Cuatro compañeros y una noche sin inhibiciones
Llevaba una semana entera aguantando las ganas. No es que me costara trabajo —soy bastante disciplinada cuando me lo propongo— pero saber que la recompensa estaba a punto de llegar hacía que cada hora de oficina se sintiera el doble de larga. Me había impuesto una especie de ayuno voluntario: nada de encuentros, nada de mensajes con doble intención, nada que pudiera distraerme de la promesa que me había hecho a mí misma. Siete días sin que nadie me tocara, sin meter mano yo tampoco, con el coño hinchado y latiendo cada vez que me sentaba a trabajar.
El viernes llegó por fin.
Último día laboral antes de diez días libres. Había hecho las compras el jueves para no tener que salir durante el fin de semana, había dejado todo ordenado en casa, había revisado la lista tres veces. Solo faltaba sobrevivir las últimas horas de trabajo, y con eso alcanzaba.
El problema era Marcos. Trabajaba en el piso de abajo y tenía esa costumbre de aparecer cuando uno menos lo esperaba, con una idea que sonaba razonable pero que nunca lo era del todo.
—Esta tarde brindamos —me dijo a primera hora del jueves, apoyando las palmas sobre mi escritorio—. Somos varios los que nos vamos de vacaciones. Hay que despedirse como corresponde.
Yo sabía perfectamente qué significaba «como corresponde». Marcos, Sebastián, Nicolás y Tomás. Los cuatro juntos. La primera vez que estaría con todos al mismo tiempo, y la sola idea me hizo apretar los muslos bajo la silla sin querer. Ya me estaba mojando debajo de la falda de sólo imaginarme cuatro pollas en el mismo sofá, todas para mí.
—De acuerdo —respondí, sin apartar los ojos de la pantalla—. ¿A qué hora?
—Mañana, cuando salgas. Te paso a buscar.
Así de simple.
La jornada del jueves se hizo larga, como siempre ocurre cuando se espera algo importante. A las seis de la tarde apagué la computadora, recogí mis cosas y salí. Había planeado ir directo a casa, pero el camino me llevó de otro modo: primero al supermercado, luego a la farmacia, y como último recorrido, al bar de Rodrigo.
Rodrigo era un hombre al que conocía desde hacía años. Tenía un local pequeño a dos cuadras de la oficina, con taburetes altos, iluminación cálida y una heladera siempre llena. Habíamos tenido historia —en el sentido más literal de la palabra— aunque hacía meses que no lo veía. Lo suficiente para que hubiera algo sin resolver entre los dos. Y yo me acordaba perfectamente de cómo cogía: pausado, sucio, con esa lengua que parecía no cansarse nunca.
Cuando entré, ya estaba bajando la persiana. Pero al verme se detuvo.
—Qué sorpresa —dijo, y en su voz había algo que no era solo saludo.
—Solo vengo por algo frío —aclaré, aunque los dos sabíamos que eso no era del todo exacto.
Me dijo que pasara. Me señaló la heladera y se quedó detrás de mí cuando me acerqué. Lo sentí antes de verlo: sus manos en mi cintura, su pecho pegado a mi espalda, su boca rozando el borde de mi oreja. Su verga ya dura contra mi culo, marcándose a través del pantalón.
—Hacía mucho —murmuró.
—Demasiado —admití, empujando la cadera hacia atrás para restregarme contra él.
Dijo que parecía cansada. Que quería ayudarme a relajarme antes de que empezara mi fin de semana. Que me lo merecía, que se lo dejara hacer. Me convenció fácil. Tampoco puse demasiada resistencia. Llevaba siete días con el coño abandonado y él lo sabía leer en mi cara.
La parte trasera del local tenía un cuarto pequeño con una cama angosta y una lamparita de noche. Rodrigo era de esos hombres que no tienen apuro, y eso siempre me había gustado de él. Se tomó su tiempo. Me besó el cuello mientras me quitaba la ropa, despacio, sin ningún gesto que sugiriera urgencia. Me desabrochó la blusa botón por botón, me bajó el corpiño y se quedó mirándome las tetas un rato largo antes de agacharse y meterse un pezón entero en la boca. Chupó fuerte, con hambre atrasada, hasta que se me escapó un gemido que rebotó en las paredes del cuartito.
