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Relatos Ardientes

Aquel masaje en pareja terminó siendo grupal

El sol de mayo entraba a borbotones por la ventana. La persiana estaba subida desde la noche anterior, así que cuando el reloj de la mesilla marcó las nueve, la habitación ya nadaba en una luz amarilla y tibia. Me incorporé contra el cabecero, alisando la camiseta vieja con la que dormía, y escuché el ruido familiar de la cafetera silbando en la cocina.

La puerta se abrió empujada con la cadera. Adrián entraba con una bandeja en equilibrio: dos cafés con leche, dos zumos y un par de tostadas con queso fresco. No fue el desayuno lo que me sacudió. Lo único que llevaba puesto era un delantal de barbacoa con una broma estampada en el pecho. De rodillas para abajo, la piel desnuda.

—Feliz octavo aniversario —murmuró con esa sonrisa torcida.

Apoyó la bandeja sobre el colchón y me señaló con la barbilla un sobre blanco apoyado contra el vaso del zumo. Dentro había un tarjetón con relieve: un bono para una experiencia privada en unos baños árabes a las afueras de la ciudad. Circuito termal y masaje a cuatro manos.

—¿A qué hora? —pregunté, dejando que mi mano subiera por el muslo desnudo, rozando la tela tensa del delantal.

—En una hora —dijo, atrapándome los dedos antes de que llegara más arriba.

Salté de la cama soltando una maldición. Necesitaba ducha y un repaso urgente a mi depilación si iba a quedarme desnuda delante de un desconocido en menos de dos horas.

***

El edificio no parecía gran cosa por fuera, pero al cruzar el portal el ruido de la calle desapareció como si lo hubieran cortado con tijeras. Arcos de herradura, velas encajadas en nichos, techos abovedados. El aire dentro estaba denso, cargado de un perfume dulce que mezclaba especias, sándalo y humedad cálida. Una recepcionista nos explicó el recorrido casi en susurros y nos guio hasta los vestuarios separados.

El vestuario de mujeres olía a eucalipto. Sobre mi banco esperaban unas chanclas de un solo uso y una toalla mullida del tamaño de una sábana. Saqué de mi bolsa la pieza que había elegido la noche anterior: un trikini negro mate, con tiras cruzadas que se enredaban sobre el vientre formando una rejilla de rombos. Me lo deslicé despacio, ajustando las copas triangulares hasta que el escote quedó firme y profundo. Me miré en el espejo. La tela se pegaba como una segunda piel, conteniendo, dibujando, dejando parches de carne al aire.

Cuando salí, Adrián ya me esperaba al borde de la piscina termal. Bañador oscuro, espalda mojada, esa mirada de devoción que reservaba para mis días buenos. Estábamos solos. La sala entera era nuestra.

El agua rondaba los cuarenta grados. Bajé los escalones poco a poco, sintiendo cómo el calor me iba aflojando los músculos. La tela del trikini se oscureció al empaparse, pero las tiras cruzadas se mantuvieron firmes sobre el vientre, sin ceder un milímetro. Buscamos el rincón más lejano y nos sentamos hasta que solo asomaron los hombros.

—Ocho años —dijo bajito, apartándome un mechón húmedo de la mejilla—. Y todavía me cortas la respiración cada vez que te pones esto.

Sonreí. Bajo el agua sus manos encontraron las mías. Empezamos hablando de tonterías, del primer viaje a Lisboa, de la luna de miel torpe en aquel hotel de carretera. Pero el calor lo amplifica todo, y muy pronto sus dedos se colaron por los huecos romboidales del trikini, pellizcando la piel del vientre con una posesión que me arrancó un jadeo sordo.

Tiró de mi cintura hasta que mis muslos se abrieron alrededor de su cadera. Sentí el peso duro de su erección directamente contra la tela tirante de mi entrepierna. Su mano derecha bajó hacia el corte alto de mi ingle, amenazando con apartar la braguita del trikini, cuando la voz cortés de un empleado nos congeló en el agua.

—Disculpen —dijo, agachándose en la orilla con cuatro frascos en una bandeja—. Necesitamos que elijan el aceite para el masaje. Argán, jazmín, eucalipto o flor de naranjo.

Adrián y yo cruzamos una mirada y respondimos a la vez:

—Jazmín.

El chico asintió, aunque no se le escapó del todo el detalle de dónde tenía Adrián la mano. Cuando desapareció tras el arco, me hundí un poco más en el agua, ardiendo más que el agua misma.

