La mañana después del trío que lo cambió todo
Laura despertó sin saber bien qué hora era. La luz entraba sesgada por las persianas en láminas tibias, ese amarillo de media mañana que no anuncia nada urgente. Tenía el cuerpo pesado de una manera específica: no de alcohol, sino de horas y de calor y de todo lo que había pasado antes de que el sueño los venciera a los cuatro. Se quedó un momento inmóvil, mirando el techo de ese dormitorio que no era el suyo, tomando inventario de las sensaciones.
Héctor dormía a su lado con la espalda desnuda hacia arriba y el pelo aplastado contra la almohada. Lo oyó respirar con ese ritmo lento y uniforme de los fines de semana que no tienen prisa. Pero este no era un fin de semana normal. Y ese no era su dormitorio.
Se levantó despacio, sin hacer ruido, y salió al pasillo en calcetines.
Lo primero que le llegó fue el silencio. Había una diferencia, aprendida con los años, entre el silencio de una casa con gente durmiendo y el silencio de una casa vacía. El primero tiene textura: respiraciones remotas, crujidos de estructura, la presencia difusa de otros cuerpos en reposo. El segundo es liso, sin fondo, sin nada al que agarrarse. El apartamento tenía el segundo tipo de silencio.
La puerta del otro dormitorio estaba entreabierta. Por el hueco se filtraba claridad, lo que significaba que las persianas estaban subidas. Laura avanzó por el pasillo con lentitud, como si al acercarse fuera a encontrar algo que prefería saber despacio.
Empujó la puerta con la yema de los dedos.
La cama estaba deshecha. Las sábanas, revueltas y empujadas hacia un lado. Una almohada en el suelo. Pero no había nadie. Ni rastro de Marta. Ni rastro de Javier.
Han salido, pensó. Y luego, sin querer: ¿Sin decir nada?
Entró en el baño dejando la puerta abierta de par en par. Mientras se sentaba oyó los pasos de Héctor en el pasillo —esa manera inconfundible que tenía de arrastrarse por las mañanas, los pies sin levantarse del suelo—. Apareció en el umbral segundos después. Desnudo, con los ojos medio cerrados y el pelo aplastado de una manera que en otras circunstancias le habría parecido cómica.
—Buenos días —dijo, apoyando el hombro en el marco de la puerta.
Laura lo miró sin sobresaltarse. Después de lo de la noche anterior, la desnudez había dejado de tener las fronteras de siempre.
—No están —dijo.
Héctor giró levemente la cabeza, como si hasta ese momento no hubiera procesado el silencio del apartamento.
—¿Los dos?
—Los dos. La cama está vacía.
Se hizo una pausa. Laura terminó, tiró de la cadena y se puso de pie.
—¿Te parece raro? —preguntó mientras abría el grifo.
Héctor se cruzó de brazos. No se había movido del umbral.
—¿Raro? No sé. ¿Comprensible? Sí.
—Comprensible no explica por qué se han ido sin decir nada.
—Explica que no querían dar explicaciones todavía.
Laura se lavó las manos con calma. Lo miró a través del espejo mientras cerraba el grifo.
—Igual tú y yo tampoco habríamos querido estar aquí cuando ellos despertaran —dijo.
—Exacto.
—No me estás ayudando mucho.
—No estoy intentando ayudar. Estoy pensando en voz alta.
Laura cogió la toalla y se secó las manos. La toalla era suya —la había traído en la bolsa la noche anterior—, y ese detalle mundano, ese pedazo de rutina doméstica en medio de todo lo demás, le produjo una sensación extraña que no supo exactamente cómo clasificar.
—Voy a vestirme —dijo—. Quiero salir.
—¿A buscarlos?
Laura pasó junto a él de camino al dormitorio. Se detuvo un segundo en el umbral.
—A encontrarlos. No es lo mismo.
Héctor se quedó en el pasillo, desnudo y en silencio, con esa sensación extraña de que algo se había desplazado sin romperse. Fuera, en la calle, la ciudad llevaba horas despierta sin que ninguno de ellos lo supiera.
***
En la cafetería de la calle Mayor, Marta sostenía un café con leche que ya se había quedado tibio. No lo había bebido. Lo removía y lo miraba y lo removía de nuevo, como si en el fondo de la taza hubiera alguna respuesta que todavía no había encontrado.
Javier, frente a ella, terminó su tostada en silencio. Era ese tipo de silencio que no incomoda porque no hay nada que esconder: los dos sabían lo mismo, habían vivido lo mismo, y ninguno tenía prisa por convertirlo en palabras.
El local era pequeño y estaba animado a esa hora. El ruido sordo de conversaciones superpuestas, el tintineo de tazas, el olor mezclado a café y pan tostado. Un sitio sin pretensiones, de barra de aluminio y sillas de plástico que no piden nada a quien se sienta.
—¿Cómo estás? —preguntó Javier al fin.
No era una pregunta de cortesía. Marta lo conocía demasiado bien para eso.
—Todavía no lo sé del todo —dijo ella. Era la respuesta más honesta que tenía.
Javier asintió. Apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Te arrepientes?
Marta levantó la vista de la taza.
—No. ¿Tú?
—No. Pero...
—Pero sí —terminó ella.
Javier sonrió apenas. Esa respuesta le pareció perfectamente exacta.