Se arrodilló frente a mí y me bajó el pantalón con cuidado, dando pequeños besos en mis muslos, en mis caderas, en el hueso de la cadera. Me arrancó la bombacha con los dientes y hundió la nariz en mi pubis para olerme antes de tocarme. Después me pidió que me acostara boca abajo y me recorrió la espalda entera con las manos antes de descender vértebra a vértebra, con la lengua caliente y lenta. Cuando llegó al culo me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por todos lados, sin saltarse un centímetro, hasta que yo estaba empujando la cadera contra su boca pidiéndole más sin palabras.
Cuando me hizo girar, empezó por los pies.
No me acordaba de la última vez que alguien había empezado por los pies.
Fue subiendo despacio, sin saltarse nada. Me besó los tobillos, la parte de atrás de las rodillas, la cara interna de los muslos, uno y después el otro, con la barba raspándome la piel. Cuando llegó al centro, lo hizo con la lengua y con una concentración que me impidió pensar en ninguna otra cosa durante varios minutos. Me abrió el coño con dos dedos y empezó a chupármelo entero, con la lengua plana y ancha primero, después con la punta bien apretada contra el clítoris. Metió dos dedos y los curvó buscando el punto que sabía de memoria, mientras seguía chupándome, y yo levanté las caderas del colchón sin darme cuenta.
—Así, chupámelo así —le dije con la voz ronca, agarrándole el pelo—. No pares, hijo de puta, no pares.
Sin prisa, sin exceso: solo atención sostenida en un punto hasta que mis piernas dejaron de obedecerme del todo. Me vine en su boca con un temblor largo que me subió desde los pies, apretándole la cara con los muslos, y él tragó todo lo que le solté sin soltar el clítoris de entre los labios.
Después tomó mis pechos con ambas manos, los juntó y succionó los pezones al mismo tiempo. Me penetró así, casi sin aviso, y el ángulo era tan preciso que tardé unos segundos en entender que ya estaba dentro. Su polla era gruesa, la sentí abrirme de golpe, y solté un gemido largo cuando la clavó hasta el fondo. Me cogió despacio al principio, hundiéndose entero y saliendo casi hasta la punta antes de volver a entrar, luego con más ritmo cuando notó que yo acompañaba el movimiento con las caderas. Los muelles de la cama angosta empezaron a quejarse y a él no le importó. Me agarró de las caderas con las dos manos, me levantó el culo del colchón y empezó a cogerme más fuerte, más profundo, chocándome las nalgas contra su pelvis con cada embestida.
—Qué rica estás, la puta madre —murmuró, mirándome cómo se le hundía y salía la verga entre mis piernas.
Me vine antes de lo que esperaba. Se me contrajo todo alrededor de él, y sentí cómo su verga latía dentro respondiendo al apretón.
Le pedí que me avisara cuando estuviera por terminar. Y cuando lo hizo, me deslicé hacia abajo, me arrodillé en el piso y me la metí entera en la boca. La saqué toda embadurnada en mí, se la lamí desde la base hasta la punta, le chupé los huevos uno por uno, y volví a tragármela hasta que la sentí en la garganta. Lo terminé con la boca: despacio, sin apuro, devolviéndole algo de lo que me había dado. Le tomé el ritmo con la mano en la base y con la lengua envuelta alrededor del glande, y cuando lo sentí endurecerse todavía más él me agarró la nuca con firmeza. Se corrió sin precipitarse, y yo no desperdicié nada. La primera oleada me la tragó la garganta directamente; la segunda y la tercera se las dejé llenarme la boca para saborearlas, y después me lamí los labios delante de él.
Nos quedamos dormidos sin querer.
Me desperté de madrugada con el teléfono vibrando sobre la mesita de noche. Un mensaje de Marcos: ¿Todo bien? Quedamos mañana cuando salgas. Me senté en la oscuridad, esperé un momento y contesté que sí. Luego me vestí en silencio, le dejé una nota a Rodrigo y me fui sin hacer ruido.
***
El viernes fue la versión oficial de la despedida. La que todos sabían que iba a pasar y sobre la que nadie dijo nada explícito durante el día de trabajo. Había una corriente invisible entre nosotros en las pocas veces que nos cruzamos en los pasillos, y yo lo notaba en cómo Sebastián evitaba mirarme directamente y en cómo Tomás, que nunca sonreía antes del mediodía, sonreía.
A las seis en punto Marcos me esperaba en la planta baja. Sebastián y Nicolás llegaron diez minutos después en el mismo auto. Tomás apareció último, como siempre, con una bolsa de cervezas y esa cara de que nada le afectaba demasiado.
