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Relatos Ardientes

Cuando mi esposa decidió que seríamos tres

4.7 (24)

La primera noche fue solo para mirar.

Lucía me lo había dejado claro desde el principio: yo podía quedarme junto a la puerta entreabierta, podía observar, podía hacer lo que quisiera desde mi lado del umbral. Pero esa noche era de ella y de Rodrigo. Yo era el testigo, no el protagonista.

Y así lo hice. Me quedé parado en el pasillo con la espalda contra la pared y el corazón en la garganta, escuchando los sonidos que llegaban desde adentro, asomándome apenas cuando podía, viendo fragmentos de algo que era imposible apartar de los ojos.

Rodrigo era mi amigo de toda la vida. Lo conocía desde la facultad, habíamos compartido departamento un año, habíamos ido juntos de camping más de una vez. Pero dentro de ese cuarto era otra persona, o quizás la misma persona vista desde un ángulo que yo nunca había tenido ocasión de ver. Grande, tranquilo, completamente seguro de cada movimiento. Y Lucía, que conmigo era cariñosa y presente pero siempre un poco guardada, esa noche era un animal diferente. La escuché de maneras que no la había escuchado jamás.

Me masturbé tres veces antes de que terminaran.

Cuando ella entró al cuarto, pasada la una de la mañana, pensé que simplemente se acostaría a dormir. El cuerpo le pedía eso: venía con el pelo revuelto, el rímel corrido, y esa manera de moverse de quien acaba de gastar todo lo que tenía. Pero Lucía nunca hacía lo predecible.

Se acostó a mi lado. Me buscó la mano.

—¿Pudiste ver todo? —preguntó.

—Todo —dije.

Ella sonrió. Esa sonrisa suya que es más una mueca de satisfacción que una expresión de alegría.

—¿Y cómo estás?

—No lo sé todavía.

—Bien. Eso quiere decir que lo procesás. Eso es bueno.

Me tomó la mano y la guió despacio hacia su cadera. Hacia más abajo. La sentí diferente al tacto: caliente, hinchada, húmeda de una manera que iba más allá de cualquier estado normal. Era la evidencia física de lo que acababa de pasar a metros de mí, en tiempo real, mientras yo miraba.

—¿Lo sentís? —murmuró.

No respondí.

—Rodrigo me llenó —dijo, con esa calma casi científica que tenía para describir las cosas—. Toda. Todavía estoy llena de él.

Algo en esas palabras me hizo un efecto que no supe cómo procesar en el momento. No era solo excitación, aunque eso también estaba ahí. Era algo más visceral, más antiguo, un impulso que se disfrazaba de vergüenza pero que en realidad era otra cosa completamente distinta.

Lucía me pasó el brazo por los hombros. Una presión suave, casi afectuosa. Pero con dirección. Me fue guiando hacia abajo, centímetro a centímetro, con la paciencia de alguien que sabe exactamente adónde va y no necesita apurarse.

Entendí perfectamente hacia dónde iba eso.

Tuve un momento de duda. Breve, honesto. Y después ese momento pasó, y seguí moviéndome hacia donde ella me llevaba, porque había algo en mí que ya había tomado la decisión mucho antes de que mi cabeza lo procesara.

Cuando llegué, lo que vi de cerca era diferente a lo que había imaginado. No mejor ni peor. Solo diferente, y más real, y más concreto que cualquier fantasía. Ella seguía siendo Lucía, pero había estado con otro, y eso era un hecho físico, presente, irreversible.

No sé cuánto tiempo pasé paralizado. Y después simplemente empecé.

Lucía soltó un sonido largo, profundo, que no era el sonido que hacía conmigo normalmente. Me puso una mano en el pelo, sin presión esta vez, solo para sentirme ahí.

—Así —susurró—. Así, amor. Así.

Era extraño. Debería haber sido más extraño. Pero en ese momento solo existía eso: ella, yo, y la forma en que su voz cambiaba mientras yo cumplía con algo que nadie me había pedido explícitamente pero que los dos sabíamos que iba a pasar.

Cuando terminé, Lucía tenía los ojos cerrados y la respiración lenta.

—No sabés lo que me acabás de dar —dijo.

Me acostó a su lado. Me besó en la frente. Y yo tardé mucho tiempo en dormirme, con la cabeza llena de imágenes y de preguntas que no tenían una respuesta sencilla.

