Dos cervezas y lo que los cuatro decidimos hacer
El calor caía vertical sobre la arena cuando Marcos dejó la lata de cerveza y la miró con desagrado. Caliente. Casi a la temperatura del asfalto. Se incorporó de golpe, sacudiéndose la arena de las palmas.
—Me voy a buscar algo frío de verdad —dijo.
Diego tenía los ojos entrecerrados bajo el sol, tumbado boca arriba en la toalla, con los brazos cruzados sobre el pecho. Levantó apenas la cabeza.
—¿Otra?
—Esta ya no vale para nada —respondió Marcos, mostrando la lata como prueba.
Diego tardó dos segundos en ponerse en pie.
—Voy contigo.
Antes de alejarse, los dos miraron hacia el mar. Lucía y Natalia seguían dentro, más adentradas que antes, dejándose mecer por las olas y hablando entre ellas con esa complicidad de amigas que llevan años compartiendo secretos que los hombres no siempre entienden. Desde la orilla solo se veían sus siluetas moviéndose contra el brillo del agua, los brazos que emergían de vez en cuando para señalar algo a lo lejos. Marcos se fijó en cómo el agua les resbalaba por los hombros cada vez que se ponían de pie, y en cómo el biquini de Lucía se le pegaba al cuerpo marcándole los pezones duros por el frío del mar. Diego lo notó, notó que Marcos lo notaba, y ninguno de los dos dijo nada.
—No creo que nos echen de menos —dijo Marcos.
Y los dos echaron a andar por la arena hacia el chiringuito que asomaba al final de la playa, con ese paso tranquilo de quien no tiene prisa pero sabe muy bien adónde va.
***
El lugar se llamaba La Marea. Una estructura de madera con techo de palma, varias mesas altas, una barra larga donde los vasos sudaban solos con el hielo del interior. Detrás de la barra, un hombre de unos sesenta años, moreno, con camiseta oscura y cara curtida por demasiados veranos, atendía sin apuro. Una etiqueta cosida al pecho decía Ernesto.
—Dos cervezas bien frías —pidió Marcos nada más llegar.
Ernesto asintió, se agachó hacia la nevera y sacó dos botellines helados. Los dejó sobre la barra con un golpe seco. El frío del cristal llegaba a distancia.
Marcos dio un trago largo, casi sin respirar.
—Así sí.
Diego bebió más despacio, con los codos apoyados en la barra y la vista puesta en la playa. Desde allí todavía podía distinguir las dos figuras en el agua, pequeñas, moviéndose entre las olas como si no tuvieran ningún plan para el resto del día.
Se instaló un silencio de un par de minutos. El tipo de silencio que no necesita relleno porque está lleno de otra cosa.
—¿Te has fijado en Lucía hoy? —dijo Marcos de repente.
Diego no apartó la vista del mar.
—¿Quién no se ha fijado?
Marcos sonrió con la botella a medio camino de los labios.
—Ese biquini no es casual. Ella nunca elige la ropa sin calcular el efecto que va a producir. Se le marca todo. Las tetas, el coño, hasta la raja del culo cuando se agacha a recoger la toalla.
Diego dejó el botellín sobre la barra con cuidado.
—Siempre ha sabido lo que hace.
—Demasiado bien —dijo Marcos. En la frase había algo que no era del todo un cumplido ni del todo una queja. Era simplemente una constatación de alguien que lleva tiempo mirando a la misma persona y que por eso mismo nota los detalles que los demás no ven.
Diego giró la cabeza hacia él.
—¿Y Natalia?
Marcos se encogió de hombros, aunque la sonrisa lo decía todo.
—Natalia parece que no va, pero va. Lleva toda la mañana mirándote con esa cara. Y esta mañana, cuando se estaba poniendo protector solar en las tetas, me juego el cuello a que lo estaba haciendo mirándote de reojo. Se le pusieron los pezones duros como piedras.
Diego frunció el ceño, pero lo que había detrás del gesto no era incomodidad. Era reconocimiento. La cara de alguien que ya sabe la respuesta y espera que el otro también la sepa antes de decirla.
—¿Qué cara? —preguntó igualmente.
—Cara de que se la quiere follar alguien —dijo Marcos—. Y que ese alguien seas tú.
