Cuando mi esposa decidió que seríamos tres
La primera noche fue solo para mirar.
Lucía me lo había dejado claro desde el principio: yo podía quedarme junto a la puerta entreabierta, podía observar, podía hacer lo que quisiera desde mi lado del umbral. Pero esa noche era de ella y de Rodrigo. Yo era el testigo, no el protagonista.
Y así lo hice. Me quedé parado en el pasillo con la espalda contra la pared y el corazón en la garganta, escuchando los sonidos que llegaban desde adentro, asomándome apenas cuando podía, viendo fragmentos de algo que era imposible apartar de los ojos.
Rodrigo era mi amigo de toda la vida. Lo conocía desde la facultad, habíamos compartido departamento un año, habíamos ido juntos de camping más de una vez. Pero dentro de ese cuarto era otra persona, o quizás la misma persona vista desde un ángulo que yo nunca había tenido ocasión de ver. Grande, tranquilo, completamente seguro de cada movimiento. La polla que le colgaba entre las piernas mientras se arrodillaba sobre la cama era gruesa, larga, con las venas marcadas por la sangre, y me quedé mirándola con la boca seca cuando la vi desaparecer entera dentro de la boca de Lucía. Ella, que conmigo era cariñosa y presente pero siempre un poco guardada, esa noche era un animal diferente. La escuché de maneras que no la había escuchado jamás: gemidos guturales, arcadas, saliva chorreándole por la barbilla, y esa voz suya diciendo «más adentro, más adentro» con la voz ronca de tenerlo hasta la garganta.
La vi de rodillas, con el culo levantado, mamándosela como si fuera lo único que existiera en el mundo. La vi acostada boca arriba mientras Rodrigo le abría las piernas y le hundía la lengua en el coño hasta hacerla gritar. La escuché correrse tres veces solo con la boca de él pegada a su clítoris, y cada vez el grito era distinto, más profundo, más animal. Cuando por fin la penetró, ella soltó un aullido largo que me atravesó el pasillo entero, y después vino el ruido rítmico de los cuerpos chocando, del culo de ella recibiendo los golpes de la cadera de él, del colchón chirriando bajo el peso de los dos.
La follaba despacio, sacándosela casi entera y volviéndola a meter con una calma que parecía crueldad. Y después de golpe cambiaba el ritmo y la clavaba hasta el fondo, embistiéndola con una fuerza que hacía que la cama se golpeara contra la pared. Lucía le pedía más. Le pedía que le rompiera el coño. Le decía cosas que yo nunca le había escuchado decir: «rompeme, cogeme, llename toda, dame toda tu leche adentro».
Me masturbé tres veces antes de que terminaran. Tres veces me corrí contra la pared del pasillo, con la mano llena de semen, la respiración cortada, mordiéndome el labio para no hacer ruido. La última fue cuando escuché a Rodrigo gruñir y a Lucía gemir «adentro, adentro, dejámelo todo adentro», y supe con exactitud lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Cuando ella entró al cuarto, pasada la una de la mañana, pensé que simplemente se acostaría a dormir. El cuerpo le pedía eso: venía con el pelo revuelto, el rímel corrido, y esa manera de moverse de quien acaba de gastar todo lo que tenía. Pero Lucía nunca hacía lo predecible.
Se acostó a mi lado. Me buscó la mano.
—¿Pudiste ver todo? —preguntó.
—Todo —dije.
Ella sonrió. Esa sonrisa suya que es más una mueca de satisfacción que una expresión de alegría.
—¿Y cómo estás?
—No lo sé todavía.
—Bien. Eso quiere decir que lo procesás. Eso es bueno.
Me tomó la mano y la guió despacio hacia su cadera. Hacia más abajo. Me hizo apoyar los dedos justo sobre los labios del coño, y la sentí diferente al tacto: caliente, hinchada, empapada, con los labios abiertos y separados de la manera que quedan cuando acaban de estirarse alrededor de una verga durante horas. La humedad no era la humedad de siempre: era espesa, tibia, viscosa. Era la evidencia física de lo que acababa de pasar a metros de mí, en tiempo real, mientras yo miraba.
