El juego que inventamos aquella noche entre copas
La sobremesa se había trasladado al salón después de la cena. Seis personas, tres parejas, y la música suave de fondo que Claudia había puesto antes de que nadie se animara a levantarse de la mesa. Sofía acababa de terminar de explicar las reglas del juego cuando se levantó.
—Un momento —dijo dejando la copa sobre la mesita—. Voy al baño.
Cruzó el salón con esa calma calculada que tenía cuando sabía que la miraban. Pasó por encima de las piernas de Andrés sin apresurarse, moviendo las caderas con naturalidad, como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo. Todos la siguieron con los ojos hasta que desapareció por el pasillo.
Los que quedaron se miraron un segundo sin decir nada.
Diego, sentado en una de las sillas que habían traído del comedor, apuró lo que le quedaba en la copa. Lucas se levantó a buscar otra botella.
—Trae blanco —le pidió Claudia con una sonrisa.
—Lo que usted mande.
Claudia rio y Rebeca negó con la cabeza, divertida.
—Vaya servicio —murmuró.
Todos rieron. Era esa hora de la noche en que la cena había bajado lo suficiente y el vino hacía su trabajo sin prisa. Las conversaciones se volvían más largas, más francas. Sofía lo había notado y había aprovechado para sacar el tema.
—¿Creéis que nuestros hijos hacen cosas así? —preguntó Rebeca con una sonrisa que no era exactamente inocente.
—¿Por qué no iban a hacerlo? —dijo Andrés—. ¿O es que nosotros éramos unos santos?
—Tú, desde luego que no —soltó Lucas mientras volvía con la botella, y la carcajada se contagió por todo el salón.
Claudia se irguió en el sillón, el escote de su blusa respondiendo al movimiento.
—Nosotros hacemos nuestras cosas —dijo con una calma que no dejaba lugar a interpretaciones.
Diego sonrió desde su silla.
—Como todos —dijo sin apartar los ojos de ella.
Sofía volvió y se hundió en el hueco del sofá, entre Andrés y el brazo del mueble. Lucas le pasó una copa recién servida.
—¿Y cómo dices que se hace? —preguntó Rebeca.
—Los chicos se sientan en círculo —dijo Sofía inclinándose un poco hacia ella, con un gesto sobre las rodillas de Andrés que este siguió sin moverse—. Y las chicas se van sentando sobre ellos una por una, cada treinta segundos.
—Con penetración —aclaró Diego.
—Claro —dijo Sofía mirándolo fijamente—. Si no, ¿dónde está la gracia?
—No sé —respondió él—. Me parece un poco mecánico.
—A mí me parece excitante —dijo Claudia echando la cabeza hacia atrás, estirando los brazos por encima de la cabeza.
Andrés la miró.
—¿Ese tipo de cosas te ponen? —preguntó.
—¿Por qué no iban a ponerme? —respondió ella con una sonrisa inclinándose hacia delante.
Andrés se revolvió en el sofá.
—Nunca habíamos hablado de esto.
—Bueno —dijo Claudia—. Nosotros somos abiertos. Siempre lo hemos sido. ¿Verdad, Lucas?
—Desde el primer día —confirmó él sirviéndole más vino.
Andrés los miraba como quien descubre algo que llevaba delante de los ojos sin verlo.
—Ya... —empezó—. Es que Sofía no suele hablar de estas cosas.
—Eh —le dijo Sofía dándole un golpe suave en el hombro—. Yo nunca he dicho eso.
Andrés se la quedó mirando. No estaba enfadada. Más bien parecía divertida con algo que no había dicho todavía.
—Es verdad —intervino Rebeca con una sonrisa—. A mí me ha contado otra cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Andrés.
Sofía se puso roja de golpe. Se llevó las manos a la boca, cruzó los tobillos y enterró la vista en la alfombra.
—¿Se lo dices tú o lo digo yo? —preguntó Rebeca.
Sofía tomó aire, lo soltó despacio, y levantó los ojos hacia Andrés.
—Que... —se mordió el labio—. Que me gustaría que me follaran dos hombres a la vez mientras tú miras.
El silencio duró exactamente dos segundos.
Andrés abrió la boca. No salió ninguna palabra.
—¿Solo dos? —preguntó Rebeca levantando una ceja.
Sofía soltó una risita nerviosa.
—Bueno... sí, dos —admitió con un hilo de voz.
Lucas soltó una carcajada ronca que arrastró a todos. Diego se tapó los ojos con la mano. Andrés los miraba a todos con una expresión entre el asombro y algo que todavía no sabía nombrar.
