La tarde que mi marido planeó con el director
Era domingo de Super Bowl, una de esas tardes que se sienten lentas y cargadas aunque afuera sople viento fresco. Sebastián y yo estábamos tirados en el sofá de la sala. Él en short negro y playera ajustada que le marcaba los hombros. Yo en leggins de licra negros, ultra entallados, de esos que se pegan como segunda piel y dibujan cada curva. Arriba, un crop top blanco corto, sin sostén, dejando ver el borde inferior de mis pechos. El cabello suelto, los ojos apenas pintados con rímel, y esa sonrisa tímida que todavía me sale cuando sé que estoy a punto de portarme mal.
El partido iba catorce a diez cuando sonó el teléfono.
—Doctor Rodrigo… qué tal —contestó Sebastián con esa voz grave y estratégica que siempre usa cuando huele oportunidad.
Del otro lado, Rodrigo —el director de la facultad, cuarenta y tantos, alto, canas elegantes, esa autoridad que volvía locas a varias profesoras— le proponía ver el partido juntos en algún bar. Sebastián me miró, levantó una ceja. Yo asentí despacito, mordiéndome el labio.
—Claro que sí, doctor —dijo él con tono relajado—. Pero no en un bar, mejor véngase a casa. Le mando la ubicación ahora mismo. Traiga algo rico para tomar, la comida la ponemos nosotros. Acá estamos más cómodos, sin ruido, sin gente… y podemos platicar tranquilos.
Colgó y me guiñó un ojo.
—Plan en marcha, mi amor.
Me levanté, me acomodé los leggins subiéndolos un poco más para que la tela se hundiera entre las nalgas. Me miré en el espejo del pasillo y sonreí.
—Voy a estar tímida al principio… pero después ya sabes cómo soy.
—Perfecto —contestó, abrazándome por detrás y apretándome las caderas—. Yo lo llevo despacito. Que él mismo se anime.
Veinte minutos después sonó el timbre. Rodrigo llegó con una botella de whisky premium y una sonrisa de hombre importante. Llevaba jeans oscuros y camisa blanca arremangada. Sebastián lo recibió con un abrazo fuerte. Yo me acerqué desde atrás, sonrisa tímida, ojos brillantes.
—Bienvenido, doctor —le dije bajito, y le di un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo normal. Él sintió el olor de mi perfume y, sin querer, mis pezones le rozaron el pecho a través del crop top.
Nos sentamos en el sofá grande en forma de L. Sebastián en un extremo, yo en medio, Rodrigo del otro lado. El partido seguía, pero la tensión ya era otra. Yo cruzaba y descruzaba las piernas, los leggins brillaban cada vez que movía los muslos. Cada vez que reía por algo del juego, me inclinaba un poquito hacia Rodrigo, rozándole el brazo con el pecho. Sebastián, estratégico como siempre, soltaba comentarios indirectos.
—Qué bueno que viniste, Rodrigo. Acá en casa nos gusta estar… relajados. Sin protocolos. Mi mujer y yo somos muy abiertos. ¿Verdad, amor?
Yo solo sonreía y bajaba la mirada, fingiendo timidez. Mis ojos decían otra cosa.
En el medio tiempo, cuando empezó el show, Sebastián sirvió más whisky.
—Rodrigo… nosotros no somos de los que se quedan solo viendo el partido, ¿me entiendes? —dijo con sonrisa pícara—. Somos de los que… compartimos. Y nos encanta que la gente se sienta cómoda acá.
Rodrigo tragó saliva. Llevaba rato mirándome el trasero cada vez que me levantaba a traer algo. Los leggins eran un pecado.
De pronto, en un silencio del medio tiempo, no aguantó más. Se acercó, me tomó suavemente por la cintura y me abrazó mirando directamente a Sebastián.
—¿Está bien? —preguntó con voz ronca.
Sebastián sonrió lento, profundo.
—Está más que bien, Rodrigo. Pero la última palabra siempre la tiene ella.
Levanté la cara, lo miré a los ojos y, sin decir nada, le di un beso suave en los labios. Que se volvió profundo en dos segundos. Las lenguas se enredaron, solté un gemidito tímido al principio y hambriento después. Él me apretó contra su cuerpo, sus manos bajaron directo a mi trasero y lo apretaron fuerte por encima de los leggins.
—Mmm… qué culo tienes —gruñó contra mi boca.
Sebastián, desde el sofá, con voz calmada pero excitada:
—Así, Rodrigo. Apriétaselo. Le encanta que la agarren fuerte. Mírala cómo se derrite.