—¿Lo sentís? —murmuró—. Metémelos.
Le metí dos dedos. Salieron con un hilo blanco enganchado. Los volví a meter y los saqué otra vez, y otra, y cada vez traían más de esa sustancia densa que no era mía, que no era de ella, que era de otro hombre.
—Rodrigo me llenó —dijo, con esa calma casi científica que tenía para describir las cosas—. Toda. Se corrió dos veces adentro. Todavía estoy llena de él. Chorreando.
Algo en esas palabras me hizo un efecto que no supe cómo procesar en el momento. No era solo excitación, aunque la tenía dura como una piedra contra el muslo de ella. Era algo más visceral, más antiguo, un impulso que se disfrazaba de vergüenza pero que en realidad era otra cosa completamente distinta.
Lucía me pasó el brazo por los hombros. Una presión suave, casi afectuosa. Pero con dirección. Me fue guiando hacia abajo, centímetro a centímetro, con la paciencia de alguien que sabe exactamente adónde va y no necesita apurarse. La boca me quedó primero contra sus tetas, y le chupé los pezones duros mientras ella suspiraba. Después la nariz me quedó en el ombligo. Después más abajo, entre el vello suave que tenía sobre el pubis. Y después ya no había más camino que uno solo.
Entendí perfectamente hacia dónde iba eso.
Tuve un momento de duda. Breve, honesto. Y después ese momento pasó, y seguí moviéndome hacia donde ella me llevaba, porque había algo en mí que ya había tomado la decisión mucho antes de que mi cabeza lo procesara.
Cuando llegué, lo que vi de cerca era diferente a lo que había imaginado. El coño de Lucía estaba abierto, rojo, hinchado por las horas de uso. Los labios brillaban por la humedad mezclada y el clítoris se le asomaba tenso entre los pliegues. Y de la entrada, lenta, gruesa, me caía una gota blanca sobre el dedo que todavía tenía apoyado ahí. No mejor ni peor. Solo diferente, y más real, y más concreto que cualquier fantasía. Ella seguía siendo Lucía, pero había estado con otro, y eso era un hecho físico, presente, irreversible, y me lo estaba pidiendo tragar.
No sé cuánto tiempo pasé paralizado. Y después simplemente empecé.
Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, recogiendo todo lo que encontré. El sabor me golpeó de una manera que no supe nombrar: salado, denso, con ese fondo metálico del semen mezclado con el flujo caliente de ella. Me quedé ahí, chupándole el coño, sacando la lengua para meterla adentro, buscando lo que Rodrigo había dejado. Lo tragué. Tragué todo. Y cuando ya no quedaba nada por sacar, me concentré en el clítoris, chupándolo entre los labios, moviéndolo despacio con la punta de la lengua.
Lucía soltó un sonido largo, profundo, que no era el sonido que hacía conmigo normalmente. Me puso una mano en el pelo, sin presión esta vez, solo para sentirme ahí.
—Así —susurró—. Así, amor. Chupame todo lo de él. Limpiame el coño con tu boca. Así.
Era extraño. Debería haber sido más extraño. Pero en ese momento solo existía eso: ella, yo, el sabor de otro hombre en mi lengua, y la forma en que su voz cambiaba mientras yo cumplía con algo que nadie me había pedido explícitamente pero que los dos sabíamos que iba a pasar. Le metí dos dedos otra vez, empujando hacia arriba, buscando ese punto que ella conocía y yo también, mientras le seguía chupando el clítoris. Sentí cómo se le contraía todo por dentro. La sentí romperse en la boca. Se corrió con un temblor largo, apretándome la cabeza entre los muslos, mientras un chorro caliente me inundaba la lengua.
Cuando terminé, Lucía tenía los ojos cerrados y la respiración lenta.
—No sabés lo que me acabás de dar —dijo.
Me acostó a su lado. Me besó en la frente, con la boca todavía sintiendo el sabor mezclado en la mía. Y yo tardé mucho tiempo en dormirme, con la cabeza llena de imágenes y de preguntas que no tenían una respuesta sencilla, con la polla dura otra vez contra la sábana.
