El congreso donde lo compartimos todo
La reunión con Rodrigo la pedí sin muchas expectativas. La semana anterior habíamos tenido uno de esos encuentros en su oficina que dejaban claro que, entre nosotros, el trabajo era solo una excusa. Así que cuando entré y le expliqué lo del congreso de marketing en Cartagena, su primera reacción fue acomodarse en la silla y mirarme como si ya supiera adónde quería llegar.
—¿Y cuánto tiempo estarías fuera? —preguntó.
—Cuatro días. Del miércoles al sábado.
Asintió sin apartar los ojos de mí. Llevaba una blusa entallada y había dejado el último botón abierto, no exactamente por accidente. Rodrigo siempre notaba esas cosas.
—Está bien —dijo—. Vas en nombre de la empresa. Prepara un informe de contactos y me lo traes la semana siguiente.
Antes de que me levantara, rodeó el escritorio y me detuvo con una mano en la cadera. Me besó despacio, sin apuro, mientras sus dedos seguían la línea de la falda hacia arriba. Me la subió hasta la cintura de un tirón y me sentó sobre el escritorio, apartando los papeles con el codo. Me arrancó las bragas de un jalón seco, se metió dos dedos en la boca para mojarlos y me los hundió en el coño sin preguntar, con esa costumbre suya de saber que yo ya estaba lista antes que él.
—Estás empapada —murmuró contra mi cuello—. Cuatro días fuera y ya te estás portando como una puta.
—Cállate y sácala —le dije yo, tirándole del cinturón.
Se abrió el pantalón. Tenía la polla dura, gruesa, con esa vena marcada que yo conocía de memoria. Se escupió la palma, se la pasó por la punta y me la metió de un solo empuje que me arrancó un gemido contra su hombro. Rodrigo follaba así: sin preámbulos, sin cortesía, como si me estuviera cobrando algo. Me clavó contra el escritorio, agarrándome las caderas con las dos manos, y empezó a embestirme fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran dentro de la blusa a medio abrir. Le mordí el hombro para no gritar. Se corrió adentro con un gruñido bajo, apretándome el culo con los dedos, y se quedó un momento así, quieto, con la frente contra mi sien.
—Portate bien allá —dijo, saliendo despacio, viéndome escurrir sobre la madera.
—No prometo nada.
Era así con él: directo, sin rodeos, sabiendo exactamente lo que quería. Lo dejé hacer. Lo dejaba siempre.
***
El congreso reunía a profesionales de publicidad, medios y comunicación de toda América Latina. No era el más grande del circuito, pero el hotel era bueno y la lista de expositores justificaba el viaje. Llevé a Natalia, mi asistente desde hacía dos años. Hablaba inglés perfectamente, conocía cada detalle de los clientes y, aunque yo nunca lo había reconocido en voz alta, era la persona más eficiente que había tenido a mi lado.
Era también, pensándolo ahora, bastante más que eficiente.
Viajamos juntas desde el aeropuerto. Natalia iba con una maleta pequeña y esa costumbre suya de leer en el vuelo sin decir una palabra. Yo me quedé mirando las nubes un rato y luego cerré los ojos. Pensé en Álvaro, que llegaba al día siguiente desde Bogotá. Pensé en Marcos, mi marido, que avisaría de su llegada según avanzara la semana. Ambos sabían del otro. Llevábamos años así, con esa honestidad incómoda que a veces funciona mejor que cualquier otra cosa.
En Cartagena hacía calor húmedo desde el momento en que bajabas del avión.
***
El hotel era colonial por fuera y moderno por dentro. Nos habían asignado una habitación doble, dos camas, vista al mar. Natalia dejó la maleta sobre su cama y fue directo a la ventana.
—Esto no está mal —dijo.
—No —reconocí.
Nos cambiamos de ropa para cenar. Natalia sacó un vestido de su maleta y lo sostuvo frente a ella con cara de duda.
—¿Para el primer día te parece demasiado? —preguntó.
—Depende de lo que quieras provocar.
Soltó una risa breve. —No quiero provocar nada. Solo quiero que no se me vea mal.
Empezamos a desvestirnos con esa incomodidad inicial que tienen dos mujeres la primera vez que comparten un cuarto. Ninguna de las dos miraba directamente, pero ninguna tampoco se escondía. En algún momento Natalia se quitó la blusa y yo me di cuenta de que tenía una espalda perfecta, piel morena clara, sin una marca, y unas tetas grandes y firmes que se le movieron cuando soltó el sostén.
—¿Te molesta que te mire? —pregunté, sin pensarlo demasiado.
Se giró levemente. —No. ¿Por qué?