Jadeé y seguí besándolo. Mis manos bajaron por su pecho. Sebastián se acomodó mejor en el sillón, sin tocarse todavía, solo mirando y dirigiendo.
Rodrigo deslizó una mano por debajo del crop top y subió hasta agarrarme un pecho entero, pellizcándome el pezón ya duro.
—Joder… están perfectos —susurró.
—Quítale el top, doctor —dijo Sebastián con voz ronca—. Ella quiere que la veas toda.
Rodrigo me sacó el crop top por la cabeza. Mis pechos quedaron libres, los pezones oscuros y parados. Él bajó la cabeza y se metió uno a la boca, chupando fuerte mientras yo le acariciaba el cabello. Sebastián sonreía, orgulloso.
—Chúpaselos así. Se moja rapidísimo cuando le hacen eso.
Las manos de Rodrigo bajaron al borde de los leggins. Levanté las caderas para ayudarlo. Despacio, muy despacio, me los bajó hasta los tobillos. Debajo no llevaba nada. Mi sexo depilado, hinchado, brillando de humedad, quedó expuesto. Pasó dos dedos por mis labios y los separó.
—Estás empapada…
—Porque te quiero adentro —contesté ya sin timidez, voz coqueta y caliente.
Sebastián soltó un gemido bajo de aprobación.
—Dale, Rodrigo. Métela despacio primero. Que sienta cada centímetro.
Él se bajó los jeans, sacó su miembro grueso y duro, y lo frotó contra mi entrada. Abrí más las piernas, sentada en el sofá, y lo miré con ojos llenos de deseo.
—Vente —susurré.
Y mientras el medio tiempo seguía de fondo en la tele, Rodrigo entró en mí de una sola embestida lenta y profunda. Solté un gemido largo y sensual, clavándole las uñas en la espalda. Sebastián, a un metro de distancia, nos miraba con esa mirada profunda y estratégica, acariciándose por encima del short.
—Fóllatela rico, doctor. Es toda tuya esta tarde. Yo, acá… disfrutando.
***
El medio tiempo había terminado hacía rato, pero en la sala el verdadero partido recién empezaba. Rodrigo me tenía clavada en el sofá, embistiéndome con cadencia, mientras yo gemía con la cara enterrada en su cuello. Sebastián, sentado a un metro, daba instrucciones con esa voz grave que volvía loco a todo el mundo.
—Más duro, doctor. Mírala cómo aprieta. Camila, apriétalo así, mi amor.
Me corrí por segunda vez con un grito ahogado, las uñas clavadas en su espalda. Rodrigo no tardó mucho más. Soltó un gruñido ronco y se vació dentro de mí, temblando. Los tres quedamos jadeando, sudorosos, con la tele de fondo hablando de touchdowns que nadie veía.
Rodrigo se dejó caer hacia atrás en el sofá, todavía dentro de mí, y soltó una risa baja.
—Carajo… llevo meses soñando con esto. Y ahora que estoy divorciado oficialmente, no tengo prisa por irme a casa.
Sonreí pícara, todavía sentada sobre él, y le di un beso suave en los labios.
—Me alegra que no tengas que irte, doctor.
Me levanté despacio, dejando que su semen me escurriera por el muslo. Los leggins seguían hechos un bollo en el piso. Me estiré como gata, completamente desnuda, los pechos firmes y el trasero brillando de sudor.
—Voy a bañarme rapidito… no tarden en extrañarme —dije coqueta, guiñándole un ojo a Sebastián y luego a Rodrigo. Caminé hacia el baño contoneando las caderas, sabiendo que los dos me comían con la mirada.
Cuando la puerta se cerró y se escuchó el agua correr, Rodrigo se acomodó el pantalón y miró a Sebastián con una sonrisa de hombre que ya no tenía nada que perder.
—Sebastián… gracias. De verdad. Llevo más de un año volviéndome loco con tu mujer. Cada vez que entraba a tu oficina y la veía con esos leggins… o cuando se inclinaba sobre la mesa en las juntas… tenía que disimular como podía. Esto fue mejor de lo que imaginé.
Sebastián soltó una carcajada profunda y le sirvió otro whisky.
—Te lo dije, amigo. Acá somos muy liberales. Y si todo sale bien… podemos repetir.
El agua de la ducha seguía corriendo. Rodrigo bajó la voz, casi confesando.
