La tarde que un farol terminó en el mejor trío
Esta historia la cuento desde la distancia cómoda del tiempo. Han pasado muchos años, y todavía me hace gracia cómo algo tan inocente pudo torcerse de esa manera. Teníamos poco más de veinte años. Marcos y yo llevábamos algo más de un año juntos, esa clase de relación en la que el deseo lo llena todo pero los espacios privados escasean.
El invierno era el peor enemigo. Sin piso propio ni coche, nuestras tardes íntimas dependían de la suerte y la coordinación. Por suerte, tres amigos de Marcos —Rodrigo, Nico y Bruno— compartían un piso en el barrio, y muchos fines de semana terminábamos allí los cinco, con juegos de mesa, películas y algo encargado a domicilio.
Esa tarde en particular hacía un frío que pelaba. Solo estábamos los cinco, que ya era poco habitual. Rodrigo y Nico eran simpáticos, divertidos, aunque con poco éxito con las chicas, algo que a veces se les notaba en la forma en que me miraban. Bruno era más callado, reservado. No recuerdo haberle visto con ninguna chica tampoco.
Cenamos temprano y, cuando terminamos, decidimos ver otra película. Entre los discos grabados que guardaban en una estantería había varios sin etiquetar. Rodrigo puso uno al azar. Los primeros segundos bastaron: una pantalla de presentación con letras grandes, el nombre de la colección, y tres segundos de imágenes en los que aparecían varios penes en primerísimo plano.
Rodrigo paró el disco de inmediato. Pero el cachondeo ya estaba servido.
—Pero bueno, Rodrigo. ¿Qué clase de colección tienes tú aquí?
—No es mío —dijo él, señalando a Bruno—. Es suyo.
Bruno se puso colorado en medio segundo. Nico y Rodrigo aprovecharon para meterse con él durante un buen rato: que si mejor tener uno de chicas, que a ver qué hacía con eso, que si lo veía solo o en compañía. Marcos me miró con una media sonrisa. Yo intenté disimular, pero la verdad es que las imágenes que había visto en esos tres segundos no se me iban de la cabeza.
—Chicos, hay una señorita delante —dijo Marcos.
—No pasa nada —respondí—. No me escandalizo tan fácil.
Y era verdad. Aunque en mi cabeza ya estaba calculando cuánto tardaríamos en salir de allí para poder estar solos.
La conversación derivó hacia el tema del tamaño. Comparaciones, estadísticas inventadas, los actores que habían visto en pantalla durante esos tres segundos. Entonces Nico se giró hacia mí.
—Oye, Sofía. ¿Tú qué opinas? ¿El tamaño importa?
—Yo no tengo mucho margen de comparación —respondí—. Solo he estado con Marcos, y para mí está muy bien.
—¿Ves? Eso lo dice todo el mundo —dijo Rodrigo, riéndose.
—¿Queréis poner la peli y así tienes más referencias? —soltó Nico.
—No, gracias. Estoy muy bien con lo que tengo.
Hubo risas. Marcos me apretó la mano por debajo de la manta que compartíamos los tres del sofá. Nos habíamos sentado así desde el principio: Marcos a la izquierda, yo en el centro, Bruno a mi derecha. Rodrigo y Nico en los dos sillones individuales. Como hacía frío, Marcos, Bruno y yo compartíamos una manta grande; Rodrigo tenía una pequeña de viaje para él.
Al final, entre votos y presiones, decidimos poner el disco. Yo levanté la mano a favor. No sé bien por qué. Supongo que tenía curiosidad, y sabía que el trayecto de vuelta iba a ser mucho más interesante si me dejaba calentar.
La primera historia era un chico y una masajista. Él se tumbaba boca abajo, ella empezaba a trabajarle la espalda, y en algún momento la escena giraba hacia lo previsible. Lo que me impactó no fue la escena en sí, sino el tamaño. La masajista no podía hacer gran cosa con aquello en la boca. Solo lamer, rodear, intentar abarcar lo que no tenía manera de abarcar. Le lamía desde la base hasta la punta, concentrándose en el glande porque era lo único que podía contener entre los labios.
Sin querer, mi mano encontró la de Marcos por debajo de la manta. Después encontró algo más. Él me miró de reojo.
—¿Qué haces? —susurró.
—Nada —respondí.
Cogí su mano y la guié.
Nadie se dio cuenta. Rodrigo y Nico estaban completamente absortos en la pantalla. Bruno tampoco se movió, aunque yo notaba su presencia a mi derecha, quieto, sin los comentarios de los otros dos.
