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Relatos Ardientes

La sesión de fotos que terminó siendo un trío

Valeria. Treinta y tres años. Separada desde hacía dieciocho meses, con una deuda que no paraba de crecer y un trabajo de administración que apenas alcanzaba para el alquiler mensual. Ese era el resumen honesto de mi vida cuando Matías me escribió por primera vez.

Lo había visto en un grupo de fotografía de Facebook. Creador de contenido, veinticuatro años, y una forma de escribir que transmitía esa seguridad peculiar de quienes saben exactamente lo que quieren y asumen que los demás acabarán diciéndoles que sí.

«Hola, Valeria. Vi tus fotos en el grupo. Tienes exactamente el tipo de presencia que busco para un proyecto pago. ¿Podemos hablar?»

Lo ignoré durante cuatro días. Al quinto volví a leer el mensaje mientras miraba mi saldo bancario y entendí que ignorarlo era un lujo que ya no podía permitirme.

Me explicó que producía contenido para adultos, que pagaba bien y que buscaba mujeres con cuerpo natural, sin intervenciones, con presencia auténtica. Le pregunté cuánto. La cifra que me citó era casi el doble de mi sueldo mensual.

—Solo fotos —le dije cuando acordamos vernos—. Eso tiene que quedar muy claro. No quiero llegar a más.

—Completamente de acuerdo —respondió—. Solo fotos.

***

El hotel estaba en el barrio de Palermo. No era de lujo, pero tampoco era barato: una de esas propiedades intermedias pensadas para reuniones discretas. Llegué a las nueve de la noche con un vestido negro que me ceñía la cintura y unos botines que quizás eran demasiado para lo que se suponía que era una sesión de trabajo. Llevaba el bolso con las dos manos, como si apretarlo me diera algo de control sobre la situación.

Matías abrió la puerta antes de que terminara de llamar. Era exactamente como en las fotos de su perfil: moreno, mandíbula definida, y una sonrisa que llegó a sus ojos un segundo después de que llegara a sus labios, en ese orden que suele significar que la persona calcula.

—Valeria —dijo, mirándome de arriba abajo con una apreciación directa que no intentó disimular—. Esperaba que estuvieras bien en persona, pero esto es otra cosa.

Entré. La habitación era amplia: cama grande, iluminación cálida y lateral, su teléfono montado sobre un trípode en el rincón con una pequeña luz de relleno al lado. No era un estudio profesional, pero había un orden deliberado en la disposición de los elementos que transmitía que no era la primera vez.

—¿Cómoda? —preguntó.

—Más o menos —respondí con honestidad.

—Bien. La incomodidad inicial siempre desaparece. Empecemos.

Me pidió que me parara frente a la ventana. Empezó a dirigirme con voz tranquila y precisa: que girara el hombro, que apoyara una mano en el marco, que soltara el pelo. Lo fui haciendo. Cada indicación era razonable por sí sola. El problema era que sumadas apuntaban en una dirección que yo había dicho que no quería tomar.

Cuando me pidió que bajara un tirante del vestido, dudé.

—Matías...

—Solo el tirante. Para la línea del hombro. Las fotos quedan mucho mejor.

Bajé el tirante.

El problema con los límites no es cruzarlos de golpe. Es que se van moviendo de a poco, y cuando te das cuenta, ya estás mucho más adentro de lo que habías planeado. Cada paso parecía razonable desde el paso anterior. Era eso lo que lo hacía difícil de detener.

—¿Puedes quitarte el vestido? —preguntó, con el mismo tono calmo con que había pedido todo lo demás—. Las fotos sin vestido valen el doble de lo acordado.

—Te dije que no quería llegar a eso.

—Fotos artísticas. Sin cara si prefieres. El doble exacto.

Me quedé calculando en silencio. El doble de lo ya acordado era una cifra que representaba un problema real que tenía sin resolver. Me quité el vestido.

Cuando cayó al suelo y quedé en ropa interior negra, la expresión de Matías cambió. No de manera perturbadora, sino como alguien que acaba de confirmar una hipótesis que ya tenía.

—Perfecta —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Eres exactamente lo que necesitaba.