—Joder, Sofía —dijo al fin—. Nunca me habías dicho nada de esto.
—Me da vergüenza —respondió ella sin levantar la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
Claudia y Rebeca se miraron con una sonrisa cómplice.
—No creo que sea la única que tiene fantasías —dijo Claudia—. Lo que pasa es que ella todavía no ha cumplido la suya.
Tiró el pelo hacia atrás y le guiñó el ojo a Rebeca, que se llevó la copa a los labios mirando el techo, como si lo que Claudia acababa de insinuar no tuviera ninguna importancia.
Andrés la miró. Rebeca, tan correcta, con la espalda recta y las rodillas juntas, bebiendo su chardonnay a pequeños sorbos. Tardó un par de segundos en entender por qué Rebeca de pronto lo miraba con esa carcajada muda que casi le hace escupir el vino.
—Estoy sudando —dijo abanicándose con la mano—. Ninguno de nosotros es un mojigato, creo.
—Las fantasías están para cumplirse —agregó Claudia—. ¿O vas a quedarte con las ganas?
Sofía frunció el ceño con esa cara de niña que a Andrés siempre le había resultado irresistible.
—Calla, que tú ya lo has hecho —le dijo cruzando los brazos sobre el pecho.
—Solo una vez —respondió Claudia mirando a Lucas.
Andrés los miraba como si hubieran aparecido de otra dimensión.
—¿Y a ti no te molestó? —le preguntó a Lucas.
—¿Por qué me iba a molestar? —respondió él con la satisfacción de alguien que ha resuelto algo hace mucho tiempo—. Ella se lo pasó muy bien. Fue un regalo de aniversario.
—Si aprendieras a hacer regalos —le dijo Sofía a Andrés, que no la escuchó.
—¿Estabas delante cuando...?
—Claro. Lo filmé todo. Hacía de director, les decía a los chicos lo que tenían que hacer.
Andrés se recostó en el sofá. Se pasó las manos por la cara.
—No sé si tendría celos.
—Claudia no es mía —dijo Lucas—. No es un objeto. Solo quiero que se lo pase bien. Llevamos juntos suficiente tiempo como para saber lo que somos el uno para el otro.
—Una cosa es el amor y otra es divertirse —dijo Rebeca, y Diego le lanzó un beso desde la silla.
—¿Vosotros también? —preguntó Andrés mirando a Diego.
—A veces —respondió él—. Por eso nunca venís a nuestras escapadas de fin de semana.
Andrés se giró hacia Sofía.
—¿Lo sabías?
—Claro, idiota. Te lo dije.
—Pensé que era una pregunta trampa cuando me preguntabas si me gustaba Claudia.
—Siempre juzgas —le dijo Sofía frunciendo el ceño.
Andrés negó con la cabeza mirando la alfombra.
—Pero nosotros sí habíamos hablado de acostarnos con alguien más. Y tú dijiste que no.
—¡Tú querías un trío con mi hermana!
Todos rieron. Andrés estaba rojo.
—Bueno... si es lo mismo...
—Yo no quiero acostarme con mi hermana —dijo Sofía.
Rebeca salió corriendo al baño con las rodillas juntas y la mano en la boca para no escupir el vino.
—Tranquilos —dijo Diego recuperando el aliento—. No hay que forzar nada. Cada uno hace lo que le apetece.
—Ya... —se resignó Sofía.
Claudia cogió la botella y les rellenó las copas a los dos.
Andrés miraba el cuerpo de Claudia con esa expresión calculadora que él creía que nadie notaba.
—Vosotros... querríais... digo... ¿con nosotros...?
—Por eso os invitamos —dijo Claudia.
Andrés cerró los ojos un segundo.
—Qué idiota he sido.
Sofía le acarició la cabeza.
—No le déis mucha cuerda, que este es capaz de desabrocharse el pantalón aquí mismo.
Todos rieron. Lucas le dio un manotazo en el hombro.
—Pero que quede claro —le dijo apretándoselo—. Esto va de que todos la pasen bien. Sobre todo Sofía.
—Claro, claro.
Sofía lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo te sentaría verme con otro? ¿O que me follaran mientras tú miras?
Andrés tardó.
—No sé. Supongo que... excitante.
—Solo mirar —dijo Diego—. Sin celos. ¿No te excitaría ver cómo la disfrutan?
—Supongo que sí.
—Con un minuto puedo hacer que te corras —dijo Claudia mirando a Andrés con una sonrisa tranquila.
—Eso habría que verlo.
