El trío que mi marido orquestó en nuestro aniversario
El sol de mayo se colaba por las cortinas a las nueve en punto. El olor del café recién hecho me obligó a removerme entre las sábanas. Damián entró con la bandeja en alto, completamente desnudo salvo por un delantal de barbacoa con un mensaje absurdo en el pecho. Solté una carcajada.
—Feliz décimo aniversario —murmuró, con esa sonrisa ladeada que siempre lograba desarmarme.
Apoyó la bandeja sobre el colchón y entonces vi el sobre blanco apoyado contra mi vaso. Dentro había un bono regalo para una experiencia privada en unos baños árabes: circuito termal y sesión de masaje en pareja.
—¿Un hammam? Damián, es un regalazo.
—De hecho, hay que salir en una hora.
Aparté la bandeja y salí disparada hacia el baño. Necesitaba una ducha y un repaso a la depilación si pretendía exponerme bajo las manos de alguien en menos de dos horas.
***
Cruzar las puertas del hammam fue como atravesar un portal hacia otro siglo. El bullicio de la calle desapareció, ahogado por la acústica de los arcos de herradura. El aire era denso, impregnado de especias dulces y humedad cálida. Decenas de velas proyectaban celosías de sombras sobre los azulejos. Una recepcionista nos guio a los vestuarios separados.
Saqué un trikini negro y mate, una pieza de tiras cruzadas que enjaulaba mi vientre en una red de rombos sobre la piel desnuda.
Damián ya me esperaba al borde de la piscina termal. Me recorrió de arriba abajo con una intensidad devota.
—Estás indecente —susurró.
—Esa era la idea.
Estábamos solos. Nos sumergimos hasta los hombros en el agua a cuarenta grados y buscamos la esquina más apartada.
—Diez años —murmuró, apartándome un mechón húmedo—. Y sigues dejándome sin respiración cada vez que te vistes así.
No tardó en cruzar la línea. Sus pulgares se colaron por los huecos del bañador, pellizcando la piel de mi vientre con una posesividad que me arrancó un jadeo. Tiró de mí por la cintura hasta que mis muslos se abrieron y rodearon sus caderas. Sentí su erección latiendo contra la tela tirante de mi entrepierna y, cuando su mano amenazaba con apartar la braguita…
El burbujeo se interrumpió cuando un trabajador del hammam se acercó al borde con un pequeño catálogo en la mano.
—Disculpen. Necesitamos que escojan el aceite esencial para la sesión en camilla. Tenemos argán, jazmín, eucalipto o flor de azahar.
Sus ojos se desviaron un microsegundo hacia mi escote mojado. Damián y yo cruzamos una mirada cómplice.
—Azahar.
En cuanto desapareció tras uno de los arcos, dejé escapar un suspiro tembloroso.
—Damián, lo ha visto todo —murmuré, mitad azorada, mitad muerta de morbo.
Él soltó una risa grave, sin amago alguno de soltarme la cintura.
—Es un profesional, pero no está ciego. Y ahora mismo, mientras prepara las toallas, está deseando ser él quien te ponga las manos encima en esa camilla.
Aquel comentario fue un dardo directo a mi centro.
***
Una empleada nos guio hasta la sala privada. El aroma a azahar nos envolvió al cruzar el umbral. En el centro, dos camillas paralelas separadas por un metro aguardaban con el agujero acolchado para el rostro.
—Boca abajo, por favor.
La empleada deshizo el nudo de mi toalla y me dejó caer sobre el acolchado tibio. Hundí la cara en la abertura y sentí cómo extendía la toalla sobre mi cuerpo a modo de sábana antes de salir. Damián hizo lo mismo a mi derecha.
La puerta volvió a abrirse y oí dos pares de pies descalzos. Un par fino y de uñas pintadas se detuvo junto a Damián. Otro par, notablemente más grande y de pisada pesada, se detuvo junto a mí. Un hombre. Mi masajista iba a ser un hombre.
Unas manos anchas, ardientes por el aceite de azahar, se posaron sobre mis hombros. Empezó por la base del cráneo y bajó hasta los trapecios usando el peso de su propio cuerpo. A escasos dos metros, el sonido siseante de unas manos más delicadas friccionando la piel de Damián me confirmaba que él recibía el mismo trato. La idea de que a mi marido lo estuviera tocando una mujer mientras un desconocido me iba desnudando a mí por partes disparó una electricidad espesa hacia mis entrañas.
Tiró de la toalla hacia abajo hasta dejarla en la hendidura de mi cintura. Sus palmas descendieron vértebra a vértebra hasta los riñones. Al llegar a los omóplatos, sus dedos rozaron, con una suavidad que me cortó la respiración, la curvatura exterior de mis pechos desbordados. Fue un contacto breve, camuflado bajo el masaje profesional, pero me envió una descarga al bajo vientre.