***
A la mañana siguiente me desperté solo. El lado de Lucía estaba frío y su perfume apenas se adivinaba en la almohada. Escuché silencio en la casa.
Me levanté. Caminé por el pasillo en calcetines, con esa sensación de quien recorre un espacio que ya no es exactamente el mismo de la noche anterior.
Cuando me acerqué al cuarto de huéspedes, los escuché.
—¿Estás segura? —decía Rodrigo. Voz baja, seria.
—Completamente —respondía Lucía—. Vos confiá en mí.
—No me lo hubiera imaginado nunca.
—Yo tampoco, hace un año. Pero lo viste anoche. Se excita viéndome. Se excita haciendo lo que hace. Anoche me chupó todo. Todo lo que le dejaste. Y creo que está listo para dar un paso más.
Una pausa. Después el sonido de la cama moviéndose y un gemido bajo de ella.
—¿A vos te parece bien que...?
—Más que bien. Me parece perfecto. Quiero verlo con vos en la boca.
Empujé la puerta apenas. Rodrigo estaba sobre ella, moviéndose con esa lentitud suya que no era pereza sino control absoluto. Le entraba y le salía con calma, y desde el ángulo en que yo estaba podía ver la polla mojada apareciendo y desapareciendo entre los muslos abiertos de Lucía. Ella tenía la mejilla apoyada en la almohada y los ojos cerrados, la boca entreabierta soltando suspiros cortos con cada embestida.
Y entonces Rodrigo me vio.
Se quedó quieto, con la verga hundida hasta el fondo. Me miró sin sorpresa, sin incomodidad.
—Buen día —dijo.
Lucía abrió los ojos y me sonrió desde abajo, sin cambiar la posición.
—Pasá —dijo.
No era una invitación. Era una afirmación.
Entré.
Rodrigo se incorporó sobre las rodillas. Tenía esa manera de estar en un espacio que hacía que todo el espacio le perteneciera. La polla se le balanceaba entre los muslos, dura, brillante de humedad, gruesa hasta la base. Lucía se sentó en el borde de la cama y lo miró un momento, y después me miró a mí, con esa expresión de haber calculado exactamente cómo iba a salir todo.
—Anoche me sorprendiste —dijo Rodrigo, dirigiéndose a mí—. En el buen sentido.
No dije nada.
—No tiene que ser incómodo —agregó—. Lo que sentís es más común de lo que te imaginás. La mayoría nunca llega a actuar en consecuencia, pero eso ya es otra historia.
Lucía extendió una mano hacia mí. La tomé. Me atrajo hacia ella, hacia el borde de la cama, hasta que quedamos los tres en ese triángulo de sábanas revueltas y aire quieto que olía a sexo.
Lo que pasó a continuación lo puedo describir en detalle, porque a partir de un cierto punto cada segundo se me quedó grabado.
Rodrigo seguía de rodillas sobre las sábanas. Lucía lo tomó de la base con una mano, con esa manera firme que tiene de agarrar las cosas, y lo acercó a su boca. Le lamió toda la punta, dio un giro completo con la lengua, y después se lo metió entero, hasta que la nariz le quedó pegada al vello del pubis de él. Se lo mamó unos segundos, hasta que la saliva le empezó a chorrear por la comisura. Después se detuvo antes de terminar. Me miró. No dijo nada. No hacía falta.
Sentí el pulso en los oídos. Sentí la mano de Lucía apretando la mía. Y sentí, también, con una claridad desconcertante, que había algo del otro lado de esa línea que era distinto a todo lo que había conocido hasta ese momento.
—Dale —dijo Rodrigo, en voz baja—. Los dos sabemos que lo querés.
Lucía llevó su mano libre a mi nuca. El mismo gesto de la noche anterior. Solo que ahora el destino era diferente. Me empujó despacio, sin violencia, hasta que tuve la punta de la polla de Rodrigo apoyada contra los labios cerrados.
Abrí la boca.