Lucas se levantó, se puso detrás del sillón de Claudia y le acarició el pelo. Ella se giró y le sonrió.
—Es la mejor —confirmó Lucas—. Lo hace de una manera que casi te da algo cuando llegas.
—Oye —protestó Rebeca que había vuelto del baño.
—Tú también lo haces muy bien, pero lo aprendiste de ella —dijo Lucas.
—Yo también le he enseñado cosas.
—Y tanto.
Todos rieron. Sofía con una risita que tenía más de ilusión que de complicidad.
Claudia dejó la copa en la mesa, se levantó del sillón y se puso frente a Andrés.
—¿Puedo? —le preguntó a Sofía.
—Sí —respondió ella con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué? —preguntó Andrés.
—Hacer que te corras en menos de un minuto —dijo Claudia—. ¿Qué iba a ser?
Andrés miró a Sofía, que había girado el cuerpo hacia él. Miró a los demás, que lo observaban con una sonrisa. Lucas levantó su copa a modo de brindis.
—¿Seguro? —preguntó Andrés.
—Déjame —dijo Claudia arrodillándose entre sus piernas.
—¿Aquí? ¿Con todos mirando?
—¿Cuál es el problema? Además, Sofía quiere ver.
—Claro —dijo Sofía acercándose.
Andrés estaba flácido cuando Claudia le abrió el pantalón.
—¿Te da corte?
—Un poco.
—No te preocupes.
Lucas sacó el móvil.
—Ya —dijo activando el cronómetro.
Claudia se lo metió entero en la boca sin más preámbulos. Andrés sintió la lengua moverse de forma independiente, enroscarse, recorrerlo de arriba abajo, pasar por el glande una y otra vez sin parar. En cuestión de segundos estaba completamente duro. Entonces ella cambió el ritmo: más rápida, más intensa, succionando con fuerza y soltando para lamerlo por fuera antes de volver a metérselo entero.
—Sí que eres buena —murmuró Sofía con admiración genuina.
Andrés gemía con los ojos a medias.
—Treinta y cinco... treinta y siete... —contaba Lucas.
Claudia aceleró. Andrés empezó a tensarse, a respirar más fuerte. Ella lo sujetó de las caderas y se lo metió hasta el fondo sin aflojar el ritmo.
—Cuarenta y dos... cuarenta y tres...
Rebeca aplaudía como en una carrera.
—¡Que ya casi lo tienes!
—Esa cara me la conozco —dijo Sofía eufórica.
—Cincuenta y cuatro...
Claudia levantó la mano. Andrés seguía gimiendo. Ella se separó con un hilo blanco entre los labios y la punta de él, se giró hacia los demás con la boca abierta para que vieran.
—Cincuenta y cuatro segundos —anunció Lucas—. Casi al límite.
Claudia cerró la boca, tragó, dio un sorbo a su copa y se levantó revolviendo el pelo de Andrés.
—Estaba muy tímido al principio. Eso me robó unos diez segundos. La próxima vez menos de cuarenta.
—Eres una pasada —dijo Sofía.
—Todo es practicar —dijo Claudia, y le dio un beso en los labios. Cuando se separó, Sofía se pasó la lengua por los labios despacio.
Andrés seguía con los pantalones bajados mientras volvía en sí.
—Pues ya sabemos quién ganaría el juego —dijo Lucas.
—Eso habría que verlo —respondió Sofía.
Rebeca estaba junto a la silla de Diego y le acariciaba el muslo.
—¿Os animáis?
—No sé si Andrés puede todavía —dijo Diego señalando la situación.
—Dadme un momento —pidió Andrés recuperando el aliento.
—Bueno —dijo Rebeca poniéndose de pie—. Las reglas: treinta segundos y hay que cambiar. La que logre que su pareja se corra en ese tiempo gana.
—Pero Andrés ya se ha corrido —objetó Claudia—. No es justo.
—Entonces ponemos a los chicos en igualdad de condiciones —dijo Rebeca, y cogiendo a Sofía de la muñeca la llevó junto a Diego y Lucas.
Sofía se giró un segundo hacia Andrés, que le sonrió y asintió. Entonces las dos se arrodillaron y les bajaron los pantalones a Diego y Lucas.
—Tampoco están muy duros —observó Rebeca con la polla de Lucas en la mano, moviéndola como si fuera un juguete de goma.
Sofía cogió la de Diego, que estaba un poco más respondona. La notaba latir entre los dedos. Se colocó el pelo detrás de la oreja, acomodó la postura y se la metió en la boca. Claudia se acercó.
