El trío que Valentina propuso tras el desayuno
Llevaban casi cinco semanas con ese acuerdo tácito que ninguno había puesto en palabras. Marcus llegaba los viernes con cervezas y comida, y Valentina le hacía el masaje que, en teoría, era para tratar el músculo del muslo que se había desgarrado durante un partido. En teoría. El masaje seguía siendo técnico los primeros veinte minutos. Después, sus manos encontraban otros caminos, y el músculo desgarrado dejaba de ser el centro de atención.
Esa noche fue la primera que Marcus durmió allí. No estaba previsto. Se quedaron dormidos en el sofá viendo una película, y cuando él se despertó con el cuerpo rígido y el cuello doblado en un ángulo incómodo, el móvil marcaba las cuatro y cuarto.
—Quédate —dijo Valentina sin abrir del todo los ojos—. No tiene sentido que te vayas a estas horas.
—¿En el sofá?
—No. En la cama.
Lo cogió de la mano y lo arrastró por el pasillo.
Se tumbaron sin más. Él la abrazó desde atrás, una mano abierta sobre su pecho, el otro brazo sirviendo de almohada. El cuerpo de Marcus era considerablemente más grande que el de Valentina, y en esa posición ella quedaba completamente envuelta. El pubis de Marcus descansaba contra la base de su espalda, y el roce de su piel oscura contra la de ella era cálido y uniforme. En cuestión de minutos, los dos respiraban despacio.
***
Valentina se despertó primero. Se quedó inmóvil varios minutos, escuchando los ronquidos suaves de Marcus en su nuca, sintiendo el peso del brazo sobre su costado. Era una sensación que la sorprendió: no esperaba que le gustara tanto.
Notó el miembro de Marcus acomodado entre sus glúteos, completamente relajado. Y notó también que ella ya no estaba tan relajada. Llevaba unos minutos despierta y algo se había activado solo. No le buscó más explicación.
Levantó la pierna superior y deslizó la mano entre ambos cuerpos. Con cuidado de no despertarle, lo recolocó para que quedara directamente en contacto con su sexo por fuera. Luego cerró las piernas. Marcus emitió un murmullo y la atrajo hacia él sin llegar a despertar del todo.
Se concedió unos minutos a sí misma. Comenzó a acariciarse despacio, sin prisa, con la tranquilidad que nadie le solía ofrecer. Rodeó su clítoris sin tocarlo directamente. Fue profundizando poco a poco, comprobando cómo estaba, introduciéndose los dedos con calma. Cuando consideró que estaba lista, usó esa humedad para prepararlo a él.
Los ronquidos en su nuca desaparecieron justo cuando la presión contra su sexo empezó a crecer.
Marcus tardó unos segundos en entender qué estaba pasando. Lo hizo a través de las sensaciones: el calor, la humedad, la cadencia de las caderas de Valentina empujando ligeramente hacia atrás. Su cuerpo respondió antes que su cabeza.
La penetración lateral era superficial, insuficiente para los dos. Valentina giró la cabeza y lo buscó con la boca.
—Fóllame bien —susurró.
Se puso boca abajo.
Marcus la cubrió desde atrás, tomando apoyo en codos y rodillas para no aplastarla. El cuerpo de Valentina quedó casi completamente tapado bajo el de él. Ella metió los brazos bajo la almohada y separó los pies hasta casi los bordes de la cama.
Él le sujetó las muñecas con una mano. Con los pies, abrió más sus piernas. Valentina sintió el peso, la inmovilidad, la imposibilidad de moverse si hubiera querido. Eso era exactamente lo que buscaba.
Lo que siguió fue directo y sin adornos. Él empujaba, ella recibía, ninguno de los dos necesitaba palabras. Cuando Marcus llegó al final, Valentina lo retuvo con las piernas cruzadas.
—Yo también —dijo.
Él se quedó como estaba, sin fuerzas para nada. Valentina liberó una muñeca, hundió la mano entre su cuerpo y el colchón, y se terminó con sus propios dedos. El orgasmo llegó en menos de dos minutos.
***
La ducha fue iniciativa de ella. Empujó a Marcus contra los azulejos y le enjabonó el cuerpo con las manos, tomándose su tiempo. Pecho, hombros, abdomen, las caderas anchas y oscuras. Fue desplazando la espuma hacia abajo, observando el efecto que eso producía, hasta que no quedó ninguna duda sobre lo que iba a pasar.
Cerró el grifo y fue bajando.
Se puso de rodillas sin apartar los ojos de los suyos. Lo hizo de forma directa, sin preámbulos, acompañando los movimientos de la boca con los de la mano. Con la otra le sostuvo los testículos y apretó con firmeza. Marcus apoyó la espalda contra los azulejos fríos y no dijo nada, solo la miró.
Cuando él avisó que estaba llegando, ella no se apartó. Apretó más, aceleró. Él le puso las manos en la cabeza y dejó de contenerse. Se corrió en su boca sin apartar los ojos de los de ella en ningún momento.
Valentina se enjuagó con el agua de la ducha. Se pasó varios segundos con el grifo abierto hasta que no quedó ningún rastro. Al salir le dio un beso en la mejilla.
—Te espero en la cocina.
***
Prepararon el desayuno sin hablar mucho, pero sin incomodidad. Él exprimió naranjas mientras ella ponía huevos y beicon en la sartén. La cafetera italiana borboteaba en el fuego de al lado. El apartamento olía a café, a fritanga y a algo vagamente doméstico que a Marcus le resultó extrañamente agradable.
