El trío de cumpleaños que mi marido me regaló
La cama todavía olía a nosotros cuando se lo dije. Daniel acababa de hacerme acabar por tercera vez esa noche y yo estaba bocabajo, con la cara hundida en la almohada y la respiración entrecortada. Sentí cómo me besaba despacio entre los omóplatos, subiendo hasta el cuello.
—Tu cumpleaños —murmuró—. Falta un mes. Pídeme algo grande.
Me giré. La luz de la luna se filtraba por la ventana y le marcaba la mandíbula. Mi marido tenía esa cara de niño cuando me preguntaba en serio.
—Quiero algo que nunca hayamos hecho —dije—. Quiero que organices una noche para mí. Tú, yo y un grupo pequeño de gente que ya sabe cómo somos. Pero hazlo elegante. Como un casino privado.
—¿Casino? —sonrió.
—Casino. Apuestas. Pero no por dinero. Que las fichas valgan favores. Caricias, besos, lo que el ganador pida. Y al final de la noche… el premio mayor lo decides tú.
Daniel me miró durante un segundo largo. Después se rio bajito, como si no se creyera la suerte que tenía.
—¿El premio mayor eres tú?
—Lo tengo claro desde hace semanas.
No me reconocí del todo al decirlo, y al mismo tiempo nunca había sido tan yo.
***
El grupo se armó solo. Esteban, el director del departamento donde yo había trabajado un par de años antes, fue el primero en confirmar. Su casa de campo en las afueras de la ciudad tenía piscina climatizada, jardín cerrado y dos plantas de habitaciones. Después se sumó la pareja de toda la vida: Verónica y Hugo. A ella la conozco desde la universidad; a él le encanta mirar y casi nunca participa. Sebastián, el profesor de literatura con el que tuve una breve historia hace tres años, dijo que sí en menos de un minuto. Y Mateo, el sobrino de Daniel, también dijo que sí con un emoji que prefiero no describir aquí.
Daniel les escribió a todos por separado y después armó el chat. Lo llamó «El cumpleaños de Carla». Las reglas las puso él: vestimenta de gala, llegada el sábado a las ocho, salida el domingo cuando cada cual aguantara. Las fichas las traía Esteban. La cumpleañera ponía su cuerpo.
Llegamos el sábado por la tarde. Esteban nos recibió en la puerta con una copa de champán en cada mano y una sonrisa que ya conocía bien. La casa estaba transformada. Mesas con tapete verde, una ruleta de madera en el centro de la sala, velas en los rincones, una bandeja de fichas negras y rojas brillando bajo la luz tibia.
Yo me había puesto un vestido rojo de seda con corte lateral hasta la cadera. Verónica llegó después con uno negro ceñido, espalda descubierta y tacones altísimos. Las dos nos miramos en el espejo del recibidor y supimos que esa noche no iba a parecerse a nada anterior.
***
Esteban dio la bienvenida a las nueve en punto, copa en mano.
—Las reglas son sencillas —dijo, con esa autoridad de director que siempre me había puesto nerviosa—. Cada partida tiene un ganador. El ganador elige a una de las damas y pide su favor. Las damas tienen derecho a vetar lo que no quieran. Pero confío en que esta noche, con esta gente, los vetos van a ser pocos.
—Pocos o ninguno —dijo Verónica, levantando su copa.
Empezamos por blackjack. Mateo ganó la primera mano, casi de casualidad. Me miró desde el otro lado de la mesa con esa sonrisa de adolescente que ya no es y todavía no sabe qué hacer con su cara nueva.
—Tía —dijo, y la palabra hizo que se me apretara algo por dentro—, quiero un beso. Largo. Y que te sientes en mis piernas mientras me lo das.
Le di el beso. Me senté a horcajadas en su regazo, sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo bajo el pantalón, y le besé con la lengua despacio. Cuando me separé, tenía los ojos cerrados.
La ruleta vino después. Sebastián cantó el rojo, salió rojo, y miró a Verónica.
