Mi vecina madura nos pidió una noche de trío
Cuando llamó a nuestra puerta para cenar, mi mujer ya sabía lo que quería: verla abierta de piernas en nuestro sofá antes de medianoche.
Cuando llamó a nuestra puerta para cenar, mi mujer ya sabía lo que quería: verla abierta de piernas en nuestro sofá antes de medianoche.
Abrí las piernas bajo la mesa para provocar miradas, pero no imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche en aquel restaurante.
Desperté con una boca ajena entre las piernas y, cuando abrí los ojos, entendí que las dos hermanas ya habían decidido cómo iba a pasar el día.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Fui a pedir ayuda, pero cuando vi cómo me miraba en aquel despacho, supe que la conversación podía acabar de una forma mucho más peligrosa.
Llevábamos años provocándolo desde la arena, pero aquella tarde mi mujer abrió más las piernas y supe que ya no iba a quedarse solo mirando.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Cuando abrió la puerta con medias nuevas y una bata corta, supe que no había vuelta atrás y que esa tarde la iba a compartir entera.
Cuando su cuerpo se pegó al mío en la kizomba, entendí que esa noche no iba a quedarme a medias con aquella mujer madura.
Volví al bar por mi mujer y la encontré demasiado cómoda entre dos camioneros; esa noche, dentro de la autocaravana, todo se torció de la peor y más excitante forma.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Entró al dormitorio envuelta en una toalla para imponer respeto, pero terminó abierta de piernas, temblando y pidiendo que no dejaran de darle.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.