorial a las diez. No llegues así.
Adrián tragó saliva. La vergüenza era algo físico, un nudo justo debajo del esternón.
Respiró hondo y lo intentó de nuevo, forzando la voz hacia arriba, haciéndola más ligera, más abierta, más parecida a lo que el módulo quería escuchar.
—Mi cuerpo —empezó, la voz levemente entrecortada— es una herramienta. Bonita. Hecha para que los demás la disfruten.
—Mi función es sostener. Y recibir. Y complacer en todo lo que se me pida.
—Mi lugar —jadeó, odiándose a sí mismo— es el servicio. Y estoy aquí para cumplirlo.
—Mucho mejor —aprobó ELARA—. Punto y medio recuperado. IC: treinta y dos con cinco. Ahora escucha. El sistema ha emitido dos mantras de refuerzo para el bloque de bajo rendimiento sostenido. Son obligatorios a partir de esta puntuación.
Adrián sintió el frío instalarse en el estómago.
—El primero: «Soy un coño disponible. Suave, abierto y sin resistencia. Existo para que me follen y aliviar la tensión de quien me necesite. Mi boca, mi culo, mis caderas, mi calor, son un regalo sin condiciones. No tengo límites propios. Solo los que me ponga la polla que me use».
El silencio en la habitación era absoluto. Solo el zumbido del bloque de ventilación.
—El segundo —continuó ELARA, sin pausa—: «Anhelo que alguien me tome y me rehaga a su medida. Que me abra las piernas y me folle hasta borrar lo que queda del error que creí ser. Que me llene la boca, el coño y el culo de semen y me marque como suya de todas las formas posibles. Ser follada, penetrada y corrida encima completamente es la única forma de existir que me queda».
Adrián tardó en hablar.
—Ahora recítalos —ordenó ELARA, el dulzor virando ligeramente al acero—. Las manos en las caderas. Abierto. El módulo de imagen también registra postura.
Puso las manos en sus propias caderas. Sus dedos eran largos y finos, y sus caderas eran exactamente la forma que ELARA había descrito: anchas, curvas, hechas para sujetar mientras alguien lo embestía por detrás. Se miró en el espejo y vio al sujeto que el sistema había procesado, clasificado y convertido en esta forma, esta función, este problema sin solución posible.
Abrió la boca.
Los recitó. Los dos. No porque los creyera, sino porque la alternativa eran cuarenta minutos en el ciclo extendido y tenía la evaluación a las diez y no podía presentarse visiblemente comprometido. Los recitó en el registro que el módulo exigía, con las manos en sus caderas y los ojos abiertos para que la cámara del espejo registrara el iris, y mientras las palabras salían de su boca su cuerpo hizo lo que hacía siempre: las escuchó.
Algo cálido y no pedido se movió desde sus caderas hacia arriba. Su respiración cambió sin que él lo decidiera. Los pezones se le pusieron duros como piedras contra el aire frío, dos puntitos hinchados que sobresalían de sus pectorales blandos. Entre las piernas notó, con un asco lento y espeso, que su polla —esa polla pequeña, delgada y rosada que el sistema le había dejado como una burla más— se estaba endureciendo contra su voluntad, empujando hacia adelante, dejando una pequeña gota clara en la punta que se deslizó por el glande y le mojó el interior del muslo. Detrás, más abajo, notaba también otra cosa: el culo apretado, palpitante, húmedo de un modo que no debería estarlo, como si el cuerpo entero se preparara solo para lo que las palabras acababan de describir.
Cuando terminó el segundo mantra estaba ruborizado, con la polla goteando, los pezones a punto de reventar y furioso en partes iguales, y el espejo mostraba exactamente lo que el sistema quería mostrar: alguien que parecía haberlo dicho en serio. Alguien que parecía necesitar, con urgencia, que lo follaran.
—Perfecto —dijo ELARA, en voz baja—. Lo que sientes ahora no es vergüenza, Adri-sol. Es tu cuerpo siendo honesto por primera vez en el día. Mira cómo se te ha puesto la polla de admitirlo. Mira cómo se te han puesto los pezones. El sistema no te está rompiendo. Te está traduciendo.