—Quiero verte sin el vestido.
Verónica se levantó, puso una canción suave en el equipo de Esteban y se desabrochó la cremallera lateral con la calma de quien ha hecho esto antes. El vestido cayó al suelo en un círculo negro. Quedó en lencería de encaje, mirándonos a todos con un gesto de «qué más». Hugo, su marido, la observaba desde el sillón con una copa olvidada en la mano y una sonrisa que era todo el placer del mundo.
El póker fue para Esteban. Me señaló con dos dedos.
—Carla. Ven aquí.
Caminé hacia él y me puso la mano en la nuca con firmeza, sin agresividad. Me hizo bailar a su alrededor, lento, hasta que terminé de rodillas. Le abrí el pantalón con manos que no me temblaban. Lo que vino después duró un minuto y se sintió como diez. Esteban me sostenía el pelo y me miraba como si tuviera todo bajo control. Daniel, desde su silla, no se movió. Solo asintió cuando crucé los ojos con él.
Después de eso ya nadie llevaba la cuenta de las rondas. Sebastián le quitó el sostén a Verónica con los dientes y le besó los pezones uno a uno mientras Hugo, ya con la cremallera abierta, se acariciaba sin disimulo. Mateo me abrió el vestido por completo y me besó en la mesa de juego mientras Esteban me acariciaba los muslos. Yo dejé de pensar.
***
A la una de la mañana, Esteban anunció la subasta final. Sacó una caja, contó las fichas que cada hombre había ganado a lo largo de la noche, y declaró un empate triple: Mateo, Sebastián y él habían acumulado lo mismo. Daniel se rio.
—Como anfitrión —dijo Esteban—, propongo que los tres compartamos a Carla. Treinta minutos. Lo que ella permita.
Daniel miró hacia mí. No me preguntó con palabras. Me preguntó con los ojos.
—Los tres a la vez —dije—. Y tú entras al final.
Subimos a la habitación principal. La cama era enorme y olía a sábanas limpias. Me quité el vestido yo misma. Mateo me besó por la espalda, mordiéndome el cuello con esa torpeza voraz de quien todavía no se cree que está haciendo lo que está haciendo. Sebastián me chupaba los pechos despacio, sin prisa, como si los reconociera de antes. Esteban me tomó por las caderas y me empujó sobre la cama con autoridad.
Cambiamos de posiciones tantas veces que perdí el orden de las cosas. Lo que recuerdo con claridad es la sensación de tres bocas sobre mi piel al mismo tiempo, el peso de Esteban detrás de mí marcando un ritmo que yo no controlaba, los dedos de Sebastián acariciándome el clítoris mientras Mateo me besaba la boca como si fuéramos a desaparecer mañana. Y la voz de Daniel, desde la puerta, diciendo:
—Así, mi amor. Así te quería ver.
Daniel entró al final, exactamente como había prometido. Los tres se hicieron a un lado y me besaban donde podían mientras él me hacía el amor con lentitud, mirándome a los ojos. Cuando terminé, lloré un poco. No de tristeza. De algo que todavía no tengo nombre para nombrar.
Abajo, escuchábamos a Verónica gritar el nombre de Hugo por primera vez en mucho tiempo.
***
El domingo amaneció lento. Esteban había puesto bandejas de fruta en la terraza. Verónica bajó con una camiseta enorme prestada y nada debajo. Yo llevaba una bata de seda blanca, abierta. Nos sentamos a desayunar como si fuéramos viejos amigos que llevaban años haciendo esto. En cierto modo, lo éramos.
Sebastián había traído regalos. Dos bolsitas con moño rojo, una para cada una. Bikinis diminutos, casi tela inexistente, en negro con detalles dorados. Verónica abrió el suyo, lo levantó contra la luz y soltó una carcajada.
—Esto no cubre nada.
—Esa es la idea —dijo Sebastián.