Me fotografió durante veinte minutos más. Me pidió que me quitara el corpiño. Lo hice con las manos que no terminaban de decidir si querían estar quietas. Mis tetas quedaron al aire, los pezones ya endurecidos por el frío de la habitación y por algo más que no quería nombrar. Me pidió que me sentara en el borde de la cama, que cruzara una pierna sobre la otra, que inclinara la cabeza hacia atrás. Obedecí todo.

Y entonces dejó el teléfono en el trípode, con la grabación en curso, y se acercó.

—Espera —dije.

—Relájate. Esto es parte de la sesión.

No lo era. Los dos lo sabíamos. Pero sus dedos ya rozaban mi hombro y bajaban despacio por el costado de mi torso, deteniéndose en la curva de mi teta para apretármela con una calma que era peor que la urgencia, y mi cuerpo llevaba media hora en un estado de tensión que había ido convirtiéndose, muy a mi pesar, en otra cosa. Sentí el pezón endurecerse aún más entre sus dedos cuando lo pellizcó, y una humedad tibia empezó a acumularse entre mis piernas sin que yo hiciera nada por evitarlo.

***

Me besó en el cuello. Cerré los ojos durante tres segundos antes de volver a abrirlos.

—Si llegamos a más, el precio cambia de nuevo —murmuró contra mi piel—. Considéralo una negociación continua.

No dije que sí. Pero tampoco dije que no. Y eso fue suficiente para los dos.

Me recostó en la cama con una calma que era más desconcertante que la urgencia habría sido. No había torpeza, no había apuro. Me terminó de bajar las bragas por las piernas y las tiró a un costado sin mirarlas, como si fueran un trámite. Quedé completamente desnuda frente a él, con las piernas abiertas por su mano que las separaba con firmeza sin pedir permiso, y él se quedó mirándome el coño un segundo largo antes de hablar.

—Estás mojada —dijo, y no era una pregunta.

Metió dos dedos entre mis labios y los deslizó hacia arriba y hacia abajo, untándose con mi humedad, buscándome el clítoris con la yema y presionando con una lentitud calculada. Me arqueé sin querer. Sus dedos entraron y salieron de mí un par de veces, curvándose adentro, y yo apreté los dientes para no gemir en voz alta.

—Se te mueve la cadera sola —murmuró—. Fijate.

Bajó la cabeza entre mis piernas con una concentración tranquila, como alguien que sabe exactamente lo que hace y no necesita apresurarse. Su lengua fue paciente y precisa: primero un lametón largo y plano desde la entrada del coño hasta el clítoris, después círculos lentos, después la punta de la lengua clavándose en el capuchón y bailando ahí, sin apuro. Me sostuvo los muslos con las dos manos sin dejar que me alejara, aunque en ningún momento intenté hacerlo. Me chupó los labios del coño uno por uno, los mordisqueó con cuidado, y volvió al clítoris con la lengua ancha y caliente. Metió un dedo y después dos, buscando adentro un punto exacto que encontró demasiado rápido para mi comodidad.

El placer se fue acumulando de una manera que no daba opciones. Sentí cómo se me tensaban los muslos alrededor de su cara, cómo se me endurecían las tetas, cómo se me escapaba el aire en jadeos cortos que ya no controlaba. Mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza terminara de formular una objeción coherente.

—Ay, mierda —solté sin querer—. Ay, así, así, no pares...

Me corrí con un sonido que me avergonzó en cuanto salió de mi boca, un gemido largo y agudo que rebotó contra las paredes de la habitación. Sentí las contracciones apretándome los dedos que él tenía adentro, la lengua clavada en el clítoris que no se detuvo hasta que yo empujé la cabeza hacia atrás porque ya no aguantaba más.

Matías levantó la cara con la boca brillante de mi humedad y me miró con esa sonrisa que ya sabía lo que hacía.

—¿Lo ves? —dijo, pasándose el dorso de la mano por la barbilla mojada.

Se puso de pie y empezó a quitarse la camisa. Después el cinturón. Después el pantalón. Cuando bajó el bóxer, su verga saltó hacia arriba, dura y gruesa, con el glande hinchado y una vena marcada corriendo por el lado. Se la agarró con la mano, se la acomodó, y me miró.

—Dijimos fotos —le recordé, con una voz que sonó menos firme de lo que quería.

—Y el precio cambió tres veces esta noche. ¿Quieres el dinero completo o no?