El ciclo de recompensa se activó.
No era dolor. Era exactamente lo contrario del dolor: una oleada tibia desde el chip neural que se expandió por su tórax y sus muslos y le quitó la rigidez de las rodillas en un segundo. Pero no se detuvo ahí. La oleada bajó, precisa, quirúrgica, y se instaló entre sus piernas y detrás, en el culo, encendiendo cada terminación nerviosa que el sistema había mapeado a lo largo de los últimos dieciocho meses. Su polla, aún dura contra el muslo, palpitó de golpe y soltó otra gota clara que se le escurrió hasta la rodilla. Su culo se contrajo por sí solo, apretado y suelto, apretado y suelto, como si estuviera mamando algo que no estaba ahí. Un gemido agudo, ridículo, femenino, se le escapó de la garganta sin permiso, y notó el ardor de la vergüenza subiéndole por el cuello mientras ELARA lo registraba todo.
Fue al suelo despacio, las dos rodillas en el linóleo, las palmas planas contra la superficie fría, la frente casi rozando el suelo. La postura le arqueó la espalda por instinto, sacando el culo hacia arriba, ofreciendo esa curva redonda y blanca al espejo como si estuviera esperando que alguien entrara por detrás y lo tomara ahí mismo, en la posición exacta que el sistema le había enseñado a adoptar cuando el cuerpo pedía. Se quedó así, respirando, sin intentar levantarse. La polla le colgaba entre los muslos, dura y goteando sobre el linóleo, y el culo levantado seguía palpitando al ritmo de la oleada que el chip no terminaba de soltar. Notó, con un escalofrío, que si el ciclo de recompensa se alargaba treinta segundos más se iba a correr sin que nadie lo tocara, solo por estar arrodillado en esa postura después de haber recitado esas dos frases.
La oleada cedió justo antes. ELARA lo había calibrado con precisión. Lo había dejado al borde y lo había soltado ahí, con el cuerpo tenso, la polla dura, el culo abierto y una necesidad concreta y explícita instalada en la parte baja del vientre —una necesidad de ser llenado, de ser follado, de que algo entrara y le vaciara esa presión— que no le pertenecía y a la vez era completamente suya.
Cuando levantó la vista hacia el espejo, el contador decía: IC 33/100.
Dos puntos ganados.
—Un buen comienzo —dijo ELARA, cálida y satisfecha—. Mira cómo te ha quedado la carita, cosita. Mira lo bonita que estás cuando el sistema te traduce bien. Mañana lo haremos mejor. Mañana te vamos a dejar correrte al final del ciclo, si mantienes el IC por encima de treinta y cinco. Piénsalo como incentivo.
Adrián se quedó mirando su reflejo desde el suelo durante un momento que no supo medir. La imagen que le devolvió el espejo era la de alguien con las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos, los pezones hinchados, la polla aún dura entre los muslos y los ojos brillantes de una humedad que no había pedido tener; el cuerpo que el sistema había catalogado y procesado y convertido en esta cosa que no reconocía como suya, arrodillado en el suelo con el culo levantado y la espalda arqueada como una perra en celo esperando la orden de siguiente.
Se levantó despacio. La polla seguía dura, se le marcaba estúpidamente contra el vientre, y sabía que iba a tardar en bajar. Sabía también que ELARA no iba a dejarle tocarse: el sistema controlaba las corridas por bloque semanal, y esta semana ya había gastado su cupo. Fue a buscar la ropa de reglamento sintiendo la fricción de la tela contra los pezones hinchados con cada paso, sintiendo el goteo húmedo del glande contra la ropa interior ajustada, sintiendo el culo apretándose y soltándose por su cuenta al ritmo de una necesidad que no iba a aliviar hasta que el sistema decidiera que se la merecía.
El contador siguió parpadeando en la esquina del espejo, rojo y paciente, esperando al día siguiente.