***

A la mañana siguiente me desperté solo. El lado de Lucía estaba frío y su perfume apenas se adivinaba en la almohada. Escuché silencio en la casa.

Me levanté. Caminé por el pasillo en calcetines, con esa sensación de quien recorre un espacio que ya no es exactamente el mismo de la noche anterior.

Cuando me acerqué al cuarto de huéspedes, los escuché.

—¿Estás segura? —decía Rodrigo. Voz baja, seria.

—Completamente —respondía Lucía—. Vos confiá en mí.

—No me lo hubiera imaginado nunca.

—Yo tampoco, hace un año. Pero lo viste anoche. Se excita viéndome. Se excita haciendo lo que hace. Y creo que está listo para dar un paso más.

Una pausa. Después el sonido de la cama moviéndose.

—¿A vos te parece bien que...?

—Más que bien. Me parece perfecto.

Empujé la puerta apenas. Rodrigo estaba sobre ella, moviéndose con esa lentitud suya que no era pereza sino control absoluto. Lucía tenía la mejilla apoyada en la almohada y los ojos cerrados.

Y entonces Rodrigo me vio.

Se quedó quieto. Me miró sin sorpresa, sin incomodidad.

—Buen día —dijo.

Lucía abrió los ojos y me sonrió desde abajo, sin cambiar la posición.

—Pasá —dijo.

No era una invitación. Era una afirmación.

Entré.

Rodrigo se incorporó sobre las rodillas. Tenía esa manera de estar en un espacio que hacía que todo el espacio le perteneciera. Lucía se sentó en el borde de la cama y lo miró un momento, y después me miró a mí, con esa expresión de haber calculado exactamente cómo iba a salir todo.

—Anoche me sorprendiste —dijo Rodrigo, dirigiéndose a mí—. En el buen sentido.

No dije nada.

—No tiene que ser incómodo —agregó—. Lo que sentís es más común de lo que te imaginás. La mayoría nunca llega a actuar en consecuencia, pero eso ya es otra historia.

Lucía extendió una mano hacia mí. La tomé. Me atrajo hacia ella, hacia el borde de la cama, hasta que quedamos los tres en ese triángulo de sábanas revueltas y aire quieto.

Lo que pasó a continuación lo puedo describir solo en partes.

Rodrigo seguía de rodillas sobre las sábanas. Lucía lo tomó y lo acercó a su boca, pero se detuvo antes de llegar. Me miró. No dijo nada. No hacía falta.

Sentí el pulso en los oídos. Sentí la mano de Lucía apretando la mía. Y sentí, también, con una claridad desconcertante, que había algo del otro lado de esa línea que era distinto a todo lo que había conocido hasta ese momento.

—Dale —dijo Rodrigo, en voz baja—. Los dos sabemos que lo querés.

Lucía llevó su mano libre a mi nuca. El mismo gesto de la noche anterior. Solo que ahora el destino era diferente.

Abrí la boca.

***

Hay momentos que la memoria guarda de manera fragmentada, no porque sean confusos, sino porque son tan intensos que el cerebro los archiva en imágenes sueltas. Recuerdo el peso, la textura, el calor. Recuerdo la voz de Lucía diciendo que aprendía rápido. Recuerdo que Rodrigo me puso una mano en el hombro en algún momento, no para guiarme, sino para reconocerme.

Recuerdo el punto exacto en que dejé de pensar en lo que estaba haciendo y simplemente lo hice.

—Hacía tiempo que no tenía dos —dijo Rodrigo.

—¿Y bien? —preguntó Lucía.

—Bien no. Excelente.

Ella sonrió. Ese sonido bajo suyo.

***

Después vino el momento en que Rodrigo la llamó a ella, y yo quedé solo un instante sobre las sábanas, observándolos desde cerca. Los dos cuerpos que ya sabían cómo moverse juntos, ese lenguaje físico que se construye solo con la práctica, con las horas repetidas. Había algo en eso que me dolía de una manera que no quería que parara.

—Venite acá —me dijo Lucía—. Abajo.

Me deslicé debajo de ella, mirando hacia arriba, hacia ese espacio donde los dos se encontraban. Rodrigo se detuvo un momento, esperando que yo estuviera en posición. Después continuó.