***
Sus pasos se desplazaron hacia los pies de la camilla. Tiró del dobladillo en dirección contraria hasta dejarlo bajo el pliegue de mis glúteos. Trabajó mis pies, mis gemelos y mis muslos, separándolos poco a poco. Sus pulgares subían peligrosamente por la cara interna de mis piernas, llegando a rozar la frontera de mi sexo el suficiente tiempo como para tener la certeza de que percibía el calor de mi centro.
Y entonces, sus manos agarraron el borde de la toalla que descansaba sobre mis nalgas y, con un tirón de profesionalidad letal, la deslizaron por completo fuera de mi cuerpo. El aire fresco golpeó mi intimidad expuesta sin barrera ante un hombre que no era mi marido. Sus manos volvieron, recubiertas de aceite caliente, sobre la redondez de mis nalgas y las amasaron, separando ligeramente mis cachetes bajo la excusa clínica de liberar la musculatura profunda.
De pronto, el contacto cesó. Agudicé el oído. Luego, un levísimo roce: el sonido inconfundible de una tela cayendo al suelo junto a mi toalla, seguido de un suspiro mudo, casi de liberación.
Mi mente trabajó a toda velocidad. Ningún profesional de un centro tan exclusivo se desnudaba en mitad de un tratamiento por pura calentura. Aquello era una negligencia impensable… a menos que estuviera en el guion. La revelación me golpeó: Damián. El bono sorpresa, el aislamiento en esta sala, la elección de un masajista de manos inmensas para mí y una mujer para él. Mi marido lo había orquestado todo.
Lejos de escandalizarme, saber que era una fantasía diseñada me inyectó una dosis de morbo bestial. Si este desconocido se acababa de desnudar para mí… ¿estaría ocurriendo lo mismo a escasos dos metros?
***
Sus pasos rodearon mi camilla hasta situarse en la cabecera. Abrí los ojos. Enmarcada por la madera de las patas, a escasos centímetros de mi cara, asomaba una pesada semierección. Gruesa, palpitante y circuncidada. De la comisura del meato asomó una gota transparente que cayó formando un largo hilo de cristal hasta adherirse a su rodilla.
Su técnica cruzó al otro bando cuando, tras un descenso por mi flanco, sus dedos se curvaron deliberadamente para abarcar la redondez de mi pecho desbordado contra la camilla. La palma presionó mi carne con una firmeza posesiva que me arrancó un gemido sordo. Sabía exactamente lo que estaba tocando y le fascinaba.
Para alcanzar la parte alta y posterior de mis muslos, pegó su cuerpo contra el límite de la mesa. Mis plantas y mis dedos chocaron de lleno contra su ingle desnuda. Sentí el peso rotundo de su sexo semierecto. Bajo la presión directa de mis pies y el estímulo del aceite, el letargo desapareció en segundos. La carne latió, hinchándose hasta alcanzar una erección dura como la piedra.
Sus manos resbalaron entonces hacia la cara interna de mis muslos. La piel suave, caliente y empapada en aceite del desconocido rozó de lleno la humedad de mis labios. Fue un contacto eléctrico que me arrancó un respingo. Mi cadera se onduló mínimamente, una súplica muda invitándolo a acabar de una vez con aquella tortura.
***
El sonido rítmico en la camilla contigua cesó. Damián se estaba dando la vuelta. Las manos de mi masajista agarraron mis piernas por los costados con un empuje inconfundible: tenía que imitar el movimiento.
Rodé hasta quedar bocarriba y giré la cabeza hacia la izquierda. Y, masajeando con lentitud hipnótica el pecho de mi marido, estaba la chica. Completamente desnuda. Era joven, de unos treinta años, esbelta, con el cabello negro recogido en un moño tirante. Sobre el pubis de Damián, una gruesa erección latía bajo el escrutinio de aquellas manos femeninas.
Unas manos lubricadas ahuecaron mis mejillas y centraron mi rostro hacia el techo. Al levantar la mirada, me encontré por primera vez con la cara del hombre que me había estado devorando. Era joven, con el pelo corto y un degradado en los laterales. Sus ojos, casi negros, se clavaron en los míos con una intensidad depredadora.
Sus dedos trabajaron mi rostro y bajaron por mi cuello, mis clavículas, los hombros. Pero al estar bocarriba, tomé plena consciencia de mi propia desnudez. El miedo irracional a no parecerle lo suficientemente atractiva se instaló en mi garganta. Cuando sus manos llegaron a la rotundidad de mi vientre, mis brazos se cruzaron torpemente sobre mi pecho. El masaje se detuvo en seco.
