El fin de semana que nadie quiso mencionar
Los días que siguieron a aquella primera noche fueron los más extraños que recuerdo. Daniela me hacía preguntas que no terminaba de formular, y yo las cortaba antes de que pudiera hacerlo del todo. Marcos dejó de venir a casa. Nos escribíamos de vez en cuando, mensajes sobre cosas sin importancia, evitando con mucho cuidado cualquier mención de lo que había pasado entre los tres. Era una operación delicada, ese silencio. Requería esfuerzo.
Fue Daniela quien lo rompió, sin parecer que lo rompía.
Una noche de entre semana, mientras cenábamos, levantó la vista del plato y dijo:
—Me parece raro que Marcos no haya venido últimamente.
—Estará muy ocupado con el trabajo —contesté.
—Invítalo un fin de semana. Que se quede a dormir.
No había nada en su voz que delatara ninguna intención. O yo no quise verlo. Le escribí a Marcos esa misma noche y acordamos el fin de semana siguiente.
***
Marcos llegó el sábado poco después del mediodía, con una mochila pequeña y esa actitud suya de quien no necesita grandes gestos para sentirse cómodo. Nos saludamos con un abrazo, tomamos café en la terraza y, después de un rato, bajamos a caminar por la playa. Compramos cervezas en un bar frente al mar y las bebimos mirando el agua sin decir gran cosa. Era fácil estar así, si uno se esforzaba lo suficiente en olvidar.
Volvimos a casa antes del atardecer. Daniela preparó algo para cenar, pusimos música, charlamos. La conversación tenía esa textura cómoda de las amistades antiguas, y durante un rato fue posible creer que todo seguía igual.
Después de cenar, Daniela propuso salir. Recorrimos un par de bares del centro, bebimos despacio, y cuando la noche empezaba a hacerse larga fue ella la primera en decir que prefería volver.
Yo conducía, así que no había bebido demasiado. Daniela estaba alegre, quizá más de lo habitual. Marcos también.
De vuelta en casa, preparé unos tragos y nos sentamos en el salón. La música era suave. Hablamos sin tema fijo, y la conversación fue subiendo de temperatura sola, casi sin que nadie la empujara.
Entonces Daniela se levantó del sofá.
—Estoy cansada —dijo.
Se acercó a mí y me dio un beso en la boca. No fue el tipo de beso que das cuando estás cansada. Luego se volvió hacia Marcos y le dio otro, igual de claro. Nos miró a los dos durante un segundo, y dijo:
—Los espero en la habitación.
Se fue sin mirar atrás. Oímos el crujido de las escaleras y luego nada.
Marcos y yo nos miramos.
—¿Acabamos los tragos? —pregunté.
—Claro —dijo él.
Nos quedamos sentados durante quizá diez minutos. Terminamos los vasos despacio, sin prisa, sin hablar de nada importante. Quizá ninguno de los dos quería ponerle demasiado peso a lo que estaba a punto de ocurrir.
***
Cuando entramos al cuarto, Daniela estaba de pie en el centro de la habitación. Llevaba un camisón corto, casi transparente, y debajo una tanga negra. No sonreía exactamente, pero había algo en su manera de mirarnos que hacía innecesaria cualquier sonrisa.
Se acercó a los dos a la vez. Nos abrazó por el cuello, con una mano en cada uno, y empezó a besarnos de forma alternativa: a él, a mí, a él de nuevo. Los besos eran cortos al principio y se volvían más profundos con cada vuelta. Poco a poco nos fue acercando hacia ella, los dos al mismo tiempo, hasta que los tres tuvimos la boca casi junta durante un momento extraño y caliente.
Bajó las manos. Me desabrochó el cinturón primero, luego fue con Marcos. Mientras nosotros nos quitábamos las camisas, ella nos bajó los pantalones. Los dos quedamos desnudos delante de ella.
Daniela se arrodilló.
Empezó a pasarme la lengua por la polla despacio, de la base a la punta, con mucha calma. Luego hizo lo mismo con Marcos. Alternaba entre los dos sin apuro, y esa calma era más excitante que cualquier urgencia. Cuando yo ya estaba completamente duro, me metió entero en la boca y con una mano sujetaba a Marcos.
Se levantó. Me besó con lengua y sentí en su boca el sabor mezclado de los dos. No era algo que hubiera esperado sentir. No era tampoco algo que uno pudiera desechar fácilmente.
Volvió a arrodillarse, esta vez con la boca en Marcos y la mano en mí. Cuando se levantó para besarlo a él, yo me quedé mirando. Entendí que esa noche tenía su propio ritmo y que era ella quien lo llevaba.
Se arrodilló una vez más. Le chupó la polla a Marcos despacio, con concentración, sin que él ni yo interviniéramos. Luego se levantó, pegó su boca a la mía sin avisarme lo que venía: separó los labios y me llenó la boca de lo que había recogido. Me sostuvo por el cuello con fuerza mientras yo tragaba todo, y no apartó los ojos de los míos en ningún momento.
Se quitó la tanga y se tumbó boca arriba en la cama.
***
Me puse de rodillas cerca de su cara y ella me tomó en la boca. Marcos se arrodilló entre sus piernas, le abrió el coño con los pulgares y empezó a comérselo despacio. Daniela gemía contra mi polla con la boca llena.
Cambiamos de posición sin hablar. Yo bajé entre sus piernas y él se acercó a su boca. Luego cambiamos de nuevo.