—Porque no quiero que te sientas incómoda.
—Somos dos mujeres —dijo, con una lógica simple—. No tiene nada de raro.
Tenía razón. Pero algo en la forma en que lo dijo, y en cómo me miró después, no era del todo neutral.
***
Cenamos en el restaurante del hotel y volvimos temprano. Conversamos en la cama con la luz apagada, cada una en la suya, con el ruido del ventilador de fondo. Hablamos del congreso, de los clientes que íbamos a ver, de Rodrigo y sus manías.
En algún momento la conversación se fue hacia otro lado.
—¿Álvaro es tu pareja? —preguntó Natalia en la oscuridad.
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Es complicado —dije—. Lo conozco desde hace mucho. Tenemos un acuerdo.
—¿Marcos sabe?
—Sí.
Hubo un silencio. No era incómodo, solo estaba ahí, flotando entre las dos camas.
—¿Alguna vez has estado con una mujer? —preguntó.
La pregunta me sorprendió. No por lo que significaba, sino por lo directo que fue.
—Sí —respondí.
Silencio otra vez. Luego el sonido de ella moviéndose, las sábanas rozando, y de repente sentí su mano sobre la mía. Solo eso. Sin presión, solo el contacto.
La dejé estar.
***
No sé cuánto tiempo pasó antes de que nos acercáramos del todo. Lo que sí recuerdo es que en algún momento ella estaba sentada en mi cama y yo tenía una mano sobre su muslo, y ella no la apartó. Me miró, y en su cara había esa mezcla de curiosidad y algo más que no se puede fingir.
—No sé muy bien cómo funciona esto —dijo en voz baja.
—No tiene que funcionar de ninguna manera específica.
La besé despacio. Sus labios eran suaves y respondieron sin dudar, como si llevara un rato esperando exactamente eso. Me pasó una mano por el pelo y nos dejamos caer sobre las almohadas juntas. Le metí la lengua sin apuro, saboreándola, mientras le pasaba la mano por debajo de la camiseta y le apretaba una teta entera. Se le puso el pezón duro contra mi palma al instante.
Le saqué la camiseta por encima de la cabeza. Sus pechos eran grandes y firmes, con las areolas oscuras. Cuando le quité el sostén y los tuve frente a mí, me tomé el tiempo de mirarlos antes de tocarlos. Le pasé la lengua por un pezón, luego por el otro, chupándoselos despacio hasta que se le tensaron del todo. Ella cerró los ojos y arqueó la espalda.
—¿Está bien? —pregunté.
—Sí —susurró—. Sigue.
Le recorrí el cuello con la boca, bajé despacio por el esternón, por el vientre. Le desabroché los pantalones y se los bajé junto con las bragas de un solo tirón. Tenía el coño depilado casi entero, con una línea corta de vello encima, los labios ya hinchados y brillantes. Se lo abrí con los pulgares y me lo quedé mirando un momento antes de meterle la cara.
La lamí de abajo hacia arriba, plana y lenta, saboreando el flujo espeso que ya se le escurría. Natalia aferró las sábanas con las dos manos y no dijo nada durante un buen rato. Solo respiró más rápido. Le encontré el clítoris con la punta de la lengua y le hice pequeños círculos, apretando después, chupándoselo entero mientras le metía dos dedos dentro. Estaba estrechísima, calientísima. Se lo hice bombear despacio, curvando los dedos hacia arriba, hasta encontrar ese punto rugoso que la hizo gemir fuerte por primera vez.
—Ahí, ahí no pares —jadeó ella, con una mano enredada en mi pelo.
No paré. Le chupé el clítoris más rápido, la penetré con los dedos con más fuerza, sintiendo cómo se le contraía todo por dentro. La escuché perder el control, el cuerpo sacudiéndose, las piernas cerrándose sobre mis hombros un instante antes de que se relajara completamente y soltara un gemido largo, quebrado, mientras se corría en mi boca.
Subí hasta quedar a su lado, la cara todavía brillándome de ella. Nos miramos en la oscuridad.
—Tu turno —dije.
Natalia se rio, una risa honesta, y se inclinó sobre mí. Me besó en la boca sin importarle su propio sabor. Me quitó el camisón. Empezó por las tetas, con la torpeza dulce de la primera vez, chupándome un pezón mientras me apretaba el otro con la mano. Bajó por el vientre besándome cada centímetro, y cuando llegó entre mis piernas se detuvo un momento, mirándome.
—Enséñame —dijo.