—Succiona fuerte y hazle vacío. Se pone duro más rápido.
Sofía obedeció. Sus mejillas se huecaban con cada movimiento, y soltaba un pequeño pop cada vez que la sacaba. Claudia le acarició el trasero por encima del vestido, indicándole cómo moverse.
Diego apenas podía abrir los ojos. Metió los dedos en el pelo de Sofía. Lucas gemía también: Rebeca le tenía los testículos en la boca y la mano subiendo y bajando por su polla ya completamente dura.
—Vamos, chicas —arengó Claudia—. A ver quién gana.
Se miraron un segundo con una expresión divertida. Se metieron las pollas en las bocas y empezaron a chupar todo lo rápido que podían. Sofía llevaba un ritmo un poco más lento pero hacía un recorrido completo: bajaba hasta la base y subía hasta succionar el glande antes de volver a bajar. Diego empezó a retorcerse, a gemir cada vez más fuerte. Sofía aceleró sin cambiar el patrón, con todo el cuerpo. Entonces levantó la mano.
Los sonidos que hacía Diego no dejaban lugar a dudas.
—A ver, a ver —dijo Claudia agitando las manos. Sofía sacó la polla limpia y brillante, se giró hacia los demás con la boca abierta para mostrar lo que tenía.
—¡Ganadora! —proclamó Claudia, y Andrés se levantó de un salto como si celebrara un gol.
Justo en ese momento levantó también la mano Rebeca.
—¡Maldito! —le dijo dando un manotazo en el muslo a Lucas. Se giró, mostró que tenía la boca llena, tragó, y señaló con el dedo una gotita en la comisura—. Has tardado un siglo. ¿Te has estado pajeando antes o qué?
—A esa velocidad en el glande daba una sensación muy rara —se defendió Lucas entre suspiros.
—Bah, da igual —dijo Rebeca dándole un beso—. Ya me lo compensarás.
Sofía cerró la boca por fin y tragó. Cogió la copa de vino y se la bebió en dos tragos.
—¡Joder! —dijo Andrés—. ¿Te lo has tragado?
—Sí —respondió ella limpiándose la comisura con el dorso de la mano.
—El mío nunca te lo tragas.
Sofía se mordió el labio.
—Es que se lo tragan todas. No iba a quedar mal.
—Ya, ya...
—Luego te lo compenso —le dijo guiñándole el ojo y dándole un beso en los labios.
Claudia se acercó a Andrés y le pasó la mano por la entrepierna.
—En grupo la gente se suelta más, ¿verdad? —le susurró al oído.
Luego cogió a Sofía y a Rebeca por la cintura y se giró hacia todos.
—Un aplauso para las chicas.
Todos aplaudieron.
—Saca el champán —dijo Lucas con los pantalones todavía a medias.
—Sí, esto hay que celebrarlo —dijo Claudia yendo a saltitos hacia la cocina.
—¿Entonces jugamos? —preguntó Rebeca.
—Por mí, genial —dijo Andrés, que era el único que seguía completamente empalmado. Sofía lo besó riendo.
—Esperad —gritó Claudia desde la cocina—. No hagáis nada sin mí.
Volvió con seis copas y una botella de Moët & Chandon que Lucas descorchó casi sin hacer ruido.
—¿Moët? —dijo Diego—. Pensaba que traerías cava.
—La tenía guardada para una ocasión especial —dijo Claudia mientras le pasaba la botella a Lucas.
—A mí me encanta el champán —dijo Rebeca—. Me gusta más que el cava.
—Que lista, si vale como cinco veces más —le dijo Claudia.
—Hay cavas mejores que muchos champanes —dijo Diego.
—Y hay champanes mejores que este, y más caros —resopló Andrés.
Lucas reía mientras acababa de servirse su copa. Los demás esperaban con las suyas levantadas.
—Un brindis, ¿no? —propuso Claudia.
—Por el inicio de algo nuevo —dijo Diego.
Todos miraron a Sofía y a Andrés.
—Por fin —dijo Sofía.
—Por fin —repitieron todos, y Andrés asintió con una sonrisa. Bebieron de un solo trago.
***
Rebeca colocó las sillas formando un triángulo en el centro del salón. Claudia subió el volumen de la música, algo caribeño y rítmico, y subió también la calefacción. Se giró hacia todos dando palmadas.
—Nos desnudamos, ¿no?
Se pusieron de pie en el centro del salón. Lucas ayudó a Claudia con la falda. Andrés empezó a desvestir a Sofía, aprovechando para hacerle cosquillas hasta que ella no podía parar de reír.
