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Relatos Ardientes

Quince días en Vietnam: una confesión

Marco llevaba cuatro días en Vietnam y todavía no había encontrado lo que había ido a buscar. Las primeras noches habían sido una mezcla de decepciones y malentendidos: mujeres que resultaban ser algo muy distinto a lo que parecían, precios inflados y habitaciones de hotel que olían a humedad y rencor. Estaba harto, pero no derrotado.

La mañana del quinto día salió temprano, cuando el sol todavía pegaba fuerte sobre el golfo, y caminó por el paseo hasta encontrar un bar con terraza abierta al mar. Pidió una cerveza fría y una fuente de mariscos por ocho dólares, y se sentó a comer tranquilo, mirando pasar a la gente.

Fue entonces cuando la vio entrar.

Se llamaba Linh. Alta para ser vietnamita, casi metro sesenta y cinco, con curvas de verdad: pechos que llenaban bien la camiseta ajustada, un culo redondo y firme, piel morena y labios gruesos. Se sentó sola en una mesa cercana, pidió algo de beber y miró alrededor sin prisa.

Marco la estudió un momento antes de moverse. Ya me he equivocado antes. Pero algo en el movimiento de sus caderas, en la forma natural en que se acomodó en la silla, lo convenció. Se levantó, se acercó y le ofreció una copa.

—Claro, guapo —respondió ella con voz tranquila y una sonrisa pícara.

Charlaron un rato. Marco fue directo: preguntó con cuidado si estaba trabajando esa tarde. Linh no se anduvo con rodeos.

—Depende de lo que quieras. Por delante, diez dólares. Por detrás, veinte. Una hora.

Marco sonrió. Después de tantos días de frustración, aquello sonaba a oro. Pero no iba a arriesgarse sin comprobarlo antes.

—Primero quiero que me demuestres que eres mujer de verdad —dijo en voz baja.

Linh no se ofendió. Se levantó, lo llevó al baño del bar y cerró la puerta con calma. Se levantó la falda corta sin apresurarse y mostró lo que Marco necesitaba ver: real, depilada, los labios carnosos y el monte de venus prominente. Marco sintió que se le secaba la garganta.

—¿Te convence? —preguntó ella, bajándose la falda con una sonrisa.

—¿Cuánto por todo el día y la noche? —dijo él con la voz ronca.

—Ciento cincuenta. Sin límites.

Marco no lo dudó. Pagó la cuenta del bar, tomó a Linh de la mano y la llevó directo al hotel.

***

En la habitación, Linh se desvistió con un estriptis lento, moviéndose sin apresurarse, girando para que él viera bien ese culo redondo y firme. Las tetas rebotaban libres cuando se quitó la camiseta. Marco, tumbado en la cama, miraba sin quitarle los ojos de encima.

—Déjate el tanga y la camiseta —dijo él—. Quiero verte así mientras chupas.

Linh se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamer desde la base hasta la punta, mirándolo a los ojos. Marco no tardó en agarrarle la cabeza con las dos manos y empujarla hasta el fondo de la garganta. Ella no protestó. Lo recibió entero, chupando fuerte, sin quejarse ni una vez.

Linh sacó la boca un segundo para tomar aire.

—Tranquilo. Tenemos todo el día y toda la noche. Si te pones bruto desde el principio, te vas a quedar seco antes de media tarde.

Marco sonrió. Se tomó su tiempo.

Media hora después, la giró y pasó a trabajar con la boca entre sus piernas. El sabor era intenso, real: un poco salado, con ese toque ácido de la excitación acumulada. Lamió el coño desde el clítoris hasta el fondo, metió la lengua, subió al culo y lo comió sin rodeos. Linh gemía contra las sábanas, empujando las caderas hacia atrás y pidiendo más con el cuerpo.

—Nadie me había hecho esto así —dijo ella, y no sonaba a teatro.

Marco la giró y la puso encima. Las manos agarraban los pechos desde la base mientras ella cabalgaba. La follaron en tres posiciones distintas. Linh se corrió cinco veces que Marco pudo contar, y probablemente alguna más que se le pasó. Él, no. Tenía todo el día por delante y quería llegar hasta el final.

—Eres demasiado —dijo ella, jadeando sobre su pecho—. ¿Cuánto tiempo llevas aguantando?

—Desde que llegué aquí. Pero no es eso. Es que quiero llegar hasta el final.