Lo que siguió fue una posición que yo nunca había imaginado desde adentro, solo desde afuera, como algo que le pasaba a otras personas en otras vidas. Pero sucedía acá, en tiempo real, a centímetros de mi cara. El calor, el sonido, el movimiento que lo llenaba todo.

Cada tanto Rodrigo me miraba hacia abajo con esa calma suya. Cada tanto Lucía me rozaba el pelo con los dedos.

—Bien así —decía ella—. Bien así, amor.

Había un ritmo en todo aquello que yo seguía sin esfuerzo, como si lo hubiera practicado antes en algún lugar que no recuerdo. O como si simplemente fuera algo que siempre estuvo en mí, esperando las circunstancias correctas para aparecer.

***

Quedamos los tres en la cama después. Rodrigo se levantó un momento a buscar agua. Lucía tenía la cabeza apoyada en mi hombro y un brazo cruzado sobre mi pecho. La luz de la mañana entraba por las persianas en franjas oblicuas.

—¿Estás bien? —me preguntó, en voz muy baja.

—Sí —dije.

—¿De verdad?

—De verdad. Más que bien.

Hubo un silencio largo. No era un silencio incómodo. Era de esos silencios que se forman cuando las personas que están juntas piensan en lo mismo sin necesidad de nombrarlo.

Rodrigo volvió con tres vasos. Los dejó en la mesita y se recostó al otro lado de la cama, mirando el techo.

—Hacemos buen equipo —dijo.

Lucía levantó la vista hacia él y después me miró a mí.

—Extraordinario —dijo.

***

Las cosas cambiaron después de esa mañana, pero no de la manera que uno espera cuando imagina estas situaciones desde afuera. No hubo drama ni conversaciones eternas sobre qué éramos los tres. La dinámica fue encontrando su forma sola, como el agua que busca el cauce sin que nadie se lo indique.

Rodrigo empezó a venir los jueves. A veces también los sábados, si nadie tenía compromisos. La casa adquirió una rutina nueva que al principio me parecía improbable y que ahora simplemente es la rutina. Hay noches en que participo y noches en que me quedo en el otro cuarto, escuchando desde lejos los sonidos que atraviesan la pared, y eso también tiene su propio placer.

Más de una vez Lucía me encontró comenzando sin ella. Rodrigo con su manera de ocupar el espacio, yo con mis ganas que ya no me sorprenden. Ella simplemente se suma, o nos observa desde la puerta con esa sonrisa que conozco bien, y ninguno de los tres siente que hay algo que explicar.

Lo que sí cambió del todo fue mi relación con Lucía. Hay algo en hacer lo que hice aquellas dos primeras noches, y en repetirlo, que genera un tipo de vínculo que no existía antes. No sé si llamarlo confianza o lealtad o algo más específico. Es como si ahora Lucía y yo nos conociéramos en una dimensión que antes estaba cerrada con llave.

Me lo dijo una noche de semana, cuando ya Rodrigo se había ido y los dos estábamos despiertos en la oscuridad del cuarto:

—Nunca me sentí más cerca de vos que desde que empezó todo esto.

No supe qué responder. Pero entendí exactamente lo que quería decir.

Hay momentos, cuando estamos los tres, en que me pregunto cómo llegué hasta acá. No como arrepentimiento, sino como asombro genuino. Hay una versión de mí de hace dos años que no podría haber imaginado ni el primer párrafo de esta historia.

Pero la versión de mí que está acá, ahora, no cambiaría nada.

¿Quién querría?

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4.7 (24)

Comentarios (9)

Romina_84

increible!!! me dejo sin palabras. Una de las mejores que lei aca

PacoLector

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando mas ganas daba. Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

NocheEnBlanco

Lo que mas me gusto es como esta escrita la tension antes de todo. Se siente real, no forzado para nada. Bien ahi

Tomas_MX

buenisimo!! de los que uno guarda en favoritos

furtivofogoso

me recordo a algo que vivi hace unos años, ese silencio que lo dice todo... tremendo relato

LauraQ

Me quede pensando en Lucia jaja, como llego a esa decision tan calmada? ojala lo expliques en alguna continuacion

Santiago_V

La calma con la que esta narrado le da muchisimo valor al relato. Sin apuros, dejando que la historia respire. Muy bueno

Miguelin77

esperando mas historias asi!!! muy buen estilo

Carlos_rdz

Que situacion tan bien contada. Se nota talento real detras de esto. Saludos desde Colombia

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