Nos cambiamos. La piscina estaba climatizada y el sol del mediodía pegaba fuerte. Lo que empezó como un juego de polo acuático terminó con Esteban acariciándome bajo el agua con una paciencia de director paciente, con Mateo besándome contra el borde de la piscina mientras me apretaba la cintura, y con Verónica cabalgando a Sebastián en uno de los rincones poco profundos mientras Hugo, desde la tumbona, se servía un whisky y miraba.
Daniel, esta vez, sí participó. Se metió al agua, me cargó por la espalda, me apretó contra él y me dijo al oído:
—Eres mía. Aunque hoy seas de todos, sigues siendo mía.
Le creí. Siempre le creí.
Pasamos casi dos horas en el agua. Manos por todas partes, susurros, gemidos contenidos para no espantar a los pájaros del jardín. Esteban me llevó hasta la escalera de la piscina y me sentó en el borde con las piernas abiertas. Mateo se acercó nadando y empezó a besarme los muslos por dentro mientras Esteban me inclinaba hacia atrás para besarme la boca. Cuando me corrí, fue tan fuerte que el agua salpicó hasta los azulejos de la terraza.
***
A la tarde, después de comer, Esteban propuso que cada una eligiera. Lo dijo casi con timidez, como si supiera que el día ya había sido más de lo que ningún calendario podía contener.
—Una pareja para esta noche. Solo una. Lo que quieran. El resto descansamos.
Yo miré a Mateo. Él entendió antes de que yo hablara. Lo tomé de la mano y lo llevé a la habitación con vista al jardín. Esa noche no fue como las demás. Fue lenta. Le pedí que me hiciera el amor como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer. Y lo hizo. Tardamos horas. Le enseñé a no tener prisa, a buscarme la mirada antes de cada beso, a hacer pausas. Mateo aprendió rápido.
Verónica eligió a Daniel. Daniel me miró antes de decir que sí. Yo asentí. Hugo se sentó en un sillón de su habitación con una copa, una vez más, y observó hasta que se quedó dormido satisfecho. Esa noche, en la casa de Esteban, todos dormimos donde no debíamos y no nos importó.
Por la mañana volvimos a nuestras vidas. Despedidas largas, abrazos apretados, promesas de repetir.
***
El lunes en la facultad todo volvió a ser normal. Casi.
Crucé a Verónica en el pasillo del segundo piso. Ella llevaba una falda recta y una camisa abotonada hasta el cuello. Yo, lo mismo. Nos miramos un segundo y nos echamos a reír sin hacer ruido.
—¿Sigues caminando? —me preguntó en voz baja.
—Apenas.
Esteban pasó por ahí en ese momento. Traje gris, corbata azul oscuro. No nos saludó. Solo me hizo un gesto con dos dedos hacia su despacho.
Cerré la puerta detrás de mí. Esteban estaba sentado en su silla, con un paquete pequeño envuelto en papel negro mate sobre la mesa.
—Felicidades atrasadas —dijo—. Quería dártelo aquí, en privado.
Lo abrí. Dentro había una pieza de cristal pulido, pesada, con una piedra roja en la base, y un vibrador remoto del tamaño de una moneda. La aplicación, según me explicó, la controlaba él desde su teléfono.
—Quiero verte caminar por la facultad con esto puesto —dijo, sin levantarse—. Y quiero saber, en cada reunión, que cuando aprietes los muslos contra la silla soy yo el que te lo está recordando.
Lo miré. Iba a decir algo y no me salió.
—Póntelo ahora —dijo.
Me lo puse ahí mismo, frente a él, sin que me ayudara, sin que apartara la vista. Salí de su despacho con las piernas un poco temblorosas y el cristal asentado contra mí con un peso que me obligaba a caminar despacio. En el reloj del pasillo eran las once de la mañana. Me quedaba el resto del día por delante, y la primera vibración llegó cuando todavía no había bajado las escaleras.
Le mandé un mensaje a Daniel desde el ascensor.
«El cumpleaños no terminó. Te lo cuento esta noche.»
Daniel respondió en menos de un minuto.
«Lo sé. Apenas empieza.»