Lo miré. Me miré a mí misma, tumbada en esa cama en ese hotel, con la ropa en el suelo y el coño todavía palpitando después de correrme en su boca. Calculé otra vez el número que representaba lo que él estaba ofreciendo.

Asentí.

—Ven acá —le dije, y la voz me sonó ronca—. Dámela en la boca primero.

Él se acercó al borde de la cama sin decir nada. Me giré de costado, apoyé un codo en el colchón y le agarré la verga con la otra mano. Estaba caliente, más gruesa de lo que había parecido de lejos. Le pasé la lengua por debajo del glande, después por toda la extensión, después me la metí en la boca todo lo que pude sin ahogarme. Él me agarró del pelo, no con brutalidad pero con firmeza, y empezó a empujar en un ritmo lento. Yo cerré los labios apretados y le chupé la verga entera, subiendo y bajando, haciendo ruidos húmedos que llenaban la habitación. Sentí sus huevos golpearme contra la barbilla cuando me la clavó hasta el fondo, y me atraganté un segundo, escupí saliva sobre su verga y la usé para seguir chupándosela.

—Así —murmuró—. Así, con la lengua.

Me la sacó de la boca con un ruido húmedo. Estaba brillante entera de mi saliva. La miré subir y bajar en su mano.

Me giré sola, sin que me lo pidiera. A cuatro patas, con la frente apoyada en los antebrazos, el culo levantado y las piernas abiertas. Escuché el sonido de un envoltorio, sentí su mano posarse en mi cadera con una firmeza tranquila, y después el glande empujando contra la entrada de mi coño.

Se me metió despacio la primera vez, hasta el fondo, y yo apreté la sábana con los dos puños. Era gruesa, y sentí cada centímetro entrando, abriéndome, hasta que sus caderas chocaron contra mi culo.

—Estás apretadísima —dijo entre dientes—. Carajo.

Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviendo a clavarla hasta el fondo. El cabecero golpeaba contra la pared con un ritmo constante. Yo gemía contra las sábanas, con la boca abierta, sin poder callarme aunque quería. Cada empuje me arrancaba un sonido nuevo. Sus manos me agarraban las caderas y me tiraban hacia atrás para que me estrellara contra él.

—Más fuerte —le pedí, y la vergüenza vino después—. Más fuerte, mierda.

Lo hizo. Me la clavó más rápido y más hondo, con los huevos golpeándome el clítoris en cada embestida. Me estiró la mano y me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás. Yo arqueé la espalda. Sentí su otra mano subir por mi costado y agarrarme una teta, apretándola, pellizcándome el pezón.

Lo que vino después fue intenso en una forma que no esperaba. No hubo brutalidad, pero tampoco gentileza innecesaria. Era lo que era: una transacción entre dos adultos que habían llegado a un acuerdo sobre la marcha. Y había algo en esa honestidad que lo diferenciaba de otras experiencias en las que la mentira emocional había formado parte del trato.

Me aferré a la sábana. Sentí que se me venía otra vez, una ola que empezaba en el fondo del vientre y me subía por la columna, y cuando llegó fue peor que la anterior. Me corrí gritando contra la almohada, con las piernas temblándome, apretándole la verga con espasmos que le arrancaron un gruñido. Me corrí de nuevo antes de que él terminara, y eso me sorprendió más que cualquier otra cosa de esa noche.

***

Estaba todavía recuperando el aliento, todavía con él adentro y la cara hundida en la almohada, cuando escuché que la puerta de la habitación se abría.

Me incorporé de golpe. En el umbral había un hombre que no había visto nunca. Treinta y ocho o cuarenta años, varios centímetros más alto que Matías, de hombros anchos y barba de varios días. Tenía una manera de pararse en la puerta que hacía que el espacio pareciera más pequeño.

Me cubrí con la sábana por instinto.

—¿Quién es? —pregunté, mirando a Matías.

—Mi hermano Rodrigo —respondió él, con la misma naturalidad con que habría dicho cualquier cosa, saliéndose de mí con una lentitud que era casi una demostración—. Te comenté que a veces trabajo en equipo.

—No me comentaste nada de eso.

—Se me habrá pasado.