—Lo ha visto —murmuré.

—Pues claro —contestó Adrián, sin soltarme la cadera—. Es un profesional, pero no está ciego. Y te aseguro que ahora mismo está deseando ser él quien te ponga las manos encima en esa camilla.

El comentario fue un dardo directo. Una punzada de humedad nueva se mezcló con el agua termal. Nos quedamos así, dejando que el calor nos ablandara los huesos hasta que sonó la campanilla.

***

Una empleada nos guio hasta nuestra sala privada. El olor a jazmín nos golpeó al cruzar el umbral. Era un cuarto pequeño, iluminado por media docena de velas en nichos de obra. En el centro, dos camillas paralelas separadas por un metro, cada una con su agujero acolchado para acomodar el rostro.

—Boca abajo, por favor —susurró la chica.

Me acerqué a la camilla de la izquierda. Con una profesionalidad impecable, deshizo el nudo de mi toalla y la sostuvo en alto el segundo justo en que me dejé caer sobre el acolchado. Hundí la cara en el hueco. Sentí cómo extendía la toalla sobre mi cuerpo a modo de sábana antes de salir y cerrar la puerta tras de sí. Adrián hizo lo mismo a mi derecha.

El agujero de la camilla limitaba la visión a un cuadro de baldosas de terracota. No tardé en escuchar dos pares de pasos descalzos. Por las sombras supe que habían entrado dos personas. Un par de pies finos se detuvo junto a Adrián. El otro, mucho más grande, se detuvo junto a mí. Un hombre. Mi masajista iba a ser un hombre.

El borde de la toalla cayó hasta la mitad de mi espalda con una lentitud exasperante. Unas palmas anchas, ardientes por la fricción del aceite, se asentaron sobre mis hombros. Eran manos recias, capaces, pero sorprendentemente suaves al deslizarse. Empezó por la base del cráneo y bajó. Cervicales, trapecios, omóplatos. Usaba el peso del cuerpo, no solo la fuerza. Era un dolor dulce, esa clase de dolor que te dice que vas a quedar nueva, pero que también enciende algo distinto debajo de la piel.

Trabajó mis brazos uno a uno, entrelazando sus dedos con los míos para amasarme la palma de la mano con sus pulgares. Luego volvió a la toalla. La bajó hasta dejarla arrugada justo al ras de la cadera. Mis pechos, sin sujeción, se desbordaban por los lados de la camilla. Yo era plenamente consciente de la imagen que le estaba ofreciendo desde su posición de pie.

Sus manos descendieron por la columna a base de pulgares clavados. Al llegar a las lumbares, en lugar de subir por el centro, abrió las palmas hacia los costados y trazó la línea ascendente de mis costillas. Cuando cerró el movimiento a la altura de los omóplatos, sus dedos rozaron la curvatura exterior de mis pechos desbordados. Fue breve, casi accidental, camuflado en la coreografía del masaje. Pero el contraste entre la fuerza terapéutica de la espalda y esa caricia delicada en los senos me mandó una descarga directa al bajo vientre.

Apreté los muslos bajo la toalla. A mi derecha, el siseo del aceite y el sonido de unas manos mucho más finas trabajando sobre Adrián me confirmaban que estábamos compartiendo exactamente la misma vulnerabilidad.

***

Bajó el dobladillo desde los pies, dejándome al descubierto las piernas hasta justo debajo del nacimiento de los glúteos. Empezó por las plantas. Pulgares profundos en cada arco, talones, dedos uno a uno. La sensibilidad de esa zona me obligó a apretar los muslos otra vez. Sentía cómo el papel desechable que cubría la camilla se iba empapando, y no era solo de aceite.

Para subir por las pantorrillas dio un paso al frente, pegándose al borde de la mesa. Mis pies suspendidos en el aire chocaron contra él. Sentí, a través de la fina tela de su bata, la dureza de sus cuádriceps en tensión. Entendí entonces la envergadura del hombre que tenía detrás.

Sus manos amasaron mis muslos por la cara interna. Sus pulgares subían cada vez más, hasta colarse un par de centímetros bajo el rizo blanco que aún cubría mis nalgas. No llegaba a tocarme directamente, pero presionaba lo justo en la frontera para que yo tuviera la certeza de que él notaba el calor que irradiaba mi centro.