Ernesto, detrás de la barra, ordenaba vasos que ya estaban perfectamente ordenados. No miraba directamente, pero tampoco se alejaba.
—El contexto —continuó Marcos, bajando un poco la voz aunque sin demasiado interés en ocultarse—. Todo cambia aquí. El cuerpo se relaja. La ropa desaparece. Y las cosas que normalmente pasarías por alto de repente están ahí, delante de ti, sin que nadie pueda hacerse el distraído.
Diego apoyó la espalda contra la barra y cruzó los brazos.
—¿Adónde quieres llegar?
—A ningún sitio que tú no hayas pensado ya —respondió Marcos.
Hubo una pausa. Diego bebió.
—¿Tú crees que Lucía se da cuenta de cómo la miras? —preguntó Marcos entonces.
Diego tardó en responder.
—Lucía se da cuenta de todo. Es de esas personas que procesan cada mirada, cada silencio, cada cambio de postura, y no dicen nada. Lo guardan.
—¿O esperan el momento adecuado para usarlo?
Diego no lo negó. Bebió en su lugar.
Marcos se inclinó ligeramente hacia él, con esa naturalidad que da la segunda cerveza y los años de amistad que hacen innecesarias demasiadas explicaciones.
—Te voy a decir lo que creo. Creo que los cuatro llevamos toda la mañana dando vueltas alrededor de algo que ninguno quiere ser el primero en nombrar.
Diego lo miró fijamente.
—¿Y tú lo estás nombrando ahora?
—Más o menos —dijo Marcos, con una calma que Diego conocía bien. Era la calma de cuando ya había tomado una decisión y solo estaba esperando que el mundo se pusiera al día—. Yo me follaría a Natalia esta misma noche. Y no me importaría lo más mínimo que tú te follaras a Lucía en la habitación de al lado. O en la misma.
Diego lo miró en silencio un par de segundos.
—Eso es bastante concreto.
—Es lo que hay.
Ernesto carraspeó al otro lado de la barra.
—¿Otra ronda? —preguntó, con ese tono neutro de quien ha escuchado demasiado y ha aprendido a no opinar.
—Sí, venga —dijo Marcos sin dudar.
Ernesto sirvió los botellines y antes de alejarse los dejó caer en voz baja, sin mirar a ninguno de los dos en particular:
—Hay cosas que funcionan mejor cuando no se hablan demasiado.
Marcos levantó la vista hacia él, divertido.
—¿Lo dice por experiencia?
Ernesto se encogió de hombros.
—Lo digo por lo que he visto en este mostrador en veinte veranos.
Se alejó hacia el otro extremo de la barra. Diego y Marcos se quedaron con eso un momento, en silencio, como si las palabras del camarero necesitaran un rato para asentarse.
—Puede que tenga razón —dijo Diego por fin.
—O puede que no —respondió Marcos—. Pero alguien tiene que empezar.
***
Cuando volvieron a la orilla, Lucía y Natalia ya estaban tumbadas sobre las toallas, secándose. El sol había bajado un poco y la luz tenía esa calidad dorada que convierte cualquier escena en algo más cargado de lo que parece a primera vista. La arena estaba caliente bajo los pies.
Marcos dejó un botellín frío junto a la mano de Lucía sin decir nada. Ella lo cogió, bebió, y lo miró con los ojos entrecerrados por el sol o por algo más difícil de nombrar.
—¿Mucho rato? —preguntó.
—Lo suficiente.
Diego se sentó junto a Natalia. Ella estaba boca abajo con el sujetador del biquini desabrochado para no marcarse líneas, y levantó apenas la cabeza cuando lo oyó llegar. La curva de un pecho se le escapaba por el lado, aplastada contra la toalla, y Diego lo miró abiertamente durante más tiempo del que habría mirado esa misma mañana.
—¿Qué habéis hecho tanto rato allí? —preguntó.
—Hablar —dijo Diego.
Natalia sonrió hacia la arena.
—¿De qué?
—De vosotras.
Ella no respondió de inmediato. Dejó pasar unos segundos, como si sopesara el peso exacto de esa frase, y luego dijo sin levantar la cabeza:
—¿Algo interesante?
—Depende de lo que te parezca interesante —dijo Diego.
