El trío de cumpleaños que mi marido me regaló
La cama todavía olía a nosotros cuando se lo dije. Daniel acababa de hacerme acabar por tercera vez esa noche y yo estaba bocabajo, con la cara hundida en la almohada y el coño empapado, palpitándome todavía al ritmo de mi propia respiración entrecortada. Tenía los muslos pegajosos con mi propia corrida y con la suya, que me había vaciado dentro hasta la última gota. Sentí cómo me besaba despacio entre los omóplatos, subiendo hasta el cuello, mientras su polla, todavía medio dura, me resbalaba entre las nalgas dejando un rastro húmedo.
—Tu cumpleaños —murmuró—. Falta un mes. Pídeme algo grande.
Me giré. La luz de la luna se filtraba por la ventana y le marcaba la mandíbula. Mi marido tenía esa cara de niño cuando me preguntaba en serio.
—Quiero algo que nunca hayamos hecho —dije—. Quiero que organices una noche para mí. Tú, yo y un grupo pequeño de gente que ya sabe cómo somos. Pero hazlo elegante. Como un casino privado.
—¿Casino? —sonrió.
—Casino. Apuestas. Pero no por dinero. Que las fichas valgan favores. Caricias, besos, mamadas, lo que el ganador pida. Y al final de la noche… el premio mayor lo decides tú.
Daniel me miró durante un segundo largo. Después se rio bajito, como si no se creyera la suerte que tenía. Su mano bajó a mi coño y dos dedos se hundieron sin aviso, tanteando lo empapada que seguía.
—¿El premio mayor eres tú?
—Lo tengo claro desde hace semanas —le dije, apretándome contra sus dedos—. Quiero que me follen entre varios mientras tú miras. Y quiero que después me folles tú, con todo lo que ellos me hayan dejado dentro.
Daniel gimió por lo bajo. Su polla se puso dura otra vez contra mi cadera. Me abrió las piernas, se acomodó y me la metió de una sola estocada larga. Cuarto polvo de la noche. Me folló mirándome a los ojos, susurrándome guarradas al oído sobre lo que iban a hacerme mis invitados, y yo me corrí otra vez apretándole la polla con el coño mientras él se vaciaba dentro por segunda vez.
No me reconocí del todo al decirlo, y al mismo tiempo nunca había sido tan yo.
***
El grupo se armó solo. Esteban, el director del departamento donde yo había trabajado un par de años antes, fue el primero en confirmar. Su casa de campo en las afueras de la ciudad tenía piscina climatizada, jardín cerrado y dos plantas de habitaciones. Después se sumó la pareja de toda la vida: Verónica y Hugo. A ella la conozco desde la universidad; a él le encanta mirar y casi nunca participa. Sebastián, el profesor de literatura con el que tuve una breve historia hace tres años, dijo que sí en menos de un minuto. Y Mateo, el sobrino de Daniel, también dijo que sí con un emoji que prefiero no describir aquí.
Daniel les escribió a todos por separado y después armó el chat. Lo llamó «El cumpleaños de Carla». Las reglas las puso él: vestimenta de gala, llegada el sábado a las ocho, salida el domingo cuando cada cual aguantara. Las fichas las traía Esteban. La cumpleañera ponía su cuerpo.
Llegamos el sábado por la tarde. Esteban nos recibió en la puerta con una copa de champán en cada mano y una sonrisa que ya conocía bien. La casa estaba transformada. Mesas con tapete verde, una ruleta de madera en el centro de la sala, velas en los rincones, una bandeja de fichas negras y rojas brillando bajo la luz tibia.
Yo me había puesto un vestido rojo de seda con corte lateral hasta la cadera. Debajo, nada. Verónica llegó después con uno negro ceñido, espalda descubierta y tacones altísimos. Las dos nos miramos en el espejo del recibidor y supimos que esa noche no iba a parecerse a nada anterior.
***
Esteban dio la bienvenida a las nueve en punto, copa en mano.
