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Relatos Ardientes

El congreso donde lo compartimos todo

La reunión con Rodrigo la pedí sin muchas expectativas. La semana anterior habíamos tenido uno de esos encuentros en su oficina que dejaban claro que, entre nosotros, el trabajo era solo una excusa. Así que cuando entré y le expliqué lo del congreso de marketing en Cartagena, su primera reacción fue acomodarse en la silla y mirarme como si ya supiera adónde quería llegar.

—¿Y cuánto tiempo estarías fuera? —preguntó.

—Cuatro días. Del miércoles al sábado.

Asintió sin apartar los ojos de mí. Llevaba una blusa entallada y había dejado el último botón abierto, no exactamente por accidente. Rodrigo siempre notaba esas cosas.

—Está bien —dijo—. Vas en nombre de la empresa. Prepara un informe de contactos y me lo traes la semana siguiente.

Antes de que me levantara, rodeó el escritorio y me detuvo con una mano en la cadera. Me besó despacio, sin apuro, mientras sus dedos seguían la línea de la falda hacia arriba. Era así con él: directo, sin rodeos, sabiendo exactamente lo que quería. Lo dejé hacer. Lo dejaba siempre.

***

El congreso reunía a profesionales de publicidad, medios y comunicación de toda América Latina. No era el más grande del circuito, pero el hotel era bueno y la lista de expositores justificaba el viaje. Llevé a Natalia, mi asistente desde hacía dos años. Hablaba inglés perfectamente, conocía cada detalle de los clientes y, aunque yo nunca lo había reconocido en voz alta, era la persona más eficiente que había tenido a mi lado.

Era también, pensándolo ahora, bastante más que eficiente.

Viajamos juntas desde el aeropuerto. Natalia iba con una maleta pequeña y esa costumbre suya de leer en el vuelo sin decir una palabra. Yo me quedé mirando las nubes un rato y luego cerré los ojos. Pensé en Álvaro, que llegaba al día siguiente desde Bogotá. Pensé en Marcos, mi marido, que avisaría de su llegada según avanzara la semana. Ambos sabían del otro. Llevábamos años así, con esa honestidad incómoda que a veces funciona mejor que cualquier otra cosa.

En Cartagena hacía calor húmedo desde el momento en que bajabas del avión.

***

El hotel era colonial por fuera y moderno por dentro. Nos habían asignado una habitación doble, dos camas, vista al mar. Natalia dejó la maleta sobre su cama y fue directo a la ventana.

—Esto no está mal —dijo.

—No —reconocí.

Nos cambiamos de ropa para cenar. Natalia sacó un vestido de su maleta y lo sostuvo frente a ella con cara de duda.

—¿Para el primer día te parece demasiado? —preguntó.

—Depende de lo que quieras provocar.

Soltó una risa breve. —No quiero provocar nada. Solo quiero que no se me vea mal.

Empezamos a desvestirnos con esa incomodidad inicial que tienen dos mujeres la primera vez que comparten un cuarto. Ninguna de las dos miraba directamente, pero ninguna tampoco se escondía. En algún momento Natalia se quitó la blusa y yo me di cuenta de que tenía una espalda perfecta, piel morena clara, sin una marca.

—¿Te molesta que te mire? —pregunté, sin pensarlo demasiado.

Se giró levemente. —No. ¿Por qué?

—Porque no quiero que te sientas incómoda.

—Somos dos mujeres —dijo, con una lógica simple—. No tiene nada de raro.

Tenía razón. Pero algo en la forma en que lo dijo, y en cómo me miró después, no era del todo neutral.

***

Cenamos en el restaurante del hotel y volvimos temprano. Conversamos en la cama con la luz apagada, cada una en la suya, con el ruido del ventilador de fondo. Hablamos del congreso, de los clientes que íbamos a ver, de Rodrigo y sus manías.

En algún momento la conversación se fue hacia otro lado.

—¿Álvaro es tu pareja? —preguntó Natalia en la oscuridad.

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Es complicado —dije—. Lo conozco desde hace mucho. Tenemos un acuerdo.

—¿Marcos sabe?

—Sí.

Hubo un silencio. No era incómodo, solo estaba ahí, flotando entre las dos camas.

—¿Alguna vez has estado con una mujer? —preguntó.

La pregunta me sorprendió. No por lo que significaba, sino por lo directo que fue.

—Sí —respondí.

Silencio otra vez. Luego el sonido de ella moviéndose, las sábanas rozando, y de repente sentí su mano sobre la mía. Solo eso. Sin presión, solo el contacto.

La dejé estar.