Le agarré la nuca y la empujé despacio contra mi coño. La primera lamida fue tímida, pero aprendió rápido. Me lamió el clítoris con la punta de la lengua, luego con toda la boca, chupándomelo como yo había hecho con ella. Le metí una mano en el pelo y le marqué el ritmo, moviéndole la cabeza. Empezó a meterme la lengua adentro, follándome con ella, y cuando le pedí dedos me metió dos y me buscó ese mismo punto que yo le había encontrado a ella. Me corrí contra su cara en unos minutos, con las caderas levantadas de la cama, apretándole la boca contra mí hasta que no pude más.
Se quedó dormida entre mis piernas, la mejilla apoyada en mi muslo. Se lo dejé.
***
Álvaro llegó a mediodía del día siguiente.
Lo esperábamos en el lobby del hotel porque mi teléfono avisó cuando aterrizó. Natalia se puso nerviosa de una manera que no correspondía a conocer a un colega de trabajo, y yo no le dije nada. Dejé que sintiera lo que sintiera.
Cuando entró por la puerta giratoria, con la maleta en una mano y ese gesto suyo de buscarme con los ojos antes que nada, Natalia me apretó el brazo sin darse cuenta.
—¿Ese es? —preguntó.
—Ese es.
Álvaro era alto, con manos grandes y una voz que tendía a bajar cuando hablaba de cerca. Me abrazó primero, me levantó un momento del suelo como siempre hacía, y me besó en la mejilla. Luego se giró hacia Natalia.
—¿La famosa Natalia? —dijo.
Ella sonrió. —¿Famosa por qué?
—Laura habla mucho de ti. —Me miró con complicidad—. Bien, ¿eh?
Natalia me miró de reojo y yo le sostuve la mirada sin moverme.
Fuimos los tres a comer algo antes del bloque de tarde del congreso. Natalia estuvo más callada de lo normal. Yo sabía qué estaba pensando, y no era en el menú.
***
Esa noche, en nuestra habitación, me preguntó cómo era Álvaro. Le dije que era generoso. Que sabía lo que hacía. Que tenía las manos muy grandes.
—¿Es verdad lo que se dice de las manos? —preguntó.
—Compruébalo tú misma —contesté.
Se quedó en silencio un momento.
—¿Me lo presentarías así?
—Si tú quieres.
Asintió despacio, como si estuviera tomando una decisión que ya había tomado hace rato.
***
Al día siguiente los tres terminamos en la habitación de Álvaro después de la cena. Natalia había tomado dos copas más de lo normal, pero no estaba borracha. Estaba nerviosa, que es diferente.
Álvaro lo notó. Fue despacio, hablando con ella, preguntándole qué quería antes de hacer nada. La besó primero él, largo, sujetándole la nuca con esa mano suya que le cubría media cabeza. Yo me senté en el sillón frente a la cama y me abrí la bata sin quitármela, dejando que me viera si quería mirar. Álvaro le fue bajando el vestido a Natalia por los hombros, besándole la clavícula, mordiéndole el hombro. Cuando le quedó desnuda de cintura para arriba, le agarró las dos tetas al mismo tiempo y se las apretó con las manos abiertas.
—Joder, las tienes preciosas —le dijo bajo, chupándole un pezón.
Natalia soltó un gemido corto y me buscó con los ojos. Le sostuve la mirada.
Álvaro se arrodilló frente a ella, le bajó las bragas, le abrió las piernas y le enterró la cara. La lamió sin apuro, con esa técnica de él que yo conocía tan bien, agarrándola por el culo con las dos manos para pegársela más a la boca. Natalia empezó a jadear, se tapó la boca con una mano y con la otra le agarró el pelo.
—Espera, espera, me voy a caer —dijo entre risas nerviosas.
Álvaro la levantó en brazos como si no pesara nada y la tumbó boca arriba sobre la cama.
Se relajó de a poco. Cuando lo vio, cuando Álvaro se quitó la ropa y ella lo tuvo frente a sí, abrió la boca sin decir nada por unos segundos. La tenía dura, gruesa, colgándole pesada entre las piernas.
—Es real —dijo finalmente.
Álvaro se rio. —¿Esperabas que no lo fuera?
—Es que... —Lo miró, luego me miró a mí—. Es muy grande.
—Ya te irás acostumbrando —dije yo desde el sillón.
Lo tocó con cuidado primero, rodeándoselo con la mano, midiendo con los dedos que no llegaban a cerrarse. Luego con más confianza, empezó a masturbárselo despacio, mirándole la cara. Cuando se lo llevó a la boca, Álvaro cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás. Ella se lo chupó primero solo la punta, humedeciéndolo con saliva, y después empezó a bajar más, ayudándose con la mano en la base. Álvaro le puso una mano en la nuca sin forzar, marcándole apenas el ritmo. Natalia se atragantó una vez, se apartó un segundo tosiendo con una sonrisa, y volvió a metérselo. Se llenaba la boca con él, chupando fuerte, con hilos de saliva cayéndole por la barbilla. Yo los observaba desde la distancia, con la mano ya entre mis piernas, sin prisa, disfrutando de verlos.
