La foto que le mandé a mis compañeros de trabajo
La pregunta salió de mi boca antes de que mi cabeza terminara de formularla.
—¿Te gustaría que tus compañeros de trabajo me vieran desnuda?
Marcos dejó el mando a distancia en el reposabrazos del sofá y me miró con esa expresión que mezcla el desconcierto con algo más oscuro, algo que reconozco porque lo he visto otras veces. Llevábamos seis años casados y todavía sabía cuándo acababa de encender algo en él.
—Depende —dijo despacio.
—¿Depende de qué?
—De si tú también quieres que lo estén.
Eso era exactamente lo que necesitaba escuchar. Me levanté, fui hasta el dormitorio y volví con el portátil abierto.
—Siéntate aquí —dije, dando unas palmadas en el cojín a mi lado.
***
Lo que voy a contar empezó dos meses antes, cuando en la empresa donde trabajo como directora de marketing decidimos hacer un calendario solidario. Doce empleados voluntarios, doce meses, doce fotografías para recaudar fondos para una asociación de la ciudad. Nada explícito, por supuesto: artículos de atrezo, letras grandes, posiciones calculadas al milímetro. Arte, no pornografía. La fotógrafa era Claudia, una freelance que había trabajado con nosotros en varias campañas y que tenía una manera de hacer que te sintieras completamente cómoda delante de la cámara, como si llevar ropa fuera lo raro.
Me tocó diciembre. La última sesión, la última fotografía del calendario.
Aquella tarde en el estudio de Claudia fue una de las más liberadoras de mi vida adulta. Hay algo en quitarse la ropa delante de alguien que te mira con ojos profesionales, sin hambre ni juicio, que te devuelve una versión de ti misma que no sabías que tenías. El resultado fue limpio, elegante: yo sentada sobre un baúl antiguo, con una guirnalda de luces navideñas cruzándome el torso de hombro a hombro, los pechos parcialmente cubiertos por el cable luminoso. Nada que no pudiera colgar en una galería.
Pero cuando terminamos, cuando Claudia revisaba las fotos en la pantalla y yo me volvía a vestir, se me ocurrió la idea.
—¿Cuánto cobrarías por una sesión más? —le pregunté—. Algo completamente diferente. Para uso privado.
Claudia me miró con una ceja levantada y una sonrisa que no era de sorpresa, sino de alguien que ha escuchado peticiones mucho más extrañas.
—Cuéntame —dijo.
***
En la empresa manejamos un directorio de correos internacionales. Cientos de direcciones, de cuatro continentes. Yo conocía bien cuáles pertenecían a hombres que llevaban meses lanzando miradas, haciendo comentarios velados en las reuniones virtuales, escribiéndome mensajes que rozaban la línea sin cruzarla nunca del todo. Los había observado durante semanas y los había seleccionado con cuidado: nueve, de cuatro países distintos, todos con algo en común. Todos deseosos, pero ninguno imprudente.
Desde una cuenta de correo que creé específicamente para esto —sin mi nombre, sin rastros que pudieran relacionarla conmigo en una búsqueda rápida— les había enviado un mensaje con una fotografía adjunta y unas instrucciones muy concretas.
La fotografía era el resultado de la sesión privada con Claudia.
Me había fotografiado de frente y de espaldas, completamente desnuda, con una cuadrícula de colores superpuesta en edición. Cada zona tenía una puntuación asignada: la boca, doscientos puntos; los pezones, cincuenta cada uno; el pubis, cien; los glúteos, cien en total. El mensaje que acompañaba la imagen era directo: elegid una zona, decídmelo antes del viernes, y el que acierte el lugar que yo había marcado de antemano gana el premio.
—¿Qué premio? —preguntó Marcos cuando llegamos a esa parte, y noté que su voz era ligeramente más grave de lo habitual.
—Eso lo decidimos juntos —dije, y coloqué mi mano sobre su muslo sin apartar los ojos de la pantalla.
***
Pasamos la siguiente hora leyendo los correos de respuesta. Los había guardado todos sin abrir, esperando este momento.
El primero era de Rodrigo, de la oficina de Buenos Aires. Dos líneas: «Boca. Sin dudarlo. Aunque me costará la concentración en todas las reuniones que hagamos a partir de ahora.» Marcos rio. Fue una risa corta, tensa, que no era exactamente incomodidad.
El segundo era de Fabián, de Berlín. Más largo, más descriptivo. Hablaba de la curva de mi espalda, de cómo la luz de la fotografía dibujaba una sombra justo en la parte baja de mi cintura. Eligió los glúteos. Marcos dejó de reír.
—Sigue —dije.
Fui abriendo los correos uno a uno. Algunos eran breves y directos; otros, más elaborados, como si el autor se hubiera tomado tiempo para escribir algo que mereciera la pena leer. Todos habían seguido las reglas. Todos habían elegido. Y cuanto más leíamos, más se iba transformando el ambiente en el sofá: Marcos ya no estaba sentado con el cuerpo recto sino recostado hacia atrás, con una tensión visible que yo conocía perfectamente y que no tenía nada que ver con la incomodidad.