—Las reglas son sencillas —dijo, con esa autoridad de director que siempre me había puesto nerviosa—. Cada partida tiene un ganador. El ganador elige a una de las damas y pide su favor. Las damas tienen derecho a vetar lo que no quieran. Pero confío en que esta noche, con esta gente, los vetos van a ser pocos.
—Pocos o ninguno —dijo Verónica, levantando su copa.
Empezamos por blackjack. Mateo ganó la primera mano, casi de casualidad. Me miró desde el otro lado de la mesa con esa sonrisa de adolescente que ya no es y todavía no sabe qué hacer con su cara nueva.
—Tía —dijo, y la palabra hizo que se me apretara el coño—, quiero un beso. Largo. Y que te sientes en mis piernas mientras me lo das.
Le di el beso. Me senté a horcajadas en su regazo, con la abertura del vestido dejando ver medio muslo, y sentí cómo se le empalmaba la polla entera bajo el pantalón, dura contra mi pubis desnudo. Le besé con la lengua despacio, moviéndole las caderas para restregármele encima. Le mordí el labio inferior mientras le pasaba la mano por encima del bulto, apretándoselo, y él soltó un jadeo bajito que solo yo oí. Cuando me separé, tenía los ojos cerrados y una mancha húmeda en la tela del pantalón. Le dejé un dedo mojado en la boca para que se chupara mi sabor antes de volverme a mi silla.
La ruleta vino después. Sebastián cantó el rojo, salió rojo, y miró a Verónica.
—Quiero verte sin el vestido. Y quiero que te toques hasta correrte delante de todos.
Verónica se levantó, puso una canción suave en el equipo de Esteban y se desabrochó la cremallera lateral con la calma de quien ha hecho esto antes. El vestido cayó al suelo en un círculo negro. Quedó en lencería de encaje negro, mirándonos a todos con un gesto de «qué más». Se desabrochó el sostén, dejó caer las bragas por los tobillos y se sentó en el borde de la mesa de la ruleta con las piernas abiertas de par en par. El coño depilado, brillante, quedó a la vista de todos. Metió dos dedos, después tres, y empezó a follarse a sí misma mientras con la otra mano se frotaba el clítoris en círculos. Hugo, su marido, la observaba desde el sillón con una copa olvidada en la mano y la bragueta abierta, sacándose la polla y masturbándose despacio al ritmo de los dedos de su mujer. Verónica se corrió mordiéndose el labio, con un chorrito de flujo bajándole por la muñeca, y Sebastián se acercó y se lo lamió sin pedir permiso.
El póker fue para Esteban. Me señaló con dos dedos.
—Carla. Ven aquí. De rodillas.
Caminé hacia él y me puso la mano en la nuca con firmeza, sin agresividad. Me hizo bailar a su alrededor, lento, hasta que terminé de rodillas entre sus piernas. Le abrí el pantalón con manos que no me temblaban. Le bajé los calzoncillos y le saltó la polla en la cara, gruesa y venuda, con la punta ya mojada. La agarré por la base, le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande, y me la metí entera en la boca hasta que se me golpeó contra la garganta. Esteban gruñó y me apretó el pelo. Empecé a mamársela con ganas, saliva bajándome por la barbilla, chupando fuerte al subir y ahogándome al bajar. Le lamí los huevos, le miré desde abajo con la polla pegada a la mejilla, y volví a metérmela hasta el fondo. Él marcó el ritmo agarrándome de la nuca, follándome la boca sin dejarme respirar mucho. Se corrió en dos empujones, en el fondo de la garganta primero y después en la lengua, y yo me tragué todo con los ojos cerrados. Cuando levanté la cara le sonreí con los labios brillantes. Daniel, desde su silla, no se movió. Solo asintió cuando crucé los ojos con él, con su propia polla dura por encima del pantalón.
