La fantasía del trío que ella guardó para él
La relación entre Valeria y Damián empezó con una camilla plegable y una lesión de tobillo. Él jugaba en un club de baloncesto de primera regional y llegó a su consulta recomendado por un compañero de equipo. Ella era fisioterapeuta, trabajaba desde casa y aceptó el caso sin darle mayor importancia. Tendón, músculo, recuperación progresiva. Nada extraordinario.
La primera sesión fue limpia. La segunda también. Fue en la tercera cuando los dedos de Valeria, trabajando el gemelo de Damián, se encontraron con que él la miraba de una forma que no tenía nada de terapéutico. Ella no lo ignoró. Lo devolvió.
A partir de ahí, los viernes siguieron su propio protocolo. Él llegaba con algo de cenar y un pack de cervezas, ella le hacía la sesión de masaje que le había prescrito el fisio del equipo, y luego ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de irse a ningún sitio. Terminaban en la camilla, en el sofá o en la cama, dependiendo de cuánta energía les quedara y de cuánto hubiera durado la sesión de masaje antes de que dejara de ser solo terapéutica.
Valeria tenía treinta y dos años y hacía mucho tiempo que había decidido que no quería novios. Tenía su trabajo, sus amigas, su piso y una lista mental de cosas que quería hacer antes de complicarse la vida. Damián lo aceptó mejor de lo que ella esperaba, aunque a veces notaba en sus silencios que él guardaba algo más que curiosidad por ella.
***
Aquella mañana de sábado, Valeria se despertó antes que él.
Llevaban poco más de dos horas dormidos después de una sesión que había dejado el colchón en un estado lamentable. Estaban en posición de cuchara: la espalda de ella pegada al pecho de él, el brazo izquierdo de Damián cruzado sobre el torso de Valeria y su mano abierta sobre uno de sus pechos. El otro brazo servía de almohada para la cabeza de ella. El pubis de Damián descansaba contra la parte baja de la espalda de Valeria, y el pene flácido de él quedaba acomodado en el hueco entre sus glúteos.
Valeria permaneció inmóvil durante varios minutos. Tenía los ojos abiertos y miraba la pared. Notaba la respiración profunda de Damián en la nuca, la subida y bajada lenta de su pecho detrás de ella. Y notaba también, con una precisión que la hizo sonreír, cómo el cuerpo de él descansaba pesado y cálido contra el suyo.
Le gustaba eso. Le gustaba la progresión.
Estuvo varios minutos escuchando los ronquidos ligeros de él antes de tomar ninguna iniciativa. Cuando decidió que ya había esperado suficiente, levantó ligeramente la pierna y deslizó la mano entre las dos, con cuidado de no despertarlo, hasta encontrar el miembro de Damián. Lo colocó sobre su sexo, por fuera todavía, y volvió a cerrar los muslos atrapándolo entre ellos.
Damián murmuró algo ininteligible, la atrajo hacia él con el brazo que la rodeaba y siguió dormido.
Valeria empezó a acariciarse ella misma. Necesitaba prepararse antes de despertarlo, necesitaba ese tiempo propio que los hombres rara vez le concedían. Se tomó diez minutos sin prisa, moviéndose muy despacio para no alterar el peso de él detrás. Se acarició el clítoris con la yema del dedo índice, primero en círculos amplios y lentos, luego más concentrados. Luego bajó hasta el inicio de los labios. Luego más adentro, hasta que tuvo los dedos completamente mojados y supo que estaba lista.
Volvió a llevar la mano hacia Damián. Esta vez, empapó con los dedos el glande y lo rodeó con la palma. No necesitó insistir mucho. El cuerpo de él respondió sin que la mente terminara de despertarse: la respiración cambió, los ronquidos desaparecieron y entre los muslos de Valeria apareció una presión nueva y creciente.
Ella empujó el trasero hacia atrás.
Damián abrió los ojos lentamente. Tardó dos o tres segundos en ubicarse, en entender lo que sus manos y su cuerpo ya habían empezado a hacer solos. Cuando lo entendió, apretó el pecho de Valeria con la mano y la pegó más contra él, hundiendo la cara en el cuello de ella.
La erección ya era completa. Valeria lo notó presionando contra ella y comenzó a hacer movimientos pélvicos lentos. La posición de costado no facilitaba la penetración profunda, pero ambos se conocían ya lo suficiente como para saber qué quería el otro. Ella giró el cuello, buscó la boca de él con los labios y, cuando se separaron, le susurró mirándolo a los ojos:
—Quiero que me folles.
Sin añadir más, giró sobre sí misma y se colocó boca abajo. Puso las manos bajo la almohada y abrió las piernas hasta casi ocupar toda la anchura de la cama. Damián no necesitó más instrucciones.