Y entonces, sin previo aviso, agarró el borde de la toalla y la deslizó por completo fuera de mi cuerpo. Escuché el sonido sordo de la tela al caer al suelo.

El aire fresco golpeó la piel de mi intimidad. Estaba expuesta sin barrera ante un hombre que no era mi marido. La vulnerabilidad fue brutal, y la excitación, casi dolorosa.

Sus manos volvieron, recubiertas de aceite nuevo, y se posaron de lleno sobre mis nalgas. Las amasó separándolas levemente, con esa excusa clínica de liberar tensión profunda. Cada arrastre rozaba los márgenes de mi sexo. Era una tortura calculada al milímetro.

De pronto el contacto cesó. Escuché su respiración pesada, el roce de una tela cayendo al suelo y un suspiro mudo. La revelación me golpeó con claridad: ningún profesional de un centro así se desnudaba en mitad de un tratamiento por simple calentura. Adrián. El bono sorpresa, la sala privada, el masajista enorme para mí y la chica para él. Todo encajaba. Mi marido lo había orquestado desde el principio.

Esa certeza me liberó de cualquier resto de pudor. Si era una fantasía diseñada, consentida, dirigida desde dentro, entonces ya no había nada que detener.

***

El masajista rodeó la camilla y se situó frente a mi cabecera. Movida por un instinto que no pude frenar, abrí los ojos. Enmarcado por las patas de madera, a centímetros de mi cara, asomaba su erección. Gruesa, pesada, todavía a medio levantar, descansando sobre la tensión de sus muslos desnudos. De la punta colgaba un hilo brillante que se mecía al ritmo del vaivén de sus caderas mientras me trabajaba el cuello.

Cada deslizamiento de sus palmas cobró un significado nuevo. Aquello ya no era profesional. Era puro placer ajeno alimentado por la impunidad de tener mi cuerpo a su disposición.

Pasó al lateral derecho. Cuando subió por mi costilla y rodeó la curva de mi pecho desbordado contra la camilla, esta vez no fue un roce accidental. Su palma se acopló a la redondez, esparció el aceite, presionó con una firmeza posesiva que me arrancó un gemido sordo. Se recreó un par de segundos eternos. Después, todo lo contrario: rodeó la camilla por el otro lado, me trabajó el flanco izquierdo y eludió el pecho con una precisión quirúrgica. La frustración fue tan grande como la excitación.

Cuando terminó las piernas y me indicó en silencio, con un toque firme en el costado, que rodara sobre mí misma, entendí que estábamos ya muy lejos del masaje.

***

Me giré despacio. Los pechos cayeron hacia los costados, el vientre quedó a la vista, los muslos se ensancharon. Por una décima de segundo el viejo complejo me trepó por la garganta. Crucé los brazos sobre el cuerpo en un gesto involuntario.

El masaje se detuvo en seco. Sin decir una palabra, el chico me sujetó las muñecas y devolvió mis brazos a los lados de la camilla. Después se inclinó sobre mi cabecera y me dejó un beso invertido, casto, en los labios. Un beso que no estaba en el guion de ningún servicio. Lo entendí como lo que era: una manera muda de decirme que mi cuerpo le fascinaba tal como estaba.

Giré la cabeza hacia Adrián. La masajista se había situado a horcajadas sobre el pasillo, completamente desnuda, masajeándole el pecho. Treinta años más o menos, atlética, pelo recogido con dos palillos de madera, un brillante minúsculo en el ombligo. Bajé la vista hasta la entrepierna de mi marido y vi la dureza tensa, latiendo, esperando.

El chico me trajo de vuelta. Sus manos descendieron por mis costillas, abarcaron mis pechos, dibujaron los pezones con los dedos índice y corazón. La fricción exacta, lubricada por el aceite, me arrancó un gemido que llenó la sala.

Mi gemido encontró respuesta en la respiración rota de Adrián. Giré la cabeza otra vez. La masajista había bajado de la camilla y estaba de pie en el pasillo central, dándome la espalda, masturbándolo con un ritmo lento y devoto. Adrián tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando a saltos. Su mano izquierda había salido de la camilla y descansaba sobre la cintura desnuda de la chica, acariciando esa curva con una facilidad que me clavó algo en el pecho.

Sentí celos. Sentí envidia. Y sentí algo más grande que ambas cosas: la certeza de que aquella mujer no era una amenaza sino un instrumento. Un catalizador. La verdadera fantasía estaba en otra parte. Estaba en que él me viera mirando.