Se sentaron a la mesa del salón. Un disco de soul sonaba de fondo. No quedó nada en los platos.
—Gracias por dejarme quedarme —dijo Marcus.
—No hace falta —respondió Valentina—. Pero no te acostumbres. Alguna vez está bien, pero no va a ser la norma.
Marcus asintió. Cogió la taza de café.
—¿Por qué no? —preguntó, sin demasiado énfasis pero tampoco sin indiferencia.
Valentina dejó la suya en la mesa y lo miró directamente.
—Porque me gusta vivir sola —dijo—. Y porque no quiero una relación. Ni contigo ni con nadie ahora mismo. Tengo mi trabajo, mis amigos y mi espacio, y no quiero cerrar puertas. Lo que tenemos está bien exactamente como está.
—¿Y si a mí me apeteciera algo más?
—Entonces tendrías un problema —respondió ella, sin crueldad—. Porque yo no te lo puedo dar. El primer día que me pidas explicaciones por haber salido con mis amigas o haberme fijado en otro, esto se termina. No quiero dramas.
Marcus bajó la vista al plato vacío. Lo giró despacio con los dedos.
—¿Te estás enamorando de mí? —preguntó Valentina a bocajarro.
—No lo sé —contestó él—. Nunca he tenido una relación de verdad. No sé muy bien cómo funciona eso.
Se quedaron en silencio unos segundos. El soul seguía sonando.
Valentina se levantó, rodeó la mesa, y se sentó a horcajadas sobre Marcus. Le puso los brazos alrededor del cuello y le llenó la cara de besos hasta que él dejó de estar tenso.
—No quiero hacerte daño —dijo—. De verdad. Por eso te lo digo ahora. Estar contigo está muy bien, el sexo es increíble, eres divertido y educado. Pero de ahí a ser novios hay un abismo que no voy a cruzar.
Marcus no contestó.
—¿Lo pasas bien conmigo? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Quieres seguir pasándolo bien?
Una pausa.
—Sí —dijo.
—Entonces escucha lo que tengo que proponerte.
***
Valentina se acomodó mejor sobre sus piernas y lo miró con esa expresión que Marcus ya había aprendido a reconocer: la de cuando estaba a punto de decir algo que él no esperaba.
—Esta mañana —empezó—, cuando estabas encima de mí, ¿notaste cómo reaccioné cuando empezaste a explorar la parte de atrás?
Sí lo había notado. Había estado moviéndose por esa zona sin planificarlo demasiado, y ella había arqueado la espalda y emitido un sonido diferente al de los demás momentos.
—Lo noté —dijo.
—Esa zona me pone mucho. —Lo dijo sin rodeos—. Y también me encanta sentirme inmovilizada, que me dominen. Esta mañana lo has hecho bien sin darte cuenta siquiera.
—¿Y qué quieres proponerme exactamente?
Valentina no perdió tiempo.
—Un trío. Tú, yo, y alguien más.
—¿Otra chica? —preguntó Marcus.
—No.
Marcus tardó unos segundos en hacer el cálculo. Dos hombres. Ella en el centro. Pasó por varias emociones en rápida sucesión: algo parecido al miedo, un desconcierto genuino, y algo más difícil de nombrar que no quiso examinar demasiado.
—Nunca he hecho eso —dijo.
—Lo sé. Por eso te lo propongo a ti. —Valentina lo miró directamente—. Quiero una doble penetración. Esta mañana me has terminado de convencer. Quiero a alguien por delante y a ti por detrás.
El silencio que siguió fue largo. Y entonces, sin que Marcus dijera nada, Valentina notó el cambio bajo ella.
Sonrió. Metió la mano entre los dos.
—¿Esto es un sí? —preguntó apretando con suavidad.
Marcus no respondió con palabras. Pero tampoco se apartó.
—No tiene que ser con un desconocido —continuó ella—. Con un desconocido todo sería más tenso. Tienes que traer a alguien de confianza. Alguien con quien no te dé apuro estar en esa situación.
—¿Y cómo se lo explico?
—No se lo explicas. —Valentina se encogió de hombros—. Lo traes con cualquier excusa, eso es todo. Cuando estéis aquí, yo me encargo del resto.
Marcus pensó en Diego mientras ella volvía a besarlo.
Diego era su mejor amigo desde que llegó a España tres años atrás. Había sido el primero en ofrecerle ayuda con los papeles, con el piso, con todo. Habían convivido varios meses, lo suficiente para que ya no hubiera barreras entre ellos. Se habían visto desnudos cientos de veces en los vestuarios, en casa, sin que eso supusiera ningún problema. Incluso habían bromeado alguna vez sobre sus diferencias físicas, en ese tono directo que solo existe entre amigos de verdad.
Diego acababa de terminar una relación larga. Llevaba semanas encerrado en casa sin ver a nadie.
Marcus pensó que, probablemente, no iba a costar tanto convencerlo de salir un viernes por la noche.
—Tengo a alguien —dijo finalmente.
Valentina sonrió.
—¿Cuándo?
—Dame una semana.
Se vistieron en silencio. Valentina le puso en las manos una bolsa con dos libros —la coartada quedaba sellada así— y lo acompañó hasta la puerta.
—Sin dramas —le recordó.
—Sin dramas —repitió él.
El ascensor tardó en llegar. Marcus esperó en el rellano con la bolsa en la mano, pensando en la conversación del desayuno, en la mañana entera, en lo que acababa de aceptar sin estar del todo seguro de quererlo. Su cuerpo había respondido antes que su cabeza. Eso ya lo decía todo.
Llamaría a Diego esa tarde.