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Relatos Ardientes

La mañana después del trío que lo cambió todo

Laura despertó sin saber bien qué hora era. La luz entraba sesgada por las persianas en láminas tibias, ese amarillo de media mañana que no anuncia nada urgente. Tenía el cuerpo pesado de una manera específica: no de alcohol, sino de horas y de calor y de todo lo que había pasado antes de que el sueño los venciera a los cuatro. Se quedó un momento inmóvil, mirando el techo de ese dormitorio que no era el suyo, tomando inventario de las sensaciones. Le ardía el coño, con esa palpitación sorda de haber sido follada durante horas, y sentía los pezones irritados por la barba de Javier. Entre los muslos notaba una humedad seca, pegajosa, mezcla de su propio flujo y del semen que le había derramado dentro pasada la medianoche. Se pasó la mano por el vientre bajo y confirmó lo que ya sabía: la piel todavía olía a él.

Héctor dormía a su lado con la espalda desnuda hacia arriba y el pelo aplastado contra la almohada. Lo oyó respirar con ese ritmo lento y uniforme de los fines de semana que no tienen prisa. Pero este no era un fin de semana normal. Y ese no era su dormitorio.

Se levantó despacio, sin hacer ruido, y salió al pasillo en calcetines.

Lo primero que le llegó fue el silencio. Había una diferencia, aprendida con los años, entre el silencio de una casa con gente durmiendo y el silencio de una casa vacía. El primero tiene textura: respiraciones remotas, crujidos de estructura, la presencia difusa de otros cuerpos en reposo. El segundo es liso, sin fondo, sin nada al que agarrarse. El apartamento tenía el segundo tipo de silencio.

La puerta del otro dormitorio estaba entreabierta. Por el hueco se filtraba claridad, lo que significaba que las persianas estaban subidas. Laura avanzó por el pasillo con lentitud, como si al acercarse fuera a encontrar algo que prefería saber despacio.

Empujó la puerta con la yema de los dedos.

La cama estaba deshecha. Las sábanas, revueltas y empujadas hacia un lado. Una almohada en el suelo. La bajera tenía una mancha oscura, todavía húmeda, en el centro exacto donde alguien había sido follada boca arriba. Sobre la mesilla, un condón usado y anudado dentro de un pañuelo, y otro rasgado por la mitad. En el respaldo de la silla, las bragas de Marta arrugadas, con la entrepierna hacia arriba. Pero no había nadie. Ni rastro de Marta. Ni rastro de Javier.

Han salido, pensó. Y luego, sin querer: ¿Sin decir nada?

Entró en el baño dejando la puerta abierta de par en par. Mientras se sentaba oyó los pasos de Héctor en el pasillo —esa manera inconfundible que tenía de arrastrarse por las mañanas, los pies sin levantarse del suelo—. Apareció en el umbral segundos después. Desnudo, con los ojos medio cerrados y el pelo aplastado de una manera que en otras circunstancias le habría parecido cómica. Tenía la polla medio dura, colgando pesada entre los muslos, con esa media erección de la mañana que a Laura, después de la noche que habían tenido, se le antojó casi decorativa. En la base del pubis se le veían todavía marcas rojas de uñas: las de Marta, de eso Laura estaba segura.

—Buenos días —dijo, apoyando el hombro en el marco de la puerta.

Laura lo miró sin sobresaltarse. Después de lo de la noche anterior, la desnudez había dejado de tener las fronteras de siempre. Ella misma seguía desnuda de cintura para abajo, con el coño abierto y los muslos separados sobre la taza, y ni siquiera se le ocurrió cubrirse.

—No están —dijo.

Héctor giró levemente la cabeza, como si hasta ese momento no hubiera procesado el silencio del apartamento.

—¿Los dos?

—Los dos. La cama está vacía. Y bastante jodida, por cierto.

Héctor sonrió apenas, sin ganas.

—Nosotros tampoco hemos dejado la nuestra muy presentable.

Se hizo una pausa. Laura terminó, se limpió, tiró de la cadena y se puso de pie. Al levantarse notó un hilo tibio bajarle por la cara interna del muslo: más semen de Javier, que la noche había dejado guardado y la postura acababa de soltar. Se lo secó con papel sin comentar nada, aunque Héctor lo vio y no apartó los ojos.

—¿Te parece raro? —preguntó mientras abría el grifo.

Héctor se cruzó de brazos. No se había movido del umbral.

—¿Raro? No sé. ¿Comprensible? Sí.

—Comprensible no explica por qué se han ido sin decir nada.

—Explica que no querían dar explicaciones todavía.

Laura se lavó las manos con calma. Lo miró a través del espejo mientras cerraba el grifo.

—Igual tú y yo tampoco habríamos querido estar aquí cuando ellos despertaran —dijo.