Linh lo miró con una mezcla de respeto y miedo genuino.

***

La sesión con Linh terminó de la única forma posible: ella agotada, boca abajo en la cama, el cuerpo temblando, el culo enrojecido de tanto uso. Marco la había follado por delante y por detrás, alternando durante más de una hora. Cuando por fin se corrió dentro de ella, Linh soltó un grito largo que el aire acondicionado apenas cubrió.

Después de descansar un rato, se duchó y se vistió con movimientos lentos, como alguien que acaba de terminar una maratón sin haberse entrenado para eso.

—Te devuelvo el dinero —dijo desde la puerta del baño—. Eres demasiado para mí. No puedo continuar.

Marco rechazó el billete con la mano.

—Te lo has ganado. Pero antes de irte, hazme un favor: mándame a alguien que aguante de verdad.

Linh asintió, todavía con la ropa a medio poner.

—Te mando a la mejor que conozco.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta. Marco abrió en bata y encontró a Linh en el pasillo acompañada de tres chicas nuevas, todas con cuerpos de escándalo. Las hizo entrar y se sentó en el sillón de la habitación.

—Desnudaos. Quiero ver qué hay. Tetas, culo, todo. Y decidme el precio por día y noche completos, sin límites.

Las dos primeras estaban bien. La tercera fue la que lo puso en marcha antes de que ella dijera nada. Un culo grande y redondo que temblaba al moverse. Tetas pesadas con pezones oscuros. Y entre las piernas, unos labios carnosos y gruesos que asomaban jugosos, como si llevaran horas esperando. Su nombre era Mai.

—Ciento cincuenta por día y noche completos —dijo ella con voz suave y segura.

—Tú te quedas. Las demás pueden irse.

***

Mai era diferente. Había algo en su forma de trabajar que Marco notó desde los primeros minutos: una técnica, una conciencia del propio cuerpo que la otra no tenía. Cuando se arrodilló y empezó a chupar, la combinación de manos, lengua y ritmo fue tan precisa que Marco tuvo que apartarla de un empujón antes de que fuera demasiado tarde.

—Para. Para ya, joder. Que me haces correr y lleva toda la mañana por delante.

Mai se apartó con una sonrisa que no ocultaba nada.

La puso a cuatro patas en la cama. Cuando entró en su culo por detrás, sintió algo que no había sentido antes: Mai contraía los músculos en oleadas rítmicas, apretando desde la punta hacia la base en un movimiento continuo y controlado. Era como si el agujero tuviera vida propia, chupando hacia adentro en cada embestida.

Marco gruñó.

—¿Qué coño estás haciendo?

—Lo que me has pagado —respondió ella, sin dejar de hacerlo.

No tardó mucho. La sensación era demasiado intensa. Se corrió dentro de ella con un rugido, vaciándose entero, y cuando sacó la polla Mai la limpió con la boca sin que se lo pidiera.

—Buena —dijo Marco, tumbándose boca arriba—. Muy buena. ¿Cuántos días puedes quedarte?

—Los que quieras pagar —respondió ella, apoyando la cabeza en su pecho.

Acordaron cinco días más a ciento cincuenta al día.

***

Esa tarde salieron juntos. Marco le compró ropa nueva en una boutique del paseo: tangas de encaje negro, camisetas ajustadas de tirantes, un vestido corto ceñido que se le subía al caminar. Mai posaba en el probador con una sonrisa que ya no era completamente profesional. Salieron cargados de bolsas, ella colgada de su brazo.

Cenaron en una terraza junto al mar: langosta a la plancha, arroz con mariscos y cervezas heladas. A mitad de la cena, la mano de Mai desapareció bajo la mesa. Estuvo así casi una hora, masturbándolo con dedos expertos, llevándolo hasta el borde y retirando la presión justo cuando iba a desbordarse. Marco apretaba los cubiertos con los nudillos blancos.

—Para de torturarme.

—Todavía no —susurró ella al oído, lamiéndole el lóbulo—. Cuando lleguemos al hotel vas a reventar.

Tenía razón.

Después de cenar fueron de bar en bar. En el tercero, mientras bailaban pegados, apareció una chica que se acercó con la intención clara en los ojos. Se llamaba Kim. Alta, con un cuerpo que hacía mirar dos veces: tetas enormes sobre un top diminuto, culo alto y redondo, piernas largas y labios pintados de rojo.