Álvaro la recostó sobre la cama boca arriba, le abrió las piernas despacio y la fue preparando con los dedos antes de acercarse. Le metió uno, después dos, curvándolos, hasta que ella empezó a mover las caderas contra su mano. Se pasó su propia polla por la raja del coño de ella, mojándose la punta con su flujo, resbalándola sobre el clítoris.
—Métemela ya —pidió Natalia, tirándole del brazo.
La penetró centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez para preguntarle cómo estaba. Yo veía cómo la carne de ella se abría alrededor de él, cómo se estiraba para recibirlo.
—Bien —decía ella, con la voz quebrada—. Más. Sigue.
Cuando tuvo casi todo adentro, Natalia dejó escapar un sonido largo, bajo, que no era de dolor. Se aferró a sus hombros y empezó a mover las caderas sola, marcando el ritmo. Álvaro salió y volvió a entrar, esta vez de una sola vez hasta el fondo, y ella soltó un grito ahogado contra su cuello. Le empezó a follar duro, con esas embestidas pesadas suyas que hacían crujir la cama, y Natalia lo abrazaba con las piernas cruzándolas por detrás de la espalda.
—Dios, qué grande, qué grande la tienes —gemía ella, con la voz cada vez más alta.
Yo me metí dos dedos en el coño desde el sillón, viéndolos. Álvaro se giró un segundo a mirarme por encima del hombro y me sonrió con la boca torcida, sin dejar de embestirla. La puso a cuatro patas después, agarrándola del pelo, y volvió a metérsela desde atrás. Natalia bajó la cabeza contra el colchón y levantó el culo, dejándose follar así, mordiendo la almohada. Se corrió dos veces antes de que él se corriera, la segunda gritando sin taparse. Álvaro salió justo a tiempo y le vació la corrida entera sobre el culo y la espalda baja, con la polla temblándole en la mano.
Los observé hasta que ya no pude seguir mirando sin hacer nada. Me acerqué y le limpié el semen a Natalia con la lengua, por el hueco de la espalda, subiendo hasta el hombro. Álvaro se rio bajo y se dejó caer al otro lado de la cama.
***
Marcos llegó al congreso el jueves por la mañana.
Éramos así desde hacía años: él llegaba, yo lo recibía, y había entre nosotros esa confianza cómoda de dos personas que se conocen demasiado bien para fingir. Me abrazó largo en el lobby. Me preguntó cómo había ido la semana. Noté que miraba hacia donde estaba Natalia.
—¿Ya la conoces? —pregunté.
—No en persona. Pero ya sé quién es —dijo, y sonrió.
Esa noche los cuatro cenamos juntos. Álvaro y Marcos se conocían de antes, de congresos anteriores, de esos acuerdos silenciosos que los hombres hacen cuando comparten a una mujer y deciden llevarse bien. Natalia los miraba alternar, los escuchaba reír, y en algún momento me preguntó en voz muy baja:
—¿Siempre es así?
—¿Cómo?
—Tan normal.
—Cuando todos saben lo que hay, sí —dije—. Es más fácil.
Después de cenar, Álvaro propuso subir a su habitación los cuatro. Marcos asintió. Natalia me miró esperando que yo dijera algo.
—Si quieres —dije yo.
Quería.
***
La habitación de Álvaro era más grande que la nuestra. Nadie se apresuró. Eso era lo que más me gustaba de esas noches: nadie corría, nadie fingía.
Marcos me desvistió de espaldas a él, besándome el cuello mientras lo hacía. Me bajó el cierre del vestido lentamente, mordiéndome el hombro, hasta que la tela cayó al suelo. Me giró para mirarme, me arrancó las bragas rompiendo el elástico de un lado, y me sentó al borde de la cama. Se arrodilló, me abrió las piernas y me lamió despacio, con esa paciencia suya de marido que sabe exactamente cómo me gusta. Le hundí los dedos en el pelo.
Álvaro estaba con Natalia en la otra cama, hablándole bajo, y yo escuchaba la voz de ella respondiéndole cada vez más suelta, más segura. Escuché el sonido húmedo de él lamiéndola, luego los gemidos cortos de ella cuando se la volvió a meter.