Rodrigo entró sin prisa, cerró la puerta detrás de él y me miró de una manera que no era agresiva pero que tampoco pedía permiso. Sus ojos bajaron por la sábana como si pudiera ver a través, se detuvieron en la forma de mis tetas debajo de la tela, siguieron bajando. Era la clase de mirada que da por sentado que va a conseguir lo que quiere y no siente la necesidad de disimularlo.

—Puedo irme si prefieres —dijo. Era la primera vez que hablaba. Su voz era más grave que la de su hermano, más pausada.

—Deberías habérmelo dicho antes —le dije a Matías.

—Tienes razón. No lo hice. —Hizo una pausa breve—. El triple de lo acordado inicialmente, Valeria. Un video con los dos. Una hora, no más.

El triple de lo acordado inicialmente era un número que resolvía el problema que me había traído hasta ahí y dejaba además un margen considerable para el mes siguiente.

Me quedé mirando la pared durante varios segundos. Sentí la humedad todavía tibia entre mis piernas, la vibración residual de dos orgasmos que aún no se apagaban del todo.

Solté la sábana.

***

Rodrigo era distinto a su hermano en la forma de moverse. Donde Matías era calculador y pausado, Rodrigo era directo sin ser brusco, con esa economía de gestos de quien no necesita demostrar nada porque ya sabe lo que tiene. Se quitó la ropa sin ceremonia. Cuando bajó los calzoncillos, entendí a qué se refería la mirada anterior: su verga era más gruesa que la de Matías, más larga, con las venas marcadas y los huevos pesados colgando debajo. Se la agarró y se acercó a la cama con la mirada fija en mí.

—Abrí la boca —me dijo.

Lo hice. Me la metió sin ceremonia, apoyándome una mano en la nuca y empujando hasta el fondo. Me atraganté, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero él no se retiró. Salió despacio, dejó que respirara, y volvió a empujar. Yo aprendí a controlar el ritmo con la lengua, chupándosela con los cachetes hundidos, dejando caer saliva por la comisura de la boca que me chorreaba por la barbilla y me caía en las tetas.

—Buena chica —dijo, y me acarició la mejilla con el pulgar mientras seguía cogiéndome la boca—. Así.

Matías se acercó por el costado, con la verga otra vez dura en la mano, y me la puso al lado de la de su hermano. Los miré a los dos parados frente a mí, con las pijas hinchadas apuntándome a la cara, y sin que me lo pidieran empecé a pasar de una a otra, chupándoles la punta a uno, después al otro, agarrándoles los huevos con la mano libre, lamiéndoles la extensión desde la base hasta el glande. La saliva me caía por el mentón. Ellos me acariciaban el pelo, me pellizcaban los pezones, se murmuraban cosas entre ellos que yo escuchaba a medias.

—Date vuelta —me dijo Rodrigo después.

Lo hice. Me puse a cuatro patas otra vez, con el culo levantado hacia él, y sentí su mano grande posarse en la parte baja de mi espalda. Se pasó el glande por mis labios del coño, arriba y abajo, untándose. Empujó despacio al principio, calibrando, abriéndome de a poco porque la tenía más grande de lo que yo estaba acostumbrada. Cuando entró entera se me escapó un gemido largo. Luego encontró un ritmo que era constante y profundo, más fuerte que el de su hermano, con embestidas que me hacían clavar los codos en el colchón para no caerme hacia adelante. Cada vez que él empujaba, el cabecero golpeaba contra la pared, y yo empujaba la cadera hacia atrás para recibirlo.

Matías se movió hacia el otro extremo de la cama. Lo entendí antes de que dijera nada. Levanté la cabeza y abrí la boca. Él se me metió hasta el fondo mientras su hermano me follaba por atrás, y yo quedé atrapada entre las dos vergas, empujada hacia adelante por Rodrigo y encontrándome con la de Matías en cada embestida. Los dos hermanos me marcaron un ritmo que me sacudía entera, con las tetas balanceándose debajo, con la saliva mezclada con mi humedad chorreándome por la barbilla.

Los dos hermanos me usaron durante lo que debieron ser cuarenta minutos, aunque perdí el registro exacto del tiempo en algún punto. Matías grababa cuando no participaba, y cuando participaba, Rodrigo tomaba el teléfono. Cambiaron de posición dos veces. Me pusieron de espaldas y me abrieron las piernas para que Rodrigo me la clavara mientras Matías me chupaba las tetas y me estrujaba el clítoris con los dedos. Me sentaron encima de Rodrigo, con las piernas abiertas cabalgándolo, mientras Matías se paraba detrás de mí y me mordía el cuello y me apretaba las tetas por atrás. Ninguno preguntó cómo estaba. Yo tampoco lo pregunté.