Lucía, que había estado escuchando mientras bebía su cerveza apoyada en un codo, se incorporó del todo y miró a Marcos directamente. Tenía esa manera de preguntar sin rodeos, como si el tiempo que se gasta en insinuaciones fuera tiempo robado a algo que merece más la pena.
—¿Y bien? —dijo.
Marcos la sostuvo la mirada un momento antes de responder.
—Que hay cosas que funcionan mejor cuando se dicen en voz alta.
Lucía parpadeó una vez. Una sonrisa pequeña, controlada.
—Eso depende de la cosa.
—Sí —dijo Marcos—. Pero hay que empezar por algún lado.
Natalia por fin levantó la cabeza. Se apoyó en los codos sin preocuparse por el biquini suelto y miró a Diego con una expresión difícil de clasificar: no era sorpresa ni invitación abierta. Era más bien la pregunta implícita de si aquello iba en serio o era solo el calor y la segunda cerveza hablando.
—¿Qué estáis proponiendo exactamente? —preguntó.
Diego y Marcos se miraron un segundo.
—Cenar los cuatro esta noche —dijo Diego—. Y follar los cuatro después.
Lo dijo tranquilo, sin bajar la voz. Natalia soltó una risa corta, más de sorpresa que de otra cosa, y se pasó la lengua por el labio de arriba.
El silencio que vino después duró lo justo. No tanto como para que la incomodidad tuviera tiempo de instalarse, pero sí lo suficiente para que nadie se sintiera presionado. Era el silencio de personas que se conocen bien y no necesitan fingir que no entienden lo que se está diciendo.
Lucía dejó el botellín en la arena.
—¿Los cuatro cómo?
—Como salga —dijo Marcos—. Yo contigo, Diego con Natalia, y a partir de ahí lo que queráis. Cambiar. Mirar. Todos con todos. Vosotras decidís.
Natalia miró a Lucía. Lucía miró a Natalia. Entre las dos pasó algo que ninguno de los hombres pudo leer del todo: esa comunicación rápida y sin palabras que existe entre amigas que llevan años compartiéndolo casi todo y que ya no necesitan muchas palabras para entenderse en las cosas importantes.
Fue Natalia quien habló primero.
—El apartamento tiene terraza —dijo.
***
La cena fue larga y nunca fue realmente sobre la comida. Fueron las cuatro horas entre el atardecer y la medianoche donde la conversación fue y vino con esa calidad especial que tienen ciertas noches de verano, donde se cruzan los silencios y las miradas de una manera diferente a como lo habían hecho antes. Más consciente. Más cargada. Nadie fingió que no estaba pasando nada porque habría sido una mentira demasiado obvia.
Comieron en la terraza con la brisa del mar llegando desde lejos. El vino era fresco y no demasiado caro. Las conversaciones giraron por sitios distintos: una película que ninguno había visto, un viaje pendiente, algo que había pasado en el trabajo de Natalia que a todos les pareció absurdo. Cosas normales. Pero debajo de todo eso había algo que ninguno nombraba y que los cuatro notaban perfectamente, como una corriente que corre bajo el agua quieta.
Alrededor de las once, con la mesa recogida y una botella de vino a medias sobre la mesa baja de la terraza, Natalia se levantó y fue al baño. Diego la siguió con la vista, con los ojos clavados en el culo que se le movía bajo el vestido fino. Marcos llenó las copas sin que nadie se lo pidiera.
Lucía puso una mano sobre la de Marcos sobre la mesa. Un gesto directo, sin ambigüedad.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó, en voz baja, mirándolo a los ojos.
—Completamente —dijo él—. ¿Y tú?
—Llevo pensándolo desde la playa —respondió ella, sin apartar la mano—. Llevo toda la tarde con las bragas mojadas de pensarlo.
Marcos tragó saliva. Le apretó la mano.
—¿Y en qué has pensado exactamente?
—En Diego —dijo ella, sin apartar los ojos—. En cómo folla. En si lo hace parecido a ti o completamente distinto. Y en si tú vas a mirar mientras me la mete.
—Voy a mirar —dijo Marcos—. Y voy a estar follándome a Natalia al mismo tiempo.
Lucía sonrió despacio.
—Entonces estamos de acuerdo.
