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Relatos Ardientes

Tres extraños y un vibrador que lo desató todo

La música en El Faro esa noche era demasiado buena para quedarse quieta. Clara lo sabía desde que cruzó la puerta, con su vestido azul ceñido y ese secreto debajo de la tela que solo Marcos y ella conocían: un pequeño huevo de silicona metido bien adentro del coño, apretado contra sus paredes húmedas, conectado al teléfono de su marido, esperando una orden.

Marcos eligió una mesa en el fondo del local, lejos de la pista pero con línea directa de visión. Había pedido dos cervezas que no pensaba terminar. Lo que quería ver no tenía precio.

Clara se movió hacia los altavoces como si fuera la cosa más natural del mundo. Cumbia, salsa, los ritmos se mezclaban y ella los absorbía con el cuerpo. Los hombres se fijaban en ella. Siempre lo hacían. Marcos levantó la cerveza y esperó.

Entonces llegó Bruno.

Marcos lo conocía desde hacía semanas. Lo había visto en el bar la primera vez que fueron juntos, lo había seguido en redes, y una tarde se había sentado con él a tomar un café. La conversación había ido directo al punto.

—Mi esposa y yo tenemos un acuerdo —le dijo Marcos, mirándolo sin rodeos—. A ella le gusta que se la coman con los ojos y con todo lo demás. A mí me gusta mirar cómo otro se la folla. Esta noche quiero que la saques a bailar, que le muestres que la deseás, y si ella está de acuerdo en seguir, seguimos todos juntos en casa: vos con la polla adentro, yo mirando.

Bruno era alto, de hombros anchos, con el pelo oscuro corto y una mandíbula que parecía tallada. El tipo que Clara notaría desde el otro lado de la pista. Lo había archivado mentalmente como candidato desde el principio.

—Cuéntame más —había dicho Bruno, y Marcos supo que la noche iba a salir bien.

Ahora Bruno tomaba a Clara por la cintura con esa seguridad que tenía, moviéndose detrás de ella al ritmo de un merengue que aceleraba. Marcos sacó el teléfono. Vibración media. Clara se arqueó un centímetro hacia adelante, el labio inferior entre los dientes, los ojos entrecerrados. Bruno notó el temblor en su espalda y la apretó un poco más, la pelvis pegada al culo de ella, y Clara sintió perfectamente el bulto duro que se le clavaba entre las nalgas a través de la tela del vestido.

—Estás muy caliente esta noche —le dijo él al oído—. Tenés el coño mojado, ¿no? Se te nota en cómo te movés.

Clara no respondió con palabras. Solo giró la cabeza, le sonrió de lado y bajó una mano para apretarle la polla por encima del pantalón, como diciendo mirá vos quién habla. Bruno soltó una risa ronca contra su cuello.

Marcos subió la intensidad del vibrador unos segundos. Desde su mesa vio cómo las rodillas de Clara cedían un instante, cómo ella apoyaba el peso en Bruno para no tropezar, cómo el pezón se le marcaba erecto contra el vestido azul. El tipo reaccionó bien: la sujetó, no preguntó, siguió bailando, aprovechando el momento para llevarle una mano al muslo por debajo del dobladillo del vestido. Discreto. Eso era lo que Marcos buscaba.

Bailaron tres canciones más. Marcos alternaba entre vibración baja y pulsos cortos de alta intensidad, calibrando la reacción de Clara desde la distancia, aprendiendo su cuerpo de nuevo desde ese ángulo extraño y excitante que era verla sin que nadie supiera que era suya. En una vuelta vio cómo Bruno le mordía el lóbulo de la oreja y le decía algo, y cómo Clara asentía con los ojos cerrados, la boca entreabierta.

Después de la cuarta canción, Marcos escribió en el chat que tenían los tres: «Nos vamos. Diez minutos».

***

El departamento estaba en silencio cuando llegaron. Clara encendió solo la lámpara del rincón. Marcos abrió una botella de vino que nadie iba a beber y se sentó en el sillón frente al sofá, como si fuera a ver una película.