***

No sé cuánto tiempo pasó antes de que nos acercáramos del todo. Lo que sí recuerdo es que en algún momento ella estaba sentada en mi cama y yo tenía una mano sobre su muslo, y ella no la apartó. Me miró, y en su cara había esa mezcla de curiosidad y algo más que no se puede fingir.

—No sé muy bien cómo funciona esto —dijo en voz baja.

—No tiene que funcionar de ninguna manera específica.

La besé despacio. Sus labios eran suaves y respondieron sin dudar, como si llevara un rato esperando exactamente eso. Me pasó una mano por el pelo y nos dejamos caer sobre las almohadas juntas.

Sus pechos eran grandes y firmes. Cuando le quité el sostén y los tuve frente a mí, me tomé el tiempo de mirarlos antes de tocarlos. Ella cerró los ojos.

—¿Está bien? —pregunté.

—Sí —susurró—. Sigue.

Le recorrí el cuello con la boca, bajé despacio. Cuando llegué entre sus piernas y la oí tensarse, supe que había encontrado lo que buscaba. Le separé los labios con los dedos y la probé con la lengua. Natalia aferró las sábanas con las dos manos y no dijo nada durante un buen rato. Solo respiró más rápido.

No paré hasta que la escuché perder el control, el cuerpo sacudiéndose, las piernas cerrándose sobre mis hombros un instante antes de que se relajara completamente.

Subí hasta quedar a su lado. Nos miramos en la oscuridad.

—Tu turno —dije.

Natalia se rio, una risa honesta, y se inclinó sobre mí.

***

Álvaro llegó a mediodía del día siguiente.

Lo esperábamos en el lobby del hotel porque mi teléfono avisó cuando aterrizó. Natalia se puso nerviosa de una manera que no correspondía a conocer a un colega de trabajo, y yo no le dije nada. Dejé que sintiera lo que sintiera.

Cuando entró por la puerta giratoria, con la maleta en una mano y ese gesto suyo de buscarme con los ojos antes que nada, Natalia me apretó el brazo sin darse cuenta.

—¿Ese es? —preguntó.

—Ese es.

Álvaro era alto, con manos grandes y una voz que tendía a bajar cuando hablaba de cerca. Me abrazó primero, me levantó un momento del suelo como siempre hacía, y me besó en la mejilla. Luego se giró hacia Natalia.

—¿La famosa Natalia? —dijo.

Ella sonrió. —¿Famosa por qué?

—Laura habla mucho de ti. —Me miró con complicidad—. Bien, ¿eh?

Natalia me miró de reojo y yo le sostuve la mirada sin moverme.

Fuimos los tres a comer algo antes del bloque de tarde del congreso. Natalia estuvo más callada de lo normal. Yo sabía qué estaba pensando, y no era en el menú.

***

Esa noche, en nuestra habitación, me preguntó cómo era Álvaro. Le dije que era generoso. Que sabía lo que hacía. Que tenía las manos muy grandes.

—¿Es verdad lo que se dice de las manos? —preguntó.

—Compruébalo tú misma —contesté.

Se quedó en silencio un momento.

—¿Me lo presentarías así?

—Si tú quieres.

Asintió despacio, como si estuviera tomando una decisión que ya había tomado hace rato.

***

Al día siguiente los tres terminamos en la habitación de Álvaro después de la cena. Natalia había tomado dos copas más de lo normal, pero no estaba borracha. Estaba nerviosa, que es diferente.

Álvaro lo notó. Fue despacio, hablando con ella, preguntándole qué quería antes de hacer nada. Natalia se relajó de a poco. Cuando lo vio, cuando Álvaro se quitó la ropa y ella lo tuvo frente a sí, abrió la boca sin decir nada por unos segundos.

—Es real —dijo finalmente.

Álvaro se rio. —¿Esperabas que no lo fuera?

—Es que... —Lo miró, luego me miró a mí—. Es muy grande.

—Ya te irás acostumbrando —dije yo desde el sillón.

Lo tocó con cuidado primero. Luego con más confianza. Cuando se lo llevó a la boca, Álvaro cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás. Yo los observaba desde la distancia, sin prisa, disfrutando de verlos.

Álvaro la recostó sobre la cama, le abrió las piernas despacio y la fue preparando con los dedos antes de acercarse. La penetró centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez para preguntarle cómo estaba.

—Bien —decía ella—. Más. Sigue.

Cuando tuvo casi todo adentro, Natalia dejó escapar un sonido largo, bajo, que no era de dolor. Se aferró a sus hombros y empezó a mover las caderas sola, marcando el ritmo.

Los observé hasta que ya no pude seguir mirando sin hacer nada.