Cuando Natalia volvió a la terraza, la encontró diferente. La mesa era la misma, las copas eran las mismas, pero el aire había cambiado de densidad. Se sentó junto a Diego y él posó la mano en su rodilla sin hacer ninguna pregunta. Ella no la retiró. Al contrario: abrió un poco las piernas y dejó que la mano de él subiera por dentro del muslo hasta rozarle la tela de las bragas por encima del borde del vestido.
—Ya estás mojada —dijo Diego en voz baja, casi al oído.
—Llevo así desde que has dicho lo que has dicho en la playa —respondió ella.
—Entonces —dijo Natalia, mirando a los dos—, ¿cómo funciona esto?
Marcos sonrió.
—Como vosotras queráis que funcione.
—O como todos queramos —precisó Lucía.
***
Empezó en la terraza. Diego apartó la mano del muslo de Natalia solo para acercarse a besarla, y ella respondió con la boca abierta desde el primer segundo, buscándole la lengua con la suya. Fue un beso húmedo, largo, con los dientes tocándose. La mano de Diego volvió a subirle por la pierna y esta vez pasó de largo la tela y le tocó el coño directamente por encima de las bragas. Natalia soltó un gemido corto contra la boca de él.
—Joder —susurró ella.
—¿Aquí? —preguntó Diego.
—Aquí —dijo Natalia—. Que miren si quieren.
En el otro extremo de la terraza, Lucía se había sentado a horcajadas sobre Marcos en la silla. Le había desabrochado la camisa con calma y ahora le pasaba la lengua por el cuello mientras se restregaba encima de él. Marcos le subió el vestido hasta la cintura de un tirón. Debajo llevaba unas bragas negras que estaban completamente empapadas, tanto que se le transparentaba la línea del coño por la tela mojada.
—Te lo dije —murmuró ella, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Marcos le metió la mano por debajo de la tela y le hundió dos dedos de golpe. Lucía echó la cabeza atrás y gimió con la boca abierta, sin cerrarla, con la garganta expuesta a la luz amarilla de la terraza. Marcos empezó a mover los dedos dentro de ella con un ritmo lento, sacándolos casi del todo cada vez y volviendo a hundirlos hasta los nudillos.
Desde la otra silla, Diego se había arrodillado en el suelo. Le había subido el vestido a Natalia hasta la cintura y le había bajado las bragas hasta los tobillos, y ahora tenía la cara hundida entre sus muslos. Natalia se había agarrado al pelo de él con las dos manos y le empujaba la cara contra el coño, sin ningún tipo de disimulo, moviendo las caderas contra la lengua de Diego. Los gemidos le salían del fondo de la garganta, cada vez más altos.
—Ay… así, así, no pares, cómeme entero…
Diego le chupaba el clítoris con los labios cerrados alrededor, y de vez en cuando bajaba la lengua hasta hundirla dentro. Le pasaba un brazo por debajo del muslo y le apretaba una nalga con la mano, hincándole los dedos. Natalia empezó a temblar. En menos de cinco minutos, con el coño lleno de la boca de Diego y las manos de él en el culo, se corrió por primera vez, con un gemido largo que se cortó en el medio.
Lucía la miraba mientras se le agarraba a los hombros a Marcos.
—Adentro —dijo Lucía, jadeando—. Vamos adentro los cuatro. Ya.
***
Pasaron al dormitorio dejando ropa por el camino. Marcos se había quitado la camisa en el pasillo. A Lucía se le había caído el vestido antes de llegar al cuarto y entró en bragas y con las tetas al aire, los pezones grandes y oscuros erguidos. Natalia se sacó el vestido por la cabeza sin ceremonia. Diego fue el último en desnudarse, mientras los otros tres ya estaban sobre la cama.
La cama era grande. Cabían los cuatro sin problema.
Al principio se organizaron por parejas. Marcos tumbó a Lucía boca arriba y se metió entre sus piernas. Le arrancó las bragas de un tirón y la miró un segundo desde arriba, con la polla dura apuntándole al coño abierto.
—Métemela —dijo Lucía, sin más adorno.
Marcos se la metió de una embestida hasta el fondo. Lucía gritó, un grito corto, agudo, y le clavó las uñas en los hombros. Marcos empezó a follársela con embestidas duras, lentas al principio, cada vez más rápidas. La cama crujía. Lucía tenía los ojos cerrados y la boca abierta y las tetas le rebotaban con cada golpe de cadera.