Me recosté con Marcos encima de mí y lo dejé hacer lo que sabía hacer: esa manera suya de tomarse el tiempo, de conocerme. Me pasó la polla por el coño abierto un par de veces, resbalándola sobre el clítoris, y después me la metió despacio, todo el largo, hasta el fondo. Cuando lo sentí dentro cerré los ojos y me quedé quieta un momento, solo sintiendo el peso de él, su respiración contra mi cuello, la manera en que su polla me llenaba exacto donde yo lo esperaba. Empezó a moverse con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo.
—Sigues siendo la mejor cosa —me dijo al oído.
—Cállate y fóllame más fuerte.
Después de un rato cambiamos. Álvaro vino hacia mí. Marcos fue con Natalia.
La escuché jadear cuando Marcos entró en ella, y luego escuché esa voz de él, grave, diciéndole que se relajara.
—Ya —dijo ella—. Ya estoy relajada.
Marcos la puso de lado, le levantó una pierna sobre su hombro, y se la metió así, entrando profundo, agarrándole una teta con la mano libre. Natalia jadeaba mirando el techo, mordiéndose el labio.
Álvaro se colocó sobre mí y nos miramos. Había algo en esas noches, en ese momento exacto, que siempre sentía igual: como si todo lo demás dejara de importar durante un rato. Tenía la polla dura otra vez, todavía brillante del coño de Natalia, y no le dije nada, no me importaba.
—Te extrañé —dijo.
—Estuve aquí toda la semana —respondí.
—Ya lo sé. —Me besó—. De todas formas.
Lo recibí adentro y solté un gemido largo. Con Álvaro siempre había ese primer momento de ajuste, de dejar que mi coño se acomodara al grosor de él. Empezó a follarme despacio, casi tortuoso, apoyándose en los codos para mirarme la cara mientras entraba y salía. Después aceleró, agarrándome las tetas, chupándome los pezones. Le enredé las piernas en la cintura y lo empujé más adentro con los talones.
—Así, más duro —le pedí.
Me la clavó con fuerza, haciendo golpear la cabecera contra la pared. Pensé que no había manera de mejorar esto, esta sensación de estar exactamente donde quieres estar.
Marcos seguía con Natalia. La había puesto a cuatro patas al lado de nosotros y la follaba desde atrás, con una mano en la cadera y la otra en el pelo, tirando. Ella pedía más en voz alta, sin vergüenza ya, y escucharla así me excitó todavía más. Giré la cabeza y vi cómo Marcos se la clavaba entera cada vez, cómo el culo de Natalia rebotaba contra sus caderas.
—Mírala —me susurró Álvaro al oído—. Mira lo que tu marido le está haciendo a tu asistente.
—Lo estoy mirando —dije, y me corrí.
Álvaro aceleró el ritmo cuando me oyó gemir, embistiéndome más rápido, más fuerte, hasta que se corrió adentro con un gruñido, mordiéndome el hombro. Casi al mismo tiempo escuché a Marcos gemir grave y a Natalia gritar contra el colchón. Los cuatro terminamos casi a la vez, en ese caos ordenado que solo pasa cuando hay confianza.
Nadie se movió durante un rato. Se oían solo las respiraciones. En algún momento Natalia se arrastró hasta donde estábamos Álvaro y yo, y se acomodó entre los dos, con la piel todavía brillante de sudor. Le pasé la mano por la espalda.
***
Más tarde, cuando ya estábamos los cuatro exhaustos y en silencio, Natalia se acercó a mí en la oscuridad. Se recostó a mi lado, su cabeza sobre mi hombro, y se quedó así un momento sin decir nada.
—¿Lo recordaré siempre? —preguntó en voz muy baja.
—Sí —dije—. Estas cosas no se olvidan.
—¿Te pasa a ti también?
—Me sigue pasando. Por eso sigo viniendo.
Se rio suavemente. Los dos hombres dormían. El ventilador giraba. Por la ventana entraba algo de luz de la ciudad.
—Gracias —dijo Natalia.
—No me des las gracias.
—¿Por qué no?
—Porque no hice nada. Tú lo decidiste sola.
Se quedó en silencio un momento más. Luego se acomodó mejor contra mí y cerró los ojos.
Al día siguiente, Álvaro tomó el vuelo de regreso temprano. Lo despedimos los tres juntos en el lobby, Natalia incluida, y cuando el taxi se alejó, Marcos me pasó un brazo por los hombros.
—¿Fue un buen congreso? —preguntó.
—El mejor en mucho tiempo —dije.
Natalia nos miró a los dos con esa sonrisa nueva que no tenía antes del viaje, y no dijo nada. No hacía falta.