Me corrí tres veces. La primera fue con Rodrigo adentro y los dedos de Matías en el clítoris, apretándome fuerte contra su pecho por la espalda. La segunda fue cabalgando a Rodrigo, empujando yo misma la cadera contra él, mientras Matías me obligaba a bajar la cabeza para chuparle la verga. La tercera vino sola, casi al final, cuando ya no podía distinguir de dónde venía qué placer, con la boca llena de una y el coño lleno de la otra. Eso tampoco lo preguntó nadie. Simplemente pasó, y ninguno de los tres fingió sorpresa.

Al final me pusieron de rodillas entre los dos, uno a cada lado, con la boca abierta y la lengua afuera. Rodrigo me sujetó de los hombros con las dos manos, con una presión que era casi un abrazo. Matías me apoyó una palma suave en la cabeza. Los dos se sacaron los preservativos y se agarraron las vergas con la mano, masturbándose rápido a pocos centímetros de mi cara. Yo cerré los ojos y esperé.

Sentí el primer chorro caliente de Matías caer en mi mejilla, después en los labios, después en la lengua. Un segundo después el de Rodrigo, más abundante, cayéndome en la frente, en el pómulo, en el mentón, mezclándose en mi boca con el del otro. Se corrieron casi al mismo tiempo, gruñendo los dos, apretándome contra sus muslos. Yo cerré los ojos y dejé que pasara sin intentar hacer nada más que estar ahí, presente en cada segundo de aquello, con la cara empapada y la lengua afuera y la corrida escurriéndome por el cuello hasta las tetas.

Matías me acercó el teléfono a la cara, todavía grabando, y yo abrí la boca para mostrar lo que tenía adentro antes de tragar.

***

Cuando me quedé sola en el baño, con el agua caliente cayendo sobre mi espalda, esperé llorar. No llegó.

Lo que sentí fue algo parecido a una calma extraña: la calma que viene cuando algo que has estado temiendo por fin ocurre y descubres que sobreviviste. Que el mundo no se acabó. Que sigues siendo tú.

Matías había dejado el dinero sobre la mesita de noche. Tres fajos ordenados, más de lo que había visto junto desde hacía años. Lo guardé en el bolso sin contarlo porque contarlo en ese momento me habría parecido demasiado.

Me vestí despacio. Antes de llegar a la puerta, Matías me llamó.

—Nos gustaría repetir —dijo—. Tenemos suscriptores que pagan bien por este tipo de contenido. Piénsalo sin apuro.

Lo miré un momento. Rodrigo seguía sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, mirando el suelo.

—Te escribo —dije.

Y salí.

***

No sé con certeza qué fue lo que pasó esa noche: si fue una decisión o una serie de pequeños deslizamientos que sumaron una dirección sin que yo eligiera conscientemente ninguno. La frontera entre las dos cosas no siempre es tan clara como uno quisiera que fuera.

Lo que sé es que volví a casa, pagué el mes atrasado, y dormí ocho horas seguidas por primera vez en semanas.

Matías me escribió tres días después. Tardé otros dos en responder.

Pero respondí.

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Comentarios(9)

Miguelin77

increible!!! no me lo esperaba para nada, tremendo

Sebastian

Buenisimo, quede con ganas de mas. Hay segunda parte??

Carlitos85

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace tiempo jajaja. El detalle del hotel le da un toque de realismo que me gusto mucho. Bien ahi

Alex_MX

Muy bien narrado, se siente autentico. Lo del hermano fue un giro que no vi venir para nada

MirandaRosario

Esa tension desde el principio estuvo genial, se notaba que iba a pasar algo. Sigue publicando!!

Naty_09

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi :)

PatricioB

Que bien escrito, no se hizo largo ni pesado. Solo bueno de principio a fin

kimera

relato genail, uno de los mejores que lei ultimamente

BrunoMdP

Esto es lo que me gusta encontrar, buena naracion y buen ritmo. Saludos desde Mar del Plata

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