En un momento dado me levanté al baño. Aproveché para quitarme la ropa interior. Al volver, Marcos y Rodrigo habían ido a la cocina a buscar bebida. Cuando Marcos regresó al sofá, se sentó en el extremo para tener más a mano su copa, y yo me coloqué en el centro, al lado de Nico. Al pasar junto a Marcos, le puse las bragas en la mano. Las miró un segundo y las guardó en el bolsillo sin decir nada.
***
La segunda historia era un trío en una casa de playa. Más explícita que la primera, más dinámica. Yo llevaba ya un rato con la mano de Marcos entre mis piernas, y él con la mía en su regazo. La situación tenía un morbo especial: nuestros amigos a menos de dos metros, completamente enfocados en la pantalla, sin sospechar lo que pasaba bajo la manta.
Rodrigo y Nico hacían comentarios en voz alta. Bruno seguía callado.
—Tener una así de grande debe ser un incordio —dijo Rodrigo—. Las chicas se asustan.
—O les encanta —respondí, sin pensar demasiado.
—¿A ti te gustaría?
—No lo sé. No he tenido oportunidad de comprobarlo.
—¿Y tú, Marcos? ¿Cómo andas?
—Mejor que tú, seguro —respondió Marcos.
Nico soltó una carcajada. La conversación siguió rodando, y en algún punto alguien le preguntó a Bruno cómo andaba él. Bruno, que llevaba toda la tarde sin abrir la boca, respondió escueto:
—No tengo queja.
—¿Sí? ¿Y cómo de bien hablamos? —insistió Nico.
—Más que esos —dijo Bruno, señalando la pantalla.
Silencio.
Rodrigo fue el primero en reírse. Después Nico. Bruno no se inmutó. Tenía la cara seria de quien dice algo con plena convicción, sin necesidad de que le crean.
—Venga ya —dijo Marcos.
—Que sí.
—Fanfarrón.
—¿Qué te apuestas?
***
La apuesta tardó un rato en tomar forma. Primero fue una broma, después una discusión, después algo que de alguna manera se fue haciendo real. Alguien trajo un vaso largo de los que se usan en los bares. La idea era simple: si el pene de Bruno no cabía en el vaso, ganaban ellos; si cabía, ganábamos nosotros.
Lo que cada bando se jugaba era más complicado de acordar.
Marcos y yo nos escabullimos al baño mientras ellos discutían los términos. En cuanto cerré la puerta, nos besamos. Me apoyé en el lavabo, le bajé el pantalón, empecé a besarle mientras él me levantaba la camiseta. Estábamos a punto de terminar lo que llevábamos rato empezando cuando llamaron a la puerta.
—Ya tenemos la propuesta —dijo Nico al otro lado.
Marcos gruñó en voz baja. Yo me recompuse la ropa.
Al volver al salón, la apuesta estaba clara. Si no cabía en el vaso: nos dejarían el piso para nosotros solos una tarde a la semana durante un mes. Si cabía: nosotros dos nos tocaríamos delante de ellos, sin manta, sin ropa.
Marcos dijo que ni hablar.
Yo lo pensé dos segundos y dije que sí.
—¿Estás loca? —me susurró Marcos.
—¿Tú crees que la tiene tan grande?
No lo creía. Había visto a Bruno toda la tarde con los pantalones puestos, sentado en el sofá como cualquier persona normal. Aquello tenía que ser un farol.
Acordamos los términos. Bruno de pie, pantalones abajo, el vaso como medida. Rodrigo y Nico como testigos.
Bruno se puso de pie.
Lo que apareció cuando se bajó el pantalón no era lo que yo esperaba. Todavía flácido, ya tenía un tamaño que hacía que la comparación con el vaso pareciera casi razonable. Bruno cogió el vaso y lo acercó. Con la polla sin erección, entró. Rozando las paredes, pero entró.
—¡Hemos ganado! —dijo Marcos.
—No vale. Todavía no está dura —respondió Rodrigo.
Bruno volvió a sentarse. Pusieron de nuevo la película. La tercera historia era una mujer con varios hombres sentados en un sofá, casi una parodia de nuestra propia situación. Yo miraba la pantalla pero pensaba en Bruno. En la diferencia entre eso flácido y lo que sería con erección completa.
Cinco minutos después, Bruno dijo que estaba listo.
Se puso de pie. Cogió el vaso. No hizo falta que lo acercara para saber cómo iba a terminar esto.
***
Cumplimos la apuesta.
Me puse de pie para bajarme el pantalón. Marcos hizo lo mismo, aunque con menos entusiasmo. Nos tapamos lo que pudimos con la manta, que tampoco era mucho. Bruno volvió a sentarse a mi derecha, con su polla fuera todavía.
Era difícil no mirar.