***

El masajista bajó por mi vientre y se detuvo en la frontera del pubis. Llevó mis rodillas hacia el techo, abriéndolas con suavidad hasta que las plantas de mis pies se juntaron en el centro y mis muslos cayeron pesadamente hacia los lados. Me dejó expuesta de lleno bajo la luz mortecina de las velas.

Su mano izquierda se apoyó en la cara interna de mi muslo, afianzando la apertura con un peso dominante. Su mano derecha se posó sobre mi sexo. La palma cubrió el pubis, los dedos descansaron pesados sobre la humedad hinchada de mis labios. Bañó la zona con más aceite, como si necesitara la excusa para mojarse de mí.

Cuando empezó a deslizarse, lo hizo entero. Tres dedos arrastrando el flujo y el aceite por todo el recorrido, desde el clítoris hasta más abajo. En uno de los descensos, los dos primeros dedos se curvaron, encontraron mi entrada y resbalaron al interior hasta los nudillos. El grito que se me escapó rebotó contra los azulejos.

Llevé mi mano derecha a mi pecho y la izquierda voló hacia su cadera, clavándole las uñas sin pedir permiso. La realidad se fragmentó. Por un lado lo sentía dentro de mí, raspando con precisión la pared superior, buscando el punto exacto. Por otro lado, mi cabeza estaba en la otra camilla.

Abrí los ojos. La masajista de Adrián se había acuclillado en el suelo y tenía la erección de mi marido dentro de la boca. Subía y bajaba la cabeza a un ritmo desesperante, lento, devoto, como si saborease cada milímetro. La sujetaba por la base con un anillo de pulgar e índice. Adrián, de pie, le apoyaba una mano en la nuca sin imponer fuerza, los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

Mi propio masajista detuvo el movimiento, sacó los dedos y se subió a la camilla. La madera crujió. Sus rodillas separaron mis muslos. La punta de su miembro, empapada de mi flujo y de jazmín, encontró mi entrada y se hundió de un empujón firme hasta el fondo.

***

La penetración me arqueó la espalda. La camilla gimió bajo nosotros. Giré la cabeza buscando a Adrián justo a tiempo de ver a la masajista subirse a horcajadas sobre él, ensartándose despacio en su erección, las manos apoyadas en su pecho para mantener el equilibrio. Las dos camillas crujían en una sinfonía obscena.

Mi mano derecha bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarlo al ritmo de las embestidas. Al otro lado de la sala, la chica también se tocaba mientras cabalgaba a mi marido. Estábamos las dos al borde, conectadas por el aceite, el exhibicionismo y la línea recta que iba de mis ojos a los de Adrián.

Mis piernas se enredaron en la cintura del masajista. Le clavé los talones para empujarlo más adentro. Él leía mis gestos como si llevara meses estudiándolos: aceleraba cuando arqueaba la espalda, profundizaba cuando se me abrían los labios para soltar otro gemido.

El orgasmo me arrolló. No fue solo un golpe físico, fue una ruptura. Las paredes de mi sexo se cerraron alrededor del chico en sacudidas violentas. Un grito largo se me desgarró en la garganta. Casi al mismo tiempo, en la otra camilla, la masajista arqueó el cuello hacia atrás y se quedó paralizada, los muslos temblando contra Adrián. Las dos al unísono, atadas por el mismo hilo invisible.

***

Cuando recuperé el aire, la masajista ya se había puesto en marcha. Bajó de Adrián, se acuclilló entre las dos camillas y le pidió con un tirón de la mano que se levantara. Volvió a tomar su erección con la boca, masturbándolo despacio.

Apoyé las palmas en el pecho del chico que aún seguía sobre mí y le indiqué con un empujón suave que se apartara. Bajó de la camilla con la cortesía absurda de un caballero ofreciendo la mano para apearse de un carruaje. Acepté el agarre. Las piernas me temblaban. Me dejé caer en cuclillas junto a la chica, rodilla contra rodilla. Una conexión de piel, sudor y aceite que me aceleró el pulso.

Tomé la erección del masajista con la mano y, por primera vez en toda la sesión, me la llevé a la boca. El sabor era una mezcla de jazmín, almizcle y mi propio flujo. Levanté la mirada. Tenía la opción de fijarla en el rostro del chico, pero la giré hacia Adrián. Sus ojos verdes estaban clavados en mí. No miraba a la mujer que lo estaba devorando. Me miraba a mí. La piedra angular de toda su parafilia. Verme con la boca llena, sometida y entregada, sin importarle si lo que me ahogaba era él u otro hombre.