—Hazla esperar un poco —le dijo a Bruno en voz baja—. Que se muera de ganas antes de que le metas la polla.

Bruno la miró. Clara estaba de pie en el centro del salón, el vestido azul todavía puesto, los brazos cruzados con esa mezcla de nervios y anticipación que Marcos conocía de memoria. Bruno se acercó despacio. Le apartó el pelo del cuello con un dedo y lo besó allí, suave, mientras la otra mano le subía por la cadera hasta encontrarle un pecho por encima de la tela y apretárselo sin apuro.

La tenían.

Le bajó el cierre del vestido centímetro a centímetro, besando cada parte de la espalda que iba quedando expuesta. Clara respiraba con la boca abierta. Cuando el vestido cayó al suelo, Bruno la giró y la miró de arriba abajo sin prisa: las tetas al aire, los pezones duros como piedras, la única prenda que le quedaba era una tanga negra empapada de tanto huevo vibrador y tanto bailar pegada.

—Tu marido tiene razón —murmuró—. Es difícil no mirarte. Y más difícil todavía no cogerte acá mismo.

Le enganchó los pulgares en la tanga y se la bajó por las piernas hasta los tobillos. El huevo cayó al suelo con un ruido húmedo. Clara quedó desnuda en el medio del salón, el coño depilado brillando bajo la lámpara, los muslos pegajosos. Bruno se arrodilló sin decir nada y le abrió las piernas con las manos.

La primera lamida fue larga, plana, desde el perineo hasta el clítoris. Clara pegó un grito corto y le clavó las uñas en el pelo. Bruno se rió contra el coño de ella y volvió a lamer, esta vez más despacio, jugando con la lengua alrededor del clítoris hinchado, metiéndosela después bien adentro. Marcos se acomodó en el sillón sin apartar la vista. Ya tenía la polla dura contra la bragueta.

—Ahí, ahí, no pares —jadeaba Clara, con las piernas temblándole—. Chupámelo, chupámelo bien.

Bruno le metió dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris, y Clara empezó a moverse contra su cara, cabalgándole la boca de pie en el salón, el pelo revuelto, las tetas rebotando. Cuando estuvo a punto de correrse, Bruno se apartó de golpe y se puso de pie. Clara gimió de frustración.

—A la cama —dijo él, y la levantó en brazos.

La llevó al dormitorio y la tiró sobre el colchón. Marcos arrastró una silla hasta la puerta y se sentó, se abrió el pantalón, se sacó la polla y empezó a masturbarse despacio, marcando el ritmo con lo que veía. Bruno se desnudó de pie, sin apuro, y cuando dejó caer el bóxer Clara se lamió los labios sin darse cuenta: la tenía gorda, larga, curvada hacia arriba, con las venas marcadas.

—Vení acá —le dijo ella, y se sentó en el borde de la cama.

Le agarró la polla con las dos manos y se la metió en la boca hasta la mitad. Bruno gruñó y le puso una mano en la nuca. Clara chupaba con hambre, subía y bajaba, sacaba la lengua para lamerle los huevos, se la volvía a meter hasta que la punta le tocaba el fondo de la garganta y se le llenaban los ojos de lágrimas. Marcos veía todo desde el marco de la puerta, la polla en la mano, el corazón bombeándole en las sienes.

—Cogela ya —dijo Marcos con la voz ronca—. No la hagas esperar más.

Bruno la empujó de espaldas contra la cama, le abrió las piernas con las rodillas y le colocó la punta de la polla en la entrada del coño. Se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Clara arqueó la espalda y soltó un sonido largo que no era un gemido ni un grito sino algo entre los dos. El ritmo fue construyéndose solo: lento al principio, profundo, girando las caderas para encontrar el ángulo que hacía que los ojos de Clara se perdieran en el techo.

—Mírame —le pidió ella a Marcos en algún momento, sin dejar de aferrarse a los hombros de Bruno—. Mirá cómo me la mete.

Él la miraba. No hacía otra cosa. Y se pajeaba mirándola, la polla brillándole de saliva y precome, viendo cómo la de Bruno entraba y salía del coño de su mujer, cubierta de los jugos de ella, más gorda que la propia.

