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Relatos Ardientes

La metamorfosis que comenzó con un simple corte

El lunes era inevitable. Adrián lo sabía desde el viernes anterior, cuando su jefe le comunicó, con esa tranquilidad calculada que usan los jefes para asustar sin levantar la voz, que la presentación del lunes definiría el cuatrimestre entero. Y él, que llevaba semanas postergando el corte de cabello, amaneció el domingo con el pelo descontrolado, la agenda vacía y tres peluquerías cerradas entre su edificio y la avenida principal.

La cuarta opción apareció al doblar una esquina que normalmente evitaba. Era una calle más angosta, con tiendas raras y una música de fondo que no terminaba de identificarse. Y entre una ferretería y una tienda de velas, había un local con una vitrina de neón rosa pálido y dos líneas escritas en letras minimalistas:

«El Foco»

«Brilla. Obedece. Repite.»

Adrián titubeó en la puerta. Luego tragó saliva. —Es solo un corte —se dijo. Y entró.

El olor lo recibió antes que nada: una mezcla extraña de látex, talco perfumado y algo que podría ser jazmín o podría ser dominio. El interior era austero y teatral a la vez, todo en tonos de gris y rosa mate, iluminado con focos dirigidos que dejaban zonas de sombra deliberada. Solo había una silla con espejo propio. Solo una persona trabajaba allí.

—Siéntate, Adrián —dijo la voz.

Él se detuvo. No había dado su nombre. La mujer que le habló era alta, de espalda perfectamente erguida y movimientos lentos y precisos. Vestía un catsuit de látex gris oscuro con detalles rosas en los hombros y la cintura, ajustado hasta el punto de parecer una segunda piel. El maquillaje era extravagante sin ser grotesco: delineado negro de trazo grueso, labios de un rojo que parecía lacado en varias capas. Sus uñas eran largas, afiladas, del mismo tono que la vitrina de neón.

—Soy Señorita Kira —dijo, señalando la silla—. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Buscaba una peluquería —respondió él.

—Todo el mundo llega buscando algo diferente a lo que encuentra.

Se sentó. No recordó haberlo decidido.

Señorita Kira no hablaba de estilos ni de cortes. Hablaba de proporciones, de lo que el cabello revela y lo que oculta, de marcos y equilibrios que la mayoría de las personas ignoran toda la vida. Sus tijeras se movían con una precisión que era casi hipnótica. El sonido repetido de metal sobre metal lo adormecía en ese punto exacto entre la alerta y el sueño.

—Tu cuello está tenso —dijo ella, sin dejar de trabajar—. Lo arqueás hacia adelante, como si quisieras reducirte.

—Solo estoy cansado —respondió Adrián.

—No. Estás contenido. Hay una diferencia importante entre las dos cosas.

Él no respondió. Las tijeras siguieron su trabajo. Después de un tiempo que no supo medir, Señorita Kira lo giró bruscamente hacia el espejo.

Adrián se quedó sin palabras. Era él, sí. Pero algo en la imagen flotaba de una manera diferente. El cuello parecía más largo. Los pómulos, más definidos. El gesto de la boca, más suave. Había algo en ese rostro que reconocía y no reconocía al mismo tiempo, como una palabra familiar dicha en un idioma extraño.

Y entonces escuchó la voz.

No venía del espejo. No venía de afuera. Venía de adentro, o de ningún lugar concreto: Ay, quedamos hermosos. ¿No te parece? Así sí da ganas de mirarnos todo el día.

Parpadeó. Se giró hacia Señorita Kira.

—¿Dijiste algo?

—Nada que no supieras ya, cariño.

Pagó sin haber preguntado el precio. El ticket decía solo: «Corte con propósito». Señorita Kira lo acompañó hasta la puerta. Antes de que él cruzara el umbral, le susurró algo con voz baja y cálida, el aliento rozándole la oreja:

—Todo lo que brille ya te pertenece. Mírate hasta que el reflejo te mire de vuelta.

Adrián rio con incomodidad y salió a la calle. El viento le movió el cabello recién cortado. Se sentía extrañamente liviano. Y la voz, en cambio, no salió con él.

Se quedó adentro.

***

De camino a casa, pasó frente a una zapatería con la persiana a medio bajar. En el escaparate, bajo una luz blanca y fría, había un par de tacones de plataforma transparente: taco altísimo, diseño imposible, el tipo de calzado que no se usa sino que se habita. Adrián los miró tres segundos más de lo que hubiera querido.