El chico no dijo una palabra. Con una suavidad infinita, sus manos sujetaron mis muñecas y devolvieron mis brazos a su posición inicial. Entonces, su rostro descendió y depositó un beso suave, casto, invertido sobre mis labios.
Aquel roce me desarmó. Con mi confianza restaurada, sus manos resbalaron por mis flancos hasta los riñones e iniciaron el ascenso hasta aterrizar de lleno sobre mis pechos. Mis pezones, duros como diamantes, no tardaron en arañar la palma de sus manos. Sus dedos se centraron en mis areolas, pinzando suavemente la dureza lubricada por el aceite. Los labios se me entreabrieron y dejé escapar un gemido sordo que inundó el silencio ahumado.
***
Mi gemido encontró respuesta al otro lado. Giré la cabeza. La masajista se había situado en el pasillo central, dándome la espalda. A través del hueco veía el rostro de mi marido: ojos apretados, expresión de puro éxtasis. El movimiento rítmico del brazo de la chica me confirmó que estaba masturbando su erección. Damián posó la mano sobre la cintura desnuda de la chica, acariciando la curva con una naturalidad que me atravesó el pecho.
Fue un cóctel de celos, envidia y desesperación. Mientras Damián cruzaba todas las líneas, mi masajista seguía devorando mis pechos sin decidirse a bajar.
Sus manos emprendieron por fin el descenso por mi abdomen. Tiró de mis corvas hacia arriba y mis rodillas cayeron hacia los lados, dejándome expuesta de lleno. Su mano derecha bajó hasta posarse encima de mi sexo. La palma ardiente cubrió mi pubis y sus dedos largos descansaron sobre la humedad hinchada de mis labios.
Empezó a deslizarse, arrastrando mi propio flujo mezclado con el aceite. Y entonces, en uno de los descensos, curvó la primera falange de sus dedos índice y corazón. Al llegar a la entrada, no pasaron de largo. Resbalaron hacia el interior de mi cuerpo, hundiéndose en mi estrechez hasta los nudillos.
El impacto me arrancó un grito de placer descarado. Mi mano voló hacia su cadera desnuda, deslizando los dedos aceitados por la firmeza tendinosa de sus glúteos.
***
El chico detuvo el movimiento y rodeó mi camilla hasta detenerse en mi flanco derecho. Comprendí que no había cambiado de lado por capricho. Lo había hecho para apartarse de mi campo de visión.
Giré la cabeza. La masajista de Damián también se había movido, eliminando cualquier obstáculo entre nosotros. La chica sujetaba la base de la erección de mi marido con el anillo del pulgar y el índice, mientras le practicaba una felación con una cadencia desesperantemente lenta.
El contacto del chico me pilló desprevenida. Sus dedos se hundieron hasta la raíz, flexionando las yemas hacia arriba en busca implacable de mi punto G. Su mano izquierda aterrizó sobre mi pubis con la yema del índice posada de lleno sobre mi clítoris. Una estimulación triple que se elevaba a la cuarta potencia gracias al morbo visual de lo que presenciaba a dos metros de mi cara.
Alargué el brazo hacia el lateral de la camilla. Mis dedos tropezaron con la dureza ardiente de su erección. Sin dudar, envolví el tronco con mi mano y comencé a masturbarlo con la misma urgencia con la que él me destrozaba a mí.
***
El masajista apartó mi puño, apoyó las manos a ambos lados de mi cadera y se subió a la camilla. Las gruesas patas de madera crujieron bajo el peso combinado. Sus rodillas se abrieron paso entre mis muslos. La punta de su miembro, empapada en mi propio flujo y en aceite, rozó mi entrada. Y, con un empuje firme y despiadado, se hundió en mi interior hasta la base.
Giré la cabeza hacia la izquierda buscando a mi marido. La masajista también había abandonado el suelo. Estaba subida a horcajadas sobre Damián, descendiendo lentamente hasta ensartarse en su erección.
Las dos camillas crujían en una sinfonía obscena. Bajé mi mano libre hasta mi sexo y comencé a frotar mi clítoris sin pudor. La chica también había llevado una mano a su intimidad. Ambas estábamos al borde del abismo, conectadas por el exhibicionismo, el aceite y el fuego cruzado.
El orgasmo me arrolló con la fuerza de un impacto frontal. Las paredes de mi vagina se contraían violentamente alrededor de la erección del chico. Casi al mismo tiempo, escuché un gemido agudo cruzando la sala. Vi a la masajista arquearse hacia atrás, sus caderas chocando con furia contra la pelvis de Damián en una última sacudida antes de paralizarse.