—Anoche tenía sentido —dijo Marta—. Esta mañana ya no sé bien qué fue.
—Fue lo que fue.
—Muy útil, gracias.
Javier se rio, y Marta también, y eso pareció aflojar algo que llevaba tenso desde que abrieron los ojos. No todo, pero sí lo suficiente para respirar.
—Lo que no sé —dijo ella, más seria— es qué pasa ahora con Laura.
—¿Qué quieres decir?
—Que estuve con su marido.
—Y yo con tu mejor amiga.
Se miraron. Sin tensión, pero sin la ligereza de la noche anterior tampoco. Algo intermedio, algo nuevo que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar.
—¿Eso cambia algo entre tú y yo? —preguntó Javier.
Marta tardó en responder.
—Creo que no. Pero tampoco podemos fingir que no pasó.
—No pienso fingir nada.
—¿Ni siquiera con ellos?
Javier la miró fijamente.
—¿Para qué?
Marta dejó el café en el plato. Se inclinó levemente hacia delante.
—Porque a lo mejor ellos necesitan tiempo antes de hablar de esto. Y hacer como si no hubiera pasado nada es una manera de dárselo.
—¿Y si no hay que fingir? ¿Y si simplemente pasan las horas y la cosa se asienta sola?
—Las cosas no se asientan solas —dijo Marta—. Se asientan después de hablarlas. O no se asientan.
Javier tamborileó los dedos sobre la mesa. Fuera, la calle seguía con su tráfico de media mañana, indiferente y continua.
—¿Crees que nos están buscando?
—Seguramente.
—¿Y qué hacemos?
Marta cogió el bolígrafo del bolso. Buscó una servilleta de papel y escribió algo en ella con letra pequeña y apretada. La dobló y se la tendió al camarero con unas palabras breves.
—Si viene una pareja y mira esta mesa como si supieran algo, dales esto.
El camarero la miró sin hacer preguntas. Asintió.
Marta se puso el abrigo.
—Nos vamos —dijo.
—¿A dónde?
—A dar un paseo. A pensar. A encontrarnos con ellos cuando estemos listos.
Salieron a la calle. El aire de la mañana era frío y limpio. Javier cogió la mano de Marta sin decir nada, y ella lo dejó.
***
Héctor quería quedarse en el apartamento. Le apetecían dos horas más de ese espacio entre el sueño y la vigilia, la cama todavía caliente, Laura dentro. Pero Laura ya se había duchado, ya llevaba el abrigo puesto, ya tenía las llaves en la mano.
—Podemos llamarles —dijo Héctor mientras bajaban las escaleras.
—He decidido que no.
—¿Por qué?
—Si han salido sin avisar, por algo habrá sido. Llamarles ahora es exigirles que expliquen algo que igual todavía no saben cómo explicar.
Héctor pensó en eso un momento.
—Vale.
En la calle, la mañana era fresca y brillante, de esas mañanas de otoño que huelen a principio de algo. Caminaron sin rumbo fijo durante un rato, sin hablar demasiado. Era el tipo de silencio que solo se tiene con alguien después de haber compartido algo grande: no hace falta llenarlo, solo hace falta caminarlo.
—¿Tienes hambre? —preguntó Laura al cabo de un rato.
—Algo.
—He visto una cafetería cuando llegamos ayer, por la calle Mayor.
Caminaron hasta allí. Era un local pequeño, sin pretensiones, con el olor mezclado a café y pan tostado que tienen los sitios donde la gente va de verdad. El camarero les puso dos tazas en la mesa antes de que dijeran nada.
Laura miró alrededor. Pocos clientes. Una pareja mayor en la barra. Un hombre solo con el periódico.
—Han estado aquí —dijo de repente.
Héctor la miró.
—¿Javier y Marta?
—Mira la mesa de la ventana.
Dos tazas vacías. El rastro de una tostada en el plato. Y una servilleta doblada con la forma que hacía Marta siempre cuando pensaba: un cuadrado apretado, los bordes alineados con esa precisión nerviosa que Laura le conocía de toda la vida.
El camarero se acercó con un papel doblado en la mano.
—La señora que estaba en esa mesa me dijo que si venía alguien y miraba la mesa como si supiera algo, le diera esto.
Laura lo cogió. Lo abrió.
Era la misma servilleta. Escrita con bolígrafo azul, la letra pequeña y apretada de Marta que ella reconocería en cualquier parte:
«Los de antes ya no existen. Esta tarde, los de ahora.»
Laura leyó la frase dos veces. La pasó a Héctor sin decir nada. Él la leyó también.
—¿Qué significa? —preguntó.
Laura dobló la servilleta con cuidado y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Que lo está pensando. Que todavía no sabe. Que nos lo dirá cuando lo sepa.
Héctor levantó el café.
—¿Y tú? ¿Tú lo sabes?
Laura miró la mesa de la ventana un momento, las tazas vacías, el rastro que deja la gente cuando se va. Luego miró a Héctor.
—Sé que tenemos que hablar los cuatro. Esta tarde.
—¿Y si lo que hablemos cambia todo?
—Todo ya ha cambiado.
Bebió su café. Afuera, la calle Mayor seguía con su ruido habitual, luminosa y ajena y completamente indiferente a lo que cuatro personas estaban aprendiendo a ser.