***
Hay momentos que la memoria guarda de manera fragmentada, no porque sean confusos, sino porque son tan intensos que el cerebro los archiva en imágenes sueltas. Recuerdo el peso caliente sobre la lengua, la piel tensa contra el paladar, el sabor a Lucía y a él mezclado. Recuerdo que al principio me atraganté cuando quise ir más allá de la mitad, y que me retiré con lágrimas en los ojos y saliva colgando. Recuerdo que Lucía me pasó la mano por la mejilla y me dijo «respirá por la nariz, despacio, así», y que la segunda vez me entró más profundo. Recuerdo cómo la piel se le contraía debajo de la lengua cuando le pasaba la punta por debajo del glande. Recuerdo la voz de Lucía diciendo que aprendía rápido, que era un buen alumno, que qué linda me quedaba la boca llena.
Recuerdo que Rodrigo me tomó del pelo con las dos manos y empezó a moverse él, entrando y saliendo de mi boca a su ritmo, pausado pero firme. Me llegó hasta el fondo de la garganta y me quedé quieto, aguantando, con los ojos llenos de agua y la saliva chorreándome por la barbilla hasta el pecho. Recuerdo el momento en que dejé de pensar en lo que estaba haciendo y simplemente lo hice, y le agarré la base con la mano, y empecé a mamársela como había visto hacer a ella, subiendo y bajando la cabeza, girando la lengua en la punta, buscando ese ritmo que le arrancó el primer gemido bajo.
Lucía se acercó y se puso al lado. Turnó conmigo. Un rato ella, un rato yo, las dos lenguas encontrándose sobre el mismo pedazo de piel, besándonos con la polla de él entre las bocas. Le lamimos los huevos por turnos. Ella me metía la lengua en la boca y me dejaba lo que él le había dejado a ella.
—Hacía tiempo que no tenía dos —dijo Rodrigo, con la respiración entrecortada.
—¿Y bien? —preguntó Lucía, con la boca todavía pegada a la punta.
—Bien no. Excelente.
Ella sonrió. Ese sonido bajo suyo.
***
Después vino el momento en que Rodrigo la llamó a ella, y yo quedé solo un instante sobre las sábanas, observándolos desde cerca. La puso en cuatro patas, de espaldas a mí, con el culo levantado. Los dos cuerpos que ya sabían cómo moverse juntos, ese lenguaje físico que se construye solo con la práctica, con las horas repetidas. Le agarró las caderas y se la metió de una sola embestida, hasta el fondo. Lucía dejó salir un grito ahogado contra la almohada. Empezó a follársela así, con las manos apretándole las nalgas, dejando la marca roja de los dedos en la piel blanca de ella. Había algo en eso que me dolía de una manera que no quería que parara.
—Venite acá —me dijo Lucía, con la voz temblando por los envites—. Abajo.
Me deslicé debajo de ella, mirando hacia arriba, hacia ese espacio donde los dos se encontraban. Rodrigo se detuvo un momento, esperando que yo estuviera en posición, con mi cara justo debajo de la unión de los dos. Después continuó.
Lo que siguió fue una posición que yo nunca había imaginado desde adentro, solo desde afuera, como algo que le pasaba a otras personas en otras vidas. Pero sucedía acá, en tiempo real, a centímetros de mi cara. Veía la polla de Rodrigo entrar y salir del coño de Lucía justo encima de mí, brillante, veteada por el flujo mezclado, y tenía el clítoris de ella contra la boca. Empecé a chuparlo mientras él la seguía cogiendo, y ella soltó un aullido nuevo. Cada tanto la polla se le salía y me golpeaba la nariz, la mejilla, los labios. Cada tanto Rodrigo se la metía de nuevo con la mano y yo le lamía los huevos que quedaban colgando sobre mi frente.
Cada tanto Rodrigo me miraba hacia abajo con esa calma suya. Cada tanto Lucía me rozaba el pelo con los dedos.
—Bien así —decía ella—. Bien así, amor. Chupame el clítoris mientras me coge. Así.