Se colocó sobre ella con cuidado, apoyando los codos a ambos lados para no aplastarla del todo. Su cuerpo moreno casi la cubría por completo. Valeria sintió el peso en la espalda, los muslos de él entre los suyos abriéndola todavía más, y luego la punta del miembro buscando su entrada. Cuando entró, entró de golpe y profundo.
—Dios —dijo ella con la cara contra la almohada.
Damián empezó a moverse. Cada embestida empujaba el cuerpo de Valeria contra el colchón, haciendo presión sobre el clítoris con cada golpe. Ella no necesitaba hacer nada más que recibir. Relajó todo el cuerpo, cerró los ojos y dejó que él terminara su trabajo.
Antes del final, Damián le agarró las muñecas por debajo de la almohada y las sujetó mientras hacía presión con las rodillas para abrirle las piernas todavía más. Valeria sintió la fuerza, el peso y la potencia física de él inmovilizándola por completo. Sentirse así, sin poder cerrar los muslos aunque quisiera, la ponía de una manera específica que era difícil de explicar y fácil de reconocer.
Cuando Damián llegó al orgasmo, lo hizo sin avisar, con tres empujones largos y un grito que probablemente escucharon los vecinos del piso de arriba. Cayó derrengado sobre ella.
—Ni se te ocurra salir —dijo Valeria en cuanto lo oyó acabar.
Él se quedó quieto encima de ella, jadeando.
Valeria sacó la mano de debajo de la almohada y la llevó a su entrepierna. Con Damián todavía dentro, empezó a acariciarse el clítoris mientras movía las caderas en círculos pequeños. Añadió dos dedos junto al miembro de él. Las cosas allí dentro estaban muy apretadas, y eso era exactamente lo que necesitaba para terminar. No tardó en llegar.
***
Valeria se duchó primero. Cuando él se metió en el cuarto de baño veinte minutos después, ella ya estaba dentro con el pelo empapado.
—Dame el gel.
Él lo cogió del borde del lavabo, se lo pasó y entró sin que ella lo invitara. Valeria levantó los ojos al cielo pero no dijo nada.
Se estuvieron mirando bajo el agua caliente durante un momento. Luego ella cerró el grifo, echó un chorro de gel en la palma y empezó a pasárselo por el pecho de él. Fue bajando despacio, con las manos abiertas sobre el abdomen, sobre las caderas, hasta que llegó al miembro y lo rodeó con los dedos. Lo frotó despacio hasta que estuvo limpio y duro al mismo tiempo.
Entonces se agachó.
Le hizo una felación apoyando la espalda en la pared del baño, sujetándole los testículos con la mano izquierda y moviéndola al mismo ritmo que la boca. Damián le puso las manos en los lados de la cabeza y a los pocos minutos se corrió en la boca de ella. Valeria lo escupió todo bajo el agua, se aclaró la boca y salió de la ducha dándole un beso en la mejilla.
—Te espero en la cocina. Tengo hambre.
***
Desayunaron bien. Huevos revueltos, beicon, pan tostado con tomate y café largo. Pusieron música, dejaron las ventanas abiertas y estuvieron un rato en silencio, que es uno de los mejores indicadores de que dos personas están a gusto en el mismo sitio.
Fue Damián quien rompió el silencio.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Qué es esto exactamente? —dijo, señalando el espacio entre los dos con el tenedor.
Valeria dejó la taza sobre la mesa.
—Esto es lo que ves —respondió—. Dos personas que se lo pasan bien juntas.
—Ya. ¿Y nada más?
—Nada más. —Hizo una pausa corta—. Mira, Damián, no quiero que te enfades ni que te ofendas. Pero yo no busco una relación. No ahora, no con nadie. Me gusta mi vida como está: mi trabajo, mis amigas, mis propios horarios. Cuando me apetece compañía, la busco. Y cuando no me apetece, quiero estar sola sin dar explicaciones. Si encajas en eso, perfecto. Si no, también lo entiendo.
Damián bajó la cabeza y jugó un momento con el tenedor sobre el plato vacío.
—¿Y si yo quiero algo más?
—Entonces te vas a llevar un disgusto —dijo ella sin rodeos—. No porque no me gustes. Me gustas. El sexo contigo es muy bueno y me lo paso bien en tu compañía. Pero de ahí a ser novios hay una distancia que yo no tengo ninguna intención de cruzar.
Silencio. La música sonaba suave desde el salón.
—¿Te estás enamorando de mí? —preguntó Valeria, directa.
—No lo sé —contestó él—. Nunca he tenido novia. No sé muy bien qué es eso.
Valeria asintió despacio. Se levantó, rodeó la mesa y se sentó a horcajadas sobre él. Le puso las manos en el cuello y le dio varios besos cortos en la cara. Él mantuvo los brazos caídos a los lados.
—No te hagas el muerto —dijo ella—. Y escucha, porque tenía pensado hacerte una propuesta antes de que te pusieras así.
Él no contestó.
—¿Quieres escucharla o no?