Al lado, Diego había puesto a Natalia a cuatro patas al borde de la cama. Le agarró las caderas con las dos manos y se hundió dentro de ella de una sola vez. Natalia soltó un gemido gutural, largo, casi animal. La polla de Diego le entraba entera, la sacaba entera, se la volvía a meter entera, y con cada estocada le daba una palmada en el culo que dejaba marca roja.
—Más fuerte —jadeó Natalia—. Rómpeme, no me trates suave, no soy de cristal.
Diego le agarró un puñado de pelo y tiró hacia atrás, forzándole la espalda a arquearse. Natalia gemía cada vez más alto, gritaba a cada embestida, y desde donde estaba, sin dejar de follarse a Lucía, Marcos giró la cabeza para mirar. Ver a Natalia arqueada, con la cara descompuesta de placer y el culo levantado recibiendo la polla de Diego, le hizo apretar los dientes.
—Joder —dijo Marcos—. Qué guarra eres, Nati.
Natalia abrió los ojos y lo miró desde el otro lado de la cama, con la mejilla contra el colchón por la mano de Diego que le agarraba el pelo. Sonrió con la boca abierta.
—Ven a metérmela por delante —jadeó—. Los dos a la vez.
Lucía, debajo de Marcos, no protestó. Al contrario. Le empujó el pecho con las palmas y él salió de ella con la polla brillante de flujo.
—Ve —dijo Lucía—. Que me la coma ella mientras tú te la follas por la boca. Yo cambio con Diego.
La reorganización fue rápida y sin palabras torpes. Marcos se puso de rodillas en la cama delante de la cara de Natalia y le acercó la polla a la boca. Natalia la abrió y se la tragó entera, con una arcada suave que no la hizo parar. Marcos le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follársela por la boca al mismo ritmo con el que Diego seguía follándosela por detrás.
Lucía se acercó gateando por la cama hasta Diego. Le apartó de Natalia sin brusquedad, con un dedo en el pecho.
—Ahora yo —dijo—. Túmbate.
Diego se tumbó boca arriba. Lucía se sentó encima de él a horcajadas, se agarró la polla de él con la mano, se la colocó y bajó el coño despacio, hundiéndosela hasta el fondo con un gemido largo. Se quedó un segundo así, sentada encima, con Diego dentro entero, sintiéndolo.
—Qué gorda la tienes —murmuró—. Ahora entiendo por qué Natalia gritaba.
Empezó a moverse arriba y abajo, primero despacio y luego más rápido, con las manos apoyadas en el pecho de Diego. Las tetas le rebotaban con cada bajada. Diego le agarró una y le pellizcó el pezón entre dos dedos. Lucía apretó los dientes.
Al otro lado de la cama, Marcos se corrió el primero. Dentro de la boca de Natalia, con la polla hasta el fondo, sujetándole la cabeza por el pelo. Natalia se tragó todo lo que pudo y lo que se le escapó por las comisuras se lo limpió con el dorso de la mano. Marcos se quedó un segundo apoyado sobre ella, respirando fuerte, y luego se dejó caer de costado sobre el colchón.
Diego seguía tumbado con Lucía encima, y Natalia se movió sin que nadie se lo dijera. Se acercó a Lucía por detrás y le pasó los brazos por debajo, agarrándole las tetas desde atrás con las dos manos. Lucía echó la cabeza hacia atrás y encontró la boca de Natalia con la suya. Se besaron mientras Lucía seguía cabalgando a Diego, la lengua de Natalia dentro de la boca de Lucía, las manos de Natalia amasándole los pechos.
Diego miraba desde abajo, con la mandíbula tensa. Ver a las dos amigas besándose así encima de él, con Lucía subiendo y bajando sobre su polla, casi lo hizo correrse en ese momento. Aguantó apretando los dientes.
—Túmbala —jadeó Diego a Natalia—. Túmbala bocarriba y ábrela.
Natalia obedeció. Levantó a Lucía y la tumbó de espaldas junto a Diego. Lucía abrió las piernas de par en par, con los pies apoyados en el colchón y las rodillas hacia fuera. El coño le brillaba entero, hinchado, con el clítoris fuera. Natalia se puso entre sus piernas y bajó la cara, y sin dudarlo empezó a lamerle el clítoris con la lengua entera.