Rodrigo aceleró. Sentí cómo el cuerpo entero de Lucía empezaba a temblar sobre mi cara. Se corrió con un grito largo, apretándome contra ella, y yo seguí chupando hasta que él sacó la polla y se corrió a chorros sobre el culo de ella y sobre mi cara, largo, espeso, caliente. Sentí las cuerdas de semen cayéndome en la frente, en la mejilla, entrándome en la boca abierta. Después Lucía bajó la cabeza y me lamió la cara entera, tragando con calma lo que él había dejado.
Había un ritmo en todo aquello que yo seguía sin esfuerzo, como si lo hubiera practicado antes en algún lugar que no recuerdo. O como si simplemente fuera algo que siempre estuvo en mí, esperando las circunstancias correctas para aparecer.
***
Quedamos los tres en la cama después. Rodrigo se levantó un momento a buscar agua. Lucía tenía la cabeza apoyada en mi hombro y un brazo cruzado sobre mi pecho. La luz de la mañana entraba por las persianas en franjas oblicuas.
—¿Estás bien? —me preguntó, en voz muy baja.
—Sí —dije.
—¿De verdad?
—De verdad. Más que bien.
Hubo un silencio largo. No era un silencio incómodo. Era de esos silencios que se forman cuando las personas que están juntas piensan en lo mismo sin necesidad de nombrarlo.
Rodrigo volvió con tres vasos. Los dejó en la mesita y se recostó al otro lado de la cama, mirando el techo.
—Hacemos buen equipo —dijo.
Lucía levantó la vista hacia él y después me miró a mí.
—Extraordinario —dijo.
***
Las cosas cambiaron después de esa mañana, pero no de la manera que uno espera cuando imagina estas situaciones desde afuera. No hubo drama ni conversaciones eternas sobre qué éramos los tres. La dinámica fue encontrando su forma sola, como el agua que busca el cauce sin que nadie se lo indique.
Rodrigo empezó a venir los jueves. A veces también los sábados, si nadie tenía compromisos. La casa adquirió una rutina nueva que al principio me parecía improbable y que ahora simplemente es la rutina. Hay noches en que participo — mamándosela mientras él la coge, chupándole los huevos mientras ella lo cabalga, dejando que me la meta a mí también mientras Lucía me llena la boca con su coño — y noches en que me quedo en el otro cuarto, escuchando desde lejos los golpes del culo de ella contra la cadera de él, los gritos que ya conozco de memoria, y eso también tiene su propio placer. Me la sigo pajeando contra la pared, como la primera noche.
Más de una vez Lucía me encontró comenzando sin ella. Rodrigo con su manera de ocupar el espacio, con la polla entre mis labios, y yo con mis ganas que ya no me sorprenden. Ella simplemente se suma, se saca la ropa y se acuesta al lado, abre las piernas y me pide que le chupe el coño mientras yo se la sigo mamando a él. O nos observa desde la puerta con esa sonrisa que conozco bien, con la mano metida entre los muslos, y ninguno de los tres siente que hay algo que explicar.
Lo que sí cambió del todo fue mi relación con Lucía. Hay algo en hacer lo que hice aquellas dos primeras noches, y en repetirlo, que genera un tipo de vínculo que no existía antes. No sé si llamarlo confianza o lealtad o algo más específico. Es como si ahora Lucía y yo nos conociéramos en una dimensión que antes estaba cerrada con llave.
Me lo dijo una noche de semana, cuando ya Rodrigo se había ido y los dos estábamos despiertos en la oscuridad del cuarto, con su coño todavía chorreando la corrida de él sobre mi muslo:
—Nunca me sentí más cerca de vos que desde que empezó todo esto.
No supe qué responder. Pero entendí exactamente lo que quería decir.
Hay momentos, cuando estamos los tres, en que me pregunto cómo llegué hasta acá. No como arrepentimiento, sino como asombro genuino. Hay una versión de mí de hace dos años que no podría haber imaginado ni el primer párrafo de esta historia.
Pero la versión de mí que está acá, ahora, con el sabor de los dos en la boca, no cambiaría nada.
¿Quién querría?