La voz dijo, suave y con una cadencia que ya empezaba a parecerle familiar: Imagina lo que se siente estar ahí arriba. Tan alta. Tan vista. Tan brillante.

Siguió caminando. Más rápido de lo habitual. El corazón le latía sin motivo aparente.

En el ascensor de su edificio se cruzó con una vecina que bajaba con bolsas de la compra. Ella le miró el cabello, luego la cara, y sonrió de un modo que él no supo interpretar bien. La voz tampoco ayudó: Nos ve distinta. Mejor. Así se empieza.

Ya en el departamento, abrió la laptop con intención de repasar la presentación. En cambio, se encontró abriendo otra pestaña sin haberlo decidido. Buscó «tacones plataforma transparente». Luego «tacones altos mujer». Luego cerró el navegador y se fue a dormir con la sensación de que algo dentro de él se había despertado antes que él.

Esa noche soñó. No era Adrián en el sueño. Era otra persona: pelo largo y suelto, labios pintados de un tono cereza, pestañas que casi rozaban las mejillas. Estaba en una sala amplia, iluminada con luz dorada. Había hombres alrededor que la miraban. Ella reía. Jugaba. Se inclinaba hacia adelante para dejar caer un mechón sobre el ojo. Y en sus pies, exactamente esos tacones transparentes, como si siempre hubieran sido parte de ella.

Se despertó agitado. Su mano estaba apoyada sobre su propio pecho. Le pareció que lo notaba de otra manera.

***

La reunión del lunes era a las diez. Seis personas alrededor de una mesa con agua mineral y laptops abiertos. Adrián presentaba; los demás evaluaban. Las cifras estaban bien. Los gráficos eran claros.

Pero la voz no se apagó.

Mientras hablaba de márgenes y cronogramas, la voz murmuraba, sin prisa, como un ronroneo constante debajo del pensamiento: Mírate ahí, qué seria. Qué profesional. Pero por dentro, ¿qué queremos realmente?

Adrián presionó los pies contra el suelo. Respiró. Siguió hablando.

Entre los presentes estaba Hernán. Trabajaban en el mismo edificio desde hacía meses, se saludaban en el ascensor, pero nunca habían cruzado más de tres frases. Era el tipo de hombre que ocupa bien el espacio: hombros anchos, mandíbula marcada, mirada directa que no se aparta con facilidad. Esa mañana llevaba una camisa celeste con las mangas enrolladas hasta el codo.

La voz fue inmediata: Ese nos está mirando. ¿Lo sentís? No te hagas la distraída.

Adrián perdió el hilo por medio segundo. Hernán ladeó la cabeza, apenas, como si notara algo que los demás no habían notado.

Baja los ojos. Solo un gesto pequeño. A ver qué pasa.

No lo hizo. O creyó no haberlo hecho. Pero algo en su postura cambió sin que él lo ordenara, algo involuntario, y Hernán esbozó lo que podría haber sido una sonrisa. Adrián se volvió hacia la pantalla con más velocidad de la necesaria y terminó la exposición sin volver a mirar en esa dirección.

La reunión terminó bien. Lo felicitaron. Él asintió y salió sin escuchar del todo los elogios, porque la voz ya festejaba por él con su propio idioma: Lo conseguimos. ¿Ves? Somos muy capaces. Y encima guapos. Una combinación peligrosa.

En el pasillo, Hernán lo alcanzó.

—Buena presentación —dijo.

—Gracias —respondió Adrián, sin levantar la mirada.

—El corte te queda bien, por cierto.

Cuando lo dijo ya había doblado la esquina. Adrián se quedó parado un momento con la carpeta apretada contra el pecho, sin saber si lo que sentía era vergüenza, orgullo, o las dos cosas mezcladas en partes iguales.

***

Al llegar al departamento esa noche, había una caja en la puerta. Su nombre impreso en la etiqueta. Su dirección. Ningún remitente visible.

La abrió en el pasillo, sin pensarlo. Dentro, envueltos en papel de seda negro: los tacones de la vitrina. Exactamente esos. Plataforma transparente. Taco de vértigo. Número correcto.

Revisó el historial de compras de su teléfono. Una transacción realizada a las doce y cuarenta y tres de la noche anterior, con su tarjeta, desde su IP. Un mensaje de confirmación que no recordaba haber leído:

«Con cariño, El Foco. Brilla.»

Casi los tiró. Pero sus manos ya los tenían antes de que la decisión se completara. El plástico era frío, suave, más pesado de lo que esperaba. Los colocó sobre la alfombra del salón y los miró desde el sofá durante un tiempo que no midió.