—Exacto.

—No me estás ayudando mucho.

—No estoy intentando ayudar. Estoy pensando en voz alta.

Laura cogió la toalla y se secó las manos. La toalla era suya —la había traído en la bolsa la noche anterior—, y ese detalle mundano, ese pedazo de rutina doméstica en medio de todo lo demás, le produjo una sensación extraña que no supo exactamente cómo clasificar. Se giró hacia Héctor apoyando el culo en el lavabo. Él tenía la polla más dura ya, evidentemente hinchada, y no lo estaba disimulando.

—Estás empalmado —dijo ella, en tono llano.

—Te acabo de ver mearte con las piernas abiertas. Y te acaba de caer la corrida de otro por el muslo. Perdón por ser previsible.

Laura soltó una media carcajada corta. Se acercó, le cogió la polla con la mano derecha y la sopesó, sin apretar todavía, notando cómo terminaba de endurecerse contra sus dedos. Le corrió el prepucio hacia atrás con el pulgar y le pasó la yema por el glande brillante.

—¿Quieres desahogarte antes de salir a buscarlos?

—Encontrarlos, has dicho antes.

—Encontrarlos —repitió ella, y le apretó la polla con firmeza, marcándole el ritmo con la muñeca—. Contéstame.

—Sí.

Laura se arrodilló sobre las baldosas frías sin soltarlo. Le abrió los muslos con la mano libre y le lamió los huevos primero, uno y luego el otro, chupándolos despacio hasta que Héctor apoyó la palma en el marco de la puerta para no perder el equilibrio. Después subió con la lengua por la cara inferior de la polla, desde la base hasta la punta, con un lametón largo y aplanado que le dejó una película de saliva. Cuando llegó al glande cerró los labios sobre él y se lo tragó entero, de golpe, hasta que la nariz le chocó contra el vello del pubis.

—Joder, Laura...

Ella empezó a mamársela con método, subiendo y bajando la boca por toda la longitud, con los dos carrillos hundidos y la mano acompañando el ritmo en la base. Le clavó los ojos hacia arriba mientras lo chupaba, para que él la viera. Héctor le puso la mano en la nuca, sin empujar, solo para sentirla. Ella se apartó un segundo, con un hilo de baba tendido entre el labio y la punta, y le habló muy claro.

—Fóllame la boca. Como anoche a Marta. Vi cómo se la agarrabas.

Héctor obedeció. Le cogió el pelo con las dos manos, la mantuvo quieta y le empezó a meter la polla hasta el fondo, con embestidas cortas y secas que le hicieron soltar arcadas espesas. Ella no cerró los ojos. Le corría la saliva por la barbilla y le colgaba en hilos gruesos hasta los pechos. Cada vez que él se enterraba hasta la garganta, se le tensaban las venas del cuello. Cuando Héctor la sacó para dejarla respirar, Laura tosió, sonrió y volvió a abrir la boca sin decir nada.

—Levántate —le dijo él con la voz ronca—. Date la vuelta.

Laura se puso de pie, se giró y se agachó contra el lavabo, con las palmas apoyadas en la porcelana. Se separó los pies. Héctor le vio el coño hinchado, todavía enrojecido del uso de la noche, con brillo húmedo entre los labios. Le pasó dos dedos por la raja, la abrió y comprobó que estaba empapada.

—Estás encharcada.

—Métemela. No hace falta más.

Él se la metió entera de una embestida. Laura gimió contra el espejo, con la boca abierta y el aliento empañándolo. Héctor la agarró por las caderas y empezó a follársela duro, con el ritmo brutal de quien ya no tiene que dosificarse porque acaba de despertar. Los golpes secos del pubis contra el culo de Laura resonaban en el baño pequeño, y con cada embestida ella se le arqueaba más, sacándole la cadera para que le entrara hasta el fondo.

—Más fuerte —dijo ella—. Como te la follaste a ella.

Héctor le dio un azote seco en la nalga izquierda, que le dejó la mano marcada en rosa, y la agarró del pelo tirándole la cabeza hacia atrás. Ahora se la clavaba de arriba abajo, con la polla entrando entera y saliendo casi entera, y Laura sentía cómo el glande le rebotaba en el fondo del coño con cada embestida. Se llevó la mano libre al clítoris y empezó a frotárselo en círculos rápidos.

—Me voy a correr —jadeó ella—. No pares.

—Córrete en mi polla.

Laura se corrió con un grito seco, todo el cuerpo temblándole contra el lavabo, el coño apretándole a Héctor la polla en espasmos húmedos. Él aguantó tres embestidas más, hasta el fondo, y se corrió dentro con un gruñido largo, vaciándose en chorros gruesos que ella notó latir uno a uno. Se quedó quieto unos segundos, doblado sobre su espalda, respirando contra su nuca.