Cambiaron de posición varias veces. Ella encima, cabalgándolo con las manos en el pecho de él, las tetas saltándole en cada bajada, el culo golpeando contra los muslos de Bruno con un ruido húmedo y rítmico. De lado, una pierna levantada por encima del hombro de él, el ritmo más pausado y sostenido, cada embestida llegando hasta lo más hondo. De espaldas, con la cabeza colgando del borde de la cama mientras Bruno la penetraba de pie y ella lo llamaba por su nombre entre dientes, la garganta ofrecida, las tetas apuntando al techo.

—Boca abajo —ordenó Bruno en algún momento, y la volteó él mismo.

La puso en cuatro, le agarró el pelo con una mano y las caderas con la otra, y empezó a cogérsela por atrás con fuerza, la pelvis chocando contra el culo de ella con un ruido de carne contra carne que llenó el cuarto. Clara enterró la cara en la almohada y gritó ahí adentro, ahogada, mientras Bruno le daba una nalgada seca que le dejó la marca roja de la mano.

—Así, así, más fuerte —jadeaba Clara con la boca contra la sábana—. Rompémelo, cogeme como una puta.

Marcos se acercó cuando Clara lo buscó con la mano extendida, y le ofreció lo que pedía sin mediar palabras. Ella le agarró la polla y se la metió en la boca desde ese ángulo raro, chupándole a él mientras Bruno le cogía el coño por atrás. Marcos le sostuvo la cabeza y empezó a follarle la boca con embestidas cortas, sintiéndole la lengua, el paladar, la garganta cuando ella la relajaba. Fue parte de la escena sin interrumpirla. Eso también lo habían hablado antes.

El orgasmo de Clara llegó sin aviso. Un espasmo largo, sostenido, que la hizo apretar las sábanas con los dos puños y doblar la espalda hacia adentro. Se le contrajo el coño alrededor de la polla de Bruno y él soltó un gruñido, dejó de moverse un segundo para no correrse todavía, y después volvió a embestir más lento, aguantando. Marcos sintió cómo la boca de Clara vibraba en gemidos contra su polla y casi se corre ahí mismo.

Bruno terminó poco después. Salió del coño de ella, le agarró el culo con las dos manos, y le tiró toda la corrida en la espalda baja y en la raya del culo, chorros gruesos y calientes que le fueron cayendo hasta juntarse en la curva de la cintura. Marcos aguantó unos segundos más, sacó la polla de la boca de Clara, y le tiró la suya en la cara: en la mejilla, en los labios, en el mentón. Clara sacó la lengua y recogió lo que le llegó a la boca, tragando sin apartar los ojos de él.

Se quedaron en la cama los tres, en silencio, hasta que la respiración volvió a ser normal. Clara con semen escurriéndole por las mejillas y por la espalda, sonriendo sin abrir los ojos.

—La próxima vez —dijo Clara, mirando el techo— quiero que traigas a alguien más. Quiero dos pollas a la vez.

Marcos le besó la sien. Bruno soltó una risa baja, de las que salen del pecho.

—Ya veremos —dijo Marcos, pero ya estaba pensando en a quién llamar.

***

Tres semanas después, Bruno llegó a El Faro con Diego.

Marcos lo había conocido por videollamada dos días antes. Diego tenía treinta y pico, piel morena, el físico de alguien que no se salta los entrenamientos. Tranquilo. Seguro de sí mismo sin necesidad de demostrarlo. Cuando Marcos le explicó el plan —que iba a coger a su mujer con Bruno al mismo tiempo, que uno iba por el coño y el otro por el culo, que él iba a mirar desde el sillón— Diego no hizo preguntas incómodas. Solo asintió y preguntó cuándo.

Clara no sabía que iban a ser dos. Eso era parte del plan.

Marcos la vio entrar al bar con su vestido rojo, el mismo ritual de siempre: ella en la pista, él en la mesa, el teléfono en la mano. El vibrador ya estaba en su lugar, bien adentro del coño. Bruno y Diego llegaron diez minutos después.

