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Relatos Ardientes

Ella lo propuso sin rodeos: quería un trío

La relación entre Valeria y Marco empezó por una rodilla. Ella era fisioterapeuta, él era delantero de rugby, y llegó a su consulta cargando el esguince y el orgullo herido de quien no está acostumbrado a que su cuerpo le falle. Las primeras sesiones fueron exactamente lo que debían ser, pero al cabo de tres semanas ninguno de los dos sabía con precisión cómo habían pasado de la camilla al sofá, ni cuándo exactamente había dejado de ser solo masaje.

El viernes por la noche se convirtió en el ritual. Marco llegaba con comida y cervezas, Valeria le hacía la sesión, y luego el masaje dejaba de ser masaje. Algunas veces terminaban en la camilla, con ella boca abajo y él metiéndosela por detrás con la toalla todavía a medio caer. Otras en el sofá, en la bañera o en el suelo de la cocina, según dónde los pillara el impulso.

Esa noche, después de un polvo largo y agotador —una sesión en la que Marco la había tenido a cuatro patas durante casi media hora, follándola con una lentitud metódica que la había hecho correrse dos veces antes de que él se vaciara dentro—, pusieron una película y se quedaron dormidos en el sofá. Marco se despertó con el cuello torcido y la pantalla en créditos. Eran las cuatro de la madrugada.

—Quédate —dijo Valeria sin moverse, mirando el reloj—. Es absurdo que te vayas a estas horas.

Caminaron juntos por el pasillo hasta el dormitorio y se metieron en la cama sin hablar. Valeria se colocó de costado y Marco se acomodó detrás de ella: su pecho contra la espalda de ella, un brazo cruzado sobre su torso, la mano grande sujetando un pecho con esa naturalidad ya establecida. Marco se quedó dormido casi de inmediato. Valeria tardó un poco más, escuchando cómo la respiración de él se volvía profunda y acompasada en su nuca.

***

Se despertó antes que él. La luz del amanecer apenas se filtraba entre las lamas de la persiana, y el cuerpo de Marco seguía pegado al suyo con ese calor quieto del sueño profundo. El brazo de él todavía cruzado sobre su torso, su mano en el mismo sitio de siempre, con el pulgar rozándole el pezón sin darse cuenta.

Permaneció inmóvil varios minutos. Le gustaba eso: sentir la polla de él blanda y dormida en el hueco entre sus nalgas, notar la transición lenta a medida que la sangre iba llegando y el peso muerto se convertía en algo tibio y palpitante contra su culo. La relación que había entre los ronquidos en su nuca y el estado de la verga en su espalda le parecía extraordinariamente erótica. Cuando los ronquidos cesaban, invariablemente ocurría algo interesante al otro lado.

Pero esa mañana no quería esperar.

Con cuidado de no despertarle, deslizó la mano hacia atrás, encontró la polla de Marco —a medio endurecer, gruesa y caliente en su palma— y la reubicó para que quedara apoyada directamente contra su coño, encajada entre los labios por fuera. Cuando volvió a juntar las piernas, él emitió un murmullo vago y la atrajo hacia sí con más fuerza, sin abrir los ojos. La punta del glande le rozaba el clítoris cada vez que ella movía apenas la pelvis.

Ella sonrió en la penumbra.

Se acarició el clítoris despacio, con el ritmo exacto que ella misma conocía mejor que nadie: rodeándolo sin tocarlo de frente, dejando que la excitación fuera subiendo sola. Con la otra mano se separó los labios del coño y dejó que la polla de Marco quedara encajada a lo largo de su hendidura, resbalando en el flujo que empezaba a escaparse. Introdujo dos dedos en su propio coño, los sacó chorreando y los usó para embadurnarle la verga a él, que ya no estaba del todo blanda. Notaba cómo iba engordando entre sus muslos, latido a latido, hasta ponerse dura del todo.

Ese fue el momento en que él terminó de despertar.