Después de eso ya nadie llevaba la cuenta de las rondas. Sebastián le lamió los pezones a Verónica uno a uno mientras Hugo, ya con la polla fuera, se acariciaba sin disimulo y le decía guarradas al oído a su mujer. Mateo me abrió el vestido por completo, me lo dejó caer al suelo y me subió a la mesa de juego, boca arriba, con las piernas colgando. Me abrió los muslos y hundió la cara en mi coño sin más preámbulos. Chupaba mal, con hambre, pero justo por eso me estaba volviendo loca. Esteban, recuperado, se acercó por un lado y empezó a chuparme un pezón mientras me pellizcaba el otro. Sebastián dejó a Verónica un momento y vino a besarme en la boca, metiéndome la lengua hasta el fondo. Yo tenía tres bocas trabajándome a la vez y me corrí en la lengua de Mateo en menos de dos minutos, arqueando la espalda sobre el tapete verde. Dejé de pensar.
***
A la una de la mañana, Esteban anunció la subasta final. Sacó una caja, contó las fichas que cada hombre había ganado a lo largo de la noche, y declaró un empate triple: Mateo, Sebastián y él habían acumulado lo mismo. Daniel se rio.
—Como anfitrión —dijo Esteban—, propongo que los tres compartamos a Carla. Treinta minutos. Lo que ella permita.
Daniel miró hacia mí. No me preguntó con palabras. Me preguntó con los ojos.
—Los tres a la vez —dije—. Todos los agujeros. Y tú entras al final, cuando ellos me hayan llenado.
Subimos a la habitación principal. La cama era enorme y olía a sábanas limpias. Me quité el vestido yo misma y me quedé desnuda frente a los cuatro. Mateo me besó por la espalda, mordiéndome el cuello con esa torpeza voraz de quien todavía no se cree que está haciendo lo que está haciendo. Me apretó las tetas por detrás, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras. Sebastián se arrodilló delante de mí y me chupó los pechos despacio, sin prisa, como si los reconociera de antes. Esteban me tomó por las caderas y me empujó sobre la cama con autoridad, boca abajo, y me levantó el culo.
Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua desde el clítoris hasta el ano, dejándomelo todo mojado. Después escupió sobre mi ojete y hundió el pulgar mientras Mateo se acostaba debajo de mí y me guiaba la boca hasta su polla. Se la agarré con la mano y me la metí, chupándosela mientras Esteban me la seguía preparando el culo con los dedos, primero uno, después dos. Sebastián se subió a la cama por el otro lado, agarró su polla y me la puso contra los labios pidiéndome sitio en la boca. Alterné entre las dos, chupándole primero a uno y después al otro, escupiendo saliva sobre los glandes, dejando que se me pusieran los dos delante para lamerlos a la vez.
Esteban se puso detrás y me metió la polla en el coño de una sola embestida. Grité con las dos pollas todavía en la cara. Empezó a follarme duro, agarrándome de las caderas, empujando tanto que la cama se movía. Cada estocada me clavaba más a Mateo, que ya no aguantaba y me pedía que se la chupara más rápido. Se corrió en mi boca sin avisar, un chorro caliente que me llenó la lengua, y yo me tragué la mitad y dejé que la otra mitad me chorreara por la barbilla hasta el cuello.
Cambiamos. Sebastián se acostó de espaldas y me monté encima, dándole la cara. Empecé a cabalgarlo despacio, sintiendo cómo su polla se me metía entera cada vez que bajaba. Esteban se acercó por detrás, me empujó hacia adelante para que quedara doblada sobre Sebastián, y me escupió otra vez en el culo. Cuando me metió la polla en el ojete, se me cortó la respiración. Los dos empezaron a follarme a la vez, uno por delante y otro por detrás, coordinándose para que siempre hubiera una polla entrando mientras la otra salía. Yo no podía ni gemir bien, solo jadeaba con la boca abierta y babeaba sobre el pecho de Sebastián. Mateo, ya recuperado, se acercó y me metió otra vez la polla en la boca.
Los tres a la vez. Coño, culo y boca. La sensación de estar completamente llena, atrapada entre tres cuerpos, con Daniel mirándolo todo desde la puerta con la polla en la mano, me llevó a un orgasmo que no se parecía a ninguno anterior. Me corrí temblando, gritando con la boca llena, apretando las dos pollas dentro de mí hasta que Sebastián se vació en mi coño y Esteban se corrió en mi culo casi al mismo tiempo, empujando hasta el fondo mientras me clavaba los dedos en las caderas.