***
La masajista fue la primera en reaccionar. Se elevó sobre Damián, liberando con un sonido húmedo su erección congestionada, y tiró del brazo de mi marido para que se pusiera de pie. Bajó al suelo, se acuclilló y reanudó la felación.
Apoyé las palmas en el pecho de mi masajista y empujé suavemente hacia arriba. Abandonó mi interior y echó pie a tierra, ofreciéndome su mano. Logré estabilizarme y me dejé caer en cuclillas justo al lado de la chica. Sentí el roce de mi rodilla contra la suya.
Sujeté la erección circuncidada del masajista. Por primera vez en toda la sesión, abrí los labios y me lo llevé a la boca. El sabor dulce del aceite se mezcló con el gusto crudo de su líquido preseminal. Empecé a succionar y a masturbarlo al unísono, marcando un ritmo profundo que le arrancó un gemido grave.
Levanté la mirada. Damián no estaba mirando a la mujer que lo estaba succionando a un palmo de distancia. Sus enormes ojos verdes estaban clavados, de forma exclusiva y obsesiva, en mí. A Damián siempre le había vuelto loco verme con la boca llena, sometida y entregada, dándole igual si lo que me silenciaba era su propia anatomía o la de otro hombre.
Sentí un espasmo sordo contra mi paladar. Las venas del cuello de Damián estaban marcadas. Supe que era el momento. Saqué la erección de mi boca y mis dedos buscaron la barbilla de la masajista. Tiré de ella, obligándola a abandonar la entrepierna de mi marido y a girar el rostro para mirarme de frente.
Estampé mis labios contra los suyos en un beso voraz, cargado de urgencia animal. Mi paladar, impregnado del sabor de mi masajista, colisionó con la lengua de ella, que traía consigo el gusto inconfundible de mi propio marido. Mi mano izquierda descendió a ciegas, encontró la dureza abandonada del chico y comenzó a masturbarlo con una cadencia rítmica.
Aquella estampa fue el golpe de gracia. Damián se rompió primero. Con un jadeo gutural, tomó el control de su propia erección y apuntó hacia nuestros rostros entrelazados. La primera sacudida me golpeó en la mejilla izquierda, un latigazo de calor líquido que me arrancó un gemido contra la boca de la joven.
Apenas dos bombeos después, la resistencia del masajista saltó por los aires. Aferró su miembro y se unió al asedio. Una descarga aterrizó en el puente de mi nariz, resbalando hacia nuestras bocas unidas. Otra salpicó el cuello de la chica. Sentí el impacto del semen de Damián en mi hombro, cruzándose en el aire con el del masajista.
Bajo aquel diluvio, la masajista y yo nos aferramos la una a la otra. Bajé mi mano libre hasta acariciar sus pechos. El contraste era abismal: mis senos pesados rozaban contra su anatomía juvenil, encontrándome con unos pechos pequeños y firmes coronados por pezones duros. Ella deslizó su mano sobre mi escote, esparciendo el semen caliente como un lubricante espeso. Seguimos besándonos sin tregua, arrulladas por los suspiros exhaustos de los hombres sobre nuestras cabezas, compartiendo el aliento y las últimas gotas de aquel clímax devastador.
***
El eco de las respiraciones aún flotaba en la penumbra cuando la masajista rompió el trance. Se incorporó lentamente y, antes de alejarse, se inclinó hacia mí en un último beso suave y cómplice. Recogió las toallas y me tendió una. Apretó su bata contra el pecho en un gesto curiosamente tierno tras el salvajismo y salió sin mirar atrás.
El masajista se vistió de espaldas. Al girarse, la tela tensada de los pantalones delató una semierección que aún palpitaba; un recordatorio de que lo ocurrido había sido real. Con la voz un poco más ronca, nos indicó por qué puerta debíamos salir y nos dejó solos.
Me puse de pie con las piernas temblando, apreté la toalla contra mi cuerpo y caminé los dos pasos que me separaban de Damián. Le rodeé la nuca y le di un beso larguísimo, cargado de un amor feroz. Era un beso que sabía a nosotros, a nuestra historia y a la confianza infinita que nos permitía jugar en el filo de la navaja sin cortarnos.
—Feliz aniversario, mi vida —le susurré, con una sonrisa pícara y exhausta.
Damián soltó una carcajada ronca y deslizó su mano manchada de aceite por mi cintura.
—Feliz aniversario. Aunque acabo de darme cuenta de un pequeño problema.
—¿Qué problema?
—Que me lo acabo de poner jodidamente difícil para superar este regalo el año que viene.
Solté una risa cristalina y acomodé el rostro en el hueco de su cuello. En medio de aquel hammam revuelto, oliendo a sexo, a azahar y a promesas cumplidas, supe que no había otro hombre ni otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.