El departamento de Marcos era grande para ser de soltero: sala amplia, terraza con plantas y una piscina pequeña en el fondo que en el verano porteño se convertía en el centro de cualquier reunión. Esa tarde hacía calor todavía, así que cuando Sebastián preguntó si nos metíamos al agua, nadie dijo que no.
Me quedé un momento en ropa interior antes de que Marcos me ayudara a sacarla. Me desabrochó el corpiño por atrás con una sola mano y me bajó la bombacha él mismo, arrodillado, aprovechando el gesto para darme un beso hondo entre las piernas antes de tirar la tela lejos. Los otros tres se estaban desnudando en el borde de la piscina sin quitarme los ojos de encima. Cuatro pollas ya medio duras, cuatro miradas fijas en mí.
El agua estaba fresca. Las cervezas, heladas. Y los cuatro tenían esa tensión acumulada que se nota cuando alguien lleva días esperando algo. Yo también.
Sebastián se acercó primero. Tomó mi cara entre las manos y me besó despacio, sin urgencia, mientras el agua nos llegaba a la cintura. Debajo del agua sentí su verga durísima empujar contra mi vientre, gruesa y caliente contra la piel fría. Sentí a Marcos detrás de mí al mismo tiempo: su boca en mi nuca, sus manos recorriendo mis costados, sus dedos bajando entre mis nalgas para separarlas y acariciarme el culo por debajo del agua. Nicolás se sumergió un momento debajo del agua y cuando emergió tenía la cabeza entre mis piernas por un segundo, la lengua fría contra mi coño, y me hizo saltar. Tomás esperaba en el borde de la piscina con los brazos cruzados y una expresión que no era de burla sino de anticipación pura, la verga parada apuntándome directamente.
—Ven —le dije, y vino.
Me acerqué al borde y le agarré la polla con la mano mientras él seguía parado afuera. Se la chupé desde ese ángulo, con el agua meciéndome, mientras Marcos me metía dos dedos por atrás y Sebastián me trabajaba las tetas con la boca. Nicolás me sacaba y volvía a hundir la cara entre las piernas cada pocos segundos, aguantando la respiración debajo del agua, y cuando salía a tomar aire me dejaba el coño ardiendo.
Salimos del agua sin que nadie lo propusiera en voz alta. Simplemente ocurrió, como ocurren las cosas cuando todo el mundo quiere lo mismo al mismo tiempo. Marcos señaló el sofá grande de la sala, ese que claramente había sido elegido pensando en noches como esta.
Me acomodé en el centro.
Tomás se tumbó debajo de mí para que lo montara y me senté encima despacio, empalándome centímetro a centímetro sobre su verga hasta que la sentí clavada hasta la raíz. Solté un jadeo largo cuando llegó al fondo. Quedé sobre él con el acceso libre desde atrás para Sebastián, que se puso de rodillas detrás de mí, me agarró de las caderas y empujó la punta contra el otro agujero, escupiéndose la mano primero para lubricarse. Entró despacio, milímetro a milímetro, y yo me mordí el labio hasta sentir el gusto a sangre mientras me abría. Cuando lo tuvo todo adentro me quedé quieta unos segundos, sintiéndolos a los dos, uno en el coño y otro en el culo, separados apenas por la pared delgada que había entre los dos.
—Por Dios, estoy llena —murmuré, con la voz rota.
Nicolás y Marcos se ubicaron a los costados, cada uno con la polla en la mano al alcance de mi boca. Los agarré a los dos al mismo tiempo, uno con cada mano, y empecé a chupárselos alternados: primero uno, después el otro, sin soltar ninguno. Entre los cuatro encontramos un ritmo que al principio fue tentativo y después fue algo completamente diferente. Tomás empujaba desde abajo, Sebastián me embestía desde atrás desfasado a propósito, y cuando uno salía el otro entraba, de manera que nunca dejaba de tener algo llenándome adentro.
Sebastián era el más fornido de los cuatro. Ancho, pausado, con una confianza en los movimientos que se aprende con el tiempo. La tenía gruesa, tan gruesa que la sentía estirarme el culo cada vez que se hundía, y durante un buen rato estuve concentrada solo en eso: en adaptarme, en encontrar el espacio, en respirar bien, en no dejar caer ninguna de las dos pollas que tenía en las manos.