—Así, mi amor. Así te quería ver —dijo Daniel desde la puerta.
Se salieron los dos y me quedé con las piernas abiertas, chorreando por los dos agujeros, la corrida bajándome por los muslos hasta la sábana. Daniel entró al final, exactamente como había prometido. Los tres se hicieron a un lado y me besaban donde podían mientras él se desnudaba sin prisa. Se subió a la cama, me abrió las piernas y me metió la polla en el coño todavía lleno de la corrida de Sebastián. Me folló con lentitud, mirándome a los ojos, sintiendo el semen de otro hombre resbalándole por su propia polla. Me susurraba «mía» a cada empujón. Cuando se corrió, dejó todo dentro y no se salió hasta que yo terminé también, llorando un poco. No de tristeza. De algo que todavía no tengo nombre para nombrar.
Abajo, escuchábamos a Verónica gritar el nombre de Hugo por primera vez en mucho tiempo.
***
El domingo amaneció lento. Esteban había puesto bandejas de fruta en la terraza. Verónica bajó con una camiseta enorme prestada y nada debajo. Yo llevaba una bata de seda blanca, abierta, sin nada tampoco. Nos sentamos a desayunar como si fuéramos viejos amigos que llevaban años haciendo esto. En cierto modo, lo éramos.
Sebastián había traído regalos. Dos bolsitas con moño rojo, una para cada una. Bikinis diminutos, casi tela inexistente, en negro con detalles dorados. Verónica abrió el suyo, lo levantó contra la luz y soltó una carcajada.
—Esto no cubre nada.
—Esa es la idea —dijo Sebastián.
Nos cambiamos. Los triángulos del sostén apenas me tapaban los pezones y la braga era un hilo dental que se me metía entre las nalgas. La piscina estaba climatizada y el sol del mediodía pegaba fuerte. Lo que empezó como un juego de polo acuático terminó con Esteban metiéndome la mano por debajo del bikini y hundiéndome dos dedos en el coño bajo el agua, con una paciencia de director paciente. Con Mateo besándome contra el borde de la piscina mientras me apretaba las tetas por encima de la tela mojada. Y con Verónica cabalgando a Sebastián en uno de los rincones poco profundos, con el bikini colgándole del cuello y las tetas rebotando cada vez que subía y bajaba, mientras Hugo, desde la tumbona, se servía un whisky, se sacaba la polla y miraba masturbándose sin prisa.
Daniel, esta vez, sí participó. Se metió al agua, me cargó por la espalda, me apretó contra él y me dijo al oído mientras me apartaba el hilo de la braga y me metía la polla por detrás:
—Eres mía. Aunque hoy seas de todos, sigues siendo mía.
Le creí. Siempre le creí. Me folló despacio dentro del agua, meciéndome contra su cuerpo, mientras Mateo se acercaba y me chupaba los pezones por encima del bikini corrido.
Pasamos casi dos horas en el agua. Manos por todas partes, susurros, gemidos contenidos para no espantar a los pájaros del jardín. Esteban me llevó hasta la escalera de la piscina y me sentó en el borde con las piernas abiertas. Me quitó la braga del bikini de un tirón y la dejó flotando. Se hincó en el escalón de abajo y me hundió la cara en el coño, chupándome el clítoris con la lengua plana mientras me metía dos dedos y me los curvaba hacia adelante buscándome el punto. Mateo se acercó nadando y empezó a besarme los muslos por dentro, subiendo hasta unirse a Esteban, y los dos me lamieron a la vez, dos lenguas trabajándome el coño desde ángulos distintos. Sebastián vino por detrás y me besó la boca, metiéndome la lengua mientras me apretaba las tetas. Cuando me corrí, fue tan fuerte que apreté los muslos contra las dos caras y el agua salpicó hasta los azulejos de la terraza. Grité tanto que Hugo aplaudió desde la tumbona.
***
A la tarde, después de comer, Esteban propuso que cada una eligiera. Lo dijo casi con timidez, como si supiera que el día ya había sido más de lo que ningún calendario podía contener.
—Una pareja para esta noche. Solo una. Lo que quieran. El resto descansamos.