Marcos me metió los dedos despacio, calibrando los movimientos para que desde fuera pareciera lo más inocente posible. Yo tenía la vista clavada en la pantalla, pero de vez en cuando giraba la cabeza a la derecha. Bruno se tocaba sin prisa, sin apartar los ojos de nosotros.
Rodrigo y Nico habían girado sus sillones. Ya ni fingían que miraban la película.
Al cabo de un rato, Marcos me susurró al oído si quería subirme encima. Le dije que no, que no quería que nos vieran así. Pero mi cuerpo llevaba demasiado rato esperando, y al final me puse encima de él. Lo hice despacio, dejando que me llenara centímetro a centímetro, con la espalda recta intentando disimular lo que era evidente. No funcionó. Rodrigo tenía una vista perfecta desde su posición. Se bajó el pantalón.
Marcos me agarraba la cintura con las dos manos, marcando el ritmo. Yo notaba cómo me movía sobre él, cómo cada bajada me llevaba más cerca de donde quería llegar, y cómo los comentarios de los tres a mi alrededor no me frenaban, sino que hacían exactamente lo contrario.
Nico se levantó de su sillón y se sentó en la mesa del salón para tener mejor ángulo. Bruno se arrodilló en el hueco del sofá que yo había dejado libre.
Cuando giré la cabeza, su polla estaba a menos de medio metro de mi cara.
Me quedé mirando. Bruno se tocaba despacio. A esa distancia podía verlo todo con detalle: el grosor, el glande más estrecho que el resto del tronco, como si el cuerpo hubiera reservado lo más intimidante para el centro. Era hipnótico. Intentaba disimular que miraba, pero no podía.
—Marcos —dije en voz baja, sin dejar de moverme sobre él.
—¿Qué?
—Creo que me cabe en la boca.
Marcos paró un segundo.
—¿Cómo?
—La de Bruno. Creo que me cabe.
No sé si fue lo que dije o cómo lo dije, pero Marcos empujó con más fuerza. Bruno se acercó. Yo abrí la boca lentamente, mostrándole el espacio. Él lo interpretó como una invitación. Acercó la punta hasta rozar mis labios. Saqué la lengua y la pasé despacio por su glande.
Bruno empujó con cuidado.
Tenía razón: cabía. Ajustado, con tensión, pero cabía. Lo noté llenándome la boca mientras Marcos seguía moviéndose dentro de mí desde abajo. Eran dos sensaciones completamente distintas y completamente simultáneas. A cada movimiento de Marcos, mi cabeza empujaba ligeramente hacia Bruno; a cada empuje de Bruno, el resto de mi cuerpo respondía.
No duró mucho más.
Marcos llegó primero. Lo noté con claridad: las últimas embestidas más cortas, más fuertes, y después el calor extendiéndose por dentro. A cada movimiento final, mi boca presionaba más sobre Bruno, hasta que noté en la palma de mis manos el pulso acelerado de sus venas.
Me aparté.
El chorro salió con fuerza. Me había retirado a tiempo para que la mayor parte cayera sobre mi pecho. Rodrigo terminó sobre su propia mano a mi izquierda. Me puse de pie para ir al baño y me encontré a Nico de frente, con el pantalón por las rodillas.
—Ni se te ocurra —le dije.
Intenté rodearle. Tropecé con mis propios pantalones, que todavía llevaba en los tobillos, y caí de espaldas sobre el sofá, encima de Bruno. Noté su polla contra mi abdomen, caliente y todavía dura. Antes de que pudiera incorporarme, sentí en mi espalda y en mi culo el chorro de Nico. Completo. Sin remordimientos.
Bruno empezó a gritarle que era un animal. Marcos también. Nico sonreía.
***
Me metí en la ducha. Al salir, los cuatro seguían discutiendo en el salón. Se habían subido los pantalones, al menos. Nico todavía sonreía. Se le quitó la sonrisa cuando les recordé que habían perdido la apuesta y que ya estaban tardando en marcharse.
Salieron los tres. Bruno fue el último en irse. Se paró en la puerta un momento, me miró y dijo:
—Otra vez.
Marcos cerró la puerta. Me miró.
—¿Lo dices en serio lo de Bruno?
—¿El qué?
—Que te cabe.
Me encogí de hombros.
—Ya lo hemos comprobado.
No volvimos a hablar del tema aquella noche. Pero durante los meses siguientes, la idea apareció varias veces en conversaciones que empezaban por otro lado y terminaban siempre en el mismo sitio: Bruno, la apuesta, lo que podría haber pasado si aquella tarde no hubiéramos tenido tanta prisa.
Todavía no hemos quedado los tres. Pero cada vez que Marcos y yo hablamos de ello, la conversación dura un poco más que la anterior.