—Tenías ganas de hacer algo así, ¿verdad?
—Sí —contestó Sofía abrazándolo y dándole un beso en los labios.
Cuando los tres hombres se sentaron en las sillas, ellas se quedaron en el centro.
—A nosotras nos falta calentamiento —dijo Rebeca señalando los penes flácidos de ellos.
Claudia se sentó de rodillas en la alfombra y tiró de Sofía hasta que estuvo arrodillada frente a ella. La cogió de la nuca y empezó a besarla. Rebeca observó la reacción de los hombres y sonrió.
—Va funcionando, ¿eh? —les dijo.
Luego se agachó para coger la mano de Sofía y apoyarla contra ella. Sofía empezó a acariciarla despacio, con suavidad, luego metió los dedos poco a poco. Claudia hacía lo mismo con Sofía. Rebeca ofreció las nalgas hacia atrás para que Claudia le llegara más cómodo.
Los hombres bebían de sus copas sin decir nada, con las pollas endureciéndose a cada latido.
Claudia cogió la botella de champán, acercó el pezón a la boca de Sofía y se tiró un chorro frío por el pecho que resbaló hasta los labios de ella, que bebió sin separarse. Luego la tumbó boca arriba, pasó de un pezón a otro y siguió bajando. Le vertió champán entre las piernas y se metió ahí directamente. Rebeca se sentó sobre la cara de Sofía. El salón dejó de ser un lugar donde hablar.
Cambiaron de postura varias veces. Se metieron la lengua por todos los sitios, mordieron con suavidad, rieron y gimieron. Sofía descubrió que Rebeca sabía hacer cosas que nunca había imaginado. Claudia comprobó que Sofía tenía una intuición natural para dar placer. Los cuerpos aprendieron a conocerse con la rapidez y la honestidad que solo dan la noche avanzada y el champán.
Cuando Claudia miró a los hombres parecía casi sorprendida de que siguieran ahí.
—Vale, ya está —dijo—. Que veo que no nos van a durar nada las rondas.
Ellos rieron sin fuerza.
Cada una fue al hombre que tenía más cerca. Rebeca se acercó a Lucas. Claudia dudó un segundo y fue con Andrés. Sofía se acercó a Diego.
—Pongo el móvil para que pite cada treinta segundos —dijo Lucas.
Ellas se pusieron de espaldas a los hombres, el trasero cerca de sus muslos, y cogiendo con la mano lo que encontraron se sentaron de golpe. Empezaron a cabalgar con un ritmo compartido, mirándose entre ellas como si se follaran mutuamente a través de los cuerpos que las llenaban. La tensión fue subiendo despacio. Se acariciaron los pezones.
Sonó el pitido.
Salieron disparadas. Sofía con Lucas, Claudia con Diego, Rebeca con Andrés. Esta vez Rebeca se puso a horcajadas y le metió el pezón directamente en la boca a Andrés mientras se hundía sobre él.
—No te ibas a librar de mí, ¿eh? —le dijo.
Pitido. Cambiaron. Cada una con su pareja de siempre. Sofía llegó hasta Andrés y se sentó despacio sobre él, metiéndosela por atrás, resbalando hacia dentro con cuidado.
—¿Quieres matarme? —susurró él apretando los dientes.
Sofía rió entre dos gemidos.
Pitido. Cambiaron de nuevo. Las pollas salían brillantes y lubricadas para hundirse en otro calor inmediato. Todos respiraban cada vez más fuerte, con ese ritmo roto y urgente de quien está a punto pero no quiere llegar todavía.
La primera en correrse fue Sofía. Le duró tres rondas enteras: pasó por tres hombres distintos mientras su orgasmo seguía y seguía en oleadas que ella no intentó controlar. Se le sumó Rebeca, que no paraba de dar pequeños gritos agudos. El de Claudia fue más largo de llegar pero más violento cuando llegó, y cada vez que cambiaba a otro hombre le volvían las convulsiones desde adentro.
Para ellos la cosa estaba cada vez más complicada. Estaban tensos y sudados, concentrados en no correrse, en parte por miedo al castigo, pero sobre todo porque ninguno quería ser el primero en cortar aquello. Ninguno quería dejar de ver cómo ellas se corrían una y otra vez, por delante y por detrás, con esa entrega total y animal que no había manera de fingir. Duraban dos embestidas, y pitido, y otro coño o ano caliente los recibía y empezaba de nuevo. Una espiral sin fin que ninguno de los seis quería que terminara.