No dijo nada. Apretó la mano sobre su pecho, le pellizcó el pezón con dos dedos hasta hacerla suspirar, empujó la pelvis contra ella, y cuando Valeria movió el trasero hacia atrás con intención clara, Marco ya estaba completamente duro y presionando entre sus piernas, buscando la entrada.

—Fóllame boca abajo —dijo ella por encima del hombro—. Y no la saques hasta que yo te lo diga.

Se puso sobre su vientre, extendió los brazos bajo la almohada y abrió las piernas. Marco la cubrió desde atrás, apoyando el peso sobre los codos y las rodillas para no aplastarla, se agarró la polla con la mano derecha, la guio hasta la entrada empapada del coño y entró de una sola vez hasta el fondo, hundiéndose entero con un gruñido ronco contra su oreja.

Valeria emitió un sonido que era mitad sorpresa y mitad exactamente lo que quería. Sintió cómo la llenaba, cómo la verga le abría el coño desde dentro y le tocaba un punto profundo que solo se alcanzaba en esa postura, con las piernas cerradas y el peso de él encima.

—Joder —murmuró él contra su nuca—. Estás empapada.

—Cállate y fóllame.

Marco no tardó. Llevaba minutos en esto sin saberlo, y su cuerpo respondió al calor y a la presión con una urgencia que no pudo frenar. Empujó fuerte y rítmico, sacando la polla casi entera para volver a clavársela hasta el fondo, sujetándole las muñecas por debajo de la almohada, y cada embestida hacía que las tetas de ella se aplastaran contra el colchón y que un jadeo se le escapara sin control. El sonido de la pelvis de él chocando contra el culo de ella era húmedo, obsceno, y llenaba el dormitorio.

—Me voy a correr —jadeó él.

—Dentro. Vacíate dentro.

Marco embistió tres veces más, rápido y profundo, y se corrió con un rugido apretado contra su hombro, descargando dentro del coño de ella a chorros que Valeria pudo sentir uno por uno. Cuando terminó, cayó sobre ella sin poder sostener su propio peso, con la polla todavía dentro, palpitando en los últimos espasmos.

—No la saques —dijo Valeria—. Yo también quiero.

Él obedeció porque tampoco tenía fuerzas para moverse. Ella liberó una mano, la bajó hasta su entrepierna y se tocó el clítoris con dos dedos, en círculos rápidos, mientras movía las caderas todo lo que el cuerpo de Marco le permitía. Notaba la verga de él aún dura dentro, cada vez menos, y el semen empezaba a escaparse por los bordes, resbalándole por el interior del muslo. Metió dos dedos junto a la polla de él, sintiéndose llena y desbordada, y siguió frotándose el clítoris con la palma. Tres minutos después se corrió convulsionando bajo el peso de él, apretándole la verga con las paredes del coño en una serie de contracciones que le arrancaron a Marco un gemido sordo cuando la sobre-estimulación se le hizo insoportable.

Se quedaron así un minuto largo, jadeando, con él todavía enterrado en ella y el semen de ambos chorreándole entre las piernas.

***

La ducha fue lo siguiente.

Valeria lo colocó bajo el agua y lo lavó ella, echando gel sobre su pecho y extendiéndolo con las manos hasta que la espuma llegó a todas partes. Bajó por el abdomen, se demoró en las caderas y le enjabonó la polla con la mano cerrada en puño, arrastrándose de arriba abajo hasta que la notó levantarse otra vez contra la palma. Cuando tuvo el miembro limpio y ya duro entre las manos, fue agachándose despacio, dejando un rastro de besos por el abdomen hasta quedar en cuclillas frente a él, con el agua cayéndole por la espalda.

No hubo preámbulos. Se metió la polla en la boca directamente, hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta y tuvo que respirar por la nariz para no ahogarse. Sujetándola con la mano derecha por la base y apretándole los testículos con la izquierda, empezó a mamársela con un ritmo lento y profundo, sacándola casi entera para volver a tragarla hasta que sus labios chocaban contra sus dedos. La lengua envolvía el glande cada vez que subía, y de vez en cuando la sacaba entera y le lamía la parte inferior desde los huevos hasta la punta, mirándolo desde abajo.