—¿Me dejas unirme? Puedo hacer cosas que ella no sabe —dijo mirando a Mai.

—Es decisión suya —respondió Mai sin molestarse.

Kim se pegó al otro lado de Marco y le susurró el precio al oído: doscientos dólares por la noche, los tres juntos.

—Al hotel —dijo Marco—. Ahora.

***

En la habitación, las dos se desnudaron a la vez. Kim tenía el coño depilado con labios gruesos y rosados, un culo firme que pedía las manos. Mai ya sabía moverse alrededor de él; Kim aprendió en cuestión de minutos.

Marco las puso a las dos a cuatro patas en la cama y alternó sin parar: el coño de una, el culo de la otra, la boca de la primera. Las dos gemían y se tocaban entre ellas, besándose, agarrándose los pechos. Kim tenía una técnica parecida a la de Mai con el culo: contraía en oleadas cuando él entraba por detrás, apretando en pulsos que lo volvían loco.

Al final se corrió dentro del culo de Kim, llenándola hasta que rebosó. Le metió la polla en la boca de Mai para que la limpiara. Kim se lamió los dedos con calma.

Los tres cayeron en la cama. Marco en el centro, una a cada lado, el cuerpo mojado de sudor y satisfacción.

—Todavía tengo hambre —dijo Kim, lamiéndole el cuello.

—Y yo —añadió Mai.

Marco sintió la polla endureciéndose otra vez solo de oírlas.

—Pues empezad. Que la noche es larga.

***

Fue Kim quien propuso lo que vino después.

—¿Alguna vez te lo han hecho a ti? —preguntó, trazando con un dedo un círculo lento en su abdomen.

Marco supo exactamente a qué se refería. Negó con la cabeza.

—Nunca. Primera vez total.

Kim sonrió despacio.

—Entonces me toca a mí.

Mai se subió a horcajadas sobre su cara sin decir nada más, el coño húmedo bajando hasta su boca. Marco empezó a lamerla mientras Kim se colocaba entre sus piernas abiertas. La habitación estaba en silencio salvo por la respiración de los tres y el zumbido suave del aire acondicionado.

Kim trabajó sin prisa y con precisión: primero la lengua rodeando el borde, después un dedo con abundante saliva, después dos. Marco gemía contra el coño de Mai mientras los dedos de Kim encontraban el punto exacto y comenzaban a masajearlo con movimientos circulares y lentos. La polla se endureció de una forma diferente a todas las anteriores, desde dentro hacia fuera, como si el placer tuviera otro origen.

Entonces Kim metió la boca. Dedos dentro y labios afuera, trabajando al mismo tiempo con una coordinación perfecta. Marco intentó avisar pero Mai se corrió sobre su cara justo en ese instante, un chorro caliente que le llenó la boca, y él tragó sin poder decir nada.

Y entonces explotó.

No fue como las veces anteriores. Fue más profundo, más largo, como si viniera de un sitio diferente del cuerpo. La leche salió en chorros continuos y potentes, salpicando el vientre de Kim, su pecho, su cuello. Kim no apartó la boca hasta que los últimos espasmos terminaron, chupando suave para sacar hasta la última gota.

Marco quedó tumbado, el cuerpo flojo, la mente completamente en blanco.

—¿Qué… qué coño ha sido eso? —dijo cuando pudo hablar.

Kim se limpió un resto de semen de la comisura y lo miró con calma.

—Tu primera vez por dentro, guapo. Y no va a ser la última.

Mai le dio un beso suave en los labios. Sabía a ella misma.

Marco cerró los ojos con una sonrisa. Afuera, la noche vietnamita seguía encendida y ruidosa. Dentro, sabía que todavía quedaban diez días de viaje por delante.

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Comentarios (5)

ViajeraSecreta

Vietnam... que escenario tan perfecto para una confesion como esta. Me atrape de principio a fin.

viajero_curioso

increible!! sigue escribiendo por favor

PabloMdQ

Hay algo en los relatos contados asi, en primera persona y con ese tono de "no me lo puedo creer", que los hace mucho mas creibles. Muy bueno.

Marta_Cba

Me recordo a un viaje que hize yo sola hace unos años. Esas casualidades que parecen imposibles pero pasan. Gracias por contarlo!!

Marco_Viajero

Tremendo final, no me lo esperaba. Esperando la segunda parte si hay jaja

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