Yo miré a Mateo. Él entendió antes de que yo hablara. Lo tomé de la mano y lo llevé a la habitación con vista al jardín. Esa noche no fue como las demás. Fue lenta. Le pedí que me hiciera el amor como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer. Le desnudé yo, botón por botón, y le empujé de espaldas a la cama. Le chupé la polla con calma, sin prisa, mirándolo a los ojos cada vez que subía. Después me subí encima y me la metí despacio, sentándome hasta el fondo, y le enseñé a moverse debajo de mí en círculos, a esperarme, a no correrse hasta que yo se lo dijera. Le enseñé a chuparme las tetas con paciencia, a lamerme el coño buscando el clítoris con la punta de la lengua, a follarme de lado con una pierna sobre su hombro. Tardamos horas. Se corrió dentro de mí tres veces, y yo perdí la cuenta de las mías. Mateo aprendió rápido.
Verónica eligió a Daniel. Daniel me miró antes de decir que sí. Yo asentí. Hugo se sentó en un sillón de su habitación con una copa, una vez más, y observó cómo mi marido le abría las piernas a su mujer y se la follaba de todas las formas hasta que se quedó dormido satisfecho. Esa noche, en la casa de Esteban, todos dormimos donde no debíamos y no nos importó.
Por la mañana volvimos a nuestras vidas. Despedidas largas, abrazos apretados, promesas de repetir.
***
El lunes en la facultad todo volvió a ser normal. Casi.
Crucé a Verónica en el pasillo del segundo piso. Ella llevaba una falda recta y una camisa abotonada hasta el cuello. Yo, lo mismo. Nos miramos un segundo y nos echamos a reír sin hacer ruido.
—¿Sigues caminando? —me preguntó en voz baja.
—Apenas. Tengo el culo todavía abierto.
—Yo tengo las tetas moradas de los mordiscos de Sebastián.
Esteban pasó por ahí en ese momento. Traje gris, corbata azul oscuro. No nos saludó. Solo me hizo un gesto con dos dedos hacia su despacho.
Cerré la puerta detrás de mí. Esteban estaba sentado en su silla, con un paquete pequeño envuelto en papel negro mate sobre la mesa.
—Felicidades atrasadas —dijo—. Quería dártelo aquí, en privado.
Lo abrí. Dentro había una pieza de cristal pulido, pesada, con una piedra roja en la base, y un vibrador remoto del tamaño de una moneda. La aplicación, según me explicó, la controlaba él desde su teléfono.
—Quiero verte caminar por la facultad con esto puesto —dijo, sin levantarse—. En el culo. Y el vibrador dentro del coño. Y quiero saber, en cada reunión, que cuando aprietes los muslos contra la silla soy yo el que te lo está recordando.
Lo miré. Iba a decir algo y no me salió.
—Póntelo ahora —dijo—. Aquí. Delante de mí.
Me subí la falda. Me bajé la ropa interior hasta los tobillos. Me puse de espaldas a él, apoyada en la mesa, y me abrí las nalgas con las dos manos. Esteban se levantó, se acercó, me escupió en el ojete y me pasó el pulgar untándome bien. Me tendió el plug de cristal. Me lo puse yo misma, empujando despacio, sintiendo el frío del cristal abriéndome mientras él miraba a un palmo de distancia. Cuando la base quedó ajustada contra mis nalgas, la piedra roja brillando entre ellas, me metí el vibrador en el coño hasta el fondo. Me bajé la falda. Le miré por encima del hombro con la boca entreabierta.
Salí de su despacho con las piernas un poco temblorosas y el cristal asentado contra mí con un peso que me obligaba a caminar despacio. En el reloj del pasillo eran las once de la mañana. Me quedaba el resto del día por delante, y la primera vibración llegó cuando todavía no había bajado las escaleras. Tuve que agarrarme del pasamanos para no doblarme.
Le mandé un mensaje a Daniel desde el ascensor.
«El cumpleaños no terminó. Te lo cuento esta noche.»
Daniel respondió en menos de un minuto.
«Lo sé. Apenas empieza.»