Marco la miraba desde arriba sin parpadear, con la boca entreabierta y las manos apretando los azulejos.

—Dios —murmuró—. Así, joder, así.

Ella aceleró. Metía y sacaba la verga con una succión ruidosa, marcándole las mejillas, y con la mano libre le acariciaba los testículos, apretándolos justo lo necesario. Cuando notó que él empezaba a tensar los muslos, cerró la boca alrededor del glande y se concentró ahí, pasando la lengua por la ranura de la punta mientras la mano subía y bajaba por el resto.

Cuando avisó que iba a correrse, ella no se apartó. Aplicó más succión y aceleró la mano hasta que él puso las palmas a los lados de su cabeza —no para dirigir, solo para tener donde aferrarse— y terminó en su boca con un sonido que probablemente escucharon los vecinos del rellano. Valeria sintió el primer chorro golpearle el paladar, luego otro, y otro, y siguió mamando y tragando lo justo para no atragantarse, dejando que el resto se le quedara acumulado en la lengua.

Cuando él terminó de vaciarse, ella lo soltó despacio, con un beso húmedo en la punta. Escupió en la rejilla del suelo, abrió el grifo y se enjuagó con agua fría hasta que no quedó rastro. Luego se incorporó, le dio un beso rápido en la mandíbula y salió de la ducha.

—Te espero en la cocina. Tengo hambre.

***

Desayunaron juntos: café, tostadas con mantequilla, huevos revueltos con beicon y zumo de naranja que Marco exprimió mientras ella terminaba de vestirse. Sonaba música soul tranquila en el salón, y durante un rato los dos comieron sin hablar demasiado.

Fue Marco quien rompió el silencio.

—Gracias por dejarme quedarme.

—No tienes que agradecerlo —dijo ella—. Pero tampoco te acostumbres. Me gusta vivir sola, y soy bastante quisquillosa con eso.

Marco dejó el tenedor sobre el plato vacío.

—¿Y si a mí me importara algo más que el sexo?

—Entonces mereces a alguien que pueda darte eso —dijo Valeria—. Y yo no soy esa persona.

No lo dijo con frialdad, pero tampoco con disculpas. Era una constatación.

—No me estoy enamorando de ti —dijo él, sin demasiada convicción en la voz.

—Me alegra oírlo. Lo que hay entre nosotros está bien como está. El sexo es bueno, me lo paso bien contigo, eres agradable. Pero de ahí a hablar de relación va un abismo. Yo no quiero novios, ni convivencia, ni nada que se le parezca. Lo decidí hace tiempo y no tengo intención de cambiarlo.

Marco asintió sin responder. La música llenó el silencio entre los dos.

—Bien —dijo Valeria, levantándose—. Porque tenía algo que proponerte, y quiero que lo escuches con la cabeza fría.

Se sentó a horcajadas sobre él, pasó los brazos alrededor de su cuello, y lo miró de cerca. Notaba la polla de él empezando a moverse otra vez debajo del pantalón, apretándole el coño a través de la tela fina de las braguitas.

—Esta mañana notaste que me pone lo de atrás.

—Lo noté.

—Y que me gusta que me dominen. Que me sujeten. Que no me pregunten demasiado antes de actuar.

—Eso también lo noté.

—Hay una cosa que llevo tiempo queriendo probar. —Hizo una pausa—. Un trío. Dos hombres y yo, con penetración doble y simultánea. Uno con la polla en el coño y otro metiéndomela por el culo, al mismo tiempo.

Marco tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Dos hombres —repitió.

—Dos hombres —confirmó ella—. Dos pollas dentro de mí a la vez. Quiero saber cómo se siente.

Valeria podía leerle la cara como si fuera un libro: el instinto de decir que sí, el miedo a lo que eso implicaba, la imagen concreta de estar desnudo en la misma cama con otro hombre sin saber qué hacer con eso.

—¿Lo has hecho antes? —preguntó—. Tríos, digo.