La voz fue delicada esa vez. Casi gentil: Solo una vez. No pasa nada. Nada que no quieras que pase.

—No voy a hacer eso —dijo en voz alta. A nadie en particular.

Solo probártelos. Ver cómo se siente estar más arriba. Quedarte quieto después, si querés.

El sol de la tarde atravesaba la ventana y los hacía brillar contra el parquet. Había algo absurdamente bello en eso. Algo que no debería haberlo detenido tanto tiempo frente a ellos.

Se descalzó. Puso el pie derecho primero en la curva del tacón. El talón subió de inmediato, la pantorrilla se tensó, el peso de todo el cuerpo se reorganizó de un modo que no conocía. Luego el pie izquierdo. Se aferró al respaldo del sofá para no perder el equilibrio.

Y la voz se apagó.

Silencio completo. Solo la sensación extraña de estar más alto de lo habitual, de que el suelo estaba más lejos, de que algo en el equilibrio reclamaba un movimiento distinto al que él conocía de toda la vida.

Dio un paso. Tembló. Dio otro. Se agarró a la pared. Su cadera buscó sola el centro de gravedad y lo encontró en un gesto que no le pertenecía a él, pero sí le pertenecía a alguien que vivía dentro de él sin que le hubieran dado nombre todavía.

Caminó hasta el baño. Se miró en el espejo de cuerpo entero. La imagen no era grotesca. Era perturbadora de otra manera: era posible. Era alguien que cargaba una posibilidad que nunca se había puesto nombre.

Volvió al salón. Puso algo de música desde el teléfono, lo que salió primero, sin elegir. Bajó la intensidad de la lámpara. Y se quedó parado un momento en el centro de su propio espacio, sin saber exactamente qué estaba haciendo ni por qué no se lo prohibía.

Empezó a moverse. No era baile todavía. Era algo anterior al baile: el ensayo de un movimiento que el cuerpo intenta antes de atreverse del todo. Las caderas acompañaron sin que él lo ordenara. Los brazos buscaron el aire. Tropezó dos veces. Se rió una vez. La risa sonó diferente a como solía sonar.

Se puso una camiseta larga que le llegaba a los muslos. La acomodó sobre un hombro con un gesto que no había ensayado antes. Caminó hasta la ventana. El reflejo en el vidrio oscuro le devolvió una figura que no era completamente él, o que era él de una manera que todavía no tenía palabras para describirse.

Ahí estás —dijo la voz, suave, sin burla—. Ahí estás, finalmente.

Adrián no respondió. Se quedó mirando el reflejo hasta que el cansancio le dobló las rodillas. Se sentó en el sofá. Cerró los ojos.

Durmió con los tacones puestos.

***

A la mañana siguiente despertó con los pies doloridos y un calor en el cuerpo que tardó en identificar. Los tacones seguían puestos. Uno se había torcido levemente mientras dormía.

Fue al baño despacio, sin quitárselos. El espejo lo recibió con una imagen distinta a la de siempre: la postura era otra, el cuello más largo, el gesto de la boca más suave. Como el espejo del salón de Señorita Kira, pero en su propia casa, a la mañana siguiente.

La voz apareció sin urgencia, como quien saluda al empezar el día: Buenos días, preciosa. ¿Dormiste bien?

Adrián se apoyó en el lavabo. Miró sus propias manos sobre la cerámica blanca. Pensó en Hernán y en cómo lo había seguido por el pasillo solo para decirle que el corte le quedaba bien. Pensó en Señorita Kira y en lo que había dicho sobre contención y diferencia. Pensó en la voz, que ya no le parecía completamente ajena.

Se quitó los tacones con cuidado. Los puso debajo de la cama, no en el fondo, sino cerca del borde. Al alcance.

No sabía si lo que había comenzado en ese salón de neón rosa era algo que debía frenar o algo que debía, por primera vez en mucho tiempo, dejar caminar.

Solo sabía que la voz que escuchaba ahora era la única que no le mentía.

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Comentarios (5)

NachoB

increible!! me dejo sin palabras

PatricioM

Por favor que haya una segunda parte, quede enganchado con el final y necesito saber como sigue

xime_cba

La descripcion del espejo desde el principio ya te atrapa. Muy bien escrito

LaraM91

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa sensacion de verte y no reconocerte del todo... lo captaste perfecto. Gracias por compartirlo

Maturin77

Tremendo relato. La parte de la voz que no lo deja en paz me quedo dando vueltas. Esperando mas

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