Lucía gritó de golpe.
—¡Ay, Nati, joder, no pares…!
Diego se puso detrás de Natalia, que estaba a cuatro patas otra vez con la cara hundida en el coño de Lucía, y le volvió a meter la polla por detrás. Empezó a follársela con embestidas duras, hundiéndosela hasta los huevos, y con cada embestida Natalia caía con más fuerza sobre el coño de Lucía, comiéndoselo entero, chupándoselo, metiéndole la lengua dentro.
Marcos, recuperado, se acercó al otro lado y le agarró la cabeza a Lucía. Se la giró hacia él y le metió la polla en la boca. Lucía la aceptó con hambre, chupándosela mientras Natalia la seguía comiendo por abajo.
Los cuatro cuerpos estaban conectados. Diego follaba a Natalia. Natalia le comía el coño a Lucía. Lucía le chupaba la polla a Marcos. Marcos miraba a Diego. Cada movimiento se transmitía de uno a otro como una corriente.
Lucía se corrió primero, con la boca llena de la polla de Marcos y el coño lleno de la lengua de Natalia. Se corrió con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo, arqueando la espalda y clavándole las uñas en el culo a Natalia.
Natalia se corrió inmediatamente después, con la polla de Diego dentro y el sabor de Lucía todavía en la lengua. Se le doblaron los codos y cayó de bruces sobre el vientre de Lucía, jadeando, mientras Diego seguía embistiéndola.
Diego aguantó unos segundos más y se corrió dentro de ella, con la polla enterrada hasta el fondo, agarrándole las caderas con las dos manos y apretándole tan fuerte que dejó marcas. Se quedó ahí un segundo, quieto, vaciándose, antes de sacarla y dejarse caer a un lado.
Marcos, que se la había sacado de la boca de Lucía a medio camino, se corrió por segunda vez masturbándose sobre las tetas de ella. La corrida le cayó blanca y espesa sobre los pezones y el escote. Lucía se pasó dos dedos por el pecho, recogió un poco y se lo lamió mirándolo a los ojos.
Marcos y Diego se conocían desde la universidad. Habían compartido pisos, viajes, noches que terminaron mal y otras que terminaron bien. Esa noche compartieron algo diferente, algo que no tiene un nombre claro en el vocabulario cotidiano, y que los cuatro sabían que iba a cambiar algo entre ellos aunque ninguno quisiera ponerse a pensar todavía exactamente en qué.
Tampoco había terminado. Antes de una hora estaban otra vez enredados, con las parejas cambiadas y las bocas donde no habían estado antes, y volvió a empezar sin que nadie tuviera que decir nada.
***
Lucía terminó entre los brazos de Marcos, agotada, con la espalda húmeda apoyada contra su pecho y restos de semen secándosele entre las tetas. Natalia estaba tumbada boca arriba junto a Diego, con las piernas todavía abiertas y el coño rojo de tanto uso, mirando el techo con los ojos abiertos y una respiración que poco a poco volvía a algo parecido a la normalidad. La habitación olía a verano, a sudor y a sexo. Afuera, el mar seguía haciendo el mismo ruido de siempre, indiferente, como si no hubiera pasado nada especial.
Nadie dijo nada durante un buen rato. Era un silencio cómodo, el tipo de silencio en el que caben cuatro personas sin que ninguna se sienta obligada a llenarlo.
Fue Natalia quien lo rompió.
—El camarero tenía razón —dijo.
Diego giró la cabeza hacia ella.
—¿En qué?
—En que algunas cosas funcionan mejor cuando no se hablan demasiado.
Lucía soltó una carcajada suave, de esas que salen solas cuando no se tienen fuerzas para contenerlas.
—Aunque en este caso —dijo— hablar fue exactamente lo que lo empezó todo.
Marcos asintió desde el otro lado de la cama.
—Siempre hay que empezar por algún lado.
Diego miró al techo un momento más antes de cerrar los ojos.
—La próxima vez que vayamos a la playa —dijo— voy a agradecer que la cerveza se caliente.
Nadie respondió. No hacía falta. Afuera las olas llegaban y se iban, como siempre, como si aquella tarde en la arena hubiera sido una tarde cualquiera de verano y no el principio de algo que los cuatro, cada uno a su manera, iban a recordar durante mucho tiempo.
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