Nicolás me agarró de la nuca con suavidad y yo entendí sin que dijera nada. Abrí la boca y me la clavó hasta la garganta, empujando con la mano en la nuca para que no me apartara, cogiéndome la cara sin brutalidad pero sin permiso tampoco. Le dejé hacer. Escuché el sonido húmedo de mi boca alrededor de su verga y sentí las lágrimas subiéndome a los ojos por el reflejo, mientras Marcos me pasaba la suya por la mejilla, por los labios, esperando su turno.
Estaba con todos al mismo tiempo y ninguno sobraba.
No sé cuánto tiempo pasó. El tiempo funciona diferente en esas circunstancias: hay momentos que se estiran y otros que se comprimen, y los orgasmos no siempre avisan cuando llegan. El primero me sorprendió cuando Tomás cambió el ángulo desde abajo, levantándome apenas las caderas para embestirme desde otro punto, y Sebastián se quedó quieto un segundo exactamente en el momento equivocado —o el más indicado, según cómo se mire—, con la verga clavada entera en el culo y latiéndome adentro sin moverse.
Me vine con los ojos cerrados y los dientes apretados, con las manos aferradas a las dos pollas que tenía cerca, el coño y el culo contrayéndose al mismo tiempo alrededor de ellos. Sentí a Tomás y a Sebastián gemir al unísono cuando los apreté desde adentro.
Marcos fue el primero en correrse, con la cabeza echada atrás y un sonido que salió de algún lugar profundo. Me lo había metido en la boca hasta el fondo un minuto antes, y cuando lo sentí endurecerse todavía más lo agarré de las nalgas y lo empujé para que se hundiera entero. Lo seguí con la boca hasta el final, sin soltarlo hasta que terminó por completo, tragándome todo lo que me llenó la garganta chorro a chorro. Cuando lo saqué, todavía le colgaba un hilo de semen que le lamí con la punta de la lengua.
Tomás vino después, con un gemido contenido que me pareció más honesto que cualquier cosa dicha en voz alta durante toda la noche. Se corrió adentro del coño mientras yo seguía montada encima suyo, y sentí cada latido de su verga descargando dentro. Me quedé apoyada en su pecho unos segundos, respirándole cerca de la boca, mientras Sebastián seguía cogiéndome por atrás sin detenerse.
Nicolás tardó más. Era de los que necesitan espacio y concentración, y se lo di. Me bajé del sofá, me arrodillé frente a él y se la mamé con dedicación, mirándolo a los ojos, con una mano tirándole de los huevos y la otra masajeándole la base. Cuando llegó al límite, lo hizo con los ojos cerrados y las manos quietas a los costados, casi en silencio, dejando que el semen me cayera despacio en la lengua sin agarrarme la cabeza, sin empujar. También eso era honesto a su manera. Me tragué todo, le limpié la punta con un beso y le sonreí desde abajo.
Sebastián fue el último. Para entonces ya casi no quedaban fuerzas en ninguno de los cinco, pero él tenía esa capacidad de guardar algo en reserva cuando todos los demás ya habían vaciado. Me dobló contra el brazo del sofá, me abrió las piernas y volvió a metérmela, esta vez por delante, cogiéndome fuerte y hondo con esa polla gruesa que ya conocía el camino. Me miró antes de correrse —directamente a los ojos, sin apartar la vista— y me sacó la verga en el último segundo para vaciarse entero sobre mi vientre, entre mis tetas, chorros gruesos y calientes que me salpicaron hasta la clavícula. Y eso, por alguna razón que no voy a intentar explicar, fue lo que me llevó al último orgasmo de la noche, mientras él seguía descargándose sobre mi piel y yo me pasaba los dedos por encima para embarrarme todavía más.
Nos quedamos enredados en el sofá durante un tiempo largo, sin hablar demasiado. Alguien puso música en voz baja. Alguien trajo vasos de agua fría. Marcos abrió la última cerveza y la pasó de mano en mano hasta que se terminó.
—Buen comienzo de vacaciones —dijo Tomás desde algún rincón del sofá, sin abrir los ojos.
Nadie lo contradijo.
Cerré los ojos y pensé que todavía me quedaban nueve días por delante. Nueve días sin agenda, sin alarma y sin nadie que me dijera a qué hora tenía que estar en ningún lado. Las vacaciones acababan de empezar de la mejor manera posible, y yo ya estaba pensando en todo lo que faltaba por hacer.