—Como quieras —dijo encogiéndose de hombros.
—Esta mañana, cuando hemos estado en la cama, ¿notaste algo cuando te ponías por detrás?
Damián la miró.
—Que te gustaba bastante.
—Me pone mucho que me estimulen ahí —explicó ella, sin rodeos—. Siempre me ha gustado. Y también me pone sentirme dominada. Como cuando me sujetaste las muñecas esta mañana, o cuando me abriste las piernas con las tuyas y no me podía mover. Esa sensación de estar completamente a merced del otro me encanta.
—Lo noté —dijo él.
—Bien. Pues ahí va la propuesta: me gustaría hacer sexo anal contigo. —Hizo una pausa—. Y también me gustaría, si tú estás dispuesto, hacer un trío.
—¿Con otra chica? —preguntó él.
—No.
Damián tardó unos segundos en procesar la respuesta. Cuando la procesó, su cara cambió de expresión tres veces seguidas.
—¿Dos tíos y tú?
—Sí. Con doble penetración simultánea. —Valeria lo dijo con la misma naturalidad con la que hubiera pedido un segundo café—. Es algo que nunca he hecho y que llevo tiempo queriendo probar. Y desde que te conozco, en la fantasía, el que va por detrás eres tú.
Damián se quedó en silencio durante varios segundos. Tenía los ojos fijos en un punto de la mesa, procesando.
—Dame un momento —dijo.
—Tómate el tiempo que necesites.
Lo que nadie le estaba preguntando a Damián era si su cuerpo tenía alguna opinión sobre el asunto. Y su cuerpo, en ese preciso momento, tenía una opinión muy clara: el bulto que presionaba desde abajo contra la ropa interior de Valeria, mientras ella seguía sentada a horcajadas sobre él, era bastante elocuente.
Ella lo notó y sonrió.
—Eso no parece un no.
Él no respondió, pero tampoco la quitó de encima.
—No tienes que hacer nada que no quieras —continuó Valeria—. Solo necesito que traigas a alguien con quien tengas mucha confianza. Alguien con quien no te dé corte estar en esa situación. Tú no tienes que decirle nada de antemano. Solo tráelo con cualquier excusa y déjame hacer a mí.
—Tengo un amigo —dijo Damián despacio—. Sergio. Es el único con quien me lo podría plantear.
—¿Mucha confianza?
—Vivimos juntos varios meses cuando llegué aquí. Confianza total. Y además acaba de salir de una relación bastante mal. Está solo y se aburre los fines de semana.
—Perfecto. —Valeria le dio un beso en la boca, corto y resuelto—. Pues tráelo un viernes de estos con la excusa que se te ocurra. Yo me encargo del resto.
Damián asintió muy despacio, todavía con esa mezcla de pánico y curiosidad en la cara que Valeria conocía bien en los hombres. Era la cara de alguien que acaba de decir que sí a algo que no sabe muy bien cómo va a hacer, pero que ya no puede echarse atrás.
***
Damián se fue con la cabeza llena de ruido y el número de Sergio en la pantalla del teléfono.
Valeria, en cambio, dejó el tema apartado durante el resto del fin de semana. No tenía sentido darle vueltas hasta que él moviera ficha. Se ocupó de sus cosas, atendió a sus pacientes, fue al mercado y no pensó en Sergio ni en tríos hasta el miércoles por la noche, cuando le llegó un mensaje de Damián.
«Viernes. 22:00. Mi amigo cree que venimos a devolverte unos libros y a tomar unas cervezas.»
Valeria releyó el mensaje dos veces. Luego apagó la pantalla del teléfono, se quedó mirando el techo durante un momento y sintió algo cálido y conocido moviéndose en el estómago. Llevaba semanas pensando en esa fantasía como en algo abstracto, un deseo que pertenecía al territorio de la imaginación. De repente tenía fecha y hora.
El jueves lo dedicó a prepararlo todo con calma. Cambió las sábanas de la cama por las más suaves que tenía, colocó velas en distintos puntos del dormitorio para que la luz fuera escasa e indirecta, eligió música. Compró cervezas y metió dos pizzas en el congelador para tenerlas listas cuando llegaran. Por la tarde se preparó como sabía que había que prepararse para que el sexo anal fuera lo que tenía que ser y no lo que podía salir mal. Y escogió el vestido que iba a ponerse: uno de punto fino en color hueso, muy ceñido desde el pecho hasta el muslo, con la falda lo suficientemente corta.
El viernes, a las nueve y media, metió las pizzas en el horno.
A las diez menos cuarto, el olor a queso caliente llenaba el piso y Valeria estaba de pie frente al espejo del dormitorio, terminándose de peinar. Tenía todo lo que necesitaba para que la noche saliera como había planeado. Los nervios eran mínimos. El deseo, en cambio, llevaba dos días ocupando todo el espacio disponible en su cabeza.
El timbre sonó a las diez en punto.