—Voy a vestirme —dijo Laura, cuando él se le salió y le corrió el semen por el muslo—. Quiero salir.

—¿A buscarlos?

Laura pasó junto a él de camino al dormitorio. Se detuvo un segundo en el umbral.

—A encontrarlos. No es lo mismo.

Héctor se quedó en el pasillo, desnudo y en silencio, con esa sensación extraña de que algo se había desplazado sin romperse. Fuera, en la calle, la ciudad llevaba horas despierta sin que ninguno de ellos lo supiera.

***

En la cafetería de la calle Mayor, Marta sostenía un café con leche que ya se había quedado tibio. No lo había bebido. Lo removía y lo miraba y lo removía de nuevo, como si en el fondo de la taza hubiera alguna respuesta que todavía no había encontrado. Cada vez que se movía en la silla notaba el escozor entre las piernas: Héctor se la había follado durante casi una hora seguida sin sacársela, y esa mañana el coño todavía le pulsaba. Bajo la falda no llevaba bragas —las había dejado en el respaldo de la silla del dormitorio— y sentía un hilo caliente bajándole por la cara interna del muslo cada vez que apretaba las piernas.

Javier, frente a ella, terminó su tostada en silencio. Era ese tipo de silencio que no incomoda porque no hay nada que esconder: los dos sabían lo mismo, habían vivido lo mismo, y ninguno tenía prisa por convertirlo en palabras.

El local era pequeño y estaba animado a esa hora. El ruido sordo de conversaciones superpuestas, el tintineo de tazas, el olor mezclado a café y pan tostado. Un sitio sin pretensiones, de barra de aluminio y sillas de plástico que no piden nada a quien se sienta.

—¿Cómo estás? —preguntó Javier al fin.

No era una pregunta de cortesía. Marta lo conocía demasiado bien para eso.

—Todavía no lo sé del todo —dijo ella. Era la respuesta más honesta que tenía—. Me duele todo el coño, si te sirve como dato objetivo.

Javier se rio bajito, mirando la taza.

—Me sirve.

—Tu mujer chupa mejor que la mía —añadió ella—. Perdón por la comparación.

—No te pases.

—Y tú se la metes más profunda que Héctor. Es un intercambio justo.

Javier asintió con una media sonrisa. Apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

Marta levantó la vista de la taza.

—No. ¿Tú?

—No. Pero...

—Pero sí —terminó ella.

Javier sonrió apenas. Esa respuesta le pareció perfectamente exacta.

—Anoche tenía sentido —dijo Marta—. Cuando me estaba corriendo con la cara enterrada en el coño de Laura y tú me la estabas metiendo por detrás, todo tenía un sentido rarísimo pero clarísimo. Esta mañana ya no sé bien qué fue.

—Fue lo que fue.

—Muy útil, gracias.

Javier se rio, y Marta también, y eso pareció aflojar algo que llevaba tenso desde que abrieron los ojos. No todo, pero sí lo suficiente para respirar.

—Lo que no sé —dijo ella, más seria— es qué pasa ahora con Laura.

—¿Qué quieres decir?

—Que estuve con su marido. Que me tragué su corrida.

—Y yo con tu mejor amiga. Y me corrí dentro. Sin condón la última.

Marta lo miró fijo unos segundos.

—Eso no me lo habías dicho.

—No preguntaste.

Se miraron. Sin tensión, pero sin la ligereza de la noche anterior tampoco. Algo intermedio, algo nuevo que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar.

—¿Eso cambia algo entre tú y yo? —preguntó Javier.

Marta tardó en responder.

—Creo que no. Pero tampoco podemos fingir que no pasó.

—No pienso fingir nada.

—¿Ni siquiera con ellos?

Javier la miró fijamente.

—¿Para qué?

Marta dejó el café en el plato. Se inclinó levemente hacia delante, y al hacerlo notó que el pezón se le marcaba contra la tela del jersey. No llevaba sujetador. Javier lo vio y ella supo que lo veía.

—Porque a lo mejor ellos necesitan tiempo antes de hablar de esto. Y hacer como si no hubiera pasado nada es una manera de dárselo.

—¿Y si no hay que fingir? ¿Y si simplemente pasan las horas y la cosa se asienta sola?

—Las cosas no se asientan solas —dijo Marta—. Se asientan después de hablarlas. O no se asientan.

Javier tamborileó los dedos sobre la mesa. Fuera, la calle seguía con su tráfico de media mañana, indiferente y continua.

—¿Crees que nos están buscando?

—Seguramente.

—¿Y qué hacemos?