Bruno fue primero. Clara lo reconoció, se relajó, se dejó llevar. Un merengue fácil entre los dos, los cuerpos pegados, la mano de Bruno directo al culo de ella sin ninguna pretensión de disimulo. Marcos pulsó vibración baja y vio cómo ella se mordía el labio, ya familiar con la sensación, ya sabiendo cómo dejarse mojar sin caerse.

Luego Bruno la pasó a Diego sin decir nada, como si fuera lo más natural. Diego bailaba bien, pegado a ella, las manos firmes en su cintura, bajando después a las caderas, apretándola contra su cuerpo para que sintiera la polla dura contra el vientre. Clara lo miró a los ojos y algo en su expresión cambió: sorpresa, después curiosidad, después algo más. Marcos subió la intensidad. Ella apoyó una mano en el hombro de Diego para sostenerse, y él la sujetó sin preguntar, como si supiera exactamente por qué se le doblaban las piernas.

—Tu marido te está mirando desde esa mesa —le dijo Diego al oído—. Y esta noche te vamos a coger entre los dos. ¿Te gusta la idea?

—Lo sé —respondió Clara, y no apartó la vista de los ojos de Diego, y sintió cómo se le apretaba el coño alrededor del huevo vibrador—. Me encanta.

El baile duró una hora. Marcos alternaba entre los dos hombres con el vibrador, aprendiendo cuándo Clara necesitaba más y cuándo había que dejarla respirar. Era un juego de tres que ella no terminaba de controlar, y eso era exactamente lo que los dos querían.

Cuando Marcos mandó el mensaje para salir, Clara ya estaba lista. En el taxi iba en medio de Bruno y Diego, los tres en silencio, con esa tensión eléctrica que no necesitaba palabras para existir. Bruno le metió una mano por debajo del vestido y le encontró el coño empapado. Diego le apretó una teta por encima de la tela desde el otro lado. Clara cerró los ojos y dejó que le hicieran, mientras el conductor los miraba de reojo por el espejo retrovisor y aceleraba.

***

En casa, Marcos volvió a su sillón. Esta vez no dio instrucciones. Bruno y Diego sabían lo que hacían.

La desvistieron despacio, uno por detrás y otro por delante, sin apresurarse. Bruno le besaba el cuello mientras Diego se arrodillaba frente a ella, sus manos recorriendo los muslos hacia arriba hasta encontrarle el coño y separárselo con los pulgares. Clara tenía los ojos cerrados y respiraba por la boca, los brazos a los lados, entregada al ritmo de ellos.

Diego le empezó a chupar el clítoris de pie, con la cara metida entre sus piernas, mientras Bruno le apretaba los pechos por detrás y le mordía el hombro. Clara gimió alto, echó la cabeza hacia atrás contra el pecho de Bruno, y le agarró la nuca a Diego para que no dejara de comerle el coño.

La llevaron a la cama.

Diego se acostó de espaldas y Clara se le trepó encima, se agarró la polla y se la metió en el coño de una sola bajada. Gritó al sentirla entera adentro. Empezó a cabalgarlo con las manos apoyadas en el pecho de él, subiendo y bajando, las nalgas golpeándole en los muslos. Bruno se colocó detrás, arrodillado en la cama, y se escupió los dedos para empezar a jugar con el ojo del culo de ella, primero uno y después dos, abriéndola con paciencia mientras Diego seguía embistiéndole por abajo.

—Vas a aguantar dos, ¿verdad? —le dijo Bruno al oído—. Una en el coño y la mía en el culo.

—Sí —jadeó Clara, apoyada hacia adelante sobre Diego para dejar el culo bien expuesto—. Sí, dale, metémela.

Marcos observaba desde la silla, la polla en la mano, sin apartar la vista. Vio cómo Bruno se aceitaba la verga con lubricante, cómo se la colocaba en el ojo del culo de Clara, cómo empujaba de a poco. Clara enterró la cara en el cuello de Diego y soltó un gemido largo, gutural, mientras Bruno la penetraba por el otro agujero centímetro a centímetro hasta el fondo.