Sentí el espasmo del masajista contra el paladar. Subí la mirada y vi a Adrián al límite, las venas del cuello marcadas, el pecho a saltos. Supe que era el momento.

Saqué la erección de mi boca, alcancé la barbilla de la chica con los dedos aceitados y tiré de ella hacia mí. Estampé mis labios contra los suyos. Su boca era febril, un refugio húmedo que me recibió sin resistencia. El sabor de mi marido, la saliva de los dos masajistas, mi propio flujo, todo se mezcló en aquel beso voraz mientras mi mano izquierda buscaba a ciegas la dureza del chico y volvía a masturbarlo despacio.

El cuadro fue su perdición. Adrián gruñó, apartó la mano de la masajista, tomó el control de su propia erección y apuntó hacia nuestros rostros entrelazados. La primera sacudida me golpeó el pómulo, espesa, caliente. Apenas dos bombeos después, el masajista se sumó al asedio. Las descargas cayeron en una lluvia caótica: en la frente, en el cuello de ella, en mi escote, entre nuestras bocas pegadas, colándose entre los labios para que ambas la saboreáramos en el beso.

Bajo aquel diluvio nos aferramos la una a la otra. Sus dedos finos buscaron los míos, se entrelazaron. Su mano libre extendió el calor por mi piel y la suya, mezclándolo con el aceite. Mi pecho contra el suyo: el contraste entre sus senos jóvenes y firmes y los míos pesados y maduros era abismal y hermoso.

Seguimos besándonos sin tregua, arrulladas por las respiraciones exhaustas de los hombres por encima de nuestras cabezas. Compartimos el aliento, el sabor a sexo, las últimas gotas resbalándonos por las barbillas. Acuclilladas, manchadas, sin un solo escudo. Habíamos firmado, con fuego y fluidos, el final del aniversario más salvaje de nuestras vidas.

***

La masajista fue la primera en romper el trance. Se levantó, recogió las dos toallas del suelo y me tendió una. Antes de salir, se inclinó para un último beso pegajoso, recogió su bata contra el pecho en un gesto curiosamente tierno tras todo lo compartido y desapareció por la puerta. El chico se vistió sin mirarnos, todavía con la semierección marcando los pantalones, y nos indicó por dónde salir hacia los vestuarios.

Me quedé un segundo más en cuclillas, frotando la toalla contra la cara y el cuello, retirando los restos de aceite y de todo lo demás. Cuando me sentí medianamente firme, me puse de pie. Las piernas seguían temblando. Apreté la toalla contra el cuerpo y me acerqué a Adrián.

Le rodeé la nuca y le di un beso largo, profundo, cargado de algo que era mucho más grande que cualquier orgía. Era nuestro. Al separarnos, dejé la frente apoyada contra la suya.

—Feliz aniversario, mi vida —susurré.

Adrián soltó una carcajada ronca.

—Feliz aniversario. Aunque acabo de darme cuenta de un problema.

—¿Cuál?

—Que me lo acabo de poner jodidamente difícil para superarme el año que viene.

Solté una risa contra su cuello y supe, en aquella habitación que olía a jazmín y a promesas cumplidas, que no había otro lugar en el mundo donde quisiera estar.

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Comentarios (9)

Ciro_BA

Tremendo relato!!! De los mejores que lei aca, sin exagerar.

Marcos_S

Por favor subí la segunda parte, no puede quedar ahi. Quede con muchas ganas de mas!

SilviaCba

Lo lei dos veces seguidas jaja. Muy bien narrado, se siente todo super creible. Felicitaciones!

Memo1987

Me recordo a unas vacaciones con mi pareja... no llegamos tan lejos pero las ganas estaban jaja. Excelente relato!

Valentina_86

Uffff que situacion. Me encanto como lo contaste, se siente muy real.

PatoLector

El detalle del aniversario como contexto le da un toque especial, muy bueno eso.

GabrielNochero

Increible la tension que se va armando de a poco. Uno de los mejores que lei en esta categoria, esperando el proximo!

Romi_lee

jajaja no me lo esperaba asi... tremendo final!!!

MatiasR_2020

Muy bueno, gracias por compartirlo. Hay talento de verdad en este relato, espero que sigas escribiendo.

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