Marta cogió el bolígrafo del bolso. Buscó una servilleta de papel y escribió algo en ella con letra pequeña y apretada. La dobló y se la tendió al camarero con unas palabras breves.

—Si viene una pareja y mira esta mesa como si supieran algo, dales esto.

El camarero la miró sin hacer preguntas. Asintió.

Marta se puso el abrigo.

—Nos vamos —dijo.

—¿A dónde?

—A dar un paseo. A pensar. A encontrarnos con ellos cuando estemos listos.

Salieron a la calle. El aire de la mañana era frío y limpio. Javier cogió la mano de Marta sin decir nada, y ella lo dejó.

***

Héctor quería quedarse en el apartamento. Le apetecían dos horas más de ese espacio entre el sueño y la vigilia, la cama todavía caliente, Laura dentro. Pero Laura ya se había duchado, ya llevaba el abrigo puesto, ya tenía las llaves en la mano.

—Podemos llamarles —dijo Héctor mientras bajaban las escaleras.

—He decidido que no.

—¿Por qué?

—Si han salido sin avisar, por algo habrá sido. Llamarles ahora es exigirles que expliquen algo que igual todavía no saben cómo explicar.

Héctor pensó en eso un momento.

—Vale.

En la calle, la mañana era fresca y brillante, de esas mañanas de otoño que huelen a principio de algo. Caminaron sin rumbo fijo durante un rato, sin hablar demasiado. Era el tipo de silencio que solo se tiene con alguien después de haber compartido algo grande: no hace falta llenarlo, solo hace falta caminarlo.

—¿Tienes hambre? —preguntó Laura al cabo de un rato.

—Algo.

—He visto una cafetería cuando llegamos ayer, por la calle Mayor.

Caminaron hasta allí. Era un local pequeño, sin pretensiones, con el olor mezclado a café y pan tostado que tienen los sitios donde la gente va de verdad. El camarero les puso dos tazas en la mesa antes de que dijeran nada.

Laura miró alrededor. Pocos clientes. Una pareja mayor en la barra. Un hombre solo con el periódico.

—Han estado aquí —dijo de repente.

Héctor la miró.

—¿Javier y Marta?

—Mira la mesa de la ventana.

Dos tazas vacías. El rastro de una tostada en el plato. Y una servilleta doblada con la forma que hacía Marta siempre cuando pensaba: un cuadrado apretado, los bordes alineados con esa precisión nerviosa que Laura le conocía de toda la vida.

El camarero se acercó con un papel doblado en la mano.

—La señora que estaba en esa mesa me dijo que si venía alguien y miraba la mesa como si supiera algo, le diera esto.

Laura lo cogió. Lo abrió.

Era la misma servilleta. Escrita con bolígrafo azul, la letra pequeña y apretada de Marta que ella reconocería en cualquier parte:

«Los de antes ya no existen. Esta tarde, los de ahora.»

Laura leyó la frase dos veces. La pasó a Héctor sin decir nada. Él la leyó también.

—¿Qué significa? —preguntó.

Laura dobló la servilleta con cuidado y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.

—Que lo está pensando. Que todavía no sabe. Que nos lo dirá cuando lo sepa.

Héctor levantó el café.

—¿Y tú? ¿Tú lo sabes?

Laura miró la mesa de la ventana un momento, las tazas vacías, el rastro que deja la gente cuando se va. Luego miró a Héctor.

—Sé que tenemos que hablar los cuatro. Esta tarde.

—¿Y si lo que hablemos cambia todo?

—Todo ya ha cambiado.

Bebió su café. Afuera, la calle Mayor seguía con su ruido habitual, luminosa y ajena y completamente indiferente a lo que cuatro personas estaban aprendiendo a ser.

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Comentarios(10)

JorgeC_Baires

Que final mas intrigante, me dejo pensando todo el dia. Una segunda parte por favor!

Cata_Rdz

excelente!!! sigan subiendo cosas asi

NorbertoQ

Me atrapó desde el principio. Ese silencio al despertar lo senti casi fisico, muy bien logrado.

VigilanteX3

jajaja cuando lei que las camas estaban vacias me imaginé lo peor... o lo mejor, segun se mire

Luciana_Riv

Tiene mucho potencial para una saga, espero que haya continuacion

martin_b_lector

Poco comun encontrar un relato de este tipo con tanta carga emocional. Se agradece.

yosisum

tremendo, sigue asi!!

MaguiGdl

Me quede con la intriga del final. Esa imagen de las camas vacias dice todo sin decir nada. Bravo

PabloRR89

Bien escrito, con suspenso desde el principio. De lo mejor que lei en mucho tiempo. Saludos desde Cordoba

lectora_cba

Me recordo a algo que viví hace unos años, aunque mucho mas tranquilo jaja. Muy bueno el relato

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