—Algunas veces. Pero nunca con doble penetración simultánea. Por eso quiero hacerlo ahora, y por eso el que me folle el culo tienes que ser tú. Eso no es negociable.

Marco guardó silencio. Valeria notó algo bajo sus braguitas: la polla de él endureciéndose por completo contra su coño, respondiendo a la imagen que le había metido en la cabeza, involuntariamente y sin ninguna ambigüedad. Ella se restregó contra él, muy despacio.

—¿Eso es un sí? —preguntó, apretando.

Él la besó en lugar de contestar.

***

Marco se fue una hora después con el pensamiento fijo en un solo nombre: Rodrigo.

Su mejor amigo desde que llegó al país, el que le había ayudado con el piso y le había presentado a medio mundo. Hacía tres semanas que Rodrigo había cortado con su novia de casi dos años —la había encontrado besándose con otro en la calle— y desde entonces estaba en ese bache hondo donde cualquier distracción resultaba bienvenida.

Era la persona menos indicada. Y la única posible.

No le dijo nada sobre lo que iba a ocurrir. Le propuso salir el viernes por la noche, Rodrigo aceptó sin dudarlo, y Marco le envió un mensaje a Valeria:

«Viernes. Diez de la noche. Café con leche doble, como pediste.»

La respuesta llegó en menos de un minuto:

«Os espero con pizza y cerveza. No llegues tarde.»

***

La tarde del viernes, Valeria se preparó con una minuciosidad que no aplicaba a casi nada más en su vida. Por la mañana fue al supermercado: pizza para el horno y suficiente cerveza para que nadie tuviera excusas para irse pronto. El resto de la tarde lo dedicó a prepararse ella. Se depiló entera, se ocupó de que la noche pudiera ser todo lo que quería que fuera —el sexo anal siempre exige una preparación previa que no se puede improvisar, y ella conocía el procedimiento de memoria— y eligió la ropa con calma: un vestido de punto en color crema, ceñido en la cintura, con vuelo suficiente en la falda para mostrar el muslo sin esfuerzo. Debajo, nada.

Cambió las sábanas. Colocó velas en el dormitorio. Puso incienso de sándalo porque ese olor la predisponía a todo. Dejó preparada música suave para cuando llegara el momento. En la mesilla dispuso lubricante, toallas y una segunda botella de agua.

A las nueve y media metió la pizza en el horno. El olor se extendió por toda la casa antes de que llegaran las diez.

Cuando sonó el timbre, Valeria respiró hondo una vez, se miró un segundo en el espejo del recibidor, y fue a abrir.

Eran los dos.

Rodrigo era más bajo que Marco y tenía los hombros más estrechos, pero llevaba una sonrisa fácil instalada en la cara y los ojos despiertos de quien está dispuesto a que la noche resulte interesante. No sabía exactamente dónde había ido a parar. Pero algo en la forma en que miró a Valeria cuando ella abrió la puerta —los ojos bajando por el vestido y volviendo a subir sin disimulo— le decía que tampoco le importaba demasiado averiguarlo de momento.

—Pasad —dijo ella, haciéndose a un lado—. La pizza ya está casi lista.

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Comentarios(9)

jorgito88

tremendo arranque, me engancho desde la primera linea!!

CasimiroR

Por favor escribi la segunda parte, quede con ganas de mas

MironDelSur

El tipo con el cafe en la mano jaja, yo me hubiera quemado con el primer sorbo. Tremendo momento para recibir esa propuesta

Ramiro_Mza

excelente!!!

PaulaV91

Me pregunto como siguio esa mañana despues de eso jaja. Muy bien escrito, se siente real

nikoBA

que manera de arrancar la historia!! directo al grano

Lector_feliz

Me gusto como lo contaste, sin vueltas y sin hacerse el misterioso. Sigue subiendo mas relatos asi

Leo_Chanta

La intro me engancho al toque, buenisimo

JuanCruz88

Bien escrito, se nota que le pusiste ganas. Espero el proximo

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