Noté que Marcos no terminaba de ponerse del todo duro. No dije nada. Daniela tampoco.
Me arrodillé entre sus piernas y le lamí el coño despacio, sin prisa. Notaba el calor que irradiaba y el sabor que dejaban los dos. Daniela sujetaba a Marcos con la mano mientras yo seguía. Al cabo de un rato, nos pusimos los dos a comérselo de forma alternativa, turnándonos sin coordinarlo demasiado.
—Métemela —pidió ella en voz baja.
Cedí el sitio a Marcos y me acerqué a su cara. Ella me tomó en la boca mientras Marcos intentaba penetrarla. No estaba completamente duro, pero se las arregló a medias. Estuvimos así un rato, hasta que Daniela me pidió que fuera yo.
Antes de hacerlo, volví a bajar entre sus piernas. Lamerla después de que Marcos hubiera estado dentro me dio un morbo inesperado. El sabor era denso y cálido. Daniela me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados.
Me puse encima de ella y la penetré. Estiró el brazo hacia Marcos para sujetarle la polla con la mano.
Estuvimos un rato en esa posición. Entonces Daniela dijo que quería estar arriba.
Me tumbé boca arriba. Ella se puso a cuatro patas sobre mí y me tomó en la boca mientras Marcos se colocaba detrás de ella para lamerle el coño. Cuando se incorporó, se sentó sobre mí y empezó a cabalgarme. Primero despacio, tanteando el ritmo, y después con ganas.
Marcos se puso detrás de ella y la abrazó por la cintura, con las manos en sus pechos. Los dos me miraban mientras ella se movía encima de mí. Había algo en esa imagen, los tres juntos bajo la misma luz tenue, que hacía difícil pensar con claridad.
Cuando Daniela paró para descansar, se tumbó a un lado. Le separé las piernas y volví a lamerla. Marcos se pajeaba despacio mientras nos observaba, sin lograr ponerse del todo duro.
***
Me puse encima de ella y volví a meterla. Daniela extendió la mano y atrajo a Marcos hacia su boca.
Un momento después, quitó la polla de la boca y me acercó hacia ella para besarnos. Sin soltarme el cuello, giró la cabeza hacia él y volvió a cogerlo. Mi boca quedó muy cerca de la suya, a centímetros. Me besó con fuerza y, sujetando a Marcos por la base, fue acercando despacio su polla hacia los dos. Casi sin darme cuenta, los dos le estábamos lamiendo al mismo tiempo.
Con la mano, Daniela fue guiando la polla de Marcos directamente a mi boca.
Intenté retirarme. Ella me sostuvo por el cuello con una presión suave pero firme. No me empujó, no insistió. Solo me miró. En sus ojos no había juicio, solo una curiosidad ardiente que no me dejaba apartar la vista.
Entendí que esto era lo que había querido ver desde el principio.
Marcos se apartó al rato. Se colocó detrás de mí y frotó su polla contra mí, intentando penetrarme. No pudo: nunca llegó a estar lo suficientemente duro. Daniela me sujetaba del cuello mientras eso ocurría y me preguntaba en voz baja, casi al oído, si me gustaba. No esperaba respuesta.
Semanas después, estando solos los dos, me preguntó si Marcos había llegado a penetrarme.
—No —le dije.
Se quedó un momento callada. No supe si le decepcionaba o si simplemente guardaba la información para otra vez.
***
Marcos desistió y volvió hacia la boca de Daniela. Esta vez ella se lo chupó con ganas, sin soltarme a mí. Yo seguía dentro de ella, moviéndome poco a poco, y ya no aguantaba mucho más.
Marcos se quedó quieto de golpe. Soltó un largo suspiro y se vació en su boca.
Daniela lo apartó con suavidad. Me atrajo hacia ella con la mano en mi cuello y me besó, y en su boca estaba el sabor de Marcos. Me lo pasó todo con la lengua, sin urgencia, mirándome mientras lo hacía.
En ese momento me corrí dentro de ella.
Cuando nos separamos me desplomé sobre la cama. Marcos se arrodilló entre las piernas de Daniela y le limpió el coño con la lengua, despacio y con cuidado. Después se acercó a mí y me limpió la polla hasta dejarla del todo.
Daniela había levantado la cabeza para mirar. A veces lo miraba a él y a veces me miraba a mí. Con una mano se frotaba el clítoris despacio. En su cara solo había lujuria.
Quedamos los tres agotados en la misma cama. Apagamos la luz sin decir nada.
***
Por la mañana, Marcos no estaba en la habitación. Se había retirado a la habitación de invitados, como siempre hacía cuando se quedaba a dormir en casa. Su mochila estaba en el pasillo, ya preparada.
El domingo lo pasamos tranquilos, algo más cariñosos de lo habitual. Con esa levedad que a veces dejan las noches que han salido bien y que nadie necesita nombrar para que todos sepan que ocurrieron.
A media tarde, Marcos se despidió. Un abrazo, dos besos en la mejilla de Daniela, y ya. Sin hablar de cuándo sería la próxima visita, como siempre que venía. Sin mencionar nada de lo que había pasado.
Daniela lo acompañó hasta la puerta. Cuando volvió al salón, se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro. Estuvimos así un rato largo, mirando la luz de la tarde cambiar en la ventana.
No dijimos nada.
No hacía falta.