—Es perfecta. Ese cuerpo, esa carita tímida que se vuelve otra cosa en cuanto la tocas… y tú, cabrón, tan tranquilo mirando. No entiendo cómo lo haces, pero me encanta.
Sebastián levantó su vaso.
—Es simple, Rodrigo. Yo la veo gozar y eso me alimenta. Mientras la cuides y la respetes fuera de acá, esto puede seguir. Pero hay una regla que nunca se rompe: en la facultad nunca pasó nada. Discreción absoluta.
—Palabra.
Cuando salí del baño, envuelta solo en una toalla blanca corta que apenas me tapaba, los dos hablaban en voz baja como conspiradores. Me detuve en el marco de la puerta, el cabello mojado cayéndome sobre los hombros, gotas de agua corriéndome por las piernas.
—¿De qué hablan tan serio?
Sebastián se levantó, me abrazó por detrás y me besó el cuello.
—De lo rica que estás, mi amor. Y de que el doctor todavía tiene hambre.
Rodrigo sonrió con doble intención, mirándome de arriba abajo.
—Pues sí. Tengo mucha hambre.
Sebastián no se aguantó. Con esa sonrisa estratégica, soltó:
—¿Y de cenarte a mi esposa también, doctor?
Los tres soltamos una carcajada. Me puse roja, pero me mordí el labio, encantada. Abrí un poquito la toalla para que se viera el borde de un pecho.
—Ay, Sebastián… qué grosero eres.
Rodrigo se rio más fuerte, ya sin filtros.
—Si me dejan, ceno las dos cosas. Primero la cena formal… y de postre me la como otra vez. Pero ahora despacito, con lengua, hasta que ruegue.
Sebastián le dio una palmada en la espalda.
—Órale, pues. Yo pido la comida y tú encárgate de abrirle el apetito a mi mujer mientras llega.
***
Solté una risita coqueta y me senté en medio de los dos en el sofá, la toalla subiéndoseme peligrosamente. Rodrigo ya tenía la mano en mi muslo, subiendo despacio.
—¿Entonces… cenamos o empezamos con el postre?
Sebastián levantó su vaso.
—Las dos cosas, doctor. Las dos cosas.
La cena llegó en menos de media hora. Una tabla de canapés variados, jamón ibérico, queso brie con miel, salmón ahumado, tostas de caviar, y una botella de vino tinto bien frío. Me metí al cuarto un momento. Cuando salí, me había puesto un vestidito de mucama: corsé ceñido que me levantaba los pechos hasta casi salirse por el escote en forma de corazón, falda plisada cortísima, medias negras hasta el muslo con ligueros, tacones altos y una diadema blanca en el cabello recogido.
—Buenas noches, señores… ¿desean que les sirva? —dije con voz tímida pero mirada de diabla.
Rodrigo se quedó con la boca abierta. Sebastián se rio orgulloso.
Empecé a servir. Cada vez que me inclinaba para poner un canapé en el plato de Rodrigo, los pechos casi se me salían del corsé y le rozaba el brazo. Cuando me daba la vuelta para agarrar la botella, el trasero se me refregaba contra su entrepierna. En un descuido calculado, dejé caer un poco de chocolate derretido sobre la curva de mi pecho.
—Ay, qué torpe soy. ¿Me ayudan a limpiar?
Rodrigo se inclinó y lamió el chocolate despacio, chupándome el pezón por encima del escote. Solté un gemidito.
Mientras comíamos, los comentarios picarescos volaban.
—Acostándome con el jefe… ahora sí voy por mi aumento, ¿verdad, doctor? —dije mordiendo un canapé.
Rodrigo, con la mano ya metida bajo mi falda acariciándome el trasero:
—Y yo te doy horarios privilegiados, mi reina. Siempre y cuando vengas a reportarte a mi oficina todas las tardes.
Sebastián, riendo:
—Ojo, Rodrigo, que si le das aumento de sueldo le vas a tener que dar varias cosas más.
Me reí y me senté un segundo en las piernas de Rodrigo, refregándome.
—Ahora sí voy por los viernes de medio día libre.
Dios mío, nunca me había sentido tan deseada y tan a salvo al mismo tiempo.
La cena se acabó entre risas, besos, manos por todos lados, y la respiración de Rodrigo cada vez más pesada contra mi cuello. Sebastián, desde el sillón, levantó el vaso una última vez con esa sonrisa profunda de quien había conseguido exactamente lo que quería.
—Que la noche apenas empieza —dijo.
Y empezaba.