Había algo extrañamente íntimo en leerlos juntos. Cada correo era una mirada ajena proyectada sobre mi cuerpo, y verlos a través de los ojos de Marcos los convertía en algo diferente a lo que habían sido cuando los recibí sola.
—¿Cuál elegiste tú? —preguntó cuando terminamos el octavo.
—El noveno primero.
El noveno era de Daniel, de la sede central. Lo conocía desde hacía cuatro años, coincidíamos en proyectos transversales, y siempre había habido entre nosotros algo sin nombre que ninguno de los dos había querido nombrar. Su correo era diferente al resto. No elegía ninguna zona del cuerpo. Decía: «Esto no es un juego para mí. Si hay un premio real, quiero saber cuáles son exactamente las reglas.»
Marcos leyó el mensaje dos veces.
—Este sabe lo que quiere —dijo.
—Sí.
—¿Y tú? ¿Sabes lo que quieres?
Lo miré. Llevábamos seis años casados, y había cosas que habíamos hablado en la oscuridad, entre sábanas revueltas, que nunca habíamos llevado más allá de las palabras. Fantasías que vivían cómodamente en el territorio de lo imaginado porque ninguno de los dos había querido, hasta esa noche, cruzar esa línea.
—Creo que sí —dije.
***
Lo que vino después tardó tres semanas en organizarse. No porque fuera complicado, sino porque quise hacerlo bien, sin prisas y sin improvisaciones. Hablé primero con Claudia: ella era parte imprescindible del plan, y lo aceptó con la misma profesionalidad con la que había manejado todo lo demás. Luego escribí a Daniel. Quedamos en una cafetería neutral un mediodía, sin rodeos, y le expliqué exactamente de qué se trataba y cuáles eran las condiciones. Las condiciones eran simples: lo que pasara esa noche era entre nosotros tres, más Marcos, que estaría presente desde el principio. Nada de expectativas posteriores. Nada de ambigüedades sobre lo que era y lo que no era.
Daniel escuchó sin interrumpir ni una sola vez. Al final dijo que sí.
***
La noche acordada, Claudia llegó primero al apartamento con su equipo de iluminación portátil. Marcos había preparado la habitación: sábanas limpias, una lámpara de pie en el rincón que daba una luz cálida y difusa, la temperatura correcta. Había una botella de vino en la mesa, pero ninguno de los cuatro bebió mucho. No era una noche para difuminar los bordes.
Daniel llegó puntual, con esa manera tranquila que tiene de moverse que siempre me había llamado la atención, como si el mundo no pudiera moverle de su propio ritmo. Se saludaron él y Marcos con un apretón de manos que duró exactamente lo que tenía que durar: ni tan breve para parecer hostilidad, ni tan largo para resultar forzado. Los dos eran adultos. Los dos sabían perfectamente por qué estaban allí.
Me puse de pie en el centro de la habitación y los miré a los dos.
—Empezamos cuando queráis —dije.
***
No voy a describir cada momento con la precisión de un informe, porque lo que ocurrió esa noche no cabe bien en un orden cronológico estricto. Lo que recuerdo son fragmentos, y los fragmentos son suficientes.
Recuerdo la mano de Daniel en mi nuca cuando me besó por primera vez: cuidadosa y directa al mismo tiempo, sin titubeos. Recuerdo la mirada de Marcos desde el borde de la cama, con esa expresión que he aprendido a reconocer como deseo en su forma más concentrada, sin mezclas ni disfraces.
Recuerdo el sonido suave y periódico de la cámara de Claudia captando ángulos que nosotros nunca hubiéramos podido ver desde donde estábamos.
Recuerdo que tener dos pares de manos sobre el cuerpo al mismo tiempo no se parece a nada que pueda describirse bien con palabras. Hay una desorientación placentera en no saber con certeza de quién es cada tacto, en rendirse a esa incertidumbre en lugar de resistirla. Una mano en la cintura, otra en el cuello, una boca aquí, un aliento allá. El cuerpo deja de ser tuyo en el sentido habitual y se convierte en algo compartido, algo que existe en el espacio entre varias personas en lugar de dentro de una sola.
Recuerdo el peso distinto de los dos, no mejor ni peor, sino simplemente diferente, como dos versiones del mismo idioma habladas con acentos distintos.
Recuerdo que en un momento dado Marcos me tomó la cara entre las manos y me preguntó sin palabras si estaba bien. Le contesté de la misma manera.
Estaba más que bien.
***
A la mañana siguiente, Claudia nos mandó una selección de veinte fotografías. Las guardamos en una carpeta cifrada que solo abrimos cuando los dos estamos de acuerdo en querer recordar. No las hemos compartido con nadie. No eran para nadie más.
Daniel y yo seguimos trabajando juntos. Hay reuniones virtuales, proyectos en común, correos con copia a diez personas. Todo exactamente igual que antes, con la única diferencia de que ahora, cuando su nombre aparece en mi bandeja de entrada, Marcos a veces me escribe desde el trabajo con un único mensaje: «¿Es él?» Y yo le contesto que sí. Y él tarda exactamente cuatro minutos en responderme algo que no tiene nada que ver con el trabajo.
Seis años casados.
Todavía no hemos terminado de conocernos.