Los dos se quedaron quietos un segundo, adentro de ella hasta las bolas, dejándola sentir. Después empezaron a moverse. Diego embestía por abajo, Bruno por detrás, alternando el ritmo para no chocar, encontrando una cadencia que llenó la habitación de gemidos y de ese sonido húmedo de dos pollas trabajando el mismo cuerpo.

—Más —dijo Clara en algún momento, sin especificar qué más exactamente. Los dos entendieron.

Aceleraron. Bruno le agarró el pelo con una mano y le empujó la cadera con la otra, cogiéndosela por el culo con embestidas cada vez más firmes. Diego le apretaba las tetas y la miraba a la cara, la miraba morirse entre los dos, sonriendo. Clara ya no controlaba nada de lo que salía de su boca: gemidos, gritos, palabras sueltas, gracias, más, la puta madre, no paren, cogeme, rómpanme, más.

El sonido de la habitación cambió. Las respiraciones se volvieron más cortas, los movimientos más sincronizados. Marcos apretó los reposabrazos del sillón con las dos manos, la polla goteando precome sobre el pantalón, aguantando para no correrse antes de tiempo.

Clara terminó primero, un orgasmo que la dobló hacia adelante con las manos en el pecho de Diego, temblorosa, repitiendo algo en voz baja que nadie alcanzó a entender bien. Se le contrajeron los dos agujeros al mismo tiempo, y los dos hombres soltaron un gruñido casi coordinado al sentirla apretarlos.

Bruno salió del culo de ella, se paró junto a la cara, y le tiró la corrida en la boca abierta y en las tetas. Diego siguió embistiéndole el coño desde abajo unos segundos más, agarrándole las caderas con fuerza, hasta que la sacó y le tiró la suya en la panza y en el ombligo, chorros gruesos que se mezclaron con lo de Bruno.

Marcos se levantó del sillón en silencio y se acercó a la cama. Se sacó la ropa. Clara, cubierta de semen ajeno, con las piernas todavía abiertas, le abrió los brazos y él se metió dentro. Se hundió en el coño de su mujer todavía caliente y resbaladizo, y no aguantó más de un minuto: se corrió adentro de ella con la boca pegada a la de ella, tragándole los gemidos.

—¿Estuvo bien? —preguntó ella contra su cuello, después.

—Estuvo perfecto —dijo Marcos.

Bruno y Diego se ducharon, se vistieron sin prisa y se despidieron en la puerta. Sin drama. Sin incomodidad. La noche había sido lo que tenía que ser y nada más.

Clara y Marcos se quedaron solos en la cama, las sábanas revueltas y manchadas, el silencio tranquilo de después. Afuera, la ciudad seguía igual que antes. Adentro, algo había cambiado de sitio de una forma que ninguno de los dos sabía nombrar del todo, pero que a los dos les gustaba.

—La próxima vez elijo yo a los dos —dijo Clara, ya medio dormida, con la mano de Marcos entre las piernas.

Marcos sonrió en la oscuridad.

—Trato hecho —respondió.

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Comentarios(9)

Mili_BA

Increible!! me tuvo pegada hasta el final, no podia soltar el celu

CarlosMza

Joya de relato. La tension que va generando desde el principio es perfecta, se siente como si lo vivieras vos mismo. Mas de esto por favor!

VivianaC_91

Dios mio, que idea la del vibrador con la app... la dinamica entre los tres esta muy bien llevada, nada forzado

ElPampero_66

Excelente!! siga escribiendo asi

TomásRB

Me dejo pensando un buen rato despues de leerlo, eso es señal de que algo hiciste muy bien. Esperando el proximo

SilviaCba

jajaja la parte de morderse el labio me mato, demasiado real eso

Daniloop87

Muy bueno, se hizo corto. Una segunda parte estaria buenisima, quede con ganas de saber como sigue la historia de Clara

NocturnoR

La idea del control remoto en un lugar publico ya es morbo puro, pero como lo desarrollas es otro nivel. Felicitaciones

Sofi_Gdl

buenisimo!! me encanto como esta contado, nada burdo y muy excitante. sigue asi!!

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