***

Marcos llegó al congreso el jueves por la mañana.

Éramos así desde hacía años: él llegaba, yo lo recibía, y había entre nosotros esa confianza cómoda de dos personas que se conocen demasiado bien para fingir. Me abrazó largo en el lobby. Me preguntó cómo había ido la semana. Noté que miraba hacia donde estaba Natalia.

—¿Ya la conoces? —pregunté.

—No en persona. Pero ya sé quién es —dijo, y sonrió.

Esa noche los cuatro cenamos juntos. Álvaro y Marcos se conocían de antes, de congresos anteriores, de esos acuerdos silenciosos que los hombres hacen cuando comparten a una mujer y deciden llevarse bien. Natalia los miraba alternar, los escuchaba reír, y en algún momento me preguntó en voz muy baja:

—¿Siempre es así?

—¿Cómo?

—Tan normal.

—Cuando todos saben lo que hay, sí —dije—. Es más fácil.

Después de cenar, Álvaro propuso subir a su habitación los cuatro. Marcos asintió. Natalia me miró esperando que yo dijera algo.

—Si quieres —dije yo.

Quería.

***

La habitación de Álvaro era más grande que la nuestra. Nadie se apresuró. Eso era lo que más me gustaba de esas noches: nadie corría, nadie fingía.

Marcos me desvistió de espaldas a él, besándome el cuello mientras lo hacía. Álvaro estaba con Natalia en la otra cama, hablándole bajo, y yo escuchaba la voz de ella respondiéndole cada vez más suelta, más segura.

Me recosté con Marcos encima de mí y lo dejé hacer lo que sabía hacer: esa manera suya de tomarse el tiempo, de conocerme. Cuando lo sentí dentro cerré los ojos y me quedé quieta un momento, solo sintiendo el peso de él, su respiración contra mi cuello.

Después de un rato cambiamos. Álvaro vino hacia mí. Marcos fue con Natalia.

La escuché jadear cuando Marcos entró en ella, y luego escuché esa voz de él, grave, diciéndole que se relajara.

—Ya —dijo ella—. Ya estoy relajada.

Álvaro se colocó sobre mí y nos miramos. Había algo en esas noches, en ese momento exacto, que siempre sentía igual: como si todo lo demás dejara de importar durante un rato.

—Te extrañé —dijo.

—Estuve aquí toda la semana —respondí.

—Ya lo sé. —Me besó—. De todas formas.

Lo recibí adentro y pensé que no había manera de mejorar esto, esta sensación de estar exactamente donde quieres estar.

Marcos seguía con Natalia. Ella pedía más en voz alta, sin vergüenza ya, y escucharla así me excitó todavía más. Álvaro aceleró el ritmo cuando me oyó gemir. Los cuatro terminamos casi a la vez, en ese caos ordenado que solo pasa cuando hay confianza.

***

Más tarde, cuando ya estábamos los cuatro exhaustos y en silencio, Natalia se acercó a mí en la oscuridad. Se recostó a mi lado, su cabeza sobre mi hombro, y se quedó así un momento sin decir nada.

—¿Lo recordaré siempre? —preguntó en voz muy baja.

—Sí —dije—. Estas cosas no se olvidan.

—¿Te pasa a ti también?

—Me sigue pasando. Por eso sigo viniendo.

Se rio suavemente. Los dos hombres dormían. El ventilador giraba. Por la ventana entraba algo de luz de la ciudad.

—Gracias —dijo Natalia.

—No me des las gracias.

—¿Por qué no?

—Porque no hice nada. Tú lo decidiste sola.

Se quedó en silencio un momento más. Luego se acomodó mejor contra mí y cerró los ojos.

Al día siguiente, Álvaro tomó el vuelo de regreso temprano. Lo despedimos los tres juntos en el lobby, Natalia incluida, y cuando el taxi se alejó, Marcos me pasó un brazo por los hombros.

—¿Fue un buen congreso? —preguntó.

—El mejor en mucho tiempo —dije.

Natalia nos miró a los dos con esa sonrisa nueva que no tenía antes del viaje, y no dijo nada. No hacía falta.

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Comentarios (5)

ElHormiga99

Tremendo!! Uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

Romi_lee

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar ahi la historia 😩

Marcos_viajero

Me recordo a un viaje de trabajo que tuve hace años, las circunstancias hacen cosas muy raras jaja. Buen relato

DiegoMar_77

Y despues del congreso siguieron viendose los tres? Me quede intrigado con como termino todo

koque56

Increible como describis esa tension que